En economía, se entiende por capital un componente material de la producción, básicamente constituido por maquinaria, utillaje o instalaciones, que, en combinación con otros factores, como el trabajo, materias primas y los bienes intermedios, permite crear bienes de consumo. Según Michael Parkin, el capital son las herramientas, los instrumentos, la maquinaria, los edificios y demás construcciones que se utilizan para producir bienes y servicios, pero una parte de la teoría económica sostiene que el capital también puede ser humano, cuando las personas agregan a su trabajo, educación y experiencia.
En sentido contable, se concreta en los bienes y derechos (elementos patrimoniales del activo) menos las deudas y obligaciones (pasivo), de todo lo cual es titular el capitalista. Así se dice que se capitaliza o se amplía capital cuando aumenta su activo o disminuye su pasivo o se incorporan nuevas aportaciones de socios o se reduce el endeudamiento con terceros. Cuando el pasivo es superior al activo se resuelve que la unidad económica está en situación de capital negativo (negative equity, en inglés).
El capital debe distinguirse analíticamente de la empresa en sí y de la gerencia, aunque en muchos casos los papeles sociales de capitalista o empresario y gerente se puedan dar simultáneamente en una misma persona, como suele suceder en las unidades productivas más pequeñas.
Igualmente debe diferenciarse el interés que obtiene el prestamista, de la ganancia que obtiene el empresario o el inversor por una exitosa actividad productiva o especulativa en el mercado, de la renta que percibe el propietario de la tierra, así como del salario y el honorario que se recibe por el trabajo y el capital humano.
Definición clásica En la economía política, el capital es el conjunto de recursos, bienes y valores disponibles para satisfacer una necesidad o llevar a cabo una actividad definida y generar un beneficio económico o ganancia particular, está estrechamente relacionado con el comportamiento de las personas que intervienen en este aspecto. A menudo se considera como a la fuerza de trabajo parte del capital. También el crédito, dado que implica un beneficio económico en la forma de interés, es considerado una forma de capital (capital financiero).
Los bienes de capital (Capital Goods en inglés), en contraste con los bienes de consumo, son utilizados en la producción de capital físico. Se refieren a bienes de capital real de los productos que se utilizan en la producción de otros productos, pero no se incorporan a los demás productos. En los bienes de capital se incluyen fábricas, maquinaria, herramientas, y diversos edificios. Son diferentes de las materias primas que se utilizan en la producción de bienes. Muchos productos pueden ser clasificados como bienes de capital o bienes de consumo de acuerdo con el uso, por ejemplo los automóviles y ordenadores personales, y la mayoría de estos bienes de capital son también bienes duraderos (Consumer Durables).
Los bienes de capital son también diferentes del capital financiero. Los bienes de capital son objetos reales de la propiedad de entidades (personas, gobiernos y otras organizaciones), a fin de obtener un rendimiento positivo de algún tipo de producción.
La actividad que se realiza puede ser la producción, el consumo, la inversión, la constitución de una empresa, etc. Cuando este capital se destina a la producción, se convierte en uno de los factores de producción. El capital se puede acumular con el tiempo, y sus retornos (renta) pueden ser utilizados o reutilizados para aumentar el capital original.
El valor y la conceptualización del capital La conceptualización del capital está ligada a la conceptualización del trabajo ya que ambas codependen con la teoría adoptada sobre el valor económico de los bienes y, por tanto, con los medios para crearlos.
En los economistas llamados clásicos (Smith y Ricardo) se encontraba una posición ambivalente sobre el determinante del valor de cambio de un bien, oscilando a lo largo de sus obras entre dos opciones: la cantidad de trabajo y los costos de producción (que son valores de cambio a su vez que quedarían sin explicar: el interés del capital, el salario del trabajo y la renta de la tierra). Los problemas de la primera opción los llevarían a adoptar la segunda como “solución”: la teoría del costo sería sistematizada por John Stuart Mill en conjunto con el resto de las cuestiones tratadas por los clásicos es un esquema integral de economía política, mientras que Karl Marx insistiría en la teoría del valor trabajo pero esta vez como base para una crítica al concepto mismo de economía política.
La revolución marginalista en todas sus variantes (Jevons, Walras y Menger) reemplazó el aparato conceptual de los clásicos sobre el valor, y con este su propio concepto económico de trabajo y capital, refiriéndolo ahora a la utilidad marginal, moviendo así la determinación de la producción y la distribución a la circulación, o sea, al consumo. A diferencia de los clásicos que, o bien deducían el valor del capital físico del trabajo invertido en él, o bien del capital en sí mismo, los marginalistas lo encontraban en la utilidad misma del préstamo del capital.
Los sistematizadores de las diferentes corrientes marginalistas (Marshall, Pareto y Böhm-Bawerk) se dividieron en dos posiciones encontradas. La escuela neoclásica representada por Marshall, haciendo una síntesis entre Mill y el marginalismo de Jevons, concebiría al valor como resultado de la interacción entre una demanda basada en la utilidad del consumidor en términos marginales, y una oferta basada en los costos de producción pero esta vez no medidos circularmente desde sus precios sino desde la desutilidad marginal de los factores de producción (el salario por el sacrificio en esfuerzo y el interés por el sacrificio en espera o ahorro), volviendo así a la concepción clásica del capital pero sobre más sólidos fundamentos marginalistas. La escuela austríaca representada por Böhm-Bawerk, continuador (aunque con ciertas variaciones) del marginalismo puro y subjetivista de Menger, analizaría en profundidad la cuestión del capital, y llegaría a una definición que, aunque conciliable con los clásicos, parte de premisas distintas y más relacionables con el primer pensamiento de Adam Smith anterior a su magnus opus, con la obra de Richard Cantillon y con la misma línea continuada por Jean-Baptiste Say más afín a la posición austríaca (Böhm-Bawerk, 1884), en la cual todos los parámetros que definen los precios de los factores de producción remiten en última instancia a la demanda del consumidor que es el marco de referencia de las valoraciones en las preferencias temporales de trabajadores asalariados y prestadores de capital.
La posición de Böhm-Bawerk según la cual el tipo de interés depende de la preferencia temporal ha sido criticada por Knut Wicksell que defendió el paradigma neoclásico respecto a que este depende de la productividad del capital. Paradójicamente, la interpretación austríaca del capital terminaría siendo, a través de las obras de John Hicks sobre el particular, la más adoptada por el resto de la academia de orientación neoclásica, aunque en una forma simplificada y con importantes diferencias respecto al origen del interés (Hicks, 1973); y viceversa, la visión austríaca del capital ha tomado mayor sofisticación gracias a parte de la crítica de Wicksell (Rallo, 2014). De la misma manera, la crítica de Böhm-Bawerk a las inconsistencias lógicas de las teorías de la explotación neorricardiana y marxiana (Böhm-Bawerk, 1884 y 1896), sería la que finalmente se convertiría en prácticamente clásica debido, entre otras razones, a que es fácilmente conciliable con casi todas las posiciones tomadas en el espectro del pensamiento económico. Por esto mismo, la defensa del marxismo contra ésta se sostendría en la objeción neorricardiana de Piero Sraffa y cuya base está en la crítica de Wicksell (Rallo, 2014).
La precisa definición de Bohm-Bawerk del capital como se utiliza en los tres tomos de Capital e interés, se presenta de la siguiente manera como solución al caos de definiciones que enfrentaba la economía política:
Luego se distinguirá conceptualmente al capital en dos elementos económicos cualitativamente distintos: el “capital-medio de producción” entendido como los bienes de producción, y el “capital privado” como derechos de propiedad sobre el capital en función de una forma de adquisición (la privada e independiente) que dependa directamente e internalice como interés la utilidad del mismo (Böhm-Bawerk, 1889).
El interés y la productividad del capital
El interés del capital, es explicado por el autor, en una forma distinta que la clásica (Böhm-Bawerk, 1884), pero sin embargo extrapolable ya que se basa en el préstamo del capital o bien en el adelanto por parte de su propietario, sea este su creador directo o indirecto (Böhm-Bawerk, 1896). Pero más allá de su propia definición, resume adecuadamente los significados posibles de la productividad del capital desde la cual podría explicarse el interés:
Sobre estas definiciones, separadas o combinadas, diferentes autores han intentado dar sus propias explicaciones del interés: la productividad simple (Smith, criticada por Say), la concepción compleja de la productividad (Malthus, Strasburger, etc.), las teorías del uso (Hermann, Menger), la teoría de la abstinencia (Senior, Bastiat), las teorías del trabajo, las teorías de la explotación (Sismondi, Rodbertus y Marx), y otras concepciones eclécticas (Molinari, Jevons y Mill). Contra todas estas teorías Böhm-Bawerk presenta la propia, que luego sería pulida, criticada y corregida por sus sucesores austríacos: Friedrich von Wieser, Frank Fetter, Ludwig von Mises, Ulrich Fehl, y particularmente por Friedrich August von Hayek, quien desarrollaría una completa teoría del capital, logrando por primera vez que se tratara la cuestión más allá de su relación con la tasa de interés hasta el conocimiento interior de la estructura productiva del capital, integrándola finalmente con la teoría del ciclo económico (Ravier, 2011).
La explicación de Böhm-Bawerk del tiempo como el origen del interés del capital enlaza el marginalismo mengeriano con el resto de la Escuela Austríaca, y se trata de la visión opuesta a la teoría de la explotación marxiana:
La propiedad y la estructuración del capital
La comprensión hayekiana del capital, aunque técnica y dirigida a entender primero la estructura de la producción desde cada capital particular (Hayek, 1931), entronca por el origen de su análisis (ver orden espontáneo) con la del economista peruano Hernando de Soto, para el cual la cuestión de la necesidad de la dispersión de la información subjetiva se transforma en la productividad misma de la evolución en que las delimitaciones objetivas de la asignación de la información se concretizan a través de la propiedad en el mercado, explicando así al capital en un sentido social global, reeditando la interpretación marxiana. Aunque partiendo de sistemas distintos al de austríacos y neoclásicos, el autor reelaboraría como productiva la función de la propiedad en relación con el capital, que Marx solo veía como útil y hasta "productiva" por ser necesaria para forzar al trabajo a modificarse a sí mismo a través de y para la creación compulsiva de plusvalía, al menos hasta encontrar un límite en el capital mismo (Marx, 1857, pp. 266-267). La revisión crítica del concepto marxiano de valor (como trabajo incorporado), implica entender la propiedad como una institución creadora en sí misma de plusvalor, explicando así por qué es vital su existencia para el capital: