El Gran Teatro del Liceo de Barcelona, conocido como El Liceo (Gran Teatre del Liceu o El Liceu en catalán), es el teatro de ópera en activo más antiguo y prestigioso de Barcelona, situado en La Rambla.
Fundado en 1837 en otra ubicación, El Liceo abrió sus puertas en su ubicación actual el 4 de abril de 1847. El teatro fue reconstruido tras dos incendios en 1861 y 1994 y reabrió sus puertas el 20 de abril de 1862 y el 7 de octubre de 1999, respectivamente. El 7 de noviembre de 1893, en la noche de inauguración de la temporada, un anarquista arrojó dos bombas al patio de butacas y unas veinte personas murieron y muchas más resultaron heridas.
Entre 1847 y 1989, el Liceo fue el teatro de ópera más grande de Europa por capacidad, con sus 2338 localidades de entonces.
Desde 1994, el Liceo es propiedad y está gestionado por una fundación pública, cuyo Patronato está formado por miembros representantes del Ministerio de Cultura del Gobierno de España, la Generalidad de Cataluña, la Diputación Provincial de Barcelona y el Ayuntamiento de Barcelona. El teatro cuenta con su propio coro, el Coro del Gran Teatro del Liceo; orquesta sinfónica, la Orquesta Sinfónica del Gran Teatro del Liceo; y un centro de educación superior de música, el Conservatorio Superior de Música del Liceo.
Los orígenes de la ópera en Barcelona El 9 de noviembre de 1705, el Archiduque Carlos de Austria entró en Barcelona por la Puerta de San Antonio. Carlos, vienés de nacimiento, decide convertir Barcelona en una corte europea. Celebró la primera función de ópera para su corte, con el estreno de la ópera de Antonio Caldara Il più bel nome en el salón del edificio de la Lonja. Durante los años siguientes se cantaron varias óperas italianas de Caldara, Carlo Pollarini, Francesco Gasparini, Andreas Fiore, etc. En el mismo escenario se estrenó la Dafne de Emmanuele d'Astorga. Tras la muerte de su hermano, el 19 de marzo de 1715 abandona Barcelona camino de Viena para coronarse Emperador, con las protestas de la población barcelonesa. Su corto reinado dejó prendida en Barcelona la chispa de la ópera.
miniatura|izquierda|Fachada principal El Marqués de la Mina, capitán general de Cataluña entre 1742 a 1746, se había aficionado a la ópera durante sus campañas militares en Italia. Tras pacificar la ciudad, su guarnición, formada por mercenarios extranjeros formados en Italia, tenía dificultades para la comprensión de las obras de teatro en catalán y en español, y empezaba a aburrirse peligrosamente. El Marqués de Mina decidió reproducir en Barcelona el boato de la corte madrileña, presidiendo funciones de ópera en el Teatro de la Santa Cruz de la Rambla de Santa Mónica, en la parte baja de La Rambla.
La naciente burguesía, ávida de prestigio social, encontró en la ópera un medio para mejorar su cultura y de codearse con la nobleza, sin necesidad de mendigar invitaciones a los salones privados. El público menestral también se aficionó a la ópera, y la coincidencia de los intereses de este con los de la burguesía y la nobleza, hicieron que la ópera sobreviviese en Barcelona a lo largo de los años, y superase todo tipo de dificultades.
Otro capitán general de Cataluña, el conde de Ricla, entre 1767 y 1772, también fue un entusiasta promotor de la ópera y el ballet. Sus relaciones con una bailarina, a la que también cortejaba Giacomo Casanova durante su estancia en Barcelona, supuso la destitución del capitán general.
El Ayuntamiento de Barcelona, cuando fallaba el apoyo de Ejército, continuaba incluyendo las poco rentables funciones de ópera en la programación del teatro, por una cuestión de imagen frente a la población, que adoraba la ópera italiana.
El 27 de agosto de 1787, un incendio destruyó el teatro de la Santa Cruz. En Barcelona no solo asistían a la ópera los nobles, burgueses y menestrales sino, incluso, sacerdotes, pues los barceloneses se habían apasionado por la ópera y nadie faltaba a las representaciones.
Giaccomo Casanova en sus memorias hace mención a que en Barcelona todo el mundo va a la ópera y hasta los mendigos en la calle comentan con pasión las funciones. El escritor, ensayista y viajero inglés Arthur Young también lo menciona con extrañeza cuando escribe sobre su estancia en Barcelona en julio de 1787. En el resto de Europa no era común que, incluso, las gentes de las clases más bajas de la población fuesen grandes aficionados a la ópera.
Para recaudar fondos destinados a la reconstrucción del teatro, se efectuó una suscripción pública. La suscripción tuvo un éxito limitado entre la población por lo que, una vez más fue el Ejército quien completó la suma necesaria, siendo capitán general de Cataluña, el conde del Asalto.
El siguiente problema vino cuando Carlos IV, a finales de 1799 prohibió en toda España la representación de obras teatrales que no fuesen en español, para favorecer a los actores españoles frente a las compañías de teatro francesa e italianas que copaban los teatros españoles. En Barcelona, dicha prohibición se sintió como una grave afrenta a la ópera italiana que era la pasión ciudadana.
El 3 de agosto de 1801, tras numerosas gestiones y presiones diversas, se logró que esa prohibición no se aplicase en Barcelona, teniendo el privilegio único en España, a partir de entonces, de seguir representando las óperas en italiano. La concesión del privilegia a la ciudad de Barcelona se celebró con un concierto improvisado en las puertas del teatro. Con la concesión quedó resguardada la paz ciudadana.
El Ejército Francés, tras la invasión napoleónica, también promovió las funciones de ópera, pero la ópera en francés no tuvo mucho éxito entre la población, por lo que sólo asistía la guarnición ocupante y algún afrancesado.
El capitán general de Cataluña entre 1815 y 1820 fue el general Francisco Javier Castaños que se había educado en Barcelona, donde había disfrutado largamente de la ópera. Tras el fin de la Guerra de la Independencia, el general Castaños proyectó el regreso de la ópera a Barcelona a lo grande, encargando al compositor catalán Ramón Carnicer y Batlle que fuese a Italia y reuniera una compañía con la que reanudar las funciones en el Teatro de la Santa Cruz.
Historia del Gran Teatro del Liceo La Sociedad Dramática de Aficionados En el año 1837, el 8.º Batallón de Línea de la Milicia Nacional, nacida a imagen y semejanza de las milicias revolucionarias francesas, con el patricio Manuel Gibert Sans al frente, en su calidad de comandante, debía buscar sus propios fondos para su funcionamiento. A pesar de la elevada extracción de la mayoría de sus miembros, se encontraban en un difícil momento económico. El cabo Pedro Vives defendió, en una reunión celebrada en una lujosa vivienda de la calle de Escudillers, la idea de fundar un pequeño teatro en el que celebrar conciertos, funciones dramáticas y bailes, con los cuales recaudar fondos para, entre otras cosas, pagar la renovación de los ajados uniformes. La idea fue calurosamente acogida por todos.
El batallón puso manos a la obra para construir una sala con un aforo de 600 localidades, que pronto empezaría a hacer la competencia al Teatro de la Santa Cruz, que era el teatro oficial de Barcelona. La función inaugural de la sala, situada en el exconvento de Montesión (en la calle de Montsió, cerca de la avenida Puerta del Ángel), fue el 21 de agosto de 1837. La milicia fue disuelta el 14 de octubre de 1838, tras haberse apaciguado el país después de los disturbios y quema de conventos de la Revolución de 1835.
El Liceo Filodramático de Montesión Para evitar la desaparición de la sala, que empezaba a tener su público, Manuel Gibert propuso la constitución del Liceo Filodramático de Montesión. La nueva sociedad fue autorizada por el gobernador Civil de Barcelona. La finalidad de la nueva entidad era, por una parte, promover la enseñanza musical (de aquí el nombre de Liceo) y, por otra, la organización de representaciones escénicas de teatro de ópera, por parte de los alumnos.
La presencia del pujante Liceo Filodramático inclinó a los propietarios del Teatro de la Santa Cruz a cambiar su nombre por el de Teatro Principal. En 1838, la entidad cambió el nombre por el de Liceo Filarmónico Dramático de S.M. la Reina Isabel II. Los partidarios de una u otra sala, se les conocía como Cruzados y Liceístas, acogiendo los primeros a colectivos carlistas y más tradicionales, mientras que eran Liceístas los colectivos liberales y moderados. En ambos casos, se trataba de grupos sociales transversales en los que participaba gente de todas las clases sociales, como era tradición en la ópera en Barcelona.
La falta de espacio y las presiones de las monjas dominicas, antiguas propietarias del convento, que habían recuperado unos derechos que habían perdido, y reclamaban volver, motivaron que el Liceo Filarmónico Dramático de S.M. la Reina Isabel II abandonara el Convento de Montesión en 1848.
A cambio, le fue concedida la compra del edificio del Convento de los Trinitarios, situado en el centro de la Rambla de Barcelona. Inmediatamente se iniciaron los trabajos de demolición de este convento para edificar un nuevo edificio capaz de acoger todas las actividades del Liceo.
El primer edificio del Gran Teatro del Liceo thumb|200px|Grabado del del primer edificio del Liceo A diferencia de otras ciudades europeas, donde la monarquía se hacía cargo de la construcción y mantenimiento de los teatros de ópera, en Barcelona la construcción del Gran Teatro del Liceo se tuvo que hacer mediante las aportaciones de accionistas particulares, según una estructura similar a una sociedad mercantil. Este hecho condicionó hasta la estructura del nuevo edificio, falto, por ejemplo de palco real.
Dada la gran afición que había en Barcelona, el teatro que se construyó era el de mayor aforo de Europa, y lo fue durante más de un siglo. Aún hoy, con la reducción del aforo a la mitad del inicial, pero con la comodidad de tener todas las plazas sentadas, el Liceo es el teatro de ópera con mayor aforo de toda Europa, excepto aquellos más recientes como la Ópera de la Bastilla (2.703 butacas).
La Sociedad del Gran Teatro del Liceo tiene el origen en el año 1837, pero no fue hasta el año 1844 cuando Joaquim Gispert, socio impulsor de la sociedad Liceo Filarmónico de Montesión, compró el antiguo convento de los trinitarios descalzos de la Rambla para construir un nuevo teatro.
La primera autoría arquitectónica mantiene algunas incógnitas, pero se sabe que intervinieron Joaquim Gispert, su hijo Frederic, que era ingeniero, el maestro de obras Francesc Batlle, Francesc d'Assís Soler, etc. pero fue Miquel Garriga i Roca el arquitecto encargado de la construcción del Liceo. En la decoración interior intervino el escenógrafo francés Charles-Antoine Cambon. Las obras se iniciaron el 11 de abril de 1845, y el Teatro se inauguró el 4 de abril de 1847.
La historia arquitectónica y social del edificio es convulsa y variada, como reflejo de las circunstancias y variaciones de la sociedad de cada momento.
El edificio fue destruido en gran parte por el incendio del año 1861, salvándose, como en el siguiente incendio, la entrada y el salón de los espejos, conocido entonces como El Vergel que, junto con la entrada desde la Rambla, es lo único que queda del primitivo teatro.
El segundo Gran Teatro del Liceo miniatura|Gran Teatro del Liceo hacia 1869, en El Museo Universal.