Bernardo de Iriarte Nieves Rabelo (Puerto de la Cruz, 18 de febrero de 1735-Burdeos, 13 de julio de 1814) fue un destacado político, diplomático en los reinados de Fernando VI, Carlos III, Carlos IV y José I. Era hermano del escritor Tomás de Iriarte y del también diplomático Domingo de Iriarte.

Introducción

La llegada de los Borbones a España dio nuevos aires a una monarquía que se encontraba en un momento crítico de su existencia. En las últimas décadas de la Casa de Austria la Monarquía Hispánica daba la sensación de ser un cuerpo sin vida y sin energía, de la misma manera que su último titular, Carlos II.

Sin embargo, la situación en la que se hallaba la Corona no se debía tan solo a los problemas que tuviera el último monarca de los Austria para gobernar, sino que, como dice Jaime Contreras, «lo que falló rotundamente fueron los cuerpos políticos que representaron a la aristocracia, a ciertos sectores eclesiásticos y a los concejos urbanos más representativos». Tanto a las instituciones de la administración como a los hombres que la formaban, les faltó la energía necesaria para gobernar aquella monarquía y llevar a cabo las reformas necesarias, para tomar las decisiones que el monarca no podía tomar.

Ayudado por sus consejeros franceses, Felipe V introdujo una serie de cambios en la administración para dar nueva vida a este cuerpo. Así, aparecieron las secretarías del Despacho, nuevas instituciones con las que los asuntos se atendían con mayor rapidez y, quizá, con más eficacia que en los viejos y lentos Consejos. Junto a innovaciones como ésta, los Borbones van a utilizar, frente a la aristocracia que copa los puestos en las últimas décadas de los Habsburgo, a gente modesta para ocupar los cargos de las secretarías, las embajadas, los cuerpos del ejército y la marina, y en general todos aquellos puestos en los que los monarcas necesitan a gente de confianza y preparada.

Estos hombres, reclutados de entre los grupos más bajos del estamento nobiliario, desarrollarán su carrera al servicio del rey, y gracias a este servicio obtendrán honores y riquezas, llegando a codearse con lo más alto de la nobleza de la época. Eran, de la misma manera que Marco Tulio Cicerón en la República romana tardía, homo novus, hombres nuevos con los que reformar la monarquía, de la que llegarán a convertirse en piezas básicas. Fueron hombres como José de Grimaldo, José Patiño, Zenón de Somodevilla y Bengoechea, Campomanes, Floridablanca o Jovellanos; gente de pocos recursos propios, pero que ascendieron gracias a sus servicios a la monarquía y a su propia capacidad.

Dentro de estos hombres se puede enmarcar a Bernardo de Iriarte, que es el personaje en el que se centra este trabajo. Si bien no llegó a alcanzar los altos puestos que lograron los mencionados arriba, puede servir tan bien como ellos para conocer como funcionaba aquella administración, pues, como veremos, siguió el cursus honorum paso a paso.

Los primeros años

Bernardo de Iriarte Nieves Rabelo nació en Puerto de la Cruz, en la isla de Tenerife, el 18 de febrero de 1735, siendo uno de los 16 hijos de Bernardo de Iriarte Cisneros y de Bárbara Cleta Marcelina de las Nieves-Ravelo y Hernández de Oropesa. Su familia, sin embargo, no era de las islas Canarias, sino del País Vasco, ya que su abuelo, Juan de Iriarte y Echeverría, era un noble de Oñate. Sin embargo, como le ocurriría al propio Bernardo más adelante en su vida, el servicio a la Corona, propio, como veremos, de la familia Iriarte, llevó al padre hasta Puerto de la Cruz. Aquí vivió Bernardo de Iriarte hasta la edad de quince años, cuando se fue a Madrid. Durante esos años debió de recibir de su padre una educación orientada a prepararle para servir al rey de la misma manera que él y sus hermanos habían hecho.

La llamada de la corte

Dice Julio Caro Baroja: «Porque el tío apoyaba al sobrino, el mercader de lonja pudiente prefería llamar al paisano, para que le ayudara en los negocios». En efecto, era costumbre que cuando una persona en Madrid necesitaba de la ayuda de otros, buscara en su lugar de origen o en su familia para conseguir a la persona necesaria. Además de asegurar una fidelidad que de otra manera no se podría conseguir, se conseguía así promocionar tanto a la familia como a los paisanos, defendiendo de esta manera aquellos grupos con los que un personaje se sentía más cercano. Era algo típico del Antiguo Régimen que se mantuvo en el XVIII con enorme vitalidad: un ejemplo es la familia Cuadra, cuya fortuna se hizo cuando Sebastián de la Cuadra y Llarena fue nombrado secretario de Estado a finales del reinado de Felipe V. Familiares suyos como Nicolás o Diego accedieron a esa secretaría, manteniendo a la familia dentro de la administración durante generaciones.

Siguiendo este modelo, Bernardo de Iriarte fue llamado por su tío, don Juan de Iriarte, para que le ayudara en sus trabajos eruditos. Don Juan había sido bibliotecario del rey y, desde 1742, traductor de la secretaría de Estado, gracias, entre otras cosas, a que hablaba latín, francés e italiano. Ya en 1727 había pedido esta plaza, pero no la consiguió entonces, a pesar de contar con el apoyo del duque de Béjar. De él decía Guillermo Clarke al marqués de Villarias en 1742, cuando solicitó el puesto de traductor, que tenía buena voluntad pero que no se sabía nada sobre el «sigilo y fidelidad que se refieren para el servicio de dicha plaza».

Don Juan llamó a Bernardo para que le ayudara en el Diccionario latino-español, con 6.000 reales de sueldo anual, y encargándose de la educación del joven. Dado el carácter políglota del tío, y teniendo en cuenta la carrera posterior de Bernardo, es más que probable que don Juan le enseñara en estos años que pasaron juntos en la Corte las lenguas que conocía. Un tiempo que debió servir al joven para empezar a darse a conocer entre los círculos oficiales, para llamar la atención de aquellos que podían tener alguna influencia a la hora de adjudicar los puestos de la monarquía.

Primeros destinos

En 1756 consiguió Bernardo su primer cargo dentro de la Administración como secretario de la Legación española en Parma, siendo posteriormente nombrado Encargado de Negocios en la misma ciudad. No es de extrañar que este primer puesto dependiera de la secretaría de Estado. Como ya hemos visto, su tío, don Juan, era traductor de la secretaría, y debió mover sus contactos dentro de ese organismo para conseguir ese destino para su joven pupilo, al cual, probablemente, había enseñado italiano. Y en la mencionada secretaría el conocimiento de lenguas era uno de los más destacados méritos que había para entrar.

Tras una estancia de alrededor de dos años en Parma, volvió Bernardo a Madrid como oficial octavo de la secretaría de Estado, el 15 de abril de 1758, siendo nombrado, en apenas unos meses, en agosto, oficial séptimo, con un sueldo anual de 15000 reales de vellón. Empezaba a seguir el camino tradicional dentro de la secretaría de Estado, comenzando con una serie de tareas que le ponían en contacto con los trabajos que se realizaban: ayudando a su tío tuvo que tener, sin duda, algún contacto con los oficiales y los negocios que se despachaban en aquel departamento. Y con su estancia en Parma tuvo un primer acercamiento a la realidad del trabajo diplomático. Es posible que fuera en experiencias como las de Iriarte en las que pensaba Floridablanca cuando instauró, en 1785, la figura de los «jóvenes de lenguas»: jóvenes que eran enviados a los países europeos para que aprendieran la lengua del país y los avances que en esos países tuvieran lugar, además de empezar a foguear a los futuros diplomáticos y estadistas. Tras este primer contacto, adquirida experiencia en el manejo de los asuntos diplomáticos, pasó a la oficina de la secretaría de estado, donde empezaba por abajo del todo, para ir subiendo peldaños paso a paso, en función de las vacantes que fueran apareciendo en la oficina.

Tras unos pocos años en Madrid, en mayo de 1760 el joven Bernardo fue enviado como secretario a la embajada en Londres, una de las más delicadas para el gobierno español, ya que Gran Bretaña fue, en el , el principal enemigo de la monarquía, dado el interés británico en introducirse en las Indias españolas. Con este nuevo destino seguía, como anteriormente, la costumbre de la secretaría: ser enviado en los primeros años a una misión en el extranjero, para aprovechar los conocimientos que tenía y continuar con su formación. En efecto, los oficiales no eran figuras estáticas, enclaustradas en las oficinas de su departamento, sino que eran agentes activos de la monarquía, utilizados para diversas misiones, con las que mejorar, además, su preparación para futuras tareas. Enviados al extranjero cuando ya eran oficiales, volvían más tarde a la oficina, recuperando el puesto que habían dejado al marchar y aportando los nuevos conocimientos adquiridos.

Esto ocurrió con Iriarte, que volvió bastante pronto para lo que era habitual, ya que en 1761 estaba de vuelta en Madrid, debido a la entrada de España en la Guerra de los Siete Años frente a Gran Bretaña. Parece ser que la estancia de don Bernardo no fue todo lo positiva que hubiera deseado su protagonista, debido a las malas relaciones con el embajador, el conde de Fuentes, y a la enfermedad, debida al exceso de trabajo y a las condiciones climáticas. Según su propio testimonio, «fue infinito lo que escribí (...)¡Cuantas veces me puse a trabajar a las 6 de la mañana, y a las 6 de la mañana siguiente todavía estaba con la pluma en la mano!». Sobre su laboriosidad parece que no hubo muchas dudas, pues el mismo conde de Fuentes, el embajador con el que había tenido malas relaciones, opinaba que, aun estando «descontento de él, en assumptos particulares, repetidas veces ha escrito, y últimamente al tiempo de su partida, haciendo justicia à su aplicación, zelo, y talento, y que ha sido excesivo su trabajo, por la concurrencia de graves y disputados negocios, que allí han ocurrido en su tiempo». A todos estos problemas, hubo de añadirse una mala experiencia personal, debido al robo, en la residencia londinense del embajador español, de 140 guineas. Por esta razón, tuvo que pedir «algún alivio», y se le concedieron 250 doblones de oro para poder viajar hasta Madrid.

Oficial de la secretaría de Estado

Con su regreso a Madrid, Bernardo de Iriarte comienza una nueva etapa en su vida, ya que, frente al ajetreo de sus primeros años, con continuos viajes por Europa al servicio del monarca, va a asentarse en Madrid, sirviendo en la secretaría de Estado como oficial. Su experiencia sirve para analizar esta institución, los hombres que la forman, sus costumbres y su ascenso social, ya que don Bernardo fue un ejemplo perfecto de los oficiales.

Al regresar a Madrid, se le restableció en su puesto en la secretaría de Estado, si bien en apenas dos años ya era oficial cuarto de dicho departamento, en febrero de 1763. Desde aquí, hasta noviembre de 1773, cuando alcanza la plaza de oficial mayor más antiguo, el puesto más importante de la secretaría aparte del de secretario, Iriarte sigue el escalafón de manera regular, ascendiendo puesto a puesto dentro de la secretaría, un lento pero constante avance. Este cursus honorum, común a todos los que entraban en la administración, le familiarizó con los diversos asuntos del departamento, así que al llegar al puesto de oficial mayor más antiguo estaba perfectamente capacitado para supervisar la labor de todos sus colegas, tarea que le correspondía en este puesto.