Luis Valle Goicochea (La Soledad, 2 de noviembre de 1911 - Lima, 13 de agosto de 1953) fue un poeta, narrador y periodista peruano, perteneciente a la Generación de 1930. Introdujo en la literatura peruana una poesía lírica de aparente sencillez formal, pero que destaca por su profunda sensibilidad y ternura, y por su arraigo nostálgico a la infancia y al paisaje rural de su tierra natal. Su obra capital, Las canciones de Rinono y Papagil, fue publicada en 1932, y se considera la primera obra de literatura infantil surgida en el Perú. Agobiado por la dipsomanía, ingresó a la orden franciscana y escribió obras líricas de acento religioso; también colaboró en diarios y revistas. Finalmente, apartado ya de la vida conventual, recayó en su mal y apareció muerto en una plaza de Lima, aparentemente víctima de un atropello.
Biografía Nacimiento Luis Valle Goicochea nació en La Soledad, pueblo perteneciente al distrito de Parcoy, en la provincia serrana de Pataz, en el departamento norteño de La Libertad. Hijo del trujillano Francisco Valle del Castillo y de la dama sholana (nombre con el que se les conoce a los nacidos en La Soledad) Jovita Goicochea Salvatierra.
Aunque se sabe que su nacimiento ocurrió el 2 de noviembre, no se ha precisado exactamente de qué año; Luis Alberto Sánchez conjetura que fue en 1906, Luis Monguió en 1908, Esther Allison y Aurelio Miró Quesada Sosa en 1911 y José Gonzáles Morante sostiene en una tesis doctoral el año 1910.
Estudios
Inició su educación primaria como alumno de sus padres, que eran maestros de la única escuela de la zona. Es en esta etapa en que el niño Luis Valle captó todo lo vivido en su hogar y en la escuela para luego plasmarlo en el papel, dándole forma de composiciones en prosa y en verso. A la edad de nueve años, terminó el tercer año de primaria y sus padres lo enviaron a Trujillo para que continuara sus estudios primarios y luego su secundaria, quedando a cargo su abuela paterna Clarita del Castillo Valle.
Sus estudios en Trujillo los realizó en el Colegio Seminario San Carlos y San Marcelo y en 1926, cuando terminó la secundaria, vistió la sotana de novicio o postulante para sacerdote en el mismo seminario, durante dos años. Ciro Alegría lo recordaba así:
Esa es la más difundida prosopografía del adolescente Luis Valle Goicochea, según sus biógrafos.
Entre la bohemia y el periodismo
En 1929 abandonó los estudios religiosos e ingresó a trabajar al diario La Industria de Trujillo, dirigido entonces por José Eulogio Garrido, otrora gran animador del grupo La Bohemia de Trujillo. Se hizo responsable de una columna a la que tituló "Hilvanes", escribiendo con el seudónimo de LUVAGOIS.
En esta época fue tentado y empujado a enrolarse en la bohemia trujillana, siendo conocido por sus tendencias platónicas al enamorarse de las chicas más bellas de la ciudad, pero sin confesarles jamás su amor idílico. Justamente una anécdota muy recordada fue el duelo que sostuvo con JUFERQUE, seudónimo del periodista trujillano Julio Fernando Quevedo Iturri, por el amor de una cantante chilena de paso por la ciudad y que actuaba en el Teatro Municipal. La cita se realizó en la ruinas de Chan Chan y fue una broma que le jugaron Ciro Alegría, un arequipeño de apellido Zagarra y otros amigos del diario La Industria, quienes usaron pistolas de fogueo para tal fin, sin que los duelistas se dieran cuenta.
Luis Valle se entregó luego con ahínco a su quehacer poético y también compuso algunos cuentos, los que enviaba a Lima y eran publicados en la revista Variedades. Este tiempo trujillano, de los primeros pasos, fue el más feliz en la vida de Valle Goicochea. Fue así como comenzó a alentar el proyecto de irse a Lima, pues ya tenía versos suficientes como para publicar un libro. No tenía mucho dinero y vendió sus cosas para realizar el viaje.
Ciro Alegría recuerda así su partida:
Años de su formación literaria miniatura|250px|izquierda|Fotografía de Luis Valle Goicochea, a fines de los años 1930. Llegó a Lima el verano de 1930. Después de dos años de dura brega consiguió el apoyo de Enrique Bustamante y Ballivián y publicó su primer libro, Las Canciones de Rinono y Papagil, que fue bien recibida por la crítica. Fue una edición muy pulcra, con portada de Camilo Blas. En esta obra, su imaginería lírica nos presenta al pajarito Rinono, que canta para que lo oiga la Rarra. Están presentes también Papagil, el tío cuyos ochenta años son como "ochenta hormiguitas blancas", la Quequita con su terrible dolor de muelas, la pobre gatita, engreída de todos, los hermanos Juan y Clarita, Doña Sacramenta, la hilandera, Danielito, el Sacristán, etc. Estos personajes tienen como trasfondo el pueblo de casas apretadas y tortuosas, por donde desfilan apacibles asnos, mientras se escucha amanecidas campanadas y se ve a los niños retozando en la escuela o en la pila de la plaza.
En 1934 publicó su segundo libro, El sábado y la casa, obra literaria en verso que lo consagró en la poesía peruana. Los temas son los mismos, pero ya la nostalgia y el misterio le dan un acento doloroso. Como dice Aurelio Miro Quesada Sosa, "El mozo viste pantalón largo; la Rarra, antes locuaz, ahora se queda pensativa". El sol sigue iluminando las mañanas, pero ya "la tristeza camina por las calles del pueblo". Han muerto una hermana, la tía Rosario, el primo niño; ya no quedan "ni rastros de las casita de Don Jesús Ampuero". Hasta la escuelita ha sido suprimida, y el 28 de julio "nadie pondrá banderas en su puerta".
El mismo año de 1934, simultáneamente con la presentación de su segundo libro, el poeta se inscribió en la Facultad de Letras de la Universidad Católica, para seguir estudios superiores. Sin embargo, la falta de recursos económicos y la bohemia, lo frustraron nuevamente. En vista que ya no podía estudiar, se decidió a escribir en el diario La Prensa. Mientras tanto, formó parte de "El Círculo del Duende", en donde estaban José María Eguren y otros escritores.
En 1936 publicó otro libro, La elegía tremenda. En esta obra continuó aquel tono de recuerdo cada vez más doloroso, en el cual, la muerte era una presencia reveladora.
En 1938, regresó a Trujillo y publicó dos libros, Parva y Los zapatos de cordobán. El primero es una colección de poemas en prosa, que vuelve al tono primigenio y en ella aparece nítidamente las figuras del padre y de la madre. Este poemario se enlaza con otro que publicó en 1939, de igual intención, Paz en la tierra, donde el hogar y la muerte delinean mejor sus contornos.
Sin motivo aparente, regresó a Lima y conoció a otra dama de la que se enamoró perdidamente. Era el año de 1940. La describió como una mujer extranjera, a la que nombra como Miss Lucy King, y a la que dedicó un poema, el cual representa la apertura a una nueva dimensión espacial. Lucy King, mezcla de realidad e irrealidad, es la mujer amada, una y diversa, que el poeta reclama por lejanos países y luego se despide dentro de una atmósfera de claroscuros y de recuerdo.
Inesperadamente, en 1943 ingresó al Convento de San Francisco y fue enviado luego al Cusco "como padre franciscano, al mundo de la obediencia y a cumplir un designio". Escribió composiciones religiosas, así como un ensayo dramático titulado Jacobina Sietesolios, referido a los últimos días de San Francisco y que fue publicado en Arequipa en 1946. En el Cusco escribió también Tema inefable y Marianita Coronel.
Quebrada su salud por causa de una dipsomanía, abandonó el convento y se dirigió a Arequipa, donde fue redactor del diario El Deber, dirigido por el fraile mercenario Víctor M. Barriga.
Regresó a Lima en 1948 y trabajó en el Museo Arqueológico, en la Biblioteca del Seminario de la Facultad de Letras de San Marcos y en el diario El Comercio, donde firmaba con el seudónimo de Carlos Bernabé. Su especialidad era redactar reportajes y crónicas sobre distintos problemas sociales, así como notas líricas profundamente humanas.
El final miniatura|250px|Fue debajo de uno de los bancos de la Plaza Italia, en Barrios Altos, donde Luis Valle Goicochea fue hallado agonizante. Su salud empeoró y pasó dos meses, febrero y marzo de 1950, en un sanatorio. Escribió en el hospital "sus sueños" como parte de su terapia, que El Comercio publicó póstumamente y en el que se percibe profunda angustia, soledad y frustración. En el Diario del Hospital, que Esther Allison publicó años después de la muerte del poeta en El Comercio, constan "los siete días más dolorosos" que padeció el poeta, fijados del 8 al 14 de mayo de aquel año. La misma tristeza se manifestó en las cartas dirigidas a la escritora y amiga, en donde el poeta dio fe de su "lucha contra el demonio".
En sus últimos años su estado de salud fue muy delicado, y osciló entre la vida y la muerte. Esta situación se debía a la escasa alimentación y el constante consumo de alcohol, vicio que lo obligaba a huir de los nosocomios a donde lo llevaban sus familiares y amigos. Generalmente en las noches lo localizaban en las cantinas de barrio, de donde salía casi siempre en las amanecidas para guarecerse donde pudiera.
En la mañana del 13 de agosto de 1953, la policía lo encontró moribundo, quizá atropellado por algún automóvil. Se hallaba debajo de un banco, en la Plaza Italia. Lo llevaron a la morgue como no identificado. Para identificar su cadáver la policía debió esforzarse, sin imaginar que ese desconocido de aspecto de vagabundo fuese un ilustre poeta y escritor. Ernesto More escribió al respecto:
Sus restos fueron velados en el antiguo local de la ANEA (Asociación Nacional de Escritores y Artistas).
Obras Poesía Las canciones de Rinono y Papagil, 1932. El sábado y la casa, 1934. Al oído de este niño, 1935. La elegía tremenda, 1936. Parva, poemas en prosa, 1938. Paz en la tierra, 1939. Sal, 1939.* Amor acecha, 1939.* Miss Lucy King y su poema, 1940. Marianita Coronel, 1943.* Tema inefable, 1945.*
*Poemarios que el poeta dejó inéditos.
Narrativa Los zapatos de cordobán, novela, 1938. El naranjito de Quito, relato publicado en el diario El Comercio, el 4 de mayo de 1939. El árbol que no retoña, novela aparecida por entregas en El Comercio (inconclusa).
Escena dramática Jacobina Sietesolios (Últimos momentos de San Francisco de Asís), 1946.
Análisis crítico
Luis Alberto Sánchez en el tomo 5 de su Literatura Peruana dice: "Valle Goicochea, en su obra poética, convocó a la sencillez y a la castidad, como Eguren y Martín Adán, pero no se enredó en giros retóricos, ni se entregó a pesquisas semánticas; no hizo experimentos. Cantó, cantó lo tierno, lo profundo, lo humanamente irrenunciable...Amaba las cosas simples y las expresaba simplemente". Sebastián Salazar Bondy en la Revista Peruana de Cultura N.º 1, Lima, 1963, en su artículo "Tres imágenes discontinuas de Luis Valle Goicochea", dice: "En sus delicados libros están para siempre la infancia, el lar, los bosques, la luz, sus hermanos, los animales (domésticos), las montañas, el juego, los sábados y la casa, firmes como un sábado infinito". Washington Delgado, en el Diccionario Histórico y Biográfico del Perú, nos dice: "Poeta hondo y sencillo, en cuya obra los temas hogareños y regionales se alternan con finas inquietudes espirituales, con íntimos desahogos líricos". Jorge Eslava en el Suplemento Cultural Lundero del diario La Industria de Chiclayo, del 29 de abril de 1990, dice: "Toda la escritura de Valle Goicochea tiene un acento evocador y trágico. Una terca nostalgia la recorre. La suya no es una poesía aferrada a la tierra y a los hombres, sino al recuerdo de ellos y, en ese temblor emocional quebradizo o menudo, se transparentan los sentimientos, pero el sentido de la experiencia íntima se oscurece. Un hilo que se devana...".