thumb|Recuperación de Bahía de Todos los Santos por Maíno (1632).
La decadencia de la España peninsular fue el proceso paulatino de agotamiento y desgaste sufrido por la Monarquía española, específicamente en la España peninsular, a lo largo del , durante los reinados de los denominados Austrias menores (los últimos reyes de la Casa de Austria: Felipe III, Felipe IV y Carlos II); proceso histórico simultáneo a la denominada crisis general del siglo XVII. La crisis general fue especialmente grave para España. Llegó hasta tal punto que la hizo pasar de ser la potencia hegemónica de Europa y la mayor economía del mundo en el y en la primera mitad del a convertirse en un país con una economía agotada y una potencia secundaria a finales del .
La decadencia se reflejó en todos los ámbitos: demográfico (recrudecimiento de la peste y otras epidemias, despoblación), económico (cronificación de los problemas fiscales, las alteraciones monetarias, la inflación y el descenso de las remesas de metales preciosos de América), social (mantenimiento de la tensión religiosa e inquisitorial, expulsión de los moriscos, refeudalización, búsqueda de salidas escapistas como el ennoblecimiento, la compra de cargos, el incremento de la presencia de las órdenes religiosas y la picaresca), o político y territorial (iniciada con la tregua de los doce años y las maniobras del valimiento del Duque de Lerma, manifestada espectacularmente a partir de la denominada crisis de 1640, tras el intento de restaurar la reputación de la monarquía con la agresiva política del conde-duque de Olivares, y posteriormente evidenciada con la Paz de Westfalia -1648-, el Tratado de los Pirineos -1659-, la patética situación de los últimos años del siglo que a pesar de ser solventada económicamente por los hombres de confianza de Carlos II, en todas las cancillerías europeas anduvieron pendientes del incierto futuro del trono hispánico del rey hechizado y su extraordinaria herencia que alcanzaba ambos hemisferios. Y tras una serie de complejas intrigas palaciegas, el cardenal Luis Fernández Portocarrero apoyó la sucesión a favor de los intereses de Luis XIV de Francia, quien pretendía la Corona española para su nieto Felipe de Anjou. Finalmente se resolvió tras la muerte de Carlos II de España con la Guerra de Sucesión -1700-1715- y el Tratado de Utrecht -1713-, que dividió sus territorios entre Habsburgo y Borbones, con sustanciosos beneficios para Inglaterra). Y que dio paso al exilio austracista y una violenta represión borbónica.
Por contraste, la decadencia española coincidió con las manifestaciones más brillantes del arte y la cultura, en lo que se ha denominado Siglo de Oro Español. En muchas de esas manifestaciones artísticas y culturales hay una verdadera conciencia de la decadencia, que en algún caso ha sido calificada de introspección negativa (Quevedo, los arbitristas). Concretamente, el Barroco español (el culteranismo o lo churrigueresco) ha sido interpretado como un arte de la apariencia, escenográfico, que oculta bajo los oropeles exteriores la debilidad de la estructura o la pobreza del contenido.El ataque estético contra el barroco español comienza con la ilustración española, desde las instituciones (Real Academia de Bellas Artes de San Fernando), y se expresó con contundencia en el Viage de España de Antonio Ponz o en la crítica literaria. La revalorización del barroco español comenzó en el , y no se producirá de forma evidente hasta el XX (homenaje a Góngora que forma como grupo a la generación del 27).
La interpretación historiográfica de las causas de la decadencia ha sido uno de los asuntos más tratados, y en muchas ocasiones se han atribuido a los tópicos que caracterizarían un estereotipo nacional español vinculado a la leyenda negra presente en la propaganda antiespañola desde mediados del : el orgullo de casta cristiano viejo, la obsesión por una hidalguía incompatible con el trabajo y propicia a la violencia en la defensa de un arcaico concepto de honor, la sumisión acrítica (por superstición o por temor más que por fe) a un poder despótico, tanto político como religioso, adepto de la versión más cerrada del catolicismo, que le abocaba a aventuras quijotescas en Europa contra los protestantes y a una cruel imposición a los indígenas americanos de la evangelización y el dominio de los conquistadores. Una leyenda rosa alternativa, que atribuye a la fidelidad al catolicismo justamente los logros del Imperio español, está en la interpretación de la historia propia de la vertiente reaccionaria del nacionalismo español,Marcelino Menéndez y Pelayo (La ciencia española, Historia de los heterodoxos españoles), Ramiro de Maeztu (Don Quijote, don Juan y La Celestina, 1929; Defensa de la Hispanidad, 1934). y que en sus casos más extravagantes atribuye la decadencia a una presunta conjura internacional, en la que, a pesar de lo inverosímil de tales teorías de conspiración, da un papel decisivo a los judíos y a las sociedades secretas que imaginan como antepasadas de la masonería (además de vincular a ambos criptopoderes, según convenga, a protestantes y musulmanes).William Thomas Walsh Felipe II. (1937-1943) Madrid: Espasa Calpe.
Desde puntos de vista más desapasionados, la historiografía actual suele considerar a la monarquía autoritaria de los Habsburgo como un modelo de Estado en realidad de muy débil entidad y presencia efectiva, y desde luego con pretensiones mucho menos absolutistas que la monarquía absoluta que estaban desarrollando contemporáneamente los Borbones en Francia.Desde muy distintas posiciones, la han analizado José Antonio Maravall, Antonio Domínguez Ortiz, Gonzalo Anes, Miguel Artola, Manuel Fernández Álvarez, Bartolomé Clavero, Bartolomé Benassar, Pierre Vilar, Joseph Pérez, John Elliott, Henry Kamen y muchos otros. No obstante, siguen considerándose las divergencias reales de los modelos socioeconómicos asociados al catolicismo y protestantismo de distintas partes de Europa (y sus numerosas excepciones), analizadas desde la sociología de Max Weber (La ética protestante y el espíritu del capitalismo, 1905).
Antecedentes
Las raíces de ésta decadencia hay que buscarlas ya en las propias alianzas matrimoniales concertadas entre Fernando el Católico y Maximiliano de Habsburgo. Las alianzas de los Reyes Católicos buscaban aislar y rodear a Francia, potencia hegemónica desde la Edad Media hasta su recientísimo desplazamiento por parte de España en la guerras italianas, y la casa de Habsburgo suponía uno de los aliados más sólidos y naturales en este conflicto. Sin embargo, una concatenación de muertes eliminó primero al heredero varón Juan, la futura reina española Isabel y su propio heredero el futuro rey hispanoluso Miguel, determinando accidental la introducción de la dinastía Habsburgo austriaca en el trono español a través de su siguiente heredera, Juana. Fue Carlos de Gante, hijo de Juana y nieto de Maximiliano, el que reunió las herencias, convirtiéndose en rey de Castilla y de Aragón (con sus posesiones americanas y mediterráneas) en 1516, además de en señor de los Países Bajos, los territorios austriacos, el derecho al trono del Sacro Imperio Romano Germánico, duque titular de Borgoña, soberano de Flandes y Brabante (1519).
Esta compleja herencia fue la que determinó la política de Carlos I (V de Alemania) y sus sucesores, con tan pobres resultados para Castilla, y que ya habían apercibido los interesados en la época, con las rebeliones de Germanías y Comuneros. Tuvo que enfrentarse a Francia, Papa Clemente VII, la República de Venecia, Inglaterra, el Ducado de Milán, y Florencia que formaban la Liga de Cognac para defender las posesiones aragonesas en Italia, y tuvo otros frentes contra los principados alemanes rebeldes, la amenaza turca en el Mediterráneo y la extensión del protestantismo en Europa, que deshizo el lazo de unión del Sacro Imperio Germánico, reduciendo aún más la funcionalidad del gobierno Imperial. Todos estos problemas mantuvieron a España constantemente ocupada en guerras, a los que se añaden los problemas internos por la Guerra de las Comunidades de Castilla y las Germanías, al sublevarse la nobleza media contra las exacciones fiscales y la imposición de gobernantes flamencos y de las mercedes, al frente de los cuales figuraba el regente Adriano de Utrecht, despreciando a las Cortes, tanto castellanas como aragonesas.
Consecuencias de la decadencia española
El expreso esfuerzo bélico tuvo un coste económico y humano incalculable. Las rentas procedentes de la exportación lanera y otros productos de la rica Castilla a Flandes y la plata que venía de América se dedicaban a pagar gastos de guerra olvidando cualquier inversión en España, pero no siempre eran suficientes o no llegaban a tiempo, y el rey recurrió a numerosos préstamos de banqueros alemanes y genoveses, lo que comprometió e hipotecó gravemente el futuro económico de sus reinos. Así, su hijo Felipe II tuvo que declarar la bancarrota tres veces a lo largo de su reinado, en 1557, 1575 y 1597.
De hecho, además de las deudas, Felipe había heredado las guerras de su padre, aunque no el título imperial, que pasó, junto con las posesiones alemanas y austriacas, a su tío Fernando (1555). El nuevo rey logró no sin dificultades apartar definitivamente a Francia de sus intereses en Italia (Paz de Cateau-Cambrésis, 1559) y frenar el avance de los otomanos en el Mediterráneo (batalla de Lepanto, 1571); asimismo, como nieto de Juan III de Portugal, incorporó Portugal y sus colonias a España, (1580), con lo que el Imperio ultramarino español adquirió dimensiones colosales, aunque también iba a resultar aún más difícil de coordinar y defender. Menos afortunado en la lucha contra los protestantes, no pudo impedir la secesión de las Provincias Unidas del norte de los Países Bajos, en 1579, apoyada por Inglaterra y los numerosos enemigos de la hegemonía española, ni tampoco contener la expansión marítima de Inglaterra que derrotó a la Armada Invencible en 1588, y mantenía piratería a su servicio. Estos últimos fracasos se verían parcialmente compensados con la Invencible Inglesa y un relativo estancamiento del teatro neerlandés, ayudando a España a mantener su hegemonía en Europa durante mucho tiempo, pero la economía castellana, principal sostenedora de estos esfuerzos, estaba ya arruinada.
Periodo de los Austrias menores Felipe III 390px|right|thumb|Territorios españoles en tiempos de Felipe II.
El declive se agudizó bajo el reinado de Felipe III, que no pudo continuar la costosísima política exterior de sus antecesores por falta de recursos. Los ingresos de la corona no eran pocos, pero las guerras consumían eso y mucho más. Esta precariedad económica se agravó con la expulsión en 1609 de los moriscos, la población descendiente de los musulmanes que todavía permanecía en la Península, principal sostén de la economía agrícola en Valencia, en la corona de Aragón, aunque algunos apoyaran la piratería berberisca que asolaba la costa.
Los moriscos eran rechazados por la corona, que veía con inquietud la posibilidad de una nueva sublevación que actuase como una quinta columna de los berberiscos o los turcos y detestados por la Iglesia, que dudaba de la sinceridad de su conversión, pero siendo su expulsión una importante pérdida de «brazos» útiles para la economía nacional. Las medidas que desde el poder se tomaron para hacer frente a la falta de liquidez, como venta de cargos o la devaluación de la moneda, no hicieron sino agravar la situación, instaurando la corrupción y el absentismo en la administración, y distorsionando peligrosamente los intercambios mercantiles.