La relación entre religión y sexualidad implica una moral sexual, entendida no tanto como parte de la moral general o común a todos, sino como la parte de la moral religiosa que implica restricciones al comportamiento sexual humano. Varía enormemente en el tiempo entre unas y otras épocas, así como entre distintas civilizaciones o las normas sociales, los estándares de conducta de las sociedades en cuanto a la sexualidad, suelen ligarse a creencias religiosas de una u otra religión. Consultado en septiembre de 2007.
De acuerdo con esto, la mayor parte de las religiones han visto la necesidad de dirigir la cuestión de un papel «propio» de la sexualidad en las interacciones humanas. Diferentes religiones tienen diferentes códigos de moral sexual, que regulan la actividad sexual o asignan valores normativos a ciertas acciones o pensamientos cargados de contenido sexual. thumb|Relieve del templo de Khajuraho, en la India. Aunque el sexo es abiertamente representado en algunas manifestaciones del arte hindú, así como en una parte de su literatura (Kama Sutra), el hinduismo en sus diversas corrientes suele mantener una moral sexual restrictiva. Wikimedia Commons alberga contenido multimedia sobre Arte erótico de India. thumb|María Magdalena (Tiziano, 1533), junto con la hemorroísa y Santa María Egipcíaca, es uno de los ejemplos de la consideración tradicional de la sexualidad en el cristianismo, puesta en valor más bien por su negación y el arrepentimiento de los pecados que trae consigo. Se considera al cuerpo —especialmente el de la mujer— como uno de los enemigos del alma. La virginidad y la castidad se consideran valores morales, y el celibato eclesiástico se ha mantenido como tradición en Occidente desde la Edad Media, y desde la Reforma Protestante se ha convertido en una seña de identidad del catolicismo. Wikimedia Commons alberga contenido multimedia sobre María Magdalena.
Introducción
Los puntos de vista entre religiones y creyentes individuales discrepan ampliamente, incluso dentro de los que se adhieren a la misma doctrina particular; desde el concepto que demoniza al sexo y la carne, como uno de los enemigos del alma, a la creencia (propia de varias religiones orientales y religiones africanas) de que el sexo es la más alta expresión de lo divino (numinoso en la terminología de Mircea Eliade). Estos conceptos teológicos no se traducen automáticamente en una mayor o menor relajación de costumbres, que en cada civilización tienen su expresión en las muy diferentes formas de matrimonio y de otras relaciones interpersonales institucionalizadas o no, tal como las estudia la antropología cultural.
Algunas religiones distinguen entre las actividades sexuales que se practican para la reproducción biológica (algunas veces permitidas tan solo dentro del estatus marital formal y a cierta edad (edad núbil o de consentimiento)), y otras actividades practicadas para el placer sexual, que se califican de inmorales.
Religiones abrahámicas y sexualidad
Sexualidad entre sexos diferentes, y específicamente la procreación se ve usualmente como el ideal de las religiones abrahámicas, que ensalzan las relaciones monógamas y heterosexuales con la institución sacralizada del matrimonio. En concreto el Antiguo Testamento cristiano o el Tanaj judío prohíben el adulterio y el contacto sexual durante el periodo de la menstruación (niddah).
Judaísmo y sexualidad
El punto de vista «religioso» sobre la sexualidad presentado como proveniente de una «tradición judeocristiana» suele tergiversar el punto de vista del judaísmo sobre la sexualidad. Muchas actitudes del cristianismo con respecto a la sexualidad son completamente opuestas a las actitudes del judaísmo.
Si hay algo que diferencia las percepciones clásicas del judaísmo y el cristianismo es la actitud hacia la sexualidad y la categoría del cuerpo. A diferencia del cristianismo, en el judaísmo no existe una vergüenza por el cuerpo. El judaísmo no es ajeno a la afirmación y celebración del cuerpo y el alma. En el judaísmo no existe un recinto sagrado, como sucede en la iglesia. En la sinagoga se puede hablar de cualquier tema.
El Antiguo Testamento, a diferencia del Nuevo Testamento, no lanza una prohibición general sobre la sexualidad, sino solamente sobre determinados actos como la homosexualidad masculina, el bestialismo y la sodomía. Incluso ensalza el amor conyugal en el Cantar de los cantares.Guy Bechtel, Las cuatro mujeres de dios, editorial Zeta, ISBN 978-84-96778-78-8
El papa Inocencio III, al igual que Pedro Lombardo, sostenían que el Espíritu Santo se ausenta de una habitación cuando una pareja casada mantiene relaciones sexuales, incluso si lo hacen con el objetivo de reproducirse, pues el acto sexual avergüenza a Dios. Flandrin, Jean-Louis. La vida sexual matrimonial en la sociedad antigua:de la doctrina de la iglesia a la realidad de los comportamientos, en Sexualidades Occidentales, ISBN 950-12-6661-3.Cita: «Las autoridades religiosas consideraron pecado mortal todo acto sexual realizado fuera del matrimonio, lo mismo que todo acto conyugal no realizado en función de la reproducción. San Jerónimo declaró que el marido que abrazaba a su mujer con excesivo apasionamiento era un «adúltero» porque la amaba tan solo por el placer que le procuraba, como haría con una amante. Reafirmada por Santo Tomás de Aquino e interminablemente repetida por manuales de autores confesionales durante los siglos y , la denuncia de la pasión en el matrimonio condenaba tanto a la esposa apasionada como al marido libidinoso. Hasta las posiciones que adoptara la pareja estaban sujetas a controles estrictos.» En El cuerpo, apariencia y sexualidad, Matthews Grieco, Historia de las Mujeres, tomo III, ISBN 84-306-0390-5Estas ideas de san Agustín, en las que justifica el matrimonio y el acto sexual amoroso solamente por y para la procreación, se convirtieron rápidamente en las de la Iglesia cristiana por entero, y lo serían durante quince siglos. La idea del coito ligado a la generación fue unánimemente adoptada y repetida. El arzobispo Cesáreo de Arles, por ejemplo, dijo en el siglo IV: «Quien es buen cristiano solo conoce a su mujer porque desea tener hijos.» El obispo de Orleans Jonás afirma hacia 840: «El matrimonio ha sido instituido por Dios. No debemos desearlo por lujuria, sino para concebir hijos.» Santo Tomas (1225-1274), el gran teólogo católico, puede decir que el uso del amor no conlleva pecado «si se practica con medid ay con el orden prescrito, en relación con el fin de concebir hijos», en Guy Bechtel, Las cuatro mujeres de dios, editorial Zeta, ISBN 978-84-96778-78-8«San Jerónimo, contemporáneo de San Agustín, condenó el amor como «un olvido de la razón, i asi una locura, un vicio repugnante muy poco apropiado para un espíritu santo». Escribió: «Nada hay más infame que amar a una esposa como a una amante.» en Guy Bechtel, Las cuatro mujeres de dios, editorial Zeta, ISBN 978-84-96778-78-8 A esa creencia se debe la tradición de no mantener relaciones sexuales los viernes, en recuerdo de la muerte de El Salvador, el sábado por la Virgen María y el domingo por la Resurrección.«el intercambio conyugal, que era definido como una conducta razonable y regulada en oposición al intercambio apasionado de los amantes, no era lícito más que en los momentos y en los lugares adecuados. Así, eran considerados inadecuados para el mantenimiento de las relaciones sexuales todos los días de ayuno y de fiesta de guardar; el período de impureza de la esposa de cada mes, o sea, el tiempo que durase la regla, y los cuarenta días siguientes al parto; y durante el embarazo y la lactancia. Los días de ayuno y de fiesta de guardar en el siglo VIII eran alrededor de doscientos setenta por año. Durante la alta Edad Media la continencia estaba prescrita bajo la pena de pecado mortal pero a finales de la Edad Media y durante la Edad Moderna era, simplemente, recomendada.» en Jean- Louis Flandrin. La vida sexual matrimonial en la sociedad antigua:de la doctrina de la iglesia a la realidad de los comportamientos, en Sexualidades Occidentales, ISBN 950-12-6661-3.El teólogo Pedro Lombardo (1100-1160) censó y elogió todos los casos de esposas perfectas, aquellas que habían resuelto la cuadratura del círculo sexual cristiano casándose sin consumar. Santo Tomás, en el siglo siguiente, confirmó la santidad de estas uniones: «El matrimonio sin unión carnal —afirmó— es el más santificador.» en Guy Bechtel, Las cuatro mujeres de dios, editorial Zeta, ISBN 978-84-96778-78-8 «El estado de perfección es la abstinencia, la sexualidad humana es un instinto a combatir, a domeñar, a dominar, pero no todos los hombres son capaces de hacerlo, por eso no se les puede exigir la perfección todos los hombres. El deseo natural e instintivo del hombre de amar a una mujer y de formarse una familia es superado en el celibato, pero no todos los hombres soportan vivir en celibato.» El celibato sacerdotal de Pablo VI Sin embargo, esta última creencia no tienes bases bíblicas. Es por esto que hay diferentes corrientes cristianas. El judaísmo afirma que cuando un esposo y su esposa se unen carnalmente en santidad, allí mora la presencia divina. Por eso el shabat, el sábado, es el mejor día para recordar la libertad y la creación haciendo el amor.
El judaísmo no le otorga valor ni a la virginidad ni a la castidad de los cónyuges: una mujer es virtuosa para el judaísmo si tiene una familia numerosa. Los hijos constituyen una bendición.
El pecado original no es el sexo sino el deseo de saber: Eva mordió el fruto del árbol del conocimiento.
Al judaísmo, la noción de matrimonio por amor platónico, tan cara al cristianismo, le es completamente extraña. El ideal cristiano del celibato y de la virginidad que aparecen en el capítulo VI y VII de la Primera epístola a los corintios es totalmente ajeno al judaísmo.La castidad es entendida entonces como el estado habitual del cristiano: «Todo bautizado es llamado a la castidad», cada uno viviéndola según su particular vocación: La castidad «debe calificar a las personas según los diferentes estados de vida: a unas, en la virginidad o en el celibato consagrado,manera eminente de dedicarse más fácilmente a Dios solo con corazón indiviso; a otras, de la manera que determina para ellas la ley moral, según sean casadas o célibes» en Sagrada Congregación para la Doctrina de la Fe, Declaración Persona humana sobre algunas cuestiones de ética sexual, 1975, número 11 La idea de que es mejor evitar el matrimonio o que los viudos no deben volver a casarse, como proponía Tertuliano, o que el matrimonio es una medicina para la inmoralidad como sostenía San Agustín - para quien el acto sexual era un pecado apenas tolerable -, son impensables en el judaísmo.
Mateo el Evangelista declaraba que es mejor hacerse eunuco en consideración al cielo. Para el ideal cristiano, el celibato consagrado lleva a Dios, sin trabas de preocupaciones y responsabilidades por la familia humana, esposa o hijos. Solo los solteros están en condición de servir plenamente a Dios.
El ideal judío es el matrimonio. El matrimonio es mucho más que una preocupación privada, es una preocupación cósmica por el futuro de la humanidad. El amor consagrado tiene ese sentido cósmico: perpetuar la especia humana y salvar las chispas de la divinidad alojadas en el mundo.
Sin embargo, la procreación no es el único fin del matrimonio para el judaísmo. No es bueno que el hombre esté solo. Estar solo es, para el judío, una terrible maldición. El placer debe ser compartido. En el judaísmo, el amor ideal con una mujer, es con su cuerpo tanto como con su espíritu.