miniatura|Lápida dedicada a los héroes de la «Jornada del 7 de julio» de 1822 en el arco que comunica la calle del 7 de julio con la Plaza Mayor de Madrid, lugar del enfrentamiento entre la Milicia Nacional, apostada en el interior de la plaza, y la Guardia Real sublevada.
El golpe de Estado de julio de 1822, también conocido como el golpe de Estado del 7 de julio, fue un golpe de Estado fallido que tuvo lugar en España durante el Trienio Liberal. Pretendía acabar por la fuerza con el régimen constitucional, restablecido tras el triunfo de la Revolución de 1820, y restaurar la monarquía absoluta. Como ha señalado Juan Francisco Fuentes, «fue el intento más serio de golpe de Estado absolutista, que no en vano tuvo su epicentro en el Palacio Real de Madrid», aunque contó con numerosas ramificaciones fuera de la capital, lo que demuestra «la existencia de un plan relativamente amplio y maduro». «Marcó un punto de inflexión en el transcurso del Trienio», han subrayado Ángel Bahamonde y Jesús Antonio Martínez. La misma tesis sostienen Pedro Rújula López y Manuel Chust: «La crisis de julio marcó de manera traumática la evolución del régimen constitucional».
Según Emilio La Parra López, la idea de realizar un golpe de Estado contra el régimen constitucional surgió de una entrevista privada del rey Fernando VII con el embajador francés conde de La Garde que se celebró a principios de mayo de 1822 y durante la cual ambos coincidieron en que debía seguir el modelo del 18 brumario de Napoleón. El proyecto definitivo del golpe, según La Parra, se ideó en el entorno de Fernando VII y su plan específico fue tomado de la «Conspiración de Matías Vinuesa» del año anterior. De su ejecución se encargarían las «Confidencias», la red secreta extendida por todo el país de grupos absolutistas financiados y dirigidos desde Palacio, y de sublevar a la Guardia Real se ocuparía el oficial del cuerpo Ramón Zuloaga, conde de Torrealta. El marqués de las Amarillas, testigo directo de los hechos, escribió en sus Recuerdos: «El rey fue el alma y móvil primero de la insurrección». El 4 de julio, en pleno golpe, el embajador La Garde comunicó a su gobierno en un mensaje cifrado: «El rey está completamente comprometido y es el que ordena las cosas» —según contó después La Garde, el rey le pidió que intentara que el Gobierno se sumara a la operación, pero fracasó—.
El 1 de julio se sublevó la Guardia Real y Fernando VII a punto estuvo «de marcharse con los sublevados para ponerse al frente de la contrarrevolución». El rey lo consultó con el gobierno del liberal moderado «anillero» Francisco Martínez de la Rosa, cuyos miembros pasaron la mayor parte del tiempo en el Palacio Real como virtuales prisioneros (y había órdenes preparadas para su encarcelamiento), y este se lo desaconsejó por ser demasiado arriesgado. «El Gobierno se dejó encerrar en Palacio, junto al Rey, porque en definitiva lo que se estaba haciendo era llevar a la práctica el viejo plan de Vinuesa», ha afirmado Alberto Gil Novales. «Durante toda una interminable semana el palacio fue el centro de una ambiciosa acción contrarrevolucionaria. Madrid se convirtió en rehén de las fuerzas de la Guardia del rey, y el propio monarca, con su actitud ambigua y silente, atenazó al Ejecutivo impidiéndole tomar medidas y dejó la iniciativa a los rebeldes», han puntualizado Rújula y Chust. Finalmente, la Guardia Real fue derrotada en la «Jornada del 7 de julio» por las fuerzas constitucionales encabezadas por la Milicia Nacional.
Antecedentes miniatura|Retrato ecuestre de Fernando VII por José de Madrazo (1821), Museo del Prado. Durante la primavera de 1822 se incrementaron notablemente las acciones de las partidas realistas (sobre todo en Cataluña, Navarra, el País Vasco, Galicia, Aragón y Valencia, y de forma más esporádica en Asturias, Castilla la Vieja, León, Extremadura, Murcia, Andalucía y Castilla la Nueva) y hubo varios conatos de rebeliones absolutistas, la más importante de las cuales se produjo en Valencia el 30 de mayo de 1822. En esa fecha se sublevaron los artilleros de la Ciudadela en nombre del rey absoluto y proclamaron como Capitán General de Valencia al general Elío, que ya había encabezado el golpe de Estado de 1814 que restauró el absolutismo y que entonces se encontraba preso. La insurrección solo duró un día ya que las fuerzas constitucionalistas tomaron al asalto la Ciudadela. El general Elío, que probablemente no había participado en la conjura, fue juzgado y condenado a muerte por garrote vil, sentencia que fue ejecutada el 4 de septiembre. «Elío pagó con su vida no tanto la sublevación de 1822 cuanto el pronunciamiento de 1814 y la larga represión que había ejercido sobre los liberales», ha señalado Alberto Gil Novales. Ese mismo día 30 de mayo, onomástica del rey, una multitud se congregó en torno al Palacio de Aranjuez para aclamar a Fernando VII con gritos de «¡Viva el Rey solo!» y «¡Viva el rey todo absoluto!» y se produjeron momentos de tensión entre miembros de la Guardia Real, convertida en uno de los puntales de la contrarrevolución, y de la Milicia Nacional. «Lo relevante de aquella jornada es que no parecía un movimiento espontáneo sino que fue interpretado casi unánimemente como una acción realista planificada. Llegó a rumorearse que se trataba de un plan para proclamar al rey absoluto».
Al mes siguiente, creyendo que el infante don Carlos iba a encabezar la sublevación, se rebeló en Castro del Río la Brigada de Carabineros que el 1 de julio iba a ser disuelta en cumplimiento de un decreto de las Cortes de 19 de mayo. La Brigada de Carabineros era, junto con la Guardia Real, uno de los dos cuerpos militares más desafectos al régimen constitucional ya que eran exponentes del ejército estamental propio del Antiguo Régimen. De la Guardia Real dijo Francisco Fernández de Córdoba que tenía en ella a un hermano: «vivían en estado de permanente conspiración, y ocupábanse... en urdir tramas y fraguar complots para derribar en breve plazo a los restauradores de la Constitución». La rebelión de los carabineros fue el prólogo de la sublevación de la Guardia Real y casi coincidió con la toma de la Seo de Urgel el 21 de junio por las partidas realistas. «A partir de ese momento la contrarrevolución contó con un núcleo rebelde en territorio español. Era una de las condiciones que había impuesto Francia para prestar su apoyo al rey. Cuando llegó la noticia a Aranjuez los cortesanos elevaron el ánimo y retomaron con nueva energía la actividad conspirativa». El marqués de Miraflores escribió en sus Apuntes histórico-críticos (1834) que en vísperas de la «Jornada del 7 de Julio» «España [ofrecía] el horrible espectáculo de una sangrienta guerra civil».
El golpe La sublevación de la Guardia Real thumb|Vista del monte y palacio de El Pardo a donde se dirigieron en la madrugada del 1 al 2 de julio cuatro batallones sublevados de la Guardia Real, iniciando así el golpe. El 30 de junio de 1822 al volver el rey de clausurar el periodo de sesiones de las Cortes —el monarca había regresado a Madrid tres días antes desde Aranjuez donde estaba residiendo desde marzo— en las inmediaciones del Palacio Real grupos de civiles gritaron «¡Viva la Constitución!» que fueron respondidos con «¡Viva el rey absoluto!» de la Guardia Real. Entonces se produjo un altercado que se saldó con la muerte de un miembro de la Milicia Nacional y del teniente liberal de la Guardia Real Mamerto Landaburu asesinado por sus compañeros en el patio del palacio (en honor suyo se fundaría la sociedad patriótica Landaburiana). El teniente se había encarado con ellos reprochándoles su comportamiento (habían expulsado al retén de la Milicia Nacional que se ocupaba de la seguridad de la zona y habían acordonado el perímetro del Palacio) y sus vivas a favor del rey absoluto. Según relató la Historia de la vida y reinado de Fernando VII publicada en 1842, una vez el rey llegó a palacio la guardia desalojó a un retén de la Milicia nacional y a los paisanos que ocupaban la Plaza de Oriente y fue avanzando sus posiciones sin atender a las órdenes de sus superiores, animada desde los balcones de palacio. En tal situación, Mamerto Landaburu, teniente 1.º del Regimiento de Infantería de la Guardia Real, conocido por sus ideas liberales, trató de imponer el orden a sus subordinados, que le respondieron con insultos. El joven teniente respondió a la insubordinación hiriendo con su sable a uno de los guardias y, aunque otros compañeros de armas trataron de salvarle de la irritación de los compañeros del herido, introduciéndole en palacio, fue asesinado por tres granaderos que le dispararon por la espalda.Historia de la vida y reinado de Fernando VII de España: con documentos justificados, órdenes reservadas y numerosas cartas del mismo monarca, Pío VII, Carlos IV, María Luisa, Napoleón, Luis XVIII, El Infante Don Carlos y otros personages, Madrid, Imprenta de Repullés, 1842, t. II, p. 322. La noticia del asesinato del teniente Landáburu y de la actitud desafiante de la Guardia Real circuló con rapidez por todo Madrid.
Ante estos hechos el Ayuntamiento de Madrid tomó la iniciativa, a la que se sumaría la Diputación Permanente de Cortes, movilizando a la Milicia Nacional y exigiendo al Gobierno que castigara a los culpables de los asesinatos y los desórdenes. También presentó una exposición al rey en el que se decía que Madrid estaba «en general alarma» y se insistía en la «conspiración constante» que se observaba «hac[ía] tiempo contra nuestras preciosas libertades». En la noche del 1 al 2 de julio cuatro batallones de la Guardia Real, que sumaban unos 1500 hombres, abandonaron sus cuarteles para situarse en El Pardo —donde arrancaron la placa constitucional—, mientras los otros dos se quedaron custodiando el Palacio Real. «Este movimiento constituía el primer acto de una operación de asalto al orden constitucional que tendría en vilo al país durante siete días». De hecho, estaba previsto que Fernando VII con su familia acudiera a El Pardo para ser proclamado allí rey absoluto, pero «el rey no se atrevió a salir de Madrid o no lo consideró conveniente, e intentó culminarlo todo desde palacio», rodeado de aristócratas y militares de su plena confianza, entre los que se encontraba el marqués de las Amarillas.
Debido a la parálisis del jefe político de Madrid (y del Gobierno), el Ayuntamiento asumió en la práctica todos los poderes y organizó la resistencia de la capital. A los milicianos ya movilizados se les unieron la guarnición local, comandada por el general Morillo, generales que acudieron a la sede del Ayuntamiento —Riego, Ballesteros y Palarea— y un grupo de oficiales sin destino en Madrid que ese mismo día, 1 de julio, formaron junto con paisanos el Batallón Sagrado, armado por el Ayuntamiento, y que quedó al mando del general Evaristo San Miguel. El marqués de Miraflores afirmó en sus Apuntes histórico-críticos (1834) que Madrid «era un campamento», con su centro en la Plaza de la Constitución defendida por la Milicia y por algunas piezas de artillería. El diario El Universal se preguntaba en su edición del 3 de julio en referencia a la Guardia Real sublevada:
miniatura|Francisco Martínez de la Rosa, líder del Gobierno, cuyos miembros quedaron recluidos en el Palacio Real.Gabinetes durante el reinado de Fernando VII.