miniatura|derecha|Escudo de Armas de la familia Paz y Figueroa. Santa María Antonia de San José, de nombre secular María Antonia de Paz y Figueroa (Villa Silípica, 11 de febrero de 1730-Buenos Aires, 7 de marzo de 1799),Castiglione, Antonio Virgilio (2010). Historia de Santiago del Estero (Bicentenario 1810/2010). Santiago del Estero, A.V. Castiglione, 2010. ISBN 978-987-05-8456-8. también conocida como Mama Antula (en quichua santiagueño), fue una laica consagrada católica, fundadora de las Hijas del Divino Salvador.

Fue declarada beata el 27 de agosto de 2016 por el papa Francisco,Una multitud celebró la beatificación de Mamá Antula - Diario Clarín, 27 de agosto de 2016. y canonizada el 11 de febrero de 2024 por el mismo papa, convirtiéndose en la tercera persona nacida en Argentina en ser declarada santa y en la primera mujer argentina. Sus restos se encuentran enterrados en la basílica Nuestra Señora de la Piedad, ubicada en el barrio de San Nicolás, en pleno centro de Buenos Aires.

Biografía Origen familiar y primeros años María Antonia de Paz y Figueroa nació en el año 1730, en la localidad de Villa Silípica, antigua encomienda de indígenas de la actual Provincia de Santiago del Estero. Fue hija de Miguel de Paz y Figueroa Mendoza, sargento mayor, maestre de campo y alcalde de la Santa Hermandad en 1728, procurador y mayordomo del Real Hospital en 1730, protector de Naturales en 1745, alcalde ordinario de segundo voto del Cabildo de Santiago del Estero y defensor en 1750, y de María de Zurita y Suárez de Cantillana.

Recibió la educación que se daba en las familias acomodadas, y se acentuó en ella su inclinación a la vida religiosa. A los quince años hizo votos de pobreza y castidad, y vistió el hábito, consagrándose a la oración. Luego realizó sus ejercicios espirituales en el convento de los padres de la Compañía de Jesús de aquella ciudad.María Antonia de Paz y Figueroa - www.revisionistas.com.ar

María Antonia y sus “beatas” En 1760, ya en Santiago del Estero, María Antonia de Paz y Figueroa reunió a un grupo de chicas jóvenes que vivían en común, rezaban, ejercían la caridad y colaboraban con los padres jesuitas. En aquel entonces se las llamaba “beatas” —actualmente llamadas laicas consagradas. Durante veinte años, María Antonia estuvo al servicio de los jesuitas, asistiéndolos especialmente en las tareas auxiliares de los ejercicios espirituales.

Cuando se produjo la expulsión de esa orden en 1767, María Antonia pidió al mercedario fray Diego Toro que asumiera las tareas propias de la predicación y la confesión, mientras que ella se ocuparía con sus compañeras del alojamiento y las provisiones para continuar con los ejercicios espirituales. Siguió manteniendo amistad con los jesuitas por vía epistolar. Mientras tanto, continuó su tarea evangelizadora en las parroquias de Salavina, Soconcho y Silípica. Su figura ya era familiar, siendo conocida en su pueblo como la "Mama Antula" (en quechua, por "Mamá Antonia").

Caminata evangelizadora Con autorización del obispo del Tucumán, Juan Manuel Moscoso y Peralta, predicó y realizó una caminata evangelizadora por toda la diócesis. Recorrió las actuales provincias argentinas de Santiago del Estero, Tucumán, Salta, Jujuy, nuevamente Tucumán, Catamarca y La Rioja. En 1777 llegó a Córdoba y finalmente arribó a Buenos Aires en septiembre de 1779. La provisión episcopal concedida le permitía solicitar limosnas, fundar casas de recogimiento, realizar ejercicios y propender a “reformar las costumbres” por lo que se la exhortaba a que continuase tan altos fines.

“Mama Antula” era una mujer con un estilo muy peculiar. Hacía sus viajes caminando descalza y pidiendo limosnas. No quedan testimonios de cuántas veces preparó ejercicios en algunas ciudades, pero solo en San Miguel de Tucumán se hicieron sesenta. A pesar de sus viajes por montañas, desiertos y parajes que desconocía, jamás sufrió percance alguno. En Catamarca padeció una enfermedad y fue desahuciada por el médico. “Me encomendé al Sagrado Corazón y me encontré curada pronto, sin ningún remedio”, aseguró. Una vez se rompió una costilla, en otra ocasión se dislocó un pie “pero fui curada una y otra vez por una mano invisible”, repetía.Por qué la milagrosa Mama Antula fue la mujer más rebelde de su tiempo - Diario La Nación, 5 de junio de 2019.

Obra misionera en Córdoba y Buenos Aires En menos de un año organizó en Córdoba ocho tandas de 200 y 300 personas. Y siempre conseguía las limosnas suficientes como para mantener a toda esa gente e incluso en ocasiones había un excedente que sería para ayudar a pobres y presos.

Con 49 años decidió trasladarse a Buenos Aires para llevar los beneficios de su labor. Caminó junto con sus compañeras alrededor de dos meses hasta llegar a esa ciudad, lo que implicó un viaje de 140 leguas, equivalente a 700 kilómetros.

Sin embargo en Buenos Aires no fue muy bien recibida: la gente viendo a aquella mujer que había entrado a la ciudad con los pies descalzos, con una cruz de madera en las manos, exhortando por las calles a la penitencia e invitando al retiro de los Ejercicios espirituales, la tuvieron por persona extraviada, tratándola de loca, borracha, fanática y hasta de bruja. Los niños de las afueras de la ciudad al verla llegar con un mal aspecto por el largo viaje, comenzaron a apedrearla y abuchearla. María Antonia debió refugiarse en la iglesia de la Piedad, tanto para librarse de ellos como para encomendarse a la Virgen de Nuestra Señora de los Dolores, de la que era muy devota.

El virrey Vértiz se opuso a su petitorio de abrir una casa para dar ejercicios. De igual manera, el obispo diocesano fray Sebastián Malvar y Pinto, le demostró desconfianza y postergó la respuesta por nueve meses, mientras solicitaba informes sobre María Antonia. Queriendo probar su espíritu, trató de disuadirla. Sin embargo, ella resistió todas estas pruebas con valerosa intrepidez. thumb|300px|María Antonia de Paz y Figueroa. Obteniendo el consiguiente permiso, en agosto de 1780, recién comenzó a dar los primeros ejercicios espirituales ante veinte personas, pero ese número creció de tal manera que pronto se calculaba en miles las almas que las recibieron, siendo insuficientes las casas donde las brindaba. Luego el obispo no solo le dio autorización sino que además se convirtió en un gran admirador y le dejó un nada despreciable legado.

Terminantemente opositor fue el virrey Vértiz, dada su antipatía visceral hacia todo lo que fuese jesuítico. En esa actitud firme permaneció por dos años y con poderes sobre el terreno religioso, le negó a María Antonia la autorización para organizar los ejercicios espirituales. Hubo un gran revuelo en ese entonces y solo se hablaba de ella, ya que realizaba los ejercicios de forma clandestina en casas alquiladas por el obispo a algunas familias concurrentes a la iglesia. Las personas cercanas a la nobleza comenzaron a concurrir a estos a escondidas y cuando se supo hubo un gran revuelo y María Antonia no pudo seguir ocultando esto. Había conseguido, por medio de donaciones, unos terrenos en las afueras de Buenos Aires, en la actual avenida Independencia 1190. Las promesas de un mejor trabajo en el centro de Buenos Aires, junto con la fe que depositaban en Cristo gracias a la predicación de María Antonia, habría sido el motor para el gran viaje que realizaron a pie. Al descubrirse oficialmente sus prácticas, María Antonia se vio obligada a tener una reunión con el virrey.

Una vez que esto se hizo oficial, la gente de la nobleza y personas de alto poder económico y social, que proliferaban en aquel entonces y que no tuvieron que ocultarse para concurrir a los ejercicios, realizaron grandes donaciones a María Antonia para poder realizar la construcción de la actual Santa Casa de Ejercicios Espirituales en aquellos mismos terrenos de Independencia al 1190.

En tanto, dos amigas suyas habían emprendido en Salta y Tucumán la organización de los ejercicios espirituales. Este hecho, unido a la trascendencia que cobraba esta práctica religiosa, la alentó a darle forma a su pequeño grupo de beatas, con una serie de pasos que comenzaron en un postulantado, la investidura del hábito y la formulación de votos privados.

Su prestigio creció rápidamente llegando a convertirse en el oráculo de la ciudad, que todos consultaban, anhelando las mismas autoridades servirla en lo que fuese menester para sus ejercitantes.

A los 54 años emprendió un nuevo viaje con la venia del obispo y del virrey, en 1784, llegando primero a Colonia del Sacramento, y luego a Montevideo, promoviendo en esos lugares la práctica de los ejercicios espirituales.

Su apostolado adquirió una trascendencia internacional que motivó admiración. Las cartas sobre sus obras y su propia correspondencia llegaron a Europa donde fueron traducidas y reproducidas al inglés, al italiano y al alemán. Desde Francia se sabe que se habían formado varios conventos solo con leer sus expresiones. Recibió del vicario general de la Compañía en Rusia la Carta de Hermandad, y el pontífice le otorgó indulgencias especiales.

En 1784 el obispo de Buenos Aires, Sebastián Malvar y Pinto, envió una carta al papa Pío VI informándole que durante los cuatro años en los que se habían realizado los ejercicios espirituales en esa ciudad, habían pasado unas quince mil personas, sin que se les haya pedido “ni un dinero por diez días de su estadía y abundante manutención”.

Miles de ejercitantes porteños 250px|thumb|Exterior de la Santa Casa de Ejercicios Espirituales, sobre Avenida Independencia, Buenos Aires. Hacia 1788 escribió Ambrosio Funes una carta contando que en ocho años habrían hecho ejercicios espirituales unas setenta mil personas. Por eso María Antonia proyectaba una casa dedicada especialmente a estas prácticas. Como respuesta obtuvo la donación de tres parcelas de terreno contiguas; la primera de ellas fue donada el 27 de noviembre de 1788, por Antonio Alberti y Juana Agustina Marín, padres del sacerdote Manuel Alberti, integrante de la Primera Junta; pocos días después donó el segundo lote don Pedro Pavón y Benedicta Ortega; y el 10 de diciembre don Alfonso Rodríguez y doña Francisca Jirado donaron la tercera parcela.Alberto Bravo de Zamora, Mama Antula, la sierva de Dios, Jorge Rossi Casa Editorial, Adrogué, 2014, ISBN 978-987-1060-68-9. Pero faltaba todo lo demás, de manera que solicitó nuevamente ayuda y tuvo como apoderado en esta tarea a Cornelio Saavedra.

La práctica de los ejercicios espirituales pasó a convertirse en una de las actividades religiosas más prestigiosas de la vida porteña, y tanto los sectores de abolengo, como los de condición humilde encontraron en Mama Antula a la persona a quien encomendaban sus oraciones por diversas necesidades.

La gravitación de María Antonia En Roma, las cartas de María Antonia a sus amigos los jesuitas, después de ser traducidas al latín, francés, inglés y alemán, fueron enviadas a distintas naciones, en particular a Rusia, único país que no había acatado el destierro de los jesuitas. Ciertos conventos franceses se habían reformado al leer sus cartas. La importancia asignada por el obispo de Buenos Aires a los ejercicios, lo llevó a disponer que ningún seminarista se ordenase sin que primero la beata certificase la conducta con que se hubiesen portado en esos ejercicios. Con ello se asignaba a María Antonia un papel significativo en la iglesia porteña de ese entonces.

En una homilía, el papa Francisco dijo:

En 1791, se publicó en francés un opúsculo titulado "El Estandarte de la Mujer Fuerte", de autor anónimo, aunque se cree que fue escrito por Ambrosio Funes. En él se narran los principales actos de su vida para la veneración universal.

En 1793, planeó la construcción de su propia Santa Casa de Ejercicios Espirituales en Buenos Aires, obra que vio terminada su parte principal cuatro años más tarde, no sin antes haber llegado al Paraguay.

El retiro final