La Campaña de Egipto y Siria (1798-1801) fue una expedición militar francesa llevada a cabo por el general Napoleón Bonaparte y sus sucesores, cuyo objetivo era conquistar Egipto para cerrar a los británicos el camino a la India en el marco de la lucha contra Gran Bretaña, única potencia hostil a la Francia revolucionaria. La expedición terminó siendo un fracaso, pero gracias a ella Europa pudo redescubrir las maravillas de la antigüedad faraónica de la civilización egipcia. También, recíprocamente, Oriente Medio descubrió la riqueza social, cultural y política que acompañaba la conquista napoleónica y se iniciaron fecundos intercambios entre ambas civilizaciones.

Antecedentes A principios de 1798, Napoleón Bonaparte era un joven y popular general recién llegado de una exitosa campaña en Italia. Sin embargo, su carisma y sus ambiciones políticas eran tales que inquietaban al Directorio que regía Francia. Así pues, con el objetivo de alejarlo de los círculos conspiradores de la capital, el Directorio le propuso proyectar la invasión de Gran Bretaña. Napoleón desestimó el plan por la superioridad naval del país vecino, pero sí estudió la forma de debilitarlo, sobre todo económicamente, una idea a la que no dejaría de dar vueltas el resto de su vida. En aquellos momentos Gran Bretaña, perdidas sus colonias americanas, dependía en gran medida de las materias primas procedentes de la India. Napoleón pensó que si lograba cortar la comunicación con su colonia asiática, el Imperio británico acabaría estrangulado. La forma de hacerlo era conquistando Egipto y Siria, entonces bajo soberanía otomana, y desde allí pasar a la India. Presentó el plan al Directorio. La idea era arriesgada, teniendo en cuenta que el Mediterráneo lo controlaba la escuadra británica, pero el órgano ejecutivo dio luz verde al proyecto.

Egipto era entonces una provincia del imperio otomano, replegada sobre sí misma y sumisa a las disensiones de los mamelucos. Ella escapó al estricto control del sultán. En Francia, Egipto estaba de moda: Napoleón Bonaparte soñaba con seguir los pasos de Alejandro Magno, los intelectuales pensaban que Egipto era la cuna de la civilización occidental y que Francia debía llevar «las Luces» al pueblo egipcio y por último los comerciantes franceses instalados bajo el Nilo se resarcirían así de las molestias causadas por los mamelucos.

Napoleón formó un ejército de treinta y ocho mil hombres, un millar de cañones y setecientos caballos. Contó con los mejores generales del momento: Berthier, Caffarelli, Kléber, Desaix, Lannes, Dumas, Murat, Andréossy, Belliard y Zajączek, entre otros, además de ayudas de campo como su hermano Louis Bonaparte, Duroc, Eugène de Beauharnais y el noble polaco Sulkowski.

Al contingente se unió un millar de civiles, entre ellos ciento sesenta y siete científicos y especialistas. Napoleón quería convertir Egipto en un protectorado francés. Para ello no solo debía conquistarlo, sino que también debía ganarse la confianza de su población. Aquí entraban en juego los científicos, conocidos entre los militares como «los sabios», que debían llevar a un país casi medieval los últimos avances técnicos de la Europa de la Ilustración. De paso, los estudios que realizasen sobre el terreno servirían para incrementar el patrimonio científico francés, lo que redundaría en beneficio de la popularidad de Napoleón y de sus ambiciones de poder; por lo que incluyó a numerosos historiadores, botánicos y diseñadores. Por ello, también se la conoce como Expedición de Egipto cuando su lado científico y menos marcial es considerado.

La partida Una flota de trece buques de línea y más de trescientos navíos con dieciséis mil marinos partió el 17 de mayo de 1798 del puerto de Tolón, llevando a bordo al ejército de Bonaparte, acompañados por los buques de Génova, Ajaccio y Civitavecchia, flota comandada por el almirante Brueys y los contralmirantes Villeneuve, Duchayla, Decrès y Ganteaume. En total más de cuatrocientos navíos tomaron parte en esta flota, así como cuarenta mil hombres y diez mil marineros. Nadie sabía adónde se dirigían. En un principio se especulaba que el destino era Sicilia, regida por los Borbones, aliados de Gran Bretaña. También, con ánimo de despistar a la poderosa flota Británica, se difundió desde París que el objetivo de Napoleón era Irlanda.

Instantes antes de partir, tuvo lugar un incidente de poca importancia que estuvo a punto de hacer suspender la operación: la bandera tricolor puesta a ondear en el palacio de Francia, en la capital austriaca, por Bernadotte, embajador de la república francesa, había originado un tumulto que obligó al embajador a abandonar Viena. Los beneficios reconocidos por el Tratado de Campo Formio fueron así pues, puestos en cuestión, y una paz gloriosa, obtenida después de tantos combates y sacrificios, parecía rota.

Toma de Malta

La armada, llena de confianza en el talento de su general, se embarcó con la moral bien alta; veinte días después, se encuentra en la isla de Malta, defendida por los Caballeros de la Orden de San Juan. Bonaparte pidió permiso para adquirir suministros en la isla, petición que le fue denegada y motivó el ataque francés a la isla. Gracias al poco apego que el pueblo tenía a los caballeros, le bastaron unos cañonazos para tomar la reducible fortaleza de La Valetta. La isla significaba una importante posición en el Mediterráneo.

Descansó unos días y antes de abandonar esta isla, el general en jefe pone en libertad a los cautivos musulmanes apresados en las guerras de religión. Hubo en este acto, al menos tanta política como humanidad: se había combatido contra los musulmanes, él necesitaba, en la medida de lo posible, que se le devolvieran sus procedimientos generosos. Trece días después de la partida de Malta, la flota se encontraba frente a Alejandría.

Al llegarle la noticia de la caída de Malta ocurrida el 11 de junio, el almirante británico Horacio Nelson movilizó la flota mediterránea en Gibraltar y se lanzó a interceptar a los franceses. Los británicos, navegando a más velocidad, los alcanzaron en aguas de Creta, pero era de noche y no los avistaron. Nelson pensó que el destino de Napoleón era Egipto y puso rumbo a Alejandría; al avanzar no encontró ningún rastro, y decidió patrullar por el Mediterráneo oriental hasta dar con él. No lo logró. Napoleón desembarcaba en Egipto y tomaba Alejandría el 1 de julio sin mucha resistencia.

En una gran campaña propagandística asegura a los árabes y coptos que viene como amigo del Padishá, como libertador de los mamelucos, como adorador de su Dios y Profeta, como destructor del Papado y de la Orden de Malta. El mismo día se apodera, sin disparar ni un tiro, de Alejandría.

El general corso encargó a Kléber ocupar la delta del Nilo y dar protección a la escuadra fondeada en Abukir. Cinco días más tarde el ejército francés marchaba contra el Cairo, sin seguir el curso del Nilo, donde podía alcanzarles la flotilla enemiga. Hay que saber lo que es el desierto egipcio, alejado del Nilo, en el mes de julio: «Los hombres creían estar en el fuego del infierno; se morían, enloquecían, no tanto de calor, de hambre y de sed, como de espanto. Hubo deserciones, protestas, actos de franca rebelión casi. Pero bastaba que apareciese Bonaparte para que todo se callase y para que los hombres le siguiesen de nuevo por el infierno abrasado (…)».

Los barcos de menor calado remontaron el Nilo dándole cobertura artillera y logística. Al general le urgía conquistar Egipto porque sabía que tarde o temprano irrumpiría la escuadra británica. El camino de El Cairo fue muy duro: además de sufrir los rigores del sol egipcio, el contingente francés fue continuamente hostigado por partidas de mamelucos, la casta guerrera al servicio del Imperio otomano en Egipto. En todos los combates se impusieron los franceses.

La batalla de las pirámides

En el camino se encontró a dos fuerzas de mamelucos a quince kilómetros de las pirámides, y a solo seis de El Cairo. Cuarenta mil mamelucos que les cerraban el paso bajo las órdenes de Murad Bey y su hermano Ibrahim formaban una media luna de quince kilómetros junto al río, con fuerzas en ambas orillas. Habían establecido su campamento en Imbābah, en el flanco derecho, donde la mitad de la tropa se atrincheró con cuarenta cañones. En el centro y en el flanco izquierdo, cerca de las pirámides, situaron doce mil y ocho mil jinetes respectivamente.

Los mamelucos tenían una poderosa caballería pero, a pesar de ser superiores en número, estaban equipados con una tecnología primitiva, tan solo tenían espadas y arcos y flechas; además, sus fuerzas quedaron divididas por el Nilo, con Murad atrincherado en Embabeh e Ibrahim a campo abierto:

miniatura|centro|550px|Pintura de Louis-François Lejeune dónde se aprecia la disposición de ambos ejércitos (1808).

Napoleón contaba con veintiún mil hombres, agotados por el calor y la sed, divididos en seis divisiones de tres mil; quince mil de caballería y un millar de artillería con una cuarentena de piezas. Las divisiones francesas avanzaron en fila, lejos del alcance de la artillería mameluca, y sobrepasaron el flanco derecho con el objeto de alcanzar el río.

Napoleón se dio cuenta de que la única tropa egipcia de cierto valor era la caballería. Él tenía poca caballería a su cargo y era superado en número por el doble o el triple. Se vio pues forzado a ir a la defensiva, y formó su ejército en cuadrados huecos con artillería, caballería y equipajes en el centro de cada uno.

miniatura|300px|Batalla de las pirámides, François-Louis-Joseph Watteau (1798-1799).

Al ver Murad Bey que los franceses pretendían cortar sus líneas mandó cargar. Napoleón, en inferioridad de condiciones, ordenó a sus divisiones formar en cuadros pie a tierra, a modo de fortines humanos. Antes de entablar combate, enardeció a sus hombres con un parlamento que se haría célebre: «Desde lo alto de estas pirámides, cuarenta siglos os contemplan».

El 21 de julio de 1798 se desarrolló la que sería conocida como la batalla de las Pirámides.

Durante una hora se sucedieron las cargas de los mamelucos; sin embargo, la mayor experiencia y potencia de fuego francesa los diezmó. Los mamelucos eran magníficos jinetes, pero iban armados con espingardas, alfanjes, flechas y lanzas, frente a los mosquetes y cañones franceses. Ibrahim intentó reordenar a los escuadrones que se retiraban caóticamente para lanzar un nuevo ataque cuando el general Desaix cargó, provocando la desbandada de los mamelucos. Murad huyó con tres mil hombres hacia Guiza y el Alto Egipto; Ibrahim hizo otro tanto hacia Siria con mil doscientos; el resto, nómadas en su mayoría, se dispersaron por el desierto.

Tras la batalla, Francia obtuvo El Cairo y el bajo Egipto. Después de oír las noticias de la derrota de su legendaria caballería, el ejército mameluco de El Cairo se dispersó a Siria para reorganizarse. La batalla también puso fin a setecientos años de mandato mameluco en Egipto.

De las trescientas bajas francesas, solo cuarenta eran muertos. Las de los mamelucos fueron de cinco mil entre muertos, heridos y prisioneros, El general Bonaparte tenía abierto el camino hacia El Cairo; se instaló en el palacio de Muhamad Bey.

Reformas sociales y administrativas