La colonización de Nueva España o colonización de México fue el proceso mediante el cual la monarquía española ocupó, pobló y transformó, durante unos tres siglos (1519-1821), los territorios que llegaron a integrar el Virreinato de Nueva España —sobre todo el actual México, buena parte de América Central y amplias regiones del sur y el suroeste de los actuales Estados Unidos—. A diferencia de la conquista, la fase militar que entre 1519 y 1521 derrotó al dominio mexica, la colonización designa el avance mucho más lento, desigual e incompleto con que los europeos y sus descendientes se asentaron en el territorio, sometieron o desplazaron a sus habitantes y rehicieron su población, su economía y su cultura. Muchas comarcas quedaron fuera del control de la Corona durante décadas o siglos, y algunas no llegaron a colonizarse por completo antes de la independencia de 1821.

Ese avance fue muy desigual: rápido en el centro y el sur, densamente poblados, y lento en el norte y en numerosas zonas de refugio que resistieron o eludieron el dominio español durante décadas o siglos. La colonización se sostuvo sobre la extracción de tributo y trabajo a los pueblos indígenas —mediante la encomienda, el repartimiento y la minería—, estuvo acompañada de un enorme descenso de la población indígena y transformó a fondo la sociedad: mezcló a las poblaciones indígena, europea y africana, reorganizó los pueblos de indios, cambió el paisaje con el ganado y los cultivos europeos e impuso el cristianismo. Los pueblos indígenas resistieron de muchas formas, lo que contribuyó a que el dominio avanzara despacio; al llegar la independencia, en 1821, la población se había recuperado y la sociedad era mayoritariamente mestiza, aunque amplias regiones nunca habían quedado del todo bajo control español. Conquista, gobierno y colonización: tres procesos distintos

La conquista fue la fase militar que, entre 1519 y 1521, llevó a Hernán Cortés y a sus aliados indígenas a derrotar a la ciudad de México-Tenochtitlan, capital del dominio mexica. Las instituciones —la encomienda (concesión de indígenas a un colono para que le pagaran tributo y le prestaran trabajo), el repartimiento (reparto de trabajadores indígenas por turnos), el virreinato o las audiencias— formaron el aparato de gobierno con que la Corona administró el territorio. La colonización, en cambio, fue el proceso, mucho más largo, de ocupar el suelo, fundar poblaciones, repartir tierras y mano de obra, y rehacer la vida de los pueblos originarios.

El historiador mexicano Felipe Castro Gutiérrez señala que la conquista fue en realidad un proceso mucho más diverso, complejo y prolongado de lo que sugieren las fechas escolares, pues las expediciones militares se extendieron durante muchas décadas después de la caída de Tenochtitlan.

En 1573, Felipe II promulgó las Ordenanzas de descubrimiento, nueva población y pacificación de las Indias, que daban oficialmente por terminada la etapa de las conquistas y ordenaban un avance más pacífico, con un papel central de los misioneros. Su capítulo 29 prohibía que las nuevas expediciones se llamaran «conquistas», para que el nombre no diera pie a hacer «fuerza» ni «agravio» a los indígenas. Con todo, como advierte el historiador español Ricardo Piqueras, aquello fue sobre todo un cambio de nombre —«conquistas» por «pacificaciones»— que no bastó para poner fin a los abusos ni a la lógica de dominación de las décadas anteriores.

Conquista nominal y colonización efectiva

Reclamar un territorio no equivalía a controlarlo. La Corona podía declarar suyas grandes extensiones —y una expedición podía recorrerlas— mucho antes de que llegaran colonos que las poblaran y autoridades que las gobernaran de forma estable. Castro Gutiérrez muestra que, tras la rápida dominación del centro y el sur de México, hubo comarcas enteras donde el dominio español fue durante mucho tiempo «puramente nominal»: por ejemplo, la zona del Bajío quedó como un vacío por el que los grupos chichimecas se movían a su antojo.

Varias comarcas apartadas funcionaron, además, como refugio. El mismo autor recuerda que el antropólogo mexicano Gonzalo Aguirre Beltrán llamó «regiones de refugio» a las zonas de sierra o de escasos recursos adonde los pueblos indígenas se retiraban para mantenerse, durante un tiempo, libres de la presencia española. El caso de los coras del Gran Nayar es claro: se replegaron a lo alto de la sierra desde el siglo para alejarse de la conquista y la evangelización, y así resistieron cerca de doscientos años.

En el extremo norte, esa distancia entre lo reclamado y lo dominado fue enorme y duró hasta el final. La Corona se atribuía la soberanía sobre inmensas tierras del actual suroeste de Estados Unidos que en la práctica no controlaba; la diferencia entre lo que España decía poseer y lo que de verdad regía se medía en cientos de miles de kilómetros cuadrados. Un virrey de finales del siglo resumió el problema con una frase: «a poblar es a conquistar», es decir, que sin colonos que ocuparan el terreno no había conquista posible.

Ritmo desigual de la colonización (1519-1821)

La colonización de Nueva España no siguió un ritmo uniforme. En el centro y el sur, densamente poblados por pueblos indígenas sedentarios, el dominio español se impuso con rapidez. Hacia el norte, en cambio, el avance fue lento y, desde mediados del siglo , muy difícil, por la tenaz resistencia de los grupos seminómadas a los que los españoles llamaban en conjunto chichimecas.

Por ese motivo, las fechas de 1519 y 1821 marcan el principio y el fin del dominio español, pero no describen un avance continuo ni parejo. Mientras el núcleo central vivía ya bajo un orden colonial consolidado, otras comarcas seguían fuera del alcance efectivo de la Corona. La colonización fue, así, un mosaico de situaciones simultáneas: territorios plenamente sometidos, zonas de frontera en disputa y regiones que resistieron o eludieron el dominio español hasta el final del periodo.

Distribución geográfica del avance colonizador miniaturadeimagen|300px|Extensión del Virreinato de Nueva España hacia 1819, al final del periodo colonial.

La colonización —la llegada de pobladores, la fundación de misiones, minas y haciendas, y la reorganización de los pueblos indígenas— no avanzó por igual en todo el territorio. En el centro se impuso pronto; en las periferias progresó despacio, apoyada sobre todo en las misiones, los reales de minas y las estancias ganaderas, y a menudo dejó amplias zonas fuera del control efectivo, donde las guerras y las rebeliones mostraron la resistencia que la colonización encontró y lo incompleta que quedó.

El núcleo central

El centro del país fue la primera zona que los españoles colonizaron y la que poblaron con más densidad. Sobre las ruinas de Tenochtitlan levantaron la Ciudad de México, capital del virreinato, y desde allí extendieron su dominio por el Valle de México y las tierras vecinas. Como esa región estaba habitada por pueblos indígenas numerosos y sedentarios, acostumbrados a la vida en ciudades y al pago de tributo, los españoles se apoyaron en las estructuras que ya existían: reorganizaron a la población en pueblos de indios y fueron apoderándose poco a poco de su tierra, su trabajo y su tributo, y sobre ese cimiento levantaron una red de ciudades, haciendas y minas.

El occidente y la Nueva Galicia

Al noroeste del centro, en la Nueva Galicia —hoy Jalisco, Nayarit, Zacatecas y Aguascalientes—, la colonización avanzó despacio y se apoyó en buena medida en las misiones. En las sierras del Gran Nayar, la reducción religiosa fue el instrumento decisivo de incorporación. Tras someter a los coras en enero de 1722, los jesuitas —con apoyo de las tropas— concentraron a la población en pueblos de misión y levantaron un presidio (fuerte militar) en la Mesa del Nayar, con el fin de abrir la región a la explotación de las minas, el comercio, la agricultura y la ganadería.

Ya en 1541 había estallado la rebelión del Mixtón, que reunió a distintos pueblos indígenas de la región; durante la contienda murió el capitán Pedro de Alvarado, los rebeldes asaltaron Guadalajara y solo un ejército del virrey Antonio de Mendoza y Pacheco, con miles de auxiliares indígenas, logró sofocarla. Los coras, por su parte, se habían replegado a lo alto de la sierra para escapar de la conquista y la evangelización, y allí resistieron casi dos siglos; aun después de 1722, varios pueblos se sublevaron y abandonaron las misiones.

La frontera chichimeca y las minas de plata

En el norte, la colonización fue ante todo una empresa minera y ganadera. El hallazgo de plata en Zacatecas y en otros reales de minas (centros mineros) atrajo a los españoles a través de tierras que habitaban los pueblos chichimecas; tras ellos avanzó el ganado —«las vacas precedieron a los españoles», resume Castro Gutiérrez— y, poco a poco, una red de estancias, villas de españoles y pueblos de indios. Para asegurar y poblar esa frontera, la Corona trasladó familias de indios tlaxcaltecas, que fundaron pueblos y sirvieron de colonos «pacificadores».

A partir de mediados del siglo , la guerra contra los chichimecas se volvió larga y sangrienta e interrumpió durante años los caminos de la plata; en amplias zonas, como el Bajío, el dominio español fue durante mucho tiempo «puramente nominal».

En su fase más dura, hacia la década de 1570, la guerra se libró «a sangre y fuego»: las autoridades virreinales autorizaron una guerra total y la esclavitud de los cautivos, en contra del espíritu de las Leyes Nuevas de 1542. El virrey Martín Enríquez escribió que ningún remedio bastaría mientras el rey no ordenara que los chichimecas «sean asolados a fuego y a sangre». Con todo, las propias autoridades acabaron por abandonar esa vía: hacia 1585 el virrey prohibió de nuevo la esclavitud y liberó a muchos cautivos, y la Corona optó por comprar la paz con dádivas y tratados, y la guerra terminó hacia 1590.

El noroeste: Sonora y Sinaloa

En Sonora y Sinaloa, las misiones de la Compañía de Jesús concentraron a los indígenas en pueblos, les impusieron nuevos cultivos, ganado y una disciplina cotidiana, y funcionaron como instrumentos de aculturación —imposición de la cultura y la religión españolas—, a menudo mediante el castigo corporal. Junto a las misiones creció una red de reales de minas y de vecinos españoles, y una línea de presidios que, además de guarniciones, sirvieron como núcleos de población y mercados.

Con todo, la colonización nunca fue completa. Los yaquis, mayos, seris y pimas no se sometieron del todo. Los yaquis, asentados en los fértiles valles del río, resultaron especialmente difíciles de dominar: las misiones los encuadraron, pero conservaron sus tierras y buena parte de su autonomía, y cuando el avance de colonos y misioneros sobre esas tierras se hizo insoportable protagonizaron la gran rebelión de 1740 y 1741, que buscaba expulsar a los españoles y que sacudió los valles de los ríos Yaqui, Mayo y Fuerte. Las autoridades la sofocaron y ejecutaron en 1741 a los líderes yaquis Juan Ignacio Usacamea, «el Muni», y Bernabé Basoritemea. Los seris rechazaron la evangelización y se hicieron fuertes más de medio siglo en el cerro Prieto, y entre 1748 y 1788 los ataques de los indígenas a los que los españoles llamaban «bárbaros» —sobre todo apaches y seris— mantuvieron en jaque la frontera. Estas tierras seguían siendo «provincias de misión» ciento setenta y seis años después de la llegada de los primeros misioneros, entre 1591 y 1767, cuando la Corona expulsó a los jesuitas.

El noreste: Nuevo Santander