thumb|Icono de Viracocha, huaca principal del Sapa Inca. La capac cocha, capac hucha o qhapaq hucha (que podría traducirse como «obligación real») fue uno de los rituales más relevantes del calendario ceremonial del Tahuantinsuyo. Se celebraba entre los meses de abril y julio, al menos, desde el hasta comienzos del , en honor al dios Viracocha (Qun Tiksi Wiraqucha en quechua).

La ceremonia comprendía fiestas, ofrendas y sacrificios humanos como expresión de gratitud y reciprocidad hacia las divinidades. Desde las cuatro regiones del Tahuantinsuyo, las comunidades enviaban niños al Cuzco, donde se realizaban las ceremonias principales. Posteriormente, eran llevados de regreso a sus lugares de origen para ser ofrendados en las huacas locales, generalmente ubicadas en montañas sagradas o "apus", en distintos puntos del Tahuantinsuyo. .

Etimología Existen dos versiones verosímiles sobre el origen y significado de este término, según la primera de ellas, se originaría en la acepción del término capac, cápac o qhapaq con el significado de «soberano», o «señor» y el de hucha como «culpa», «pecado», «negocio», o «pleito». Estos significados son los que figuran en los diccionarios quechuas del y de Fray Domingo de Santo Tomás y Diego González Holguín. Según este enfoque, capac cocha significaría «culpa del soberano», o del Inca, u «obligación al rey».

Sin embargo, la interpretación de la palabra hucha como pecado parecería fuertemente distorsionada por la evangelización. Una segunda interpretación, sostenida por Enrique Urbano, toma en cuenta otro término usado por Cristóbal de Molina: cachaguaes o cachaguaco que añade otra dimensión semántica al vocablo ya que significa «mensajero», o «enviado» y cachani «enviar un mensajero o un mensaje».

Entonces, en esta interpretación, la capac cocha tendría relación con enviar mensajeros o enviados a los dioses. Estos mensajeros eran portadores de ofrendas y al mismo tiempo ellos mismos eran las ofrendas y, teniendo la función de mensajeros, debían presentar a los dioses las peticiones del pueblo.

La cosmovisión incaica

El espacio inca El mundo andino estaba dividido en lo alto y lo bajo. El valle del Cuzco, como la capital incaica, se divide en una parte alta y otra baja, como también los Wamani (provincias) y el Tawantinsuyu (el imperio de las cuatro direcciones) que se divide en cuatro suyus o partes. Por un lado, Chinchaysuyu y Antisuyu al Norte y Oriente. Por otro lado, Collasuyu y Cuntisuyu al Sur y Occidente. Cada parte estaba dividida por 9 ceques, líneas visuales que conformaban un sistema lógico, coherente y unificador, a lo largo de las cuales había 328 huacas.

La relación entre los lugares sagrados con los ceques que irradiaban de Cuzco (específicamente de Coricancha) constituía, además, un instrumento útil para la organización territorial del imperio. Asimismo, cumplía la función de dirigir la atención de los territorios lejanos hacia la capital como centro preeminente del poder político y religioso. Las relaciones entre diversos puntos del paisaje se expresaban mediante un sistema de relaciones geográficas, organizado de acuerdo a lineamientos genealógicos.

El inframundo Las poblaciones del antiguo Perú tenían la percepción de una «segunda vida» tras la muerte que transcurría en el hurin pacha. Dentro del perfil de segmentación del universo andino, el hurin pacha es uno de los tres planos verticales, el plano interior de la tierra, el que se situaba por debajo del kay pacha. Casi todas las informaciones, tanto de época colonial como actual, además, lo relacionan con Supay, el demonio y la oscuridad.

Las informaciones insinúan que existió una percepción del hurin pacha bipartita, al menos. Por un lado se situaba un plano intra-terreno, lugar donde se ubica la fertilidad, el Sol (como Punchao), la Luna y los animales de la noche; atravesado este plano por un mar. Por otro lado, se hallaría el plano de la eterna oscuridad, donde se ubica el máximo exponente de la noche, la forma antagónica de la potencia celeste, la potencia germinativa, el uku pacha.

Tanto hurin pacha como uku pacha son dos vocablos que se confunden en las crónicas y podrían haber existido otro tipo de denominaciones que se han olvidado con el transcurso del tiempo y por la evangelización. Posiblemente, eran dos vocablos que designaban partes del mundo intraterreno, pero los datos son muy confusos.

Habitar el inframundo, o habitar el lugar de las almas ubicado al otro lado de la orilla de las aguas eternas, era una forma de concebir el ser transformado en contacto con los acontecimientos del futuro, como puede ser la lluvia. Así, la lluvia, ubicada en el inframundo, se prepara, sube al cielo y cae para empapar la tierra. De hecho los apus, los achachilas, se perciben como cerros que protegen y sustentan a las comunidades, su interior alberga la vida en germinación, la contención de las lluvias, e incluso, los difuntos. El cerro sería la comunicación entre el hurin pacha, el kay pacha y el hanan pacha.

El ingreso al inframundo

Las crónicas relacionan el hurin pacha con seres y objetos de pequeñas dimensiones. Por ejemplo, Pedro Pizarro escribió que durante el delirio de Huayna Cápac «le entraron tres indios nunca vistos, muy pequeños, como enanos, adonde él estaba y le dijeron "inga, venimosle a llamar...". La visión relaciona el tamaño de los comunicadores con el inframundo y con la noticia de su muerte.

Las ofrendas de niños y jóvenes relacionadas con la capac cocha eran acompañadas por réplicas en pequeña escala del mundo real con formas antropomorfas, así como llamas y objetos de uso cotidiano. Estas no son solamente estatuillas, todos los detalles son miniaturas, incluyendo los textiles en sí mismos, tocados de plumas, etc. En muchos casos los tocados y vestimentas reproducen los mismos que vestían los niños.

Las definiciones halladas en el diccionario de Jesús Lara llevan a pensar en la posibilidad de interpretar el «mundo de adentro» como recorrido por caminos o tránsitos por los cuales el difunto vagaba en su peregrinación.

Se piensa que, para su viaje, los niños debían transformarse simbólicamente en las figurillas que los acompañaban, y que las ofrendas se relacionan con éste viaje, por ello llevaban comida, bebida, sandalias adicionales y mantas.

El ritual de la Capac cocha thumb|Huacas que veneraba el Inca en Cuzco. Arriba el Sol, la Luna y el lucero, en la montaña, Uana Cauri, Tanbo Toco, o los agujeros del tampu, y Pacari Tanbo Los ídolos incaicos

Los pueblos bajo dominio inca veneraban a las huacas, o wakas, nombre con el que se designaba a todas las sacralidades fundamentales, ídolos, templos, tumbas, momias, lugares sagrados, animales, aquellos astros de los que los ayllus, o clanes creían descender, los propios antepasados y las wakas principales, el Sol y la Luna. Los incas creían que el Inca Tupa Yupanqui podía hablar con las wakas, y por medio de estas conocía los hechos pasados y futuros, incluso la llegada de los españoles a América.

Luego de someter a un pueblo a su dominio, el Inca delimitaba las tierras que se iban a dedicar al cultivo y los lugares sagrados. Algunas de estas apachita, o adoratorios serían los indicados para los sacrificios de capac cocha. Muchas apachita se encuentran en uso hasta hoy en diversas partes de los Andes. alt=Ceremonia de capacocha a la huaca Pachacamac|izquierda|miniaturadeimagen|Ceremonia de Capac cocha a la huaca Pachacamac (creador del universo) del Chinchaysuyo alt=Ídolos y huacas del Collasuyo|miniaturadeimagen|Ídolos y huacas del Collasuyo

alt=Ídolos y huacas del Contisuyo|centro|miniaturadeimagen|Ídolos y huacas del Contisuyo; en la esquina izquierda se puede ver el nombre del volcán Coropuna con una pirca en la cumbre, mientras le realizan ofrendas.

Desarrollo del ritual Los sacrificios de niños se realizaban con regularidad en todo el imperio. El Inca supremo ordenaba las normas de estos sacrificios, y los tukuy rikuq, corregidores, y los michuq, jueces, debían rendirle cuentas de su fiel ejecución. En cada región del Tahuantisuyo se ofrendaba en honor a las huacas locales: en el Chinchaysuyo era Pachacámac, creador del universo; en el Antisuyo se hacía en honor a Saua Ciray, Pitu Ciray, y al Otorongo; los Collasuyos homenajeaban a Uillca Nota y los Contisuyos a Coropona.

La capac cocha se realizaba, en la fiesta Qhapaq Inti Raymi, o fiesta del señor Sol, Quilla Raymi, o fiesta de la Luna, Chasca Qoyllur (Venus o el lucero) y Chuqui Ylla (posiblemente Marte) así como para la coronación o muerte del Inca y también para propiciar buenas cosechas o ahuyentar desastres que incluyen a pestes, sequías, erupciones volcánicas, entre otros eventos adversos. En los pueblos también había capac cochas locales, que se daban primordialmente por una de las razones anteriormente descritas y que eran autorizadas por el Inca.

Para las capac cochas imperiales, de cada huamani (distrito administrativo incaico) se enviaban al Cuzco uno o varios niños de entre seis y diez años, bellos y libres de señal o mancha, muchos de ellos hijos de caciques locales principales. En varias crónicas, referidas a diferentes ceremonias, se habla de entre quinientos y mil niños en cada ocasión. Los niños viajaban escoltados por una comitiva de sacerdotes y acompañantes hacia a la ciudad de Cuzco, en cuya plaza principal se encontraba el ushnu, centro simbólico del universo incaico.

Las ceremonias en Cuzco podían durar varias semanas, durante las cuales se realizaban danzas rituales, ofrendas en objetos, oro, plata y conchas marinas, sacrificios de aves, camélidos, cérvidos y felinos, y también de niños, principalmente en el templo de Curi Cancha, así como en Pumap Chupan, templo de la Luna, y en otras huacas consideradas principales.

Durante estas ceremonias, los niños eran santificados como «hijos del Sol», tal como el mismo Inca, y recibían presentes propios de su nueva condición, como tejidos cumbi de gran calidad elaborados por las acllacona. Estos tejidos eran de gran significación como símbolo de pertenencia incaica, ya que incluso jefes y caciques tenían prohibido su uso. Luego, el Inca y los sacerdotes presidían la ceremonia de matrimonio simbólico de niñas y niños.

Finalizadas las ceremonias, los niños, los sacerdotes y su comitiva de acompañantes emprendían el viaje de regreso a sus comunidades. Al retornar no lo hacían siguiendo el camino real, o camino del inca, como a la ida, sino que debían seguir un camino en línea recta, posiblemente siguiendo los ceques que partían de Cusco y se dirigían a las wakas. Este era un viaje largo y penoso, atravesando valles, ríos y montañas, que podía tomar meses.

Al llegar a las aldeas eran recibidos con grandes festejos por la comunidad local, luego de las cuales se dirigían en procesión hacia la huaca en la cual se realizaría la ofrendas.

La ceremonia de la ofrenda tenía características particulares en cada lugar, posiblemente originadas en los usos y creencias de cada parcialidad. En la mayoría de los casos, los niños eran drogados con una bebida de alcohol de maíz, llamada chicha, y coca, y depositados inconscientes en el lugar de la ceremonia, donde morían por hipotermia. En otros casos la muerte era provocada de manera más violenta, como en el caso del niño del Aconcagua, con un fuerte golpe en la cabeza, al igual que la niña del Sara Sara y la joven del nevado Ampato, mientras que en la niña del cerro Chuscha la causa de la muerte fue una herida punzante en el hemitórax derecho, que ingresó por su espalda.