Samaná es un municipio de Colombia, situado en la región Magdalena Medio del departamento de Caldas. Limita al norte con Argelia, al oriente con Norcasia y Victoria, al sur con Marquetalia, y al occidente con Pensilvania y Nariño. El municipio de Samaná pertenece políticamente al Magdalena Caldense, aunque culturalmente es más próximo a la región paisa. Esto se ve reflejado en el estilo de sus casas antiguas y en la huella dejada por la colonización antioqueña que se respira en cada rincón del municipio. Samaná fue el municipio más azotado por la violencia en Caldas y uno de los más azotados en Colombia. Es una región de tierras fértiles y de abundantes fuentes hídricas y minerales. Hoy en día se está impulsando el ecoturismo como medio de desarrollo ecológico y económico.

División político-administrativa Además de su cabecera municipal, Samaná tiene bajo su jurisdicción los siguientes centros poblados:

Berlín Dulce Nombre Encimadas Florencia Los Pomos Pueblo Nuevo Rancho Largo San Diego

Límites municipales Samana está delimitada por los siguientes municipios:

Historia

Los indígenas que ocuparon esta región fueron denominados por Fray Pedro de Aguado como Pantágoras.

Los pueblos que habitaron la región de Samaná fueron de gran valentía al enfrentar a los españoles. Tal fue el grado de valor y orgullo, que decidieron ahorcarse colectivamente antes que doblegarse, ante la imposibilidad de vencerlos o de obligar a la retirada. La presencia española en esta tierra abarca desde 1540 hasta 1585. Cuando faltó gente para explotar el oro, los españoles decidieron mudarse a otro sitio.

En 1807, se concedieron zonas para la colonización a personas que arribaron desde Sonsón; en la década de 1870, don Miguel Murillo definió el sitio para la fundación de un poblado denominado San Agustín, en honor del santo del día (28 de agosto).

En 1930, se cambió el nombre de San Agustín por el de Samaná.

Corregimiento de San Agustín

Llegamos aquí a uno de los capítulos más importantes de este libro. Sobre todo porque de aquí en adelante abordaremos la historia de Samaná sin hablar tanto de todo el oriente del departamento. Ya vimos cómo se produjo la avanzada conquistadora en estos territorios bajo el dominio español, nos detuvimos en el análisis de las costumbres de los aborígenes que habitaron esta zona, hicimos un recuento sociológico sobre lo que representó la colonización antioqueña. Ahora vamos a entrar en el estudio de los primeros pasos que se dieron para la fundación del municipio de Samaná. De aquí en adelante vamos a conocer un poco todo ese proceso que se dio para que el municipio se emancipara de Pensilvania al asumir su propia vida administrativa, independizándose de su tutelaje.

Es imposible establecer quién fue la primera persona que llegó a territorio de Samaná después de la época de la conquista. No se sabe a ciencia cierta si los hermanos Ramos alcanzaron a llegar a territorio de lo que es hoy el municipio cuando en 1807 solicitaron a la Real Audiencia les otorgara los terrenos para cultivarlos. Lo cierto es que 12 años después, el 14 de octubre de 1819, apenas siete días después de la Batalla de Boyacá, ocurrida el 7 de agosto de 1819, el juez poblador de Sonsón escogió a los señores Pedronel Toro y Elías Cifuentes para que dispusieran de algunas tierras de este municipio. Lo que no se ha podido establecer es si estos señores cumplieron la orden.

Es de suponer que sí. Lo que ocurrió para que no fundaran un pueblo pudo haber sido que no encontraron las condiciones propicias para hacerlo, ya por lo escarpado del terreno, por la distancia a que estaba ubicado de Sonsón o por la poca gente que entonces se aventuró hacia estas tierras. Tampoco se ha podido establecer si a su llegada había gente habitando la región. Albeiro Valencia Llano dice que Julián Orozco fue la primera persona que llegó a estas tierras.

Los textos históricos consultados para estructurar este libro indican que el 28 de agosto de 1878 un señor de nombre Miguel Murillo, que era minero de profesión, entró a esta región en compañía de sus hijos Juan Gregorio, Jesús María, Heliodoro y Pedro. Cerca de un lugar conocido como Tasajo, donde había varios ranchos construidos con palmicho, se encontraron con varios mineros que, enfrentados a la corriente del agua, sacaban del fondo de los ríos oro en pequeñas cantidades. En el archivo municipal el Hermano Florencio Rafael encontró un documento que arroja luz al respecto.

El mismo dice: “se albergaron en el lugar llamado Tasajo, donde había rancherías de los mineros que anteriormente habían entrado, época en que existía una finca de unos señores Jaramillos en La Esmeralda; y solamente hasta allí había un camino de animales. De dicho punto, el tránsito se hacía por la montaña con muchas dificultades”. Este documento demuestra que el señor Murillo se interesó tanto en las tierras que, después de trabajar durante algunos días, decidió continuar inspeccionándolas. Como le parecieron aptas para el trabajo agrícola emprendieron “la derriba de la margen derecha de la quebrada denominada Sardinas”. Luego sembraron caña dulce en un sector denominado Combia.

Impresionados por la fertilidad de las tierras y, sobre todo, por la cantidad de oro que se advertía en los ríos, Miguel Murillo y sus hijos se regresaron a Pensilvania para entusiasmar a otros colonos sobre las posibilidades económicas que ofrecía la región. Fue así como lograron comprometer a Joaquín Ríos, Hilario López, Alfredo Martínez, Gregorio Soto, Juan B López y Ramón Ortiz para que los acompañaran. Días después llegaron Policarpo Carvajal, Cipriano Herrera Rivas, Clemente Gil, José María Betancur y Alejandro Ramírez.

Todos quedaron impresionados por la abundancia de aguas, por el clima suave, por la vegetación exuberante, por el aire fresco que tenía la región. Convencidos de que allí encontrarían un futuro promisorio debido a que había mucho oro empezaron a construir viviendas para sus familias, organizándole a los lados rozas y cementeras. Una vez listas, regresaron a Pensilvania para traer a los suyos y, al mismo tiempo, adquirir elementos para la explotación del mineral. Dieron así comienzo a la fundación de Samaná.

Ese 28 de agosto de 1878 los mismos colonos acordaron darle a la región el nombre de “San Agustín”, en homenaje al santo de ese día. Pero también tomaron la determinación de fundar un nuevo poblado aprovechando las excelentes condiciones de ubicación que ofrecían las tierras. Seis años después, en 1884, iniciaron los trámites legales para la creación del corregimiento. Extraña coincidencia, es erigido como tal el 28 de agosto de 1884. Los autores de la “Monografía de Samaná” sostienen que a la idea se sumaron los señores Raimundo Arias, Pedro Pablo Carvajal, Manuel Ospina, Aldemar Zuluaga, Clemente López, Avelino Herrera, Manuel Antonio Arango, Jesús Herrera, Joaquín Patiño, Matías Londoño, Evangelista Ríos, Pedro Pablo Ocampo y Jesús María Pamplona. Sin embargo, a estos nombres no hace mención el Hermano Florencio Rafael en su libro. Al único que menciona como colonizador es a Jesús María Pamplona, reconociendo en él a un hombre con el valor suficiente para enfrentarse a la naturaleza. De Evangelista Ríos dice que fue un constructor de puentes nacido en Pensilvania, de padres oriundos de Abejorral, que prestó su contingente para el buen suceso de la tarea colonizadora.

Todo parece indicar que Pensilvania no estaba de acuerdo con la fundación de un nuevo poblado. La segregación de una parte considerable de su territorio repercutiría no solo en su extensión geográfica sino en sus propios ingresos debido a la cantidad de oro que de los ríos Tenerife, La Miel y Samaná extraían los mineros. Uno de los asistentes a la reunión donde se proponía crear el nuevo poblado, de nombre Francisco Hoyos, dijo que la oposición de Pensilvania no representaba ningún obstáculo para alcanzar el propósito.

Fue cuando sugirió que, debido a que los terrenos eran propiedad de los Hermanos Ramos, se desplazaran hasta Sonsón para proponerles a ellos la idea. Para tal efecto comisionaron al mismo señor Miguel Murillo quien inmediatamente se desplazó para cumplir el encargo. Con tan buena suerte que los mencionados hermanos Ramos aprobaron la propuesta y, mediante oficio firmado ante notario, regalaron 48 cuadras para que diseñaran el poblado, autorizándolo para que repartiera la tierra como lo estimara conveniente. La noticia alegró tanto a los colonizadores que a la semana siguiente empezaron a programar convites para derribar con hachas y machetes la tupida montaña.

Sobre la forma como avanzan los colonizadores hacia las montañas de Samaná, a veces atravesando peligrosamente los ríos, el Hermano Florencio Rafael hace este emocionado relato: “Otras brigadas más frescas, más jóvenes, ocupan la vanguardia. Renuevos son ya de los primeros adalides. Y, más inquietos y de aspiraciones más amplias, otean el horizonte desde las cimas de nuevas cordilleras. Son legión. Machete en mano, descienden imperterritos por terrenos abismales hacia los ríos Dulce, Samaná, el Tenerife, La Miel”.

Aquí el religioso que en su libro aporta valiosos datos para la historia del municipio habla sobre la forma cómo se presentaban las expediciones colonizadoras, sometiendo la vegetación a la voluntad del hombre que va desbrozando los caminos para avanzar en su búsqueda de un espacio nuevo para los suyos, donde pueda plantar su pie para producir riqueza. Desafortunadamente sobre el incipiente caserío no hace ninguna descripción que nos aporte un conocimiento mayor sobre cómo se formó el pueblo. Es decir, no habla sobre cómo fueron las primeras casas, ni sobre cómo se distribuyeron las calles, ni sobre la construcción de la primera capilla. El religioso visitó el poblado por primera vez en 1895.

El lugar escogido para la fundación del corregimiento de San Agustín era el apropiado: una porción grande de terreno de la cuchilla Bellavista, ubicado entre un sector denominado Los Planes y Guadualito, a poca distancia del río Tasajo. Lo atraviesa “una quebrada que corre alegre por entre follajes florecidos”. Los mineros, que diariamente obtienen el oro trabajando en la ribera de los ríos, son los que impulsan la construcción de las primeras viviendas. Para dar buen rendimiento en la explotación del oro, exigen que les brinden buen techo donde vivir. Una vez soltaban la batea donde limpiaban el oro después de extraerlo del río, se dirigían al caserío para ayudar en la organización del naciente poblado.

Cambiaban la batea por el serrucho y el hacha. Aunque como corregimiento San Agustín pertenecía a Pensilvania, no se ha encontrado un documento que hable sobre su constitución. Tampoco ha sido posible establecer la fecha exacta en que empezó su vida como tal. Es decir, no se sabe con certeza si al fin Pensilvania acogió la idea de erigirlo corregimiento. Los libros consultados para establecer este hecho no dan ninguna claridad al respecto. Sin embargo, se puede pensar que no quedó documento escrito sobre este hecho. El mismo religioso se lamenta de la falta de documentos que sustenten este decisivo paso en la creación del municipio.

Las autoridades de Antioquia tenían un interés grande en que hasta las tierras de San Agustín llegaran legiones de colonos. Como las olas migratorias se habían detenido en las tierras cálidas bañadas por los ríos Magdalena, Pontoná, Doña Juana, Gualí y Guarinó el ascenso hasta San Agustín estaba tardando. Fue por esta razón que el gobierno de Antioquia promulgó el decreto 267 del 11 de enero de 1891 por medio del cual repartía baldíos y estimulaba a los colonos para que se trasladaran a la zona denominada río Verde o Samaná.