250px|thumb|Monumento al Divino Salvador del Mundo, símbolo nacional de El Salvador ubicado en la capital. La cultura de El Salvador es el conjunto de expresiones y tradiciones que caracterizan al pueblo salvadoreño, y que pueden verse tanto en costumbres, prácticas, normas y reglas de la sociedad; así como en el paisaje, manera de ser, vestimenta, religión, rituales, normas de comportamiento y sistemas de creencias con las que las personas se relacionan con su conservación, fomento y difusión, administradas por el Ministerio de Cultura.

Orígenes

La cultura de El Salvador es una mezcla de distintas manifestaciones consideradas colectivamente las costumbres, folclores, artes, instituciones sociales y logros del país. Siendo de los orígenes de las siete culturas indígenas del país como potones en la gran parte oriental, chortis en el actual departamento de Chalatenango, xincas en el extremo poniente desde Ahuachapán, kakawiras entre Morazán y La Unión, chorotegas en el extremo oriente de La Unión, pocomames entre Santa Ana y Ahuachapán, y nahuas (o pipiles) en la gran parte en las zonas occidental y central. A partir de la conquista por los españoles, tuvieron influencias extranjeras desde el otro lado del mundo que crearon varias descendencias culturales en la actual república. Además de los hispanos, también tuvieron varios factores culturales como africanos, árabes, otros europeos y últimamente asiáticos. El Salvador ha tomado como una identidad entre la era precolombina, la era colonial, y la era independiente siendo parte de su historia como base la división de la cultura popular en las categorías materiales, tecnológicas, sociales y espirituales, dejando como su presencia en muchos de los aspectos de la vida cotidiana de su pueblo. Asimismo, El Salvador está relacionado con las costumbres de los países de Hispanoamérica.

Idiomas

thumb|«Pedí aquí tu fría», eslogan publicitario voseante en El Salvador. El voseo es algo que caracteriza a los salvadoreños.

En el país, el idioma oficial es el castellano; sin embargo, la forma de hablar puede mezclar palabras de origen indígena como en la gastronomía, ocasionando lo que son los diferentes modismos o salvadoreñismos.Salvadoreñismos

Una pequeña cantidad de la población habla el idioma náhuat, en Izalco y otros localidades;Campbell, Lyle (1985). The Pipil language of El Salvador. Mouton grammar library (No. 1). Berlin: Mouton Publishers. igualmente hay semihablantes de lenca salvadoreño o potón y cacaopera, siendo las lenguas indígenas más amenazadas del país. Entre las lenguas precolombinas que se han extinto en El Salvador están los idiomas chorotega, chortí, lenguas xincas, pocomam.

Con respecto a los idiomas extranjeros que son hablados en este territorio, el idioma inglés se ha enseñado desde hace más de 50 años en las escuelas, tomando la prioridad de ser el segundo idioma como medio de comunicación en los salvadoreños; también hay descendientes de árabes e italianos que hablan estos idiomas, principalmente en el distrito de Concepción Quezaltepeque. Para mencionar algunas cantidades de otras lenguas, se estima que hay aproximadamente 1,300 descendientes chinos que hablan este idioma, y hay una cantidad cerca de los 500 hablantes del idioma turco.

Las toponimias y el habla popular

Las culturas indígenas que poblaban el continente americano antes de la llegada de los españoles hicieron un uso intensivo de la tradición oral. Existía la escritura jeroglífica (conservada en códices, vasijas y murales), pero estaba destinada a las clases superiores y, aun entonces, los signos servían muchas veces como recurso mnemotécnico para la explicación oral. Los pueblos náhuas, también llamados pipiles, llegados en sucesivas migraciones desde México hasta partes de Nicaragua y partes de Costa Rica; la cultura maya (específicamente las etnias chorti o apay y pokomames), lencas (extendidos por Honduras, partes de Nicaragua y el oriente de El Salvador), y los cacaoperas o kakawiras (también llamados ulúas) fueron dejando huellas escritas de su estadía o de su paso por la región. En efecto, aún en nuestros días el país entero está plagado de topónimos (nombres dados a lugares específicos) de neta raíz indígena. El mestizaje cultural implicó la desaparición de muchos de aquellos nombres y la deformación fónica de otros, pero, en todo caso, incluso con ropaje de santos cristianos, muchísimos topónimos aún sobreviven.

La toponimia náhuat miniatura|Una mujer nahuahablante con su traje tradicional náhua en Santo Domingo de Guzmán. Conviene comenzar por el nombre con el que asimismo se conoce al país: Cuzcatlán, proviene de proviene de las palabras kuskat que significa ‘collar’ y -tan, sufijo locativo; teniendo el significado literal de ‘tierra de collares’, metafóricamente de ‘lugar de joyas’ o ‘lugar de riquezas’.Geoffroy Rivas, Pedro: Toponimia Nahuat de Cuscatlán. p.55.

Otros nombres de raíz nahua especialmente significativos son: Cojutepeque (cerro de las pavas o faisanes), Acelhuate (río de ninfas y lilas), Soyapango (lugar donde abundan las palmeras), Chalchuapa (Donde abundan el jade o chalchihuites), Guazapa (río del guas o halcón reidor), Apopa (lugar de vapores de agua), Usulután (tierra de ocelotes o tigrillos), Suchinango (lugar defendido por flores), Zacamil (lugar sembrado de hierbas), Suchitoto (lugar del pájaro-flor)... y así, centenares y centerares de topónimos nahuas resuenan incluso debajo de la advocación de santos cristianos: Santiago Texacuangos (Valle de altas piedras), San Juan Tepezontes (en lo estrecho del cerro), San Pedro Masahuat (donde abundan los venados), San Pedro Nonualco (los de la lengua extraña).

Los pipiles, lencas, pokomames, chortís, cacaoperas, chorotegas que habitaron El Salvador precolombino no fueron portadores ni representantes de una alta cultura. Ocuparon más bien un lugar periférico y marginal respecto de los grandes centros y metrópolis de Mesoamérica. Sin embargo, esos hombres y mujeres sencillos lograron impregnar de color y poesía los cerros, ríos, valles y quebradas por donde pasaban o en los que se establecían.

Topónimos lencas, ulúas, chortís y pocomames

Algunos nombres procedentes de la toponimia lenca son los siguientes: Jocoaitique (cerro poblado de mimbres), Guascatique (cerro de piedras y manantiales), Chilanguera (ciudad de las nostalgias), Gualococti (cerro de palmeras y ríos). Los ulúas o kakawiras, por su parte, han dejado los siguientes topónimos: Jocoro (bosque de los pinos orientales), Cacaopera (cerro de los cacaos), Mililihua (vertiente de los zenzontles), Jucuarán (cerro de las hormigas guerreras), Carranpinga (cerro de las flores de ilusión), Goascorán (cero de los sapos). Los apay o chortís no se quedaron atrás en eso de ponerle nombres hermosos a los lugares: Anguiatú (cerca del cerro de las arañas), Güija (laguna rodeada de cerros), Poy (espanto o animal nocturno). Finalmente, de los pokomames ha quedado alguna toponimia: Pampe (lugar de flores de jardín).

Otras presencias indígenas en la lengua

Ahora bien, en el país el sustrato indígena no se limitó a invadir el topónimo de la lengua. También la botánica, la zoología y aun la vida cotidiana y doméstica quedaron desde entonces enriquecidas. Aparecieron para quedarse animales como el quetzal, el tacuacín (zarigüella u opossum), la masacuata (culebra con cuernos como de venado, culebra que come venaditos o culebra que corre como venado), el guas (halcón que se ríe), el tecolote (búho de mala suerte), el tenguereche, la chachalaca (gallina montesa muy alborotadora), la chiltota (oropéndola), el azacuán (halcón peregrino) y muchos animales más.

Al idioma español le crecieron plantas y árboles de variadas características y utilidades: el chilamate (árbol mezcla de chile y amate), el quequeishque (planta de hojas grandes acorazonadas), el jiote (árbol que se despelleja), el amate (árbol de cuya corteza se hacía papel), el achiote (árbol cuyo fruto produce un tinte rojo), el Paste (enredadera cuyo fruto es como una esponja). Se multiplicaron frutos a cual más sabroso: el zapote, el guayabo, el aguacate, la zunza, el cacao, la guanaba, el güisquil, la jícama, el jocote, el ujushte, el chile, el cuchampere, el ayote, el tomate y muchos otros dignos de figurar en una larguísima cornucopia.

En las casas y vidas cotidianas de los salvadoreños más cercanos al campo o a la vida sencilla aún se hace uso de objetos y productos raigambre indígena. Así, el comal (laja redonda para cocer, sobre todo, productos derivados del maíz), el metate (piedra para moler), el yagual (trapo enrollado sobre la cabeza para sostener el canasto o cesta), el tapexco (armazón para guardar alimentos, utensilios o ropa), el tecomate (calabaza en forma de pera grande para llevar agua), lo caites (sandalias rústicas), el petate (estera para dormir), amén de los alimentos y productos para la cocina conocidos por todos los salvadoreños.

Curioso es el repertorio de nahualismos que comienzan con «ch» o «sh» usados por todos los salvadoreños indistintamente: chirimol (picadillo de tomate y cebolla para echarle a la carne asada), chingaste (residuos del polvo de café ya cocido), shuco (atol de maíz oscuro), chipuste (pedazo pequeño de excremento), chindondo (inflamación debida a golpe), chiche (pecho femenino), chagüiste (lodazal), chilate (atol, insípido o simple), etcétera.

Y siempre en lo referente al español que se habla en El Salvador, es de notar el uso de arcaísmos de las gentes del campo: «Aloye» por ¿oye?, «agora» por ahora, «lo vide» por lo vi, «fierro» por hierro, «alzar» por guardar, «apiar» por bajar. Ciertas palabras son, por los demás, tan típicas de la jerga salvadoreña que prácticamente funcionan como señas de identidad. Dondequiera que se oigan, ahí está un salvadoreño. La lista es larga, por lo que a continuación se citan las más típicas. Palabras para designar a un niño «cipote», «bicho», «mono». Aunque ahora se oyen también palabras de origen mexicano (chavo, chamaco), también sigue escuchándose «chero» para referirse al amigo o a cualquier persona que se mencione. «Maishtro» (maestro) es un apelativo para referirse a determinado señor o para llamar la atención de alguien que no se conoce. «Bayunco» es aquel que se viste o comporta con mal gusto.

«Chabelear» parece ser el verbo preferido de los salvadoreños porque en él se indican todas aquellas operaciones destinadas a fabricar imitaciones o reconstrucciones de objetos originalmente provenientes del exterior.

Gastronomía

miniaturadeimagen|317x317px|Pupusas

La cultura del maíz: el grano sagrado

La dieta básica del salvadoreño consistía en el pasado en la «tortilla» (ruedas de masa de maíz, de unos diez a quince centímetros de diámetro y uno de ancho, cocidas sobre el comal), la sal y los frijoles «parados» o frijoles sancochados. En la actualidad, la dieta se ha ampliado con arroz, verduras y algunas carnes. Durante los cortes de café aún se suelen dar las chengas, tortillas mucho más grandes y gruesas que las anteriores, hechas de maíz muy oscuro o de maicillo, sobre las que se ponen frijoles y sal; algunas veces también llevan queso y otro aditamento. Estos forman parte del «con qué» o acompañamiento de las tortillas.

Sería impensable una comida típica salvadoreña sin las famosas pupusas, tortillas, de maíz o arroz, rellenas con queso, queso con loroco (una planta que su flor es comestible), chicharrón molido ya sea de cerdo o pollo o frijoles, las más comunes «revueltas» (son las que tienen más de un ingrediente). Otras, menos comunes se le llaman de especialidad como lo son de pollo, chipilín, pepescas, ayote, ajo, cilantro, mora, papelillo, chorizos, jalapeño, camarones, etc.