La Batalla de La Ciudadela fue un enfrentamiento militar librado entre las fuerzas federales al mando del brigadier general Juan Facundo Quiroga y los unitarios del coronel mayor (general) Gregorio Aráoz de Lamadrid en las afueras de San Miguel de Tucumán, Argentina, el 4 de noviembre de 1831. Ocurrió en el contexto de la guerra civil iniciada tres años antes y terminó con una completa victoria federal, marcando el final del conflicto y dejando a todas las provincias rioplatenses bajo gobiernos de esa ideología.

Antecedentes Avance de Quiroga A inicios de 1831, las Provincias Unidas del Río de la Plata estaban divididas en una guerra civil entre la Liga del Interior de ideología unitaria y la Liga del Litoral de tendencia federal. Gracias al apoyo militar de los gobernadores de Buenos Aires y Santa Fe, brigadieres Juan Manuel de Rosas y Estanislao López respectivamente, el caudillo de La Rioja, brigadier Juan Facundo Quiroga, se lanzó en una fulminante ofensiva.

El 8 de marzo, Quiroga y su División Auxiliar de los Andes, de 350 hombres, entraba en Río Cuarto después de tres días de lucha. El 18 de marzo, el riojano vencía y daba muerte en el Morro, un lugar a orillas del río Quinto, al coronel Juan Pascual Pringles. El 22 de marzo, ocupaba San Luis y seis días más tarde derrota al gobernador de Mendoza, coronel José Videla Castillo, en Rodeo de Chacón, volviéndose dueño de Mendoza, desde donde envió destacamentos a recuperar La Rioja y San Juan.

Por su parte, el «Protector Supremo y General del Ejército unitario» y gobernador de la provincia de Córdoba, brigadier José María Paz, estaba en problemas. Aunque mandaba más de 3000 a 5000 soldados, las montoneras federales de los hermanos Francisco y Guillermo Reinafé actuaban en su provincia, el coronel Ángel Pacheco había tomado Fraile Muerto y no podía retroceder al oeste porque Quiroga avanzaba hacia Córdoba por Ischilín. Su derrota parecía inevitable si la vanguardia de Estanislao López se unía al gran ejército que estaba reuniendo Rosas en San Nicolás de los Arroyos, así que Paz decidió atacar primero. Avanzó hasta Santa Rosa de Calchines buscando al brigadier López, quien se retiró a El Tío, donde el brigadier unitario lo persiguió. Ahí, el 10 de mayo, Paz fue capturado mientras exploraba el terreno. De inmediato, su Liga del Interior empezó a desmoronarse, pues su existencia dependía del prestigio alcanzando por el general y la unidad en el mando de su ejército: «La situación que el General Paz había creado en las provincias del interior no había arraigado en la conciencia, ni aun en el sentimiento del pueblo».

Retirada de Lamadrid El 11 de mayo, en el campamento unitario en Los Álvarez, a dos leguas de Santa Rosa, los jefes unitarios restantes, general Gregorio Aráoz de Lamadrid y coroneles Juan Esteban Pedernera, Román Deheza y Mariano Acha, recibieron cartas de Paz pidiéndoles que cesaran las hostilidades, quizás temiendo por su vida pues había sido muy cruel con los federales. Otra posibilidad es que escribió esas cartas pensando que él era el único capaz de conseguir la victoria unitaria y habiendo sido capturado solo quedaba someterse y cesar la guerra. No le hicieron caso y eligieron como nuevo líder a Lamadrid. La principal discusión se dio entre Lamadrid y Deheza por el mando supremo, imponiéndose el primero; Deheza optó por renunciar a todo mando militar y marcharse a Córdoba, luego Tucumán y finalmente a Bolivia. Durante mayo se ascendieron al rango de coronel mayor (parte del generalato) a los coroneles Juan Esteban Pedernera, José Videla Castillo y Juan Gualberto Echeverría. Lamadrid se demostró incapaz, tanto de continuar los planes de Paz, como de imponerse a los otros jefes unitarios, lo que llevó a la disgregación de su ejército.

Desde el 16 de mayo, Lamadrid ejerció el gobierno interino en Córdoba,Biografía de Araoz de Lamadrid Gregorio: Historia Militar y Política. Historia y biografías. pero la consideró indefendible. El 26 de mayo se retiró a San Miguel de Tucumán, llevándose toda la platería que pudo. Estanislao López acusó de cobardía o descuido a los hermanos Reinafé y el coronel mayor Juan Felipe Ibarra por no rodear e inmovilizar al ejército unitario en retirada: «Cobardía o desacuerdo de Ibarra y Reinafe había sido dejarle ir, teniendo tanta gente con quien rodearlo y hacerlo pedazos». Sin embargo, el 1 de junio, una columna de tucumanos y catamarqueños al mando de los coroneles Mariano Acha y José Segundo Roca venció en Piedritas a una montonera de 1000 santiagueños mandada por Francisco Reinafé. Entre tanto, el 30 de mayo, el gobernador interino de Córdoba, Mariano Fragueiro, envió a los delegados Francisco Bedoya y Dalmacio Vélez Sarsfield a Calchín, donde negociaron con Estanislao López la adhesión de la provincia a los federales. El 31 de mayo, la vanguardia del brigadier López, al mando del coronel Pascual Echagüe, entraba en Córdoba, y el 5 de agosto, José Vicente Reinafé fue elegido gobernador.

Lamadrid eligió retirarse al noroeste porque en Tucumán y Salta habían gobiernos unitarios y tenían cerca de Bolivia. En cuanto entró en la provincia de Catamarca, cedió el mando en jefe al gobernador de la vecina provincia de Salta, el coronel Rudecindo Alvarado, quien dividió sus fuerzas en tres cuerpos: el 1.º bajo el mando de Lamadrid, el 2.º bajo el mando del general Javier López y el 3.º bajo su mando personal y actuando como reserva. En la provincia de Tucumán gobernaba José Frías y Lamadrid gozaba de mucho prestigio, lo que le permitió reconstruir sus fuerzas, importar armas de Bolivia y acantonarse en La Ciudadela, una fortaleza cercana a San Miguel, construida por el brigadier José de San Martín. Tuvo seis meses para prepararse, durante los cuales exigió varias contribuciones forzosas a los vecinos, como de los tres conventos de la capital provincial, desde donde consiguió pesos.

Campaña final de Quiroga Por su parte, Estanislao López, jefe de las fuerzas federales, ordenó al coronel mayor Juan Ramón Balcarce retirarse de Córdoba con el grueso del ejército porteño, y mandó a Quiroga a conquistar las provincias norteñas solo, aunque los unitarios eran fuertes en ambas. El caudillo riojano aceptó a regañadientes, pues sospechaba que su rival santafesino deseaba deshacerse de él. Abandonó su cuartel general en Mendoza y se dirigió a la provincia de San Juan, donde organizó personalmente sus fuerzas, mientras que en Mendoza y La Rioja lo hicieron los coroneles José Ruiz Huidobro y Juan de Dios Bargas respectivamente.

Después de los preparativos, el coronel mayor unitario Javier López –inspector general del ejército y comandante general de la caballería– combatió a los federales de la provincia de Santiago del Estero, logrando vencer al general Ibarra en Río Hondo el 20 de octubre. En tanto, Lamadrid se enteró de que la vanguardia federal se había apoderado de San Fernando del Valle de Catamarca y partió hacia allí a ayudar a los unitarios locales. El avance federal había sido fulminante y depusieron sin problemas al gobernador unitario, Miguel Díaz de la Peña. El 27 de octubre, se supervisó a una nueva legislatura que eligió gobernador al coronel federal Marcos Antonio Figueroa. Díaz de la Peña, perseguido, se vio obligado a huir en búsqueda del ejército unitario. Mientras tanto, Lamadrid aprovechó de hacer un rodeo por el sur de Tucumán y unir fuerzas con Díaz de la Peña; juntos avanzaron sobre San Fernando del Valle, forzando a la vanguardia federal a emprender la retira para unirse con Quiroga. El jefe unitario se decidió a aniquilar la columna enemiga mandada por el coronel Bargas. Consiguió darles alcance y vencerlos en Miraflores. Sin embargo, recibió una carta del gobernador Alvarado ordenándole retirarse al norte para unir fuerzas y el jefe unitario juzgó prudente hacerle caso.

Esta victoria sobre la vanguardia federal dio nuevos ánimos al jefe unitario. Ordenó la concentración de sus fuerzas en El Tala para detener a Quiroga: a la columna venida desde Catamarca bajo su mando personal, a las venidas desde Santiago del Estero a las órdenes del coronel Castro y a las reclutadas en San Miguel de Tucumán por el general Javier López. El general unitario seguía en Catamarca cuando fue sorprendido por la rápida venida de Quiroga, quien no le dio tiempo de reunir a las milicias locales, debiendo abandonarlas y retirarse a San Miguel, donde llegó seis días más tarde, siempre seguido de cerca por el riojano. Con esa retirada, abandonaba su plan de dar batalla en El Tala.

Ejército unitario izquierda|275px|thumb|Retrato de medio cuerpo del general Gregorio Aráoz de Lamadrid, en marco de madera labrada en oro, por Carl W. Uhl, 1853.

Fuerza en la batalla Según los historiadores argentinos José María Rosa y Adolfo Saldías, después de la captura de Paz las fuerzas unitarias se vieron diezmadas por las deserciones, por lo que descendieron a menos de 1500 hombres. Manuel María Cervera los rebaja a apenas 600 o 1000, basado en el brigadier López: «[Lamadrid] evacuó esta provincia [Córdoba] del todo el día 4 del presente [junio] por el camino de Catamarca con 600 hombres y según otros con 1000 según otros». Sin embargo, en los meses que estuvo en San Miguel, Lamadrid pudo reconstruir sus fuerzas y elevarlas hasta los 3000, destacando su infantería formada por Paz en Córdoba.

Su colega y compatriota, Félix Best, hablaba de 1950 soldados en el ejército unitario, de los que 770 eran de infantería apoyados por 10 cañones de campaña. El historiador Bernardo Frías estimaba, basado en las Memorias de Lamadrid, que el ejército unitario contaba con más de 3500 combatientes y 10 cañones, distribuidos en 1950 hombres de línea y más de 1600 jinetes tucumanos mandados por el coronel mayor Javier López. Otro historiador, Vicente Fidel López, afirmó: «[Javier López] se puso a sus órdenes [de Lamadrid] con todas las fuerzas que formaban la división tucumana, y que no bajaban de unos mil quinientos hombres; esto es, tantos como los que habían quedado del ejército de Paz a Lamadrid». El propio Lamadrid afirma que cuando se retiró a Tucumán Javier López le había asegurado que «podía ahogadamente poner sobre las armas» 3000 milicianos porque su provincia era «reducida [en extensión] y poblada», fuerza más que suficiente para vencer a Quiroga.

Por su parte, la historiadora Lily Sosa de Newton consideraba que ambas fuerzas eran similares en número, aunque los federales tenían mejores caballadas. Descarta como exageradas las estimaciones de 3000 a 4000 efectivos por ejército y, basada en Gerónimo Espejo, estima que los unitarios serían unos 1900. Según una carta, Espejo estimaba que los unitarios tenían 100 artilleros operando 10 piezas de campaña, 700 infantes en los batallones N.° 2 y N.° 5 del Ejército Nacional, 300 jinetes en el regimiento N.° 2 de Coraceros, 500 milicianos montados de Tucumán al mando del coronel mayor López y el resto una división de milicias catamarqueñas, totalizando 1900 hombres, incluyendo 1100 jinetes. Según Isidoro Ruiz Moreno los unitarios tenían 500 jinetes en su ala derecha, un número similar en la izquierda, 350 infantes en el centro y 255 jinetes de reserva más algunos voluntarios cívicos. Rosendo Fraga especuló que Lamadrid pudo disponer de 2000 hombres en la batalla, pero de habérseles unido la columna de Castro y de haber llegado algún contingente salteño bien hubieran alcanzado los 3600 a 4000.