El territorio de Guanacaste, provincia de Costa Rica ubicada en el extremo noroeste del país, posee una rica historia que se remonta por lo menos a 12.000 años a.C., con el ocupamiento de la región por los primeros grupos nómadas provenientes del norte del continente. A partir de 500 a.C. a 300 a.C., se formaron los primeros cacicazgos, hasta que en el año 800 d.C., el territorio fue ocupado por grupos de inmigrantes chorotegues provenientes del Valle de México, que establecieron en la región la influencia cultural de Mesoamérica.

Tras la conquista española en 1540, la región pasó a formar parte del Reino de Guatemala bajo la figura administrativa de un corregimiento con capital en la ciudad de Nicoya, el cual posteriormente se transformó en Alcaldía Mayor, la cual estuvo durante algunos periodos bajo el control de las provincias de Nicaragua, Costa Rica o de forma independiente. Para 1821, fecha de la independencia centroamericana, la mayor parte del territorio formaba parte del Partido de Nicoya, que tres años después, luego de una votación popular, se anexó a Costa Rica, decisión que quedó confirmada en 1826 por una ley del Congreso Federal de Centroamérica. Diez años después, en 1836, se erigió el Departamento de Guanacaste, que luego se transformó en provincia en 1838, luego cambió su nombre a Moracia en 1854, y nuevamente a Guanacaste en 1860.

Aunque la narrativa común afirma que Guanacaste siempre fue parte de Costa Rica, durante la época colonial el territorio del antiguo Partido de Nicoya —que hoy se considera parte de la provincia de Guanacaste— dependió administrativa y políticamente de la jurisdicción de Nicaragua en varias etapas: hasta 1558, entre 1786 y 1809 bajo la Intendencia de León, y durante la Diputación Provincial de Nicaragua y Costa Rica entre 1810 y 1821. Esta dependencia contrasta con versiones populares que suelen afirmar que Guanacaste nunca formó parte de Nicaragua

La provincia de Guanacaste ha sido escenario de importantes eventos históricos de la historia nacional, cuna de tradiciones y costumbres que actualmente son seña de identidad cultural de Costa Rica, y fuente de riqueza económica para el país en las más diversas actividades.

Época prehispánica

miniatura|El Reino de Nicoya en el . A principios del , los grupos indígenas que habitaban el actual territorio de Guanacaste pertenecían al área cultural de Mesoamérica, que se prolongaba por la vertiente del Pacífico hasta las regiones de Orotina y Chorotega. En el territorio guanacasteco había solamente unas pequeñas comunidades culturalmente pertenecientes al Área Intermedia, como la de los corobicíes. Sin embargo, cabe señalar que entre las áreas mesoamericana e intermedia no hubo una frontera estrictamente delimitada y debieron ser frecuentes los contactos y la transculturación entre ellas, sobre todo en las zonas de confluencia

Casi todos los pueblos que habitaban en Guanacaste hablaban la lengua chorotega (hoy extinta), por lo que a veces se les designa genéricamente con ese nombre. Además, en las vecindades de la actual Bagaces había un enclave de un grupo con raíces culturales mexicanas, cuyo idioma era el náhuatl.

Los chorotegas empezaron a llegar a la península de Nicoya aproximadamente a principios del y subordinaron o desplazaron de allí a las poblaciones locales o se mezclaron con ellas. Los nuevos señores introdujeron cambios en la religión, los enterramientos, el arte y otros aspectos, y animales domésticos como el chompipe. Su sociedad era de corte marcadamente androcrático o dominador, ya que existían múltiples relaciones de dominación de unas personas sobre otras -hombres sobre mujeres, ciertos pueblos sobre otros, y ciertos varones sobre las demás personas- y complejas jerarquías, en las que figuraban nobles, guerreros, sacerdotes y ancianos de prestigio llamados huehues.

A la llegada de los castellanos, la población de Nicoya, situada a corta distancia de la actual ciudad de Nicoya, era el centro político, religioso y económico de un reino del que dependían varias provincias en ambas márgenes del golfo y numerosos pueblos tributarios. En ella residía un rey vitalicio, que desempeñaba funciones políticas, religiosas y ceremoniales. En la monarquía nicoyana parece haber prevalecido un sistema dinástico-electivo, es decir, que la sucesión no se practicaba automáticamente en línea directa, sino que al morir un rey se efectuaba una elección entre los diversos miembros de su familia para designar al sucesor.

Los castellanos dieron al rey de Nicoya y a otros monarcas indígenas de Costa Rica el apelativo de cacique, voz antillana con la que designaron prácticamente a todos los reyes, caudillos y señores que encontraron en el continente americano, y cuyo uso en cierta medida terminó por dar a entender que eran de menor relieve que los monarcas europeos.

El rey de Nicoya, según consignó el cronista Gonzalo Fernández de Oviedo y Valdés, que visitó sus dominios en el decenio de 1520, tenía otros vasallos principales y caballeros llamados galpones, que lo acompañaban y resguardaban y eran sus cortesanos y capitanes. Es posible que estos señores, a los que el cronista describe como arrogantes y crueles, representasen a los diversos clanes y comunidades tributarias de Nicoya, ya que la voz galpón parece derivar de calpulli, palabra que entre los aztecas identificaba a un grupo cuyos miembros tenían antepasados comunes y compartían un territorio dividido en parcelas. En todo caso, la autoridad del rey no era absoluta, ya que se compartía con el monéxico, junta o consejo de huehues elegido cada mes por votación y en el que posiblemente estaban representados los diversos clanes o comunidades. Quizá los miembros del monéxico eran los mismos individuos llamados galpones, ya que así se denominaban también los edificios donde se reunía el consejo.

En las reuniones del monéxico se discutían asuntos de variada naturaleza, entre ellos los militares y administrativos. En algunas comunidades chorotegas, como la de Nagrando, en la actual Nicaragua, el monéxico tenía la potestad de elegir al rey y hasta de darle muerte si lo creía conveniente. En todo caso, en Nicoya el gobernante tenía una autoridad limitada y debía tomar en cuenta las tradiciones y la opinión de la comunidad.

Al monéxico le correspondía también elegir a ciertos ancianos de prestigio como consejeros de la comunidad. Estos ancianos, que debían permanecer solteros y cuya actividad compararon los castellanos con la del sacramento cristiano de la confesión, atendían consultas confidencialmente, formulaban recomendaciones a la persona que buscaba su ayuda y asignaban penitencias tales como barrer las plazas u obtener leña para los templos. Se castigaba con mucha severidad a los consejeros que divulgasen el contenido de las consultas y a los terceros que las escuchasen subrepticiamente.

No está claro si el monexico tenía también funciones judiciales. En su obra Costa Rica, la frontera sur de Mesoamérica, el arqueólogo Ricardo Quesada López-Calleja indica que el monarca nombraba como jueces a ancianos experimentados y capaces, cuyos fallos eran inapelables, y que en el caso de bigamia la sentencia la dictaba el consejo.

Los datos disponibles sobre los ordenamientos normativos de los pueblos chorotegas indican que desde un punto de vista jurídico occidental eran sistemas de escasa complejidad, con pocas infracciones y pocas sanciones, y de naturaleza predominantemente consuetudinaria. Sin embargo, es muy posible que también hayan tenido normas escritas. El cronista Antonio de Herrera consignó que los pueblos chorotegas de Nicaragua tenían voluminosos libros de papel y pergamino, donde consignaban hechos memorables y tenían pintadas sus leyes y ritos, y Fernández de Oviedo indicó que poseían libros de cuero de venado, donde con tinta roja y negra consignaban sus términos y heredamientos, para que cuando hubiese contiendas o pleitos determinarlos allí con la opinión de los ancianos. A principios del se halló en la isla de Chira un libro cuadrado con jeroglíficos, que fue llamado “el misal chorotega”; pero se ignora el destino que haya corrido.

En la sociedad chorotega tenían mucha importancia los vínculos familiares. Aunque la organización social era androcrática y patriarcal, la organización familiar era fundamentalmente cognática o matrilineal; además, según Fernández de Oviedo, los chorotegas eran “muy mandados y sujetos a la voluntad de sus mujeres”, y Francisco López de Gómara dijo que eran “valerosos, aunque crueles y muy sujetos a sus mujeres”. Estaba prohibido el matrimonio entre ascendientes, descendientes y hermanos consanguíneos, aunque el incesto era prácticamente desconocido.

El matrimonio era monogámico y al parecer indisoluble, salvo en caso de adulterio o bigamia. Algunos reyes y personajes de alto rango tenían concubinas, pero nunca se les consideraba como esposas legítimas. Habitualmente, el matrimonio requería una serie de ceremonias. Se iniciaba con la petición de mano de la mujer, que efectuaba el padre del pretendiente mediante una visita formal a los padres de aquella. Si la solicitud era aceptada, se fijaba fecha para la celebración de la boda. El compromiso matrimonial se celebraba con grandes fiestas, a las que acudían las familias de los novios y sus amigos y vecinos. Antes de la boda, ambos contrayentes recibían de sus respectivos padres una dote, que podía incluir tierra cultivable, una vivienda y diversos bienes muebles. Las tierras y las alhajas de valor eran heredadas por los hijos de la pareja; pero si moría uno de los cónyuges sin que el matrimonio hubiese tenido descendencia, esos bienes volvían a poder de sus padres. El padre tenía la potestad de vender a los hijos para sacrificios.

En Nicoya y otro reino cercano, Orotina, los monarcas ejercían el derecho de pernada (ius primae noctis) a pedido de la familia de la mujer, pues así a esta le era más fácil encontrar marido. Según López de Gómara algunos indígenas chorotegas de Nicaragua cedían voluntariamente la virginidad de sus novias a los reyes.

La ceremonia matrimonial se efectuaba en presencia del rey y de las familias de los novios. El monarca, con su mano derecha, tomaba a los contrayentes por los dedos corazón y meñique de sus manos izquierdas, los conducía hasta una pequeña casa destinada a efectuar ritos matrimoniales y allí les decía: “Mirad que seáis buenos esposos y que miréis por vuestra hacienda, y que siempre la aumentéis y no la dejéis perder.” Después la pareja guardaba silencio mientras miraba arder una astilla de ocote. Cuando esta se consumía, se consideraba concluida la ceremonia y los nuevos esposos se retiraban a una habitación de la casa para consumar el matrimonio. Las fiestas de la boda se iniciaban al día siguiente, cuando la pareja salía de la casa y el marido manifestaba ante sus amigos y parientes que había encontrado virgen a la mujer. Esta declaración originaba un regocijo general. En caso de que anunciase que la mujer no era virgen y le había sido entregada como tal, la novia era devuelta a casa de sus padres y la boda se tenía por no celebrada. Empero, si desde antes de la boda el novio había sabido que la mujer no era virgen, el matrimonio se consideraba válido.