thumb|150px|Entrada principal del Edificio San Ignacio cuna de la Universidad. La historia de la Universidad de Antioquia -U. de A.- (la principal institución académica del departamento de Antioquia), desde sus inicios en 1803, ha estado afectada por todos los cambios y problemas políticos de Colombia. Ha enfrentado cierres, cambios de nombres, invasión militar, censura, presupuestos reducidos, etc. todo esto ha permitido que la Universidad cuente con una madurez que le ayuda enfrentar el presente con solidez y responsabilidad social, y siempre viendo hacia el futuro.
Además, dentro de sus instalaciones ha transitado una gran variedad de personajes que se han destacado tanto en el ámbito local, regional como nacional, y en temas tan variados como la política, la literatura, el cine, las artes, entre otros. A continuación la historia de la Universidad:
Periodo colonial
En los dias de tiempos coloniales la sociedad antioqueña dependía de los colegios y universidades bogotanas y de los seminarios payaneses para la educación de sus hijos. En 1745 los vecinos de la Villa de Medellín, actual capital del departamento de Antioquia, habían recolectado fondos para una escuela de primeras letras, y esta era aun incierta en 1793. Pero en este año decidieron tratar de lograr al mismo tiempo enseñanza elemental y secundaria. En efecto, el procurador de la ciudad, después de señalar cómo todavía no había "una escuela de primeros rudimentos formalizada", y de mostrar cómo se habían allegado bastantes recursos para ella, insistía en la necesidad de abrir escuela y "aula de latinidad", para lo cual recomendaba se pidiera la venida de religiosos de San Francisco. Con el apoyo del obispo de Popayán y de los funcionarios de Bogotá. 150px|thumb|Real Cédula del 9 de febrero de 1801, en el cual, el rey Carlos IV autoriza la creación del Colegio y convento. Finalmente, esta iniciativa logró su cometido por medio de la Real Cédula del 9 de febrero de 1801, en el cual, el rey Carlos IV autoriza la creación del convento de San Francisco, el cual debería abrir escuela de primeras letras y enseñanza de gramática; debían traer por lo menos dos maestros para el primer empeño y dos para la enseñanza del latín. De la real cédula se extrae el siguiente texto:
Aunque los medellinenses deseaban que se abrieran cátedras de artes y facultades mayores, que habrían ahorrado los crecidos gastos de enviar los hijos a Santa Fe de Bogotá y Popayán, para que en ellos pudieran estudiar "los jóvenes ricos y pobres de esta villa y sus partidos", la autorización no se extendió a tanto. Para financiar el colegio se recogieron 24.520 pesos entre los particulares: la Corona todavía no pensaba que debía pagar la educación.
A iniciar los trabajos llegaron a Medellín en 1803 los frailes Rafael de la Serna, Juan Cancio Botero y los laicos Antonio Suárez, Luis Gutiérrez y Nicolás Bernal, a quienes se les unió después el fray Manuel Garay. Este último, al parecer era un "religioso ilustrado pero que llenó de desconcierto al Superior por su carácter desigual y rebelde y que acabó por ahorcar los hábitos". Los frailes llegaron el 21 de marzo, y el 20 de junio abrieron las aulas con la enseñanza de la Gramática, la Filosofía y el Latín, en un local del costado norte de lo que hoy es el Parque de Berrío, bajo la dirección de Fray Rafael de la Serna.
El 5 de julio el Cabildo de Medellín compró a Manuel de Yepes y a Manuel María Hernández el terreno donde durante más de dos siglos ha estado la Universidad de Antioquia, en el sitio en el que actualmente funciona su aula magna o paraninfo. La primera piedra del edificio fue colocada el 2 de agosto del mismo año por Fray Rafael de la Serna, quien también dirigió la construcción que daría a la villa del conjunto Iglesia-Convento-Colegio, para educar a los jóvenes de la región y formar nuevos miembros para su comunidad. 220px|thumb|left|Plano del Colegio, del Convento y de la Iglesia de San Francisco (Actual Iglesia de San Ignacio), situado en la actual Plazuela de San Ignacio. El proyecto tendría la iglesia, en el centro, el convento con su claustro de habitaciones para religiosos profesos y novicios en el sector que hoy es la calle Ayacucho, y el colegio en el ala de la calle Pichincha. Sin embargo, y sobre la marcha, decidieron intercambiar la ubicación de colegio y convento. Los trabajos avanzaron, gracias a las donaciones de los vecinos de Medellín, Rionegro, Marinilla, Copacabana, Envigado, Carolina, Guayabal y otros poblados. Los Franciscanos calcularon en ocho o diez años la duración de la obra, pero 38 años más tarde, todavía estaba inconclusa.
Los franciscanos en 1808 presentaron un plan de estudios que habría convertido el colegio en estudios generales, donde pudieran enseñarse teología, cánones y leyes, y filosofía, además de los cursos básicos de gramática y retórica. Este plan nunca fue aprobado, (solo se autorizó la enseñanza de filosofía) y tropezó con la oposición de figuras como Camilo Torres, quien, como asesor de la Audiencia Real, estuvo en desacuerdo con que se autorizara a los franciscanos a abrir universidad en Medellín: esto contravenía la cédula real, que se había limitado a autorizar la apertura de escuela de primeras letras y clases de gramática, y además Torres encontraba los planes de estudio defectuosos, por su carácter escolástico y su espíritu de partido. Según Torres, la propuesta "no cultiva la razón', ni es conveniente, pues son más urgentes las escuelas de primeras letras que "aulas de filosofía y teología". De este modo la idea de tener estudios generales en Antioquia encallaba al tropezar con la oposición de un representante de la ilustración de la época, que veía probablemente en la propuesta franciscana una muestra de oscurantismo y atraso.
Cambios políticos: La República del
Después del grito de la Independencia en 1810, comenzaron los problemas con la Iglesia católica y en 1812 la comunidad franciscana abandonó a Medellín y no alcanzó a ocupar los edificios dejando la obra en mitad de camino. Por aquella época habían empezado a circular ideas de cambio e ilustración entre los criollos, quienes desde los cabildos organizaron la Junta Suprema de Gobierno de Antioquia e incidieron en la dirección y enseñanza del nuevo Colegio Provincial de Antioquia. Por ello se fundaron las cátedras de Gramática y Filosofía en Medellín, siguiendo el reglamento redactado por el doctor José Manuel Restrepo. El plan de estudios diseñado por Restrepo incluía materias novedosas para la época, que recogían los adelantos en las ciencias naturales, siguiendo la propuesta de los ilustrados españoles en los campos de la trigonometría, álgebra, física experimental, hidrostática, mecánica, astronomía y química. Al frente de la cátedra de filosofía se sucedieron el bachiller Miguel de Uribe Restrepo, el patriota Liborio Mejía y el doctor José Félix de Restrepo.
Todo este esfuerzo por hacer llegar las luces del saber a Antioquia se vio manchado de sangre y miedo cuando la reconquista española llevó al castigo o al exilio a algunos de sus artífices. Concluidas las guerras de Independencia, un decreto sancionado el 9 de octubre de 1822, redactado por José Manuel Restrepo, secretario del general Francisco de Paula Santander, fue la base fundamental de la actual Universidad de Antioquia. Gracias a aquel, el edificio y las rentas del convento de los franciscanos pasaron al Colegio de Antioquia, uno de los llamados Colegios Santanderinos. left|thumb|140px|Estatua de Francisco de Paula Santander, y al fondo Edificio San Ignacio. Para fortalecer las finanzas de dicho colegio, el general Francisco Urdaneta, en ese entonces gobernador de la provincia, convocó a una junta a la que asistieron 59 personas, en su mayoría empresarios del comercio y la minería, quienes aceptaron apoyar económicamente la institución. Los más ricos aportaron doscientos, ciento cincuenta o cien pesos. Otros, cuyo único capital era su fuerza laboral aportaron trabajo. José Ignacio Madrid ofreció dos semanas; los maestros Gregorio Baena y Eladio Quirós, ocho y dos días como carpinteros, respectivamente; José María Hernández, cuatro días como pintor; Rafael Naranjo, tres días de trabajo; y Antonio Muñoz, dos días.
El recién creado Colegio de Antioquia empezó a funcionar en medio de una serie de traumatismos, dificultades financieras y guerras. Por un corto período prevaleció la influencia santanderista (1823-1828), que seguía las enseñanzas del inglés Jeremías Bentham, cuya lectura fue prohibida con motivo de la Conspiración Septembrina, en la que resultó implicado un grupo de notables antioqueños. En 1827, el Libertador Simón Bolívar autorizó el establecimiento de los estudios de jurisprudencia. El colegio retornó a los cánones morales de la Iglesia, tuvo por rector a un sacerdote bolivariano y se eliminó la enseñanza de cátedras de derecho. El colegio permaneció cerrado entre 1830 y 1834 por los destrozos sufridos durante la ocupación de las tropas leales a Bolívar.
El último año mencionado se reabrió la institución con otro nombre: Colegio Académico de Medellín. Fue reorganizado en tres escuelas: Gramática, Filosofía y Jurisprudencia, bajo una orientación liberal, al amparo del gobierno de Santander. Además de las cátedras de derecho, se introdujo la de Química y metalurgia, requerida por la minería antioqueña. En 1837 llegó a la ciudad un profesor extranjero, Luciano Brugnelly, contratado en París, quien trajo consigo un laboratorio, colecciones de mineralogía y modernos aparatos de física. Durante dos años estuvo al frente de esta asignatura, a la cual se inscribió una docena de alumnos, quienes pronto se quejaron de los conocimientos y método del profesor, dejaron de asistir a sus clases y uno de ellos le dio algunos correazos en público.
Al finalizar la guerra de los Supremos en 1842, el Colegio fue entregado a los jesuitas, quienes hubieron de soportar la resistencia de un grupo de jóvenes librepensadores, liderados por un exalumno y exdocente del colegio, el diputado José María Facio Lince. Dicha resistencia incluyó un estruendoso estallido de petardos en el interior del claustro. Menos de dos años permanecieron los jesuitas al frente del colegio. Facio Lince no sólo logró la salida de los religiosos sino que recibió la dirección de aquel, la cual aprovechó para introducir nuevas materias como el inglés, la lógica y las matemáticas, economía política y derecho de gentes, geografía, cosmografía y cronología, física y mecánica. Su rectoría duró hasta 1851, aunque con una breve interrupción.
En 1856 se contrató al español Francisco de Flórez Domonte para reabrir la cátedra de Química y mineralogía. Esta vez los frutos de la asignatura se reflejaron en los discípulos del profesor extranjero, ya que todos ellos se destacaron posteriormente como expertos en minería, metalurgia y ciencias naturales, entre otros, Andrés Posada Arango, Francisco de P. Muñoz, Liborio Mejía Santamaría, Mario Escobar, Ildefonso Gutiérrez, Pastor Restrepo.
Periodo federal