thumb|Contraseña de la provincia marítima de Huelva. El puerto de Isla Cristina, perteneciente a la provincia marítima de Huelva en la costa de la Luz española, es el puerto con mayor facturación en fresco de Andalucía y uno de los primeros en tonelaje e importancia de capturas a nivel nacional. Figura como uno de los 23 principales puertos pesqueros de España designados por la FAO. Exporta sus productos a toda España y a gran parte de Europa. Se desarrolló como forma de apoyar, en origen, la actividad pesquera de los primeros colonos de la zona del . Su crecimiento ha sido constante en extensión, llegando a superar los 640.000 m2 (64 ha) en 2009 tras su última ampliación, aunque no en lo referente al desembarco de capturas. La década de 1920 marcó la cifra máxima de pescado desembarcado con casi 16.000 toneladas en un solo año, destacando la almadraba de atún. Como puerto sardinero ha sido desde hace décadas uno de los primeros de España y la especie tradicional del puerto.
La modernización de la flota y la búsqueda de nuevas técnicas de pesca han sido una constante durante su desarrollo, introduciendo innovaciones a nivel nacional en las artes de pesca como la tarrafa, a finales del . Ya en el XX, la reconversión del sector restó importancia al puerto para dársela a las piscifactorías, a la vez que se añadía actividad de I+D al sector con centros de innovación como el CIT-Garum.
Historia a través de la pesca Antecedentes y comienzos Inicialmente, hacia 1724, un puerto rudimentario en la zona de la barra de la Tuta para amarre y desembarco de mercancías fue la consecuencia lógica y necesaria de la llegada, desde los primeros años del (quizá antes), de artesanos pesqueros desde el levante e incluso Francia. Estos pescadores venían atraídos por la pesca de la sardina y el atún principalmente, y de otras especies de interés comercial, volviendo tras la temporada a sus puertos de origen.
Este trasiego periódico de temporeros marca el momento en que se inició la actividad pesquera en la barra de la Tuta. Hasta la década de 1750, las pesquerías se desarrollaron en la zona en forma de colonias con frecuencia de actividad estival, dependientes de los puertos de origen en el levante español. Con el tiempo y gracias a la abundancia de recursos y la necesidad de establecerse un puerto con más seguridad, estas colonias llegaron a convertirse en puertos estables y con población permanente. Este fue el origen de localidades como Punta del Moral, La Higuerita (renombrada en 1834 como Isla Cristina) o Punta del Caimán (actualmente una barriada de Isla Cristina). El terremoto de Lisboa de 1755 es el hito que suscita la necesidad de establecerse en un punto convenientemente protegido de los envites naturales y, de paso, buscar un lugar donde obtener mejores condiciones tributarias. El lugar elegido fue la isla de la Higuerita, protegida por un cordón litoral arenoso, la Barra, a algunos cientos de metros de la Tuta hacia el nordeste, en la zona de marismas y esteros existentes entre Ayamonte y La Redondela, y libre, al menos en principio, de las administraciones tributarias aledañas mencionadas. Estas condiciones hicieron de esta isla el lugar idóneo al que se trasladará el grueso de los asentamientos. Historia de Isla Cristina (Biografía sentimental)
Independencia comercial y pesca entre los y
Su situación estratégica protegida, a la par que algunos acontecimientos políticos fomentados por el Marqués de Pombal en Portugal (véase historia de Vila Real de Santo António) y gracias a concesiones jurisdiccionales de Carlos III (véase creación del ayuntamiento de La Real Isla de la Higuerita), primaron un fuerte desarrollo de la actividad pesquera en este puerto desde los primeros años de su formación.
A finales del el número de embarcaciones tradicionales aún era importante, con más de 60 jábegas (la mayor embarcación de pesca tradicional de la zona). Sin embargo, 30 años después, en 1824, existían en la provincia de Huelva sólo entre 24 y 26 jábegas, de las que entre 18 y 20 pertenecían al puerto de Isla Cristina. Las jábegas eran el principal medio para la captura de la sardina, especie que en este puerto sobresale especialmente. Las artes de bous traídas por pescadores valencianos al golfo de Cádiz, poco selectivas debido al arrastre, arruinaron las actividades tradicionales (entre ellas, las mencionadas jábegas), aunque éstas se siguieron usando (como el trasmallo, aún en uso) y produjeron el abandono de gran cantidad de pescadores tradicionales en esta época.
Existía una o a lo sumo dos almadrabas en las costas de Huelva, que de forma alternada o coetánea, eran la almadraba de la Tuta y la de la Mojarra. Aún en esta época no existía una demanda para avanzar más en estos modernos métodos de extracción, ya que eran técnicamente costosos y caros, convirtiendo aún el arte de la almadraba en poco rentable para una sociedad que no estaba preparada para ello por lo intrincado de los gremios y la inadecuada reglamentación. Las capturas de estas almadrabas daban más oferta de la que la población necesitaba consumir y en algunas ocasiones resultaban deficitarias.
Industrialización thumb|200px|Placa en memoria de Juan Martín Cabet, quien trajo a Andalucía diversas tecnologías para la pesca. Con la llegada de la industria conservera la demanda aumentó enormemente, ya que el pescado no requería ser consumido de inmediato, sino que podía ser conservado, almacenado y transportado grandes distancias para su posterior consumo. Poco a poco, la situación cambió y en 1861 se triplicaron las capturas conseguidas en 1831.
Hacia 1865 llegó desde Galicia el galeónEl primer galeón lo trajo el industrial salazonero de Isla Cristina, Sebastián Romeu Casañes, el cual creará una de las casas conserveras más importantes de todo el litoral Suratlántico, especialmente fortalecida con su hijo y heredero, Serafín Romeu Portas, primer conde de Barbate y Gerente del Consorcio Nacional Almadrabero tras su constitución en 1928. (también llamado cerco real, conocido en Galicia como traíña), que acabaría por sustituir a las jábegas, aún con resistencia de sus antiguos usuarios, gracias a una concepción más empresarial del sector, al desestanco de la sal como monopolio estatal y a una bonanza de la pesca de aquellos años. Esta concepción empresarial fue aumentando en complejidad, explotaría cada vez más la pesca intensiva y desencadenaría un conflicto de intereses con Portugal (ya que los galeones con su libertad de movimiento les permitía alejarse de la costa) que no se superaría hasta bien entrado en vigor el marco europeo de pesca.
Fue un empresario salazonero de Isla Cristina, Martín Cabet, el impulsor de un nuevo arte que adaptó al galeón traído a España por él mismo desde Boston, la tarrafa (arte de cerco dedicado a la captura de la sardina). Martín Cabet lo adaptó perfectamente al barco, impulsado mediante remos (y posteriormente lo adaptó para propulsión a vapor) y con sus mayores dimensiones, mejor maniobrabilidad y permitir realizar lances en aguas más profundas permitirá superar las restricciones que Portugal imponía en sus aguas jurisdiccionales sin infringir el tratado de 1883, pescando en sus propias aguas sin navegarlas. En otros lugares de la provincia se prefirió comerciar con sardina portuguesa, en lugar de pescarla, lo que restó dinamismo y evitó la modernización de esos puertos, además de los riesgos que implicaba, ya que Portugal también manejaba una importante industria conservera.
Relanzamiento de la almadraba
De las primeras almadrabas,Existen documentos que reconocen la instalación de almadrabas en la costa de Onuba durante la administración romana. Posteriormente el arte se pierde y no se recupera hasta la Edad Media, cuando se otorga al duque de Medina Sidonia el monopolio en el golfo de Cádiz para la creación de ocho almadrabas, dos de las cuales recaerán a la postre en la costa competencia de La Higuerita. Tras el fin del monopolio, las almadrabas son gestionadas por los gremios almadraberos del siglo XIX, que finalmente forman el Consorcio Nacional Almadrabero, cuyo primer presidente fue el isleño Serafín Romeu, y cuya disolución se produce en 1973. concedidas en monopolio en el al duque de Medina Sidonia, la almadraba de la Tuta, que databa de 1812, fue la más constante. Hacia 1888 existían al menos dos en Isla Cristina, la citada y la de Las Cabezas, calada ese mismo año, además de la almadraba de la Mojarra que dejó de calarse. A finales de siglo la sardina rindió importancia al atún, sin embargo, Isla Cristina aportó aún más del 91% de las capturas totales de la provincia de Huelva en 1892 (5.598.075 kilos sin contabilizar el atún).
En los años 1880 despegó la mayor actividad relacionada con la pesca, la almadraba de atún y la industria conservera ligada a ella, que llegó a su esplendor en los años 1920. En ese momento, el puerto de Isla Cristina había conseguido aglutinar ante sí una población estable de 10 000 habitantes (comparable en la época con ciudades como Avilés o Irún) y había experimentado una fuerte industrialización de las actividades pesqueras asociadas, produciendo, sólo de atún, varios miles de kilos diarios y generando miles de puestos de trabajo directa o indirectamente, además de poseer verdaderas colonias industriales en varios puntos de la costa del golfo de Cádiz (concentradas en unas pocas familias), como era el caso de Rota, con fábricas de hasta 600 personas de las familias Zamorano y Romeu. La empresa de las almadrabas comenzó a trascender el ámbito de influencia local o regional, pasando la mayor parte de las almadrabas del golfo y varias marroquíes a manos de industriales isleños (y también ayamontinos).
El oro azul, el atún como principal fuente de riqueza El desarrollo tecnológico del momento permitió en buena medida este florecimiento económico basado en el atún, como lo describe Bellón en 1926:
thumb|El atún ha sido durante décadas el puntal del puerto en cuanto a precio de mercado y peso desembarcado. Desde finales del el marisco y los productos de las piscifactorías le han tomado el relevo. Este desarrollo se refiere fundamentalmente a la industrialización conservera (fundamentalmente conserva de atún aunque también de sardina) y se dio principalmente en las fábricas de Serafín Romeu y de Pérez y Feu de Isla Cristina y de este último también en Ayamonte. El precio de la tecnología en el momento era algo desdeñable, si lo comparamos con los costes del canon o de la reposición de material de las almadrabas. En los años 1910 se redujo la mano de obra debido a la mecanización de los barcos almadraberos, con lo que bajaron los costes de producción. Teniendo en cuenta que los años de la Primera Guerra Mundial y la posguerra fueron años de un fuerte incremento de las exportaciones y en que los precios de la conserva de atún sufrieron fuertes subidas, la inversión en infraestructuras y la mejora de las instalaciones eran necesarias y convenientes.