El helenocentrismo es la tendencia a considerar la cultura griega como el criterio exclusivo para estudiar la filosofía e interpretar los comportamientos de otros pueblos y culturas. El término es empleado por el filósofo argentino-mexicano Enrique Dussel, uno de los fundadores de la filosofía de la liberación, para describir el hecho de que la historia de la filosofía parta siempre de Atenas y erija el pensamiento griego en origen y medida de toda reflexión. Para Dussel, el helenocentrismo es «el padre del eurocentrismo» y el primero de los límites que una historia mundial de la filosofía debe superar, junto con el occidentalismo y el propio eurocentrismo.

La cuestión de fondo ―en qué medida el pensamiento y las instituciones de la Antigua Grecia dependen de culturas anteriores del Próximo Oriente y de Egipto― es objeto de un debate más amplio en los estudios clásicos. Mientras que filólogos como Werner Jaeger sostuvieron que la cultura, en sentido pleno, no comienza antes de los griegos, otros investigadores han documentado una influencia oriental considerable sobre la Grecia arcaica; el alcance de esa dependencia, sin embargo, sigue siendo discutido.

Concepto y uso del término miniaturadeimagen|Detalle de La escuela de Atenas de Rafael, con Platón y Aristóteles. El helenocentrismo convierte la tradición filosófica griega en el criterio exclusivo para pensar la filosofía. El helenocentrismo designa la tendencia ―que Dussel califica de «emocional»― a convertir la cultura helénica en el único punto de partida legítimo para pensar filosóficamente y en el patrón con el que se juzga a las demás culturas. Frente a esa mirada, incluso pensadores abiertamente eurocéntricos como Max Weber admitieron que en la India, China, Babilonia o Egipto hubo una meditación sobre los problemas del mundo y de la vida, con una filosofía de matices racionalistas y teológicos.

Dussel resume su crítica en la fórmula de que «el helenocentrismo es el padre del eurocentrismo»: a su juicio, la línea historiográfica que va de Grecia a Roma, la Edad Media y el Renacimiento está sobrevalorada y ha servido para presentar a Europa como una civilización que se desarrolla de manera autónoma, sin deuda con otros pueblos.

La crítica de Enrique Dussel miniaturadeimagen|Enrique Dussel, filósofo argentino-mexicano que emplea el término helenocentrismo. En Política de la liberación. Historia mundial y crítica (2007), Dussel propone un «contra-relato» de la historia de la filosofía política cuyo primer objetivo es superar el helenocentrismo, es decir, el olvido de que las palabras fundamentales de la política griega tienen un origen no griego. Según su interpretación, la filosofía no nació en la Grecia continental, sino en Egipto y en las ciudades fenicias, y entre los griegos se inició en la Hélade marítima, de ciudades portuarias y comerciales en contacto con el delta del Nilo y con las ciudades del este del Mediterráneo. En esa línea, Dussel sostiene que varios términos e instituciones de la política griega ―como dēmos («pueblo» o «aldea») o dikē («justicia»)― tendrían un origen egipcio o caldeo.

Dussel afirma que Europa solo pasó a ser el centro del mundo en los últimos dos siglos y que, durante la Edad Media, el europeo permaneció relativamente aislado; en una entrevista señaló que Bagdad fue durante unos quinientos años un epicentro político y cultural, al que llegaban caravanas de todo el mundo y donde el saber estaba, a su juicio, mucho más avanzado que en Europa. Frente a la filosofía griega sitúa otras tradiciones ―la india, la islámica, la de origen mesoamericano y la china―; esta última, muy extensa, habría seguido viva de manera ininterrumpida, pues en China se ha leído y se sigue leyendo a Confucio.

El helenocentrismo que Dussel critica es, por ejemplo, el del filólogo alemán Werner Jaeger, quien en su obra Paideia. Los ideales de la cultura griega afirmó que la historia de aquello que cabe llamar propiamente cultura no comienza antes de los griegos.

Otros críticos del helenocentrismo Dussel no es el único autor que cuestiona el helenocentrismo. El filósofo francés Michel Onfray, en su proyecto de una «contra-historia de la filosofía», sostiene que la idea de que la filosofía nace en el siglo a. C. en Grecia con los presocráticos contiene varios errores, pues ya antes se pensaba en Sumeria, Asiria, Babilonia, Egipto, la India y China. Por su parte, la historiadora tunecina-francesa Sophie Bessis, en Supremacismo Occidental (2003) ―versión en español de L'Occident et les autres―, sostiene que Occidente construyó, a partir de la idea ilustrada de universalidad, una imagen de sí mismo como heredero de un legado helénico del que se borraron de manera sistemática las aportaciones egipcias y árabes. El propio Dussel, a partir de su crítica, propone superar la contraposición entre modernidad y posmodernidad mediante lo que denomina «transmodernidad»: un diálogo intercultural entre tradiciones filosóficas que sustituya la pretensión de una única filosofía universal por un «pluriverso».

El debate sobre los orígenes de la filosofía griega En el plano teórico, este conjunto de críticas se relaciona con la obra del crítico palestino-estadounidense Edward Said. En Orientalismo (1978), Said sostuvo que Occidente elaboró «Oriente» como su alteridad ―una construcción del otro frente a la cual definió su propia identidad― y que la cultura europea reforzó su fuerza y su cohesión al contraponerse a ese Oriente, concebido como una suerte de yo profundo y subordinado. En ese binomio, Occidente se representa como dinámico, racional y civilizado, mientras que Oriente aparece como estático, ajeno e incapaz de definirse por sí mismo; ambos polos, para Said, son construcciones que se constituyen mutuamente y expresan una relación de poder. Aunque Said no se ocupó directamente de la erudición clásica, distintos estudiosos han trasladado ese marco a la historiografía de la Antigüedad para examinar cómo la presentación de Grecia como origen autosuficiente de Occidente ha tendido a minimizar su interconexión con Egipto y el Próximo Oriente.

Dentro de los propios estudios clásicos, la cuestión de las raíces no griegas del pensamiento griego ha sido objeto de un debate específico. El helenista Walter Burkert, en The Orientalizing Revolution (1992), argumentó que la imagen de una cultura griega surgida como un «milagro» que apenas debía nada a sus vecinos es inexacta, y documentó una influencia considerable del Próximo Oriente semítico ―en la escritura, la artesanía, la medicina, la mitología y la religión― sobre la Grecia de los siglos y a. C.; no obstante, entendió esa influencia como un estímulo dentro de un desarrollo griego que siguió siendo creativo, y no como una simple derivación.

En su versión más radical, la tesis de un origen egipcio de la civilización griega fue defendida por el historiador Martin Bernal en Atenea Negra (1987-2006), obra que provocó una de las mayores polémicas de la historiografía sobre la Antigüedad. Frente a ella, la clasicista Mary Lefkowitz sostuvo en Not Out of Africa (1996) que no hay pruebas de que los griegos «robaran» su filosofía a Egipto y que numerosas afirmaciones de esa corriente no se sostienen con la evidencia disponible. El grado de dependencia de la filosofía y las instituciones griegas respecto de las culturas anteriores sigue siendo, por tanto, una cuestión debatida.

Véase también Etnocentrismo Eurocentrismo Filosofía de la liberación Occidentalismo Orientalismo

Referencias

Bibliografía

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