Saturnino Efrén de Jesús Herrán Guinchard (Aguascalientes, 9 de julio de 1887-Ciudad de México, 8 de octubre de 1918), conocido como Saturnino Herrán, fue un pintor mexicano de inicios del . Su obra se enmarca dentro del modernismo pictórico y se considera iniciador del muralismo mexicano. Sus pinturas son reconocidas por abordar mitos prehispánicos así como escenas de clases populares e indígenas. Aunque solo vivió 31 años, creó algunas de las obras plásticas más reconocidas del arte mexicano, como La ofrenda, La leyenda de los volcanes, La Tehuana, La criolla del mantón, El cofrade de San Miguel, Nuestros dioses, entre otras. Desde 1988 su obra se considera Monumento artístico en México.
Biografía thumb|Placa de la casa donde nació Saturnino Herrán, Aguascalientes, México|izquierda Saturnino Herrán nació en la ciudad de Aguascalientes, el 9 de julio de 1887. Sus padres fueron José Herrán y Bolado y Josefa Guinchard Medina. Su padre fue un hombre polifacético, quien fungió como tesorero general del estado de Aguascalientes, pero al mismo tiempo era profesor de teneduría de libros en el Instituto de Ciencias de Aguascalientes. Asimismo, Don José se caracterizaba por ser un inventor y literato espontáneo; invertía parte de su tiempo construyendo artilugios mecánicos, los cuales no tuvieron suficiente éxito, como lo indica Federico Mariscal.
Su padre, quien también cultivó las letras, presentó su drama en tres actos El qué dirán en el Teatro Morelos, edificio que había apoyado para su construcción. Asimismo participó en la redacción de la revista mensual El Instructor, publicación científica, literaria y de agricultura, la cual fundó Jesús Díaz de León. La madre de Saturnino, Josefa Guinchard Medina, de ascendencia franco-helvética, provenía de una familia de hacendados hidrocálidos, de los cuales Miguel Guinchard llegaría a ser gobernador del estado, en el periodo de 1879 a 1881. En 1902 la familia Herrán se mudó a la Ciudad de México, porque José Herrán tuvo que ocupar el curul de diputado suplente en el Congreso de la Unión, además de que tenía la intención de perfeccionar un combustible artificial.
Sus primeros estudios los realizó en el Colegio de San Francisco Javier y en 1901 ingresa a la preparatoria en el Instituto de Ciencias de Aguascalientes; ahí conoce a Pedro de Alba, y reencuentra a sus amigos de la infancia, Ramón López Velarde y Enrique Fernández Ledesma.
El 18 de enero de 1903 fallece su padre, lo cual significó un duro golpe moral, pues contaba solo con quince años de edad. Al quedar en el desamparo, su madre y él intentan recuperar algunas de las patentes de José Herrán, pero no contaban con los materiales que se habían quedado en Europa.
En 1904, Herrán ingresa en la Escuela Nacional de Bellas Artes —antes Academia de San Carlos—, en un momento en que la institución había cambiado sus planes de estudio, bajo la dirección en las clases de dibujo y pintura impartidas por Antonio Fabrés. Manuel Toussaint señala que en esta época, Justo Sierra le ofrece a Herrán una pensión para viajar a Europa y seguir formándose allá; pero este la rechaza, tanto por no poder dejar la patria como porque su madre "jamás hubiera aceptado".
Saturnino Herrán se casó con Rosario Arellano en 1914, con quien tendría a su único hijo, el químico José Francisco Herrán Arellano. Su esposa fue modelo en una de sus obras representativas, Tehuana.
Aprendizaje (1904-1908) miniaturadeimagen|El estudiante. Retrato de Saturnino Herrán, 1908, Antonio Fabrés, MNAC, Barcelona Saturnino fue un pintor con gran habilidad desde muy joven, por lo que cuando llegó a la academia en la Ciudad de México no se inscribió en los cursos elementales de dibujo, sino que pasó directamente a las clases superiores impartidas por Antonio Fabrés, profesor que tendría a Herrán en alta estima. De esta época se pueden apreciar algunos dibujos al carbón y en sanguina, los cuales se expusieron en la escuela con los de otros compañeros. El profesor era afecto a una temática anacrónico-exótica, la cual estaba presente en las obras de sus alumnos incluyendo a Herrán, quien la fue abandonando al preferir la iconografía de elementos de la realidad cotidiana.
De esta época también hay obras como Un desocupado y Un albañil, fechadas en 1904, que denotan las enseñanzas de Fabrés en torno a las costumbres y las escenas cotidianas de la ciudad. En 1907 pinta Viejo, una pintura de tinte naturalista pero con un modo expresivo y modernista. Si bien, con Fabrés, Herrán trabajó sus dotes en el dibujo, con Germán Gedovius aprendió el oficio de la plástica, la materia pictórica. Las figuras de trabajadores humildes, que tendrían presencia protagónica en la obra de Herrán, es una de las influencias de Gedovius.
En obras como Jardines de Castañeda, es posible ver la factura modernista de Herrán en sus primeros años, aunque aún no poseía la impronta individual que alcanzaría en obras posteriores. Herrán perteneció a un grupo del Ateneo de la Juventud, asociado a la revista Savia Moderna, con quienes compartía ideales estéticos idealistas y simbolistas.
De la época de aprendizaje, influyeron también en Herrán las obras de Ignacio Zuloaga, Joaquín Sorolla, en especial la paleta de colores, la exuberancia y la iconografía compuesta de temas crítico-sociales. Sus contemporáneos Juan Téllez, Ángel Zárraga y Julio Ruelas también fueron parte de la amalgama de expresiones diversas que confluirían en su obra futura. Herrán también estaba familiarizado con la publicación The International Studio, en cuyas páginas tuvo contacto con la obra de artistas que influyeron en su formación, como la estampería japonesa y las pinturas de Frank Brangwyn.
En 1907, Herrán trabajó copiando los frescos de Teotihuacán para el antropólogo Manuel Gamio, y poco después comenzaría a representar el pasado indígena en su obra pictórica.
Consolidación profesional (1908-1911) miniaturadeimagen|440x440px|La labor. 1908. Museo de Aguascalientes.|centro En 1908, Herrán terminó su primera obra de gran rigor estilístico, Labor, la cual desarrolla en su clase de Composición de Pintura. Dos años después realizó dos tableros para la Escuela de Artes y Oficios entre 1910 y 1911, en la que se realzaba el trabajo como sustento del progreso nacional. Para estas obras, Herrán retomó los murales de Frank Brangwyn. En 1909, Herrán ya había realizado una obra alegórica con sensibilidad decadentista, Molino de Vidrio, en la que se confronta el tema del progreso asociado al trabajo con el del agobio que representa el trabajo físico de un viejo que opera una rueda de molino.
En sus primeras obras de consolidación profesional, Herrán matizaba el naturalismo propio de los pintores costumbristas al diluir los contornos precisos de las figuras y objetos, técnica presente también en obras como Vendedoras de ollas de 1909, en Flora y en el tríptico La leyenda de Iztaccíhuatl. En el caso del cuadro Flora, fue un tema elegido por el profesor Francisco de la Torre y Sóstenes para hacer hincapié en el poder germinador de la naturaleza; sin embargo, Herrán pinta a una modelo de rasgos indígenas con flores en la cabeza sosteniendo un cesto con rosas. En todos estos cuadros, Herrán muestra una personalidad perfectamente definida en sus personajes, y no le interesaba perseguir arquetipos abstractos, sino pintar a hombres y mujeres específicos. Las atmósferas en las que Herrán colocaba a los personajes era imprecisa y vaga, fuera de lo cotidiano.
De esta época, el tríptico La leyenda de los volcanes, obra no datada pero que se calcula que fue creada entre 1910 y 1912, es una alegoría del destino trágico de los dos amantes. Este tríptico conjuga varias tendencias del modernismo en el arte, como una representación trágica y pesimista del amor, así como una factura que se encuentra entre el naturalismo y la abstracción. La novedad iconográfica de la pintura radica en la utilización de una leyenda indígena para construir estados de ánimo subjetivos y personales.
Herrán participó en dos exposiciones en la Escuela Nacional de Bellas Artes en 1910, una en febrero y otra por las Fiestas del Centenario en septiembre que organizó el Dr. Atl. En estas exposiciones, la obra de Herrán atrajo la atención del público y la crítica.centro|miniaturadeimagen|472x472px|La leyenda de los volcanes (tríptico). Entre 1910 y 1912. Ateneo Fuente, Saltillo.
Mexicanización de la iconografía modernista (1912-1914) Para Fausto Ramírez, será esta etapa en la que Saturnino Herrán reafirma su personalidad artística al asimilar los modos de expresión y modelos modernistas. Esta etapa es similar al tránsito que muestra la obra del poeta Ramón López Velarde del paso del modernismo cosmopolita a una fase que, en palabras de José Emilio Pacheco, se puede denominar “criollismo o colonialismo vernacular”. La crítica de arte Teresa del Conde lo catalogó como "maestro del modernismo mexicano" a pesar de su corta trayectoria y su temprana muerte.
La primera obra de esta fase es Vendedor de plátanos, en la que se vuelve al motivo del trabajador fatigado por su ardua labor, pero con hincapié en su avanzada edad. El personaje aquí está en un entorno urbano, colocándolo en un lugar de enunciación concreto. Es en esta época donde comienza a realizar estudios arquitectónicos, especialmente de interiores, fachadas y cúpulas de iglesias que servirían como de fondo para los personajes de sus cuadros.
Como antecedente, Gedovius también desde 1904 realizaba motivos arquitectónicos dentro de sus pinturas; sin embargo, Herrán comenzó a hacer asociaciones inesperadas entre el fondo monumental y el cuerpo consumido de los viejos. A diferencia de Gedovius, que como José de Ribera dignificaba la figura del anciano convirtiéndolos en filósofos, Herrán exhibe la decrepitud corporal y la acentúa. De esta época destacan Desnudo de vieja, El último canto, El pordiosero, Anciana con esfera de cristal, todos ellos mostrando el efecto que tuvo la lucha armada de la Revolución en las personas más desprotegidas.
El tema religioso, que estará presente en diversas obras de Herrán, comienza a destacar a partir de 1913 cuando pinta La ofrenda o La trajinara, la cual tuvo como antecedente El camino de Francisco de la Torre. En la composición de Herrán se aprecia a una familia en una trajinara en Xochimilco que lleva un tributo floral a sus muertos el 2 de noviembre. Cada personaje representa alguna de las tres edades del ser humano, desde la infancia hasta la vejez, lo cual hace pensar que representa no solo a un grupo de personas sino a toda la humanidad que avanza hacia un destino ineluctable.
En El jarabe (1913) y La Tehuana (1914), Herrán hace un uso competitivo de la mujer dominadora, triunfante y erguida, además, junto con El gallero (1912) se tratan de composiciones en las que el conocimiento del arte japonés se revela como uno de los antecedentes del pintor. Con El gallero, Herrán obtuvo reconocimiento en una exposición que organizó la Junta Española de Covadonga, donde se llegó a decir que el alumno había superado al maestro, haciendo alusión a la obra de Gedovius.
En La Tehuana, que es un retrato de su esposa Rosario Arellano, se resalta el traje típico de las mujeres del Istmo de Tehuantepec, sobre todo el tocado que llena casi todo el lienzo vertical que, como señala Fernández, puede tener como influencia el «kakemono» japonés. Herrán pinta en esa época alegorías indígenas mezcladas con el estilo indigenista que lo caracterizaba, especialmente en El beso de la muerte de 1913, donde la relación de Eros y Thanatos se mezclan como rasgo importante del modernismo de su obra.