La primera guerra italiana (1494-1495), conocida en Italia como descenso de Carlos VIII en Italia (), y a veces como guerra del yeso (), fue la fase inicial de las guerras italianas del . El conflicto vio como Carlos VIII de Francia, para hacer valer manu militari sus derechos sucesorios al trono napolitano, emprendía una campaña militar contra el reino de Nápoles (y por tanto, contra el reino de Aragón), contando inicialmente con la ayuda del ducado de Milán y de la república de Génova, a remolque. Carlos VIII, de poco más de veinte años, dirigió los recursos de su reino hacia la conquista de Nápoles, animado por Ludovico Sforza, conocido como Il Moro (que aún no era duque de Milán, sino sólo regente) e instigado por sus consejeros, Guillaume Briçonnet y de Vers.

En realidad el casus belli del conflicto fue la rivalidad que surgió entre la duquesa de Bari, Beatriz de Este, esposa de Ludovico, y la duquesa de Milán, Isabel de Aragón, esposa de Gian Galeazzo, que aspiraban ambas a controlar el ducado de Milán y el título hereditario para sus hijos. Cuando, en enero de 1493, Beatriz dio a luz a Ercole Massimiliano, quiso que fuera nombrado conde de Pavía —el título que correspondía exclusivamente al heredero del trono—en lugar de serlo el hijo de Isabel.Corio, p. 1029. Esta última, sintiéndose amenazada, solicitó la intervención de su padre Alfonso de Aragón quien, habiendo ascendido al trono de Nápoles el 25 de enero de 1494 tras la muerte de su padre Ferrante, no dudó en acudir al rescate de su hija.Corio, p. 1057. De aquí surgió la reacción de Ludovico quien, para responder a las amenazas de Alfonso que había ocupado la ciudad de Bari, dejó vía libre al monarca francés para bajar a Italia.

La reconquista del mayor reino de la península, que ya había sido gobernado por la casa angevinos (de 1282 a 1442), no incluía a Sicilia en los planes de Carlos. Este último hecho apoya la tesis según la cual Carlos no pretendía simplemente aumentar los dominios de su Casa, ambición común a muchas casas gobernantes del área centroeuropea o anglosajona, sino convertirla en el punto de partida de aquellas Cruzadas cuyo eco había sido recobrado por la reciente expulsión de los árabes de la última posesión española, el reino de Granada (1492). El proyecto político de la Res Publica Christiana Pro Recuperanda Terra Sancta todavía tenía arraigo en las aristocracias europeas, a pesar de que las ocho cruzadas que intentaron hacerlo realidad finalmente terminaron en un desastre. El propio rey Luis IX de Francia había perdido la vida durante la octava Cruzada. Acre, el último bastión cristiano había caído finalmente en 1291.

Carlos VIII, que estuvo acompañado en la empresa por su primo segundo Luis de Orléans, futuro Luis XII, logró en una primera fase (1494-1495) atravesar fácilmente toda la península itálica y hacerse con el reino de Nápoles. Pero la preocupación de que Italia se transformara en una provincia francesa, así como la inusual violencia y las masacres perpetradas por transalpinos y mercenarios suizos a su sueldo, favorecieron la formación de una alianza, la Liga de Venecia, formada por los principales estados italianos de la época, a saber, la República de Venecia, los Estados Pontificios, el Sacro Imperio Romano Germánico, el Imperio español, el reino de Nápoles y el ducado de Milán, que en entretanto cambió sus alianzas, mientras que un controvertido régimen teocrática se establecía en la república de Florencia.

Carlos VIII debió entonces afrontar una difícil retirada, teniendo que enfrentarse a un ejército mucho más numeroso con el que debió concluir acuerdos de paz nada beneficiosos. Entretanto, el duque de Orléans que se había quedado en Lombardía, con su intento fallido de apoderarse del ducado de Milán, había contribuido a crear muchos obstáculos a los proyectos del rey, y la expedición a Italia fue un total fracaso político y estratégico. De regreso en Francia, Carlos, todavía deseoso de reconquistar el reino de Nápoles, mantuvo inteligencias con los príncipes de Italia cuyos estados podrían abrirle nuevamente el camino a ese reino. Pero murió en 1498 sin satisfacer sus sueños de venganza.

Fue Luis, ya como Luis XII, quien al año siguiente retomó la misma política italiana, añadiendo a la pretensión de los Anjou sobre el reino de Nápoles, la de los Orléans sobre el ducado de Milán. Después de haber conquistado a los milaneses, se convirtió en dueño de gran parte de la península.

Resumen El rey Carlos VIII de Francia, sucesor en el trono de Luis XI, se propuso comenzar una ambiciosa expansión militar. Su plan, poco realista, era que una vez fuese dueño del reino de Nápoles emprendería una nueva cruzada contra el Imperio otomano de Bayaceto II, cuyo objetivo era nada menos que la reconquista de Tierra Santa. Con el pretexto de hacer valer manu militari sus derechos sucesorios al trono napolitano y alentado por Ludovico Sforza, pretendiente al ducado de Milán, partió de Lyon al frente de un ejército de 38000 fuertemente armados,De Vic, p. 201. llegó a Grenoble y cruzó el col de Montgenèvre el 2 de septiembre de 1494.

Los franceses avanzaron rápidamente y llegaron a la ciudad de Asti el 9 de septiembre. Al mismo tiempo, en Rapallo, cerca de Génova, más tropas franco-milanesas comandadas por Luis de Orléans, apoyadas por la armada francesa, derrotaban a un ejército de 5000 aragoneses, recién desembarcados en el puerto de Génova. Víctima de la viruela, Carlos VIII no pudo entrar en Génova antes del 6 de octubre. Entretanto, el 10 de octubre fallecía extrañamente a los 25 años Gian Galeazzo Sforza, duque de Milán.

El ejército francés prosiguió entonces en dirección a Nápoles: el 20 de octubre tomaron Mordano, en Romaña, y allí masacraron a civiles y soldados; el 26 de octubre, la ciudad de Fivizzano corrió la misma suerte. Los italianos estaban aterrorizados, y después de una negociación, Florencia fue tomada sin lucha el 17 de noviembre. Carlos VIII fue recibido por el dominico Savonarola, entonces señor de la ciudad, que lo saludó como un enviado de Dios.Cloulas, pp. 22, 76-80. Los franceses abandonan la ciudad el 28 del mismo mes y entraron en Roma el 31 de diciembre.

Una vez en la Ciudad Eterna, saquearon, masacraron y el papa Alejandro VI se vio obligado a aceptar el juramento de obediencia al rey.Cloulas, p. 115. Carlos VIII hizo que el papa Alejandro le entregara al propio hermano del sultán Bayeceto, Djem. Este último había luchado sin éxito contra Bayazeto para hacerse cargo de la herencia de su padre, el sultán Mehmed II. Para escapar de la venganza de su hermano, Djem se había refugiado primero con los Hospitalarios de San Juan de Jerusalén en Rodas, y luego lo encomendaron al Papa. Carlos VIII confió en Djem para unir a los musulmanes a su causa y luchar contra Bayeceto. La aventura no tuvo continuación, pues Djem murió unas semanas después en Nápoles.Sobre Djem, cfr. Thuasne.

A mediado de febrero de 1495, el rey Alfonso II de Nápoles (r. 1494-1495), aterrorizado, decidió abdicar a favor de su hijo Fernando II (r. 1495-1496) y entrar en un monasterio en Mesina (Sicilia) donde moriría a los pocos meses. Fernando debió huir a Ischia —donde participó en armar una liga italiana contra el rey francés— antes de la llegada de las tropas francesas el 22 de febrero. Los nobles italianos, nostálgicos del período angevino y convencidos de la justeza de las pretensiones de Carlos VIII, se unieron a él con sus hombres de armas (lavorata, etc.) y actuaron como condottieros. Se contentaban con la paga del rey (8 ducados por un caballero). La ocupación militar de Nápoles fue la ocasión para que muchos soldados contrajesen un mal entonces desconocido: la sífilis.

Mientras tanto, la velocidad y facilidad con la que se había producido la campaña, y la arrogancia y violencia de los ocupantes franceses, causaron la hostilidad de la población y la preocupación de los dirigentes de los principados italianos. Especialmente los venecianos y el nuevo duque de Milán, Ludovico el Moro, entendieron que si Carlos no había sido detenido, la península itálica pronto se convertiría en una provincia más de Francia y consiguieron formar una alianza antifrancesa en el norte. Carlos VIII decidió entonces abandonar Nápoles, de donde partió el 20 de mayo de 1495 con el grueso de su ejército. Gilberto de Montpensier, nombrado virrey, quedó allí al frente de una guarnición.

Luis de Orléans, que permanecía en Lombardía con parte de las tropas y que había recibido la orden de no atacar al duque de Milán Ludovico el Moro, no pudo resistir el impulso de apoderarse de Novara, que le fue entregada por traición. Allí entró el 11 de junio de 1495 y fue muy bien recibido por los lugareños. La crisis nerviosa de Ludovico —que sufrió, al parecer, un derrame cerebral—, la ambigüedad de los aliados y la falta de dinero por los sueldos de los soldados parecieron al principio cambiar la situación a favor del duque de Orleans, pero la rápida intervención de la duquesa Beatriz de Este, que asumió el gobierno del ducado y la dirección del sitio de Novara, restauró el orden, de modo que la empresa de Orleans terminó en nada.Sanudo, pp. 438 y 441.Corio, pp. 1095-1099.

El regreso de Carlos VIII a Francia se produjo en condiciones difíciles. El rey, que había salido de Nápoles con un ejército disminuido (sólo le quedaban 9000 hombres), hizo cruzar con gran dificultad a su artillería los Apeninos y llegó cerca de Fornovo el 5 de julio. Atrapado por el ejército de coalición, de efectivos comandados por el marqués Francisco II de Mantua, Carlos VIII se vio obligado a aceptar el combate. El 6 de julio tuvo lugar la batalla de Fornovo en la que los franceses, a pesar de su inferioridad numérica, obtuvieron una victoria relativa que les permitió continuar su retirada. El ejército llegó a Asti en mal estado. Luis de Orléans, encerrado con sus tropas en Novara por los hombres de Ludovico el Moro y en plena hambruna, pidió ayuda a su primo, quien acudió en su ayuda sin reprocharle su insubordinación.

Se iniciaron negociaciones entre las dos partes, que desembocaron en la Paz de Verceil, firmada el 9 de octubre de 1495. Luis de Orléans evacuó Novara con sus 5500 hombres, en su mayoría suizos, muchos de los cuales estaban demasiado débiles y murieron poco después. El Tratado de Verceil concedía esperanzas quiméricas al rey de Francia y, en realidad, dejaba el campo abierto al duque de Milán.

Mientras tanto, los franceses que quedaban en las ruinas del reino de Nápoles luchaban por conservar la posesión. Fernando II desembarcó en Calabria y los asedió en Nápoles. Montpensier se encerró en los castillos mientras esperaba la ayuda de Francia. Estos tardaban en llegar: Ludovico el Moro no cumplió su compromiso de enviar una flota para transportar sus tropas a Nápoles y Carlos VIII andaba escaso de dinero. El costo de su expedición a Italia debería haber sido parcialmente cubierto por donaciones de los florentinos, donaciones condicionadas a la devolución bajo su control de las fortalezas prestadas al rey. Esas fortalezas finalmente se vendieron a Lucca, Venecia, Génova o Pisa, tras la traición del comandante francés en la Toscana, Robert de Balzac. Carlos VIII se vio obligado a devolver los préstamos florentinos y no recibió nuevos fondos de esa ciudad.

Gilberto de Montpensier, desesperado, se embarcó con casi toda su guarnición y se dirigió a Salerno. El ejército del conde, compuesto en gran parte por mercenarios alemanes e italianos, a menudo faltos de alimentos y sin recibir su paga durante mucho tiempo, se dejó encerrar por Fernando II en la pequeña ciudad de Atella. Parte de los mercenarios alemanes desertaron, obligando a los franceses a rendirse. El ejército francés prisionero fue diezmado por la enfermedad y el hambre.