Ficcionario es una historieta de ciencia ficción del autor argentino Horacio Altuna, publicada en España en 1983 por la revista 1984, y al año siguiente en Argentina por la revista Fierro.
La obra, encuadrada en el subgénero de la distopía, se compone de episodios autoconclusivos, y cuenta las aventuras cotidianas de Beto Benedetti en un mundo plagado de corrupción, crimen y decadencia, en un futuro muy cercano. La ciudad donde suceden las historias no tiene una localización precisa, aunque parece claro que está situada en el hemisferio norte y que en ella no son muy bien tratados los sureños como Beto.
Lista de episodios Los números de edición y las observaciones en cuanto al color corresponden a la revista española 1984, que es en la que se publicó la historieta por primera vez. Se indica el número de páginas de cada episodio, que es de suponer que sería el mismo en la revista argentina Fierro y en los álbumes; en estos últimos podría variar el tamaño de las páginas y, tal vez, el de las viñetas. <center> {| class=wikitable
! Capítulo ! Título ! Blanco y negro o color ! pp. ! 1984. N.º
| 1 || Programación || Color || 4 || 50 (especial)
| 2 || Fiel y sumiso || B/N || 8 ||55
| 3 || El inmortal || B/N || 8 || 56
| 4 || Love Story || B/N || 8 || 57
| 5 || El cerco || B/N || 8 || 58
| 6 || La bomba || Color || 4 || 59
| 7 || El muerto || B/N || 8 || 60
| 8 || Special Forces || Color || 8 || 61
| 9 || Ida y vuelta' || B/N || 8 || 62 |} </center>
Descripción de los episodios Programación Ya es de día, y vemos cómo se levanta un hombre sin muchas ganas y, después de estirarse ante la ventana, por la que vemos un paisaje hoy ya no tan futurista (ni entonces), se dirige al "bioprogramador" que tiene en casa, cosas que, una y otra, tener el aparato y usarlo cada día al levantarse, ha de hacer por obligación. Se "acomoda" en el asiento de la máquina, casi en cuclillas, y con unos cables con sensores y medidores aplicados a distintas partes del cuerpo, pulsa un botón, se oye un zumbido y el artefacto le suelta una cartita con instrucciones.
Mientras se baña, repasa la cartita, y se entera de que tiene muy alta la tensión erótica y ha de ir al centro de descarga a que le provoquen un orgasmo "biohabilitador".
Baja la escalera echando pestes de la deshumanización, son muchos pisos, y, ya en la calle, sin detenerse para que pase un coche uniplaza antigravitatorio ni detenerse éste para que pase él, entra en un bar a desayunar. En la calle, hay un policía bien armado, como para la guerra, montando guardia en la puerta; detrás de él, una pintada pacifista en la pared; y para entrar, muchos escalones.
El local está lleno de gente, y por el ambiente podría ser un establecimiento nocturno, algo que se percibe como un hecho normal en esa ciudad y en esa civilización. Las mujeres jóvenes van a pecho descubierto, hay gente que aún no se ha acostado y otra que desayuna allí, parroquianos que miran a los recién llegados, anuncios de bebida y de coca colombiana en las paredes, una bailarina erótica en una barra del fondo y, más al fondo aún, la habitación de drogas fuertes. El recién llegado se acomoda en la otra barra y pide un "Youpee-woo" con zumo, y un aspiritón.
Al lado, le ha tocado una muchacha en suerte, ya adulta y bien simpática, hacen migas enseguida y se cuentan lo de la tensión erótica; ni el uno ni la otra tienen ganas de acercarse al centro de descarga, y deciden irse juntos para hacer las cosas como antes, y después conseguirá él tarjetas de rehabilitación.
En la calle, van congeniando mientras critican el exceso de control por parte del sistema, y vemos algunos elementos que forman parte habitual del paisaje: establecimientos que anuncian drogas visuales o eróticas, locales de destape, casas de prostitución, por primera vez un cartel que no está en inglés, sino en italiano, las aves que cuando las vimos por la ventana pensamos que eran gaviotas y resulta que son palomas (eso sí: blancas), un arco que da paso a la parte moderna de la ciudad y, a punto de cruzarlo entre los transeúntes, otro uniplaza antigravitatorio, esta vez descapotable.
Ya en casa de ella, que no es del mismo vecindario, sino que vive en el octavo nivel, y todavía sin acabar de cerrar la puerta, le pregunta él si no será una hembra artificial, y la hembra le demuestra en seguida que no; dicen qué bueno es hacer las cosas como antes, y durante los preliminares se presentan: ella es Mai, él es Beto.
Cuando ya está lista ella, se dirigen abrazados a la habitación, y a Beto le hace ilusión ver que ella tiene en casa un "Leisure 90", otro aparatito de sentarse, pero con dos plazas, una frente a otra, y cada una con un panel de mandos. Ya instalados, ella le pregunta si sabrá usarlo, porque es del año pasado; en seguida, Beto se alegra de saber que lo que está fumando es marihuana 290, la máquina ya ha arrancado y empieza el traqueteo. Qué bueno es hacer las cosas como antes.
Al acabar, se felicitan, él se viste para irse y quedan en volver a verse. Ya en la calle, en un área que por ser céntrica es multinacional, como indican oportunamente los carteles en inglés, seguimos viendo palomas y alguna polilla apoyada en la farola. Gente que viene, gente que va, los edificios modernos al fondo, un sureño con la cabeza hundida en los hombros, y las manos en los bolsillos de la chupa ...
¡Qué mujer!
Beto aún no se ha quitado la gorra.
"Fiel y sumiso"
De camino a casa, Beto vuelve cargado con el "bioordenador" que ha llevado a arreglar: además de la obligación de tenerlo, tiene la de encargarse de llevarlo a reparar y la de pagar el arreglo.
Un antigrave pasa a toda velocidad y el aparatito acaba sus días en el suelo de la calle. De paso, el vehículo se ha llevado por delante también a un transeúnte. Mientras Beto toma la matrícula, los viandantes despojan al moribundo; para cuando se guarda la nota Beto y se da cuenta de lo que ha pasado, el moribundo ya está muerto y en calzoncillos, y una de las alimañas mete prisa a las otras para esfumarse cuanto antes.
En la entrada de la comisaría, avisan por una pantalla que se está bajo control, y los guardias dedican a los pobres insultos transferibles a toda su clase social. Ya en las dependencias, Beto explica el caso y el chupatintas le recoge la nota y le pide la documentación: teclea la matrícula y en seguida le advierte que como él es inmigrante, viene del sur y no tiene trabajo fijo, y el otro es de la ciudad "A", más le vale que se vaya y no moleste a gente de nivel superior. Beto pregunta qué pasará si le pillan con el "bio" roto, y el funcionario le contesta que lo deportarán, y lo despide con el mismo aire con que le han franqueado la entrada, y con una mirada feroz detrás de unas gafas de montar en moto como las que llevan siempre en el despacho los valientes. En la puerta, los guardias siguen obsequiando a los que salen igual que cuando entran.
Al teclear la matrícula, han salido en la pantalla el nombre y la dirección correspondientes. Beto los ha memorizado, y entra en la ciudad "A" después de pagar un boleto para tres horas. Allí no es como en la zona "B": huele distinto, la calle está limpia, no hay hacinamiento ni gente copulando a cambio de unas monedas de los viandantes, hasta hay antigraves (en la comisaría nos hemos enterado de que se llaman "móviles") con potencia suficiente como para sobrevolar los edificios, los que van casi a ras del suelo lo hacen por una calzada con pasos de cebra y todo, porque allí hay aceras, y bien anchas, las jóvenes casi desnudas resultan elegantes, son elegantes, y Beto se siente sucio.
Ya encontrado el portal, sube al piso y ve que la puerta del domicilio está abierta; dentro se oye música. Es la radio, que se ha quedado encendida. Parece que han entrado y lo han destrozado todo, pero hay unas tarjetas de crédito, así que no han venido a robar. En el suelo hay una mujer artificial de las caras, de las que pueden programarse para que parezcan humanas en su comportamiento, que ya parecen en su constitución externa y algo más. La criatura yace y se revuelve en una especie de ensoñación cibernética encima de un charco, que parece de sangre.
Se oyen voces que vienen del pasillo: un vecino y un guardia. El vecino dice que hace un rato ha oído estrépito y ha venido a ver qué pasaba, que lo ha encontrado todo roto y que no ha tocado nada, que tendrían que vigilar más; el guardia contesta que eso es cosa de los rateros de la zona "B", y mientras tanto Beto se guarda las tarjetas y se escabulle metiéndose en una salida de incendios, que tiene un rótulo con las instrucciones en inglés. Ya en la calle, vemos una oferta comercial más sofisticada que en la otra parte de la ciudad, pero que en el fondo responde a las mismas pasiones ... de una manera supuestamente cultivada y, eso sí, menos sangrienta: en lugar de drogas visuales hay videófonos, y en lugar de locales de prostitución con rótulos chillones, establecimientos de "bioinvestigación".
De vuelta en su zona y sabiendo que aunque encuentre al del móvil no sacará nada de él tal como están las cosas, Beto resuelve aprovecharse de las tarjetas y se encamina a un local de "relax" que siempre había querido visitar y del que es socio el desaparecido, según una de las tarjetas. Resulta ser verdad, y Beto se lo pasa en grande con las meretrices, que se portan muy bien con él.
Casi nada más acabar, oye que están buscando a uno que ha empleado una tarjeta que no es suya, que les han avisado que el dueño murió anoche; dan el nombre del muerto y una de las chicas lo reconoce, y pregunta a las otras que si se acuerdan de él: que era "el tío del androide".
Sin darle tiempo a vestirse, Beto coge su ropa y se vuelve a escapar por una salida de incendios. En la calle, mientras se pone los pantalones, vemos que esta vez el rótulo de las instrucciones de la salida de incendios está escrito en español.
Un cartel del ministerio del orden nos recuerda, también en español, que todo extranjero ha de llevar su documentación: de no ser así al serle requerida, será objeto de las medidas correspondientes y la posterior deportación. Mientras, vemos que Beto se decide a ir a la morgue a preguntar por el cadáver por si se entera de algún familiar del fiambre y le puede sacar algo. Allí le dicen que nadie ha reclamado el cadáver, pero que alguien ha burlado la guardia y ha intentado forzar el nicho.
Beto se da cuenta de que el que casi lo atropella por la mañana y el muerto de la noche anterior no pueden ser el mismo, y se acuerda de lo de "el tío del androide". Pensando que tal vez el finado tuviera otro sirviente artificial y que si se ha escapado y él lo encuentra tal vez pueda cobrar una recompensa, se dirige a la empresa de fabricación de esos muñecos tan caros.
Allí consigue que le atienda el propio dueño, que mientras habla con él disfruta de un vídeo donde se ve cómo apuñalan repetidamente a, supuestamente, una ginecoide de las que fabrican ellos. Beto asiste a una apología de la programación bioelectrónica del muñeco al servicio de su amo, y aprovecha para preguntar qué ocurriría si muriera el amo. El degenerado le informa de que esos ingenios están preparados para autodestruirse en un plazo de veinticuatro horas, pero que podría ocurrir cualquier cosa en ese plazo, y Beto se apresura a decirle que él sabe de uno que anda suelto. El dueño de la empresa se levanta a toda prisa para encargar que se tomen las medidas correspondientes, Beto lo sigue y, sin esperarlo, asisten a la aniquilación de la criatura que se disponían a buscar: ha llegado hasta el edificio donde había sido fabricado, se las ha arreglado para entrar y ha puesto fin a su existencia en la cabina de desintegración molecular.
El dueño de la empresa se lamenta de haber perdido algo tan costoso y de no poder darle a Beto la recompensa que sí habría podido darle si les hubiera dado tiempo a repararlo.
"El inmortal"