El auto de fe de Valladolid del 8 de octubre de 1559 fue el segundo de los dos autos de fe celebrados aquel año por el Tribunal del Santo Oficio en la plaza Mayor de Valladolid (España) contra el grupo identificado como núcleo luterano de la ciudad y su comarca. A diferencia del celebrado el 21 de mayo, lo presidió personalmente Felipe II, recién regresado a España, acompañado de los príncipes Carlos y Juana y su medio hermano don Juan de Austria. Salieron treinta reos, de los que trece fueron quemados en persona y uno en estatua. Entre los relajados figuraron el italiano Carlos de Seso, señalado por las relaciones contemporáneas como origen de todo el foco, el dominico Domingo de Rojas y cinco religiosas del convento de Belén.

La presencia del monarca convirtió esta ceremonia en la escenificación pública de su alianza con el Santo Oficio de Fernando de Valdés, con la que Felipe II inauguró simbólicamente su reinado en Castilla.

El acto está documentado por las relaciones contemporáneas conservadas en manuscritos de Madrid y Simancas y editadas por Ernst Schäfer en 1902, y por el relato y el «estado» nominal que publicó Matías Sangrador Vítores en 1851 a partir de manuscritos del tribunal conservados en la biblioteca de Santa Cruz de Valladolid. Se conservan bastantes menos relaciones de este auto que del de mayo.

Contexto Coyuntura política Felipe II llegó a Valladolid el 8 de septiembre de 1559, tras su regreso de los Países Bajos. A las pocas semanas de su llegada no pudo ya negar la realidad de unos reinos divididos, empobrecidos y en profunda crisis financiera, en un contexto internacional con múltiples frentes abiertos. En esas circunstancias reorientó su política y acentuó su providencialismo: el castigo ejemplar de los herejes ofrecía una oportunidad singular de buscar el favor divino, y el monarca decidió inaugurar su reinado en Castilla con un referente simbólico claro: su alianza con el Santo Oficio.

Ese mismo año se acumularon otros hechos de la misma orientación: en agosto se publicó el primer índice formal de la Inquisición española y se produjo la detención del arzobispo de Toledo Bartolomé Carranza, y el monarca prohibió a sus súbditos estudiar en universidades extranjeras salvo en Bolonia, Coímbra, Nápoles y Roma. Tellechea Idígoras calificó 1559 de año del «trauma nacional».

Según Sangrador, fueron los inquisidores quienes propusieron al monarca la celebración de un segundo auto general. La razón de fondo era procesal: las declaraciones de fray Domingo de Rojas y de Carlos de Seso resultaban esenciales para fundamentar la acusación contra Carranza, y a la inversa los inquisidores esperaban obtener del arzobispo información sobre las redes de estos grupos. La relación contemporánea precisa que este segundo auto, a diferencia del primero, no se pregonó solemnemente fuera de Valladolid, y que aun así concurrió tanta o más gente que al anterior.

Procesados Procedían en buena medida de los mismos círculos desarticulados y juzgados en mayo: de Pedrosa del Rey, donde era párroco de Santa Cruz Pedro de Cazalla, hermano del doctor Agustín de Cazalla; de Villamediana de Iregua, en el obispado de Calahorra, donde residía Carlos de Seso; y del convento de Nuestra Señora de Belén de Valladolid, de cuya comunidad salieron cinco religiosas, tres de ellas relajadas.

Como en mayo, la severidad de las condenas se explica por los breves que Paulo IV había expedido en enero de aquel año, que autorizaban a relajar al brazo secular a los condenados por herejía que hubiesen inducido a otros aunque mostrasen arrepentimiento, si los inquisidores sospechaban que este no era sincero, sin necesidad de que fuesen relapsos.

Desarrollo Ceremonia Los tablados y palenques levantados para el auto de mayo se habían conservado, de modo que la plaza estaba dispuesta con la misma escenografía, incluidas las decoraciones de arambeles colorados y blancos de las balaustras. El rey y los príncipes ocuparon sus asientos hacia las cinco y media de la mañana y los reos entraron a las seis. Entre el tablado regio y el de los procesados se colocó la estatua de Juana Sánchez, que se había quitado la vida en la cárcel. Las relaciones describen con detalle las ricas tapicerías del palco real y los vestidos, y consignan un número de notables presentes mayor que en mayo.

Pronunció el sermón Pedro de Castro y Lemos, obispo de Cuenca e hijo del conde de Lemos, también muy próximo al inquisidor general. Comentó el pasaje del capítulo VII de San Mateo sobre los falsos profetas, caracterizando la herejía como cáncer y pestilencia y sosteniendo que el triunfo sobre ella dependía de que cada estado luchase según su lugar bajo la dirección de la Iglesia: el pueblo común guardándose de novedades y delatando cualquier sospecha, los prelados e inquisidores definiendo las verdades de la fe y persiguiendo a quienes las contradijesen, y los príncipes católicos ejecutando las penas «a fuego y sangre». El mensaje iba dirigido a Felipe II: su beligerancia en el castigo aparecía como condición de la conservación de su imperio y de la bienaventuranza eterna.

Concluido el sermón, el inquisidor general Fernando de Valdés tomó juramento al rey sobre una cruz de plata y un libro de evangelios; Felipe II se levantó, se descubrió, se quitó el guante derecho y juró en forma, y a continuación un lector leyó el juramento al pueblo. El gesto tenía una densa carga política: Valdés, que meses antes parecía haber perdido el apoyo real, recibía ahora el compromiso del monarca de amparar al tribunal que él encabezaba. Actuaron tres relatores: uno de Valladolid, el escribano de Toledo Juan de Vergara, traído para la ocasión, y un clérigo secretario del arzobispo de Sevilla.

Los procesos se leyeron por orden de gravedad. Al terminar la lectura de la sentencia de fray Domingo de Rojas, este comenzó a dirigirse al rey para reafirmarse en lo que había sostenido; Felipe II hizo una seña con el guante y se lo llevaron sin dejarle continuar, poniéndole una mordaza. Tras las causas de los reconciliados, el inquisidor Francisco Vaca bajó a absolverlos de excomunión, arrodillados y con las manos juntas, mientras los cantores entonaban el Miserere y el Veni creator.

Los condenados fueron bajados del tablado y montados en quince cabalgaduras. La relación describe el momento en que los parientes se abrazaron al separarse (entre ellos la monja Catalina de Reinoso, que iba a ser quemada, y su hermana Francisca de Zúñiga, penitenciada) y añade que a las nueve de la noche el público aún no se había retirado del quemadero.

Ejecución Sangrador recoge que Carlos de Seso y Juan Sánchez, únicos quemados vivos por negarse a retractarse, protagonizaron los episodios más recordados del auto. La relación contemporánea detalla que a Juan Sánchez se le quemó la soga que lo sujetaba al palo, quedó suelto sobre el tablado en llamas, saltó fuera medio abrasado y pidió confesor; al alzar la vista y ver a Seso ardiendo vivo, volvió al fuego. Otra relación atribuye en cambio el desenlace a los soldados y personas próximas, que, airados porque después no quiso confesión, lo arrojaron con fuerza a la hoguera.

El cronista Luis Cabrera de Córdoba situó en este auto una anécdota destinada a tener eco internacional: uno de los condenados habría interpelado al monarca sobre el porqué de su condena a muerte, y Felipe II habría respondido que él mismo traería la leña si su hijo fuese tan malo como él. Las versiones de estas palabras son variadas y se ha discutido si el episodio ocurrió realmente; la expresión, sin embargo, no era ajena al monarca, pues a principios de 1562 el embajador francés en Madrid informó a Catalina de Médicis de una conversación en la que, al pedirle la liberación de un francés preso por la Inquisición, Felipe II le respondió que si fuese su propio hijo quien hubiera cometido ese pecado lo mandaría matar. La anécdota cobró un significado más intenso tras la muerte del príncipe Carlos de Austria.

Relación de reos Sangrador afirma que salieron treinta reos: trece condenados a muerte en persona, uno en estatua y el resto reconciliados. La relación contemporánea numera igualmente treinta procesados, aunque solo detalla las causas por luteranismo y se limita a consignar las cuatro restantes: un judaizante, un testigo falso, un caso de usurpación de autoridad y un mahometano.

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