El bandolerismo en los Montes de Toledo fue un fenómeno de delincuencia rural que convirtió a esta comarca del centro de la península ibérica en uno de los focos endémicos del bandolerismo en España. Favorecido por una geografía agreste y despoblada y por su condición histórica de tierra de frontera y refugio, se manifestó de forma recurrente a lo largo de los siglos, desde los golfines medievales hasta el maquis de la posguerra, pero alcanzó su mayor virulencia durante el siglo .
El espacio Los Montes de Toledo constituyen un área situada entre los ríos Tajo y Guadiana, cuyo principal accidente geográfico son las alineaciones centro-orientales de la sierra homónima. Más allá de una expresión geográfica, forman un área histórica: el señorío municipal que la ciudad de Toledo ejerció sobre ellos durante casi seis siglos les dio un largo pasado común, hasta que la división provincial de 1833 los repartió entre las provincias de Toledo y Ciudad Real. Se trata de un extenso territorio de montes, rañas, dehesas y valles, con una densidad de población muy baja y un interior cubierto de monte cerrado que solo conocían bien pastores y carboneros, lo que lo convertía en un refugio idóneo para quienes huían de la justicia.
Los golfines y las hermandades La presencia de malhechores en la comarca se remonta a la repoblación de los siglos y , cuando los llamados golfines —bandidos de frontera— hicieron de los Montes y de La Jara unas comarcas inseguras y difíciles de repoblar. Para combatirlos, las ciudades de Toledo y Talavera organizaron sus hermandades viejas, fuerzas estables de vigilancia y persecución que se consolidaron con el apoyo de Fernando IV. Esa tradición de autodefensa enlazó más tarde con la Santa Hermandad creada por los Reyes Católicos en 1476.
El bandolerismo decimonónico El siglo supuso la reaparición del bandolerismo monteño, quizá con más fuerza que en ningún otro momento de su historia. A la inestabilidad política y económica del país se sumó, en el plano local, la desamortización de 1855, que consolidó una estructura de gran propiedad y agravó la conflictividad social al final del reinado de Isabel II. El periodo más intenso se extendió entre 1872 —inicio de la tercera guerra carlista y resurgimiento del fenómeno— y 1882. La mayoría de los bandoleros se habían familiarizado con las armas en las partidas carlistas: eran jóvenes desertores de las quintas sin medios para redimir el servicio militar, reclamados por la justicia o tránsfugas del carlismo. El 20 de julio de 1874 se declaró el estado de guerra en las provincias de Toledo, Ciudad Real, Cuenca, Guadalajara y Segovia, y el ejército y la Guardia Civil se organizaron para una represión que se prolongó durante una década. Era práctica habitual imponer a los dueños de las grandes fincas un tributo, irónicamente llamado «limosna», a cambio de no ser molestados en sus propiedades.
Partidas y bandoleros Las principales cuadrillas que recorrieron el interior de la comarca fueron las de los Juanillones, los Purgaciones, «el Magro», Polo y Merendón, de las cuales las dos primeras destacaron por el número de sus acciones, con varios muertos y secuestros. Los Juanillones eran los hermanos Juan y Felipe García-Quilón López-Simancas, y los Purgaciones, los hermanos Ambrosio y Casimiro Navarro; en sus filas militaron, de forma intermitente, buena parte de los bandoleros reseñados, como Castrola, «el Cuco» o Bernardo Moraleda. En 1877, «el Magro», los Juanillones y los Purgaciones, con la participación de Moraleda, secuestraron a Pedro Guerrero Quintanilla, de Horcajo de los Montes, para pedir rescate; al propio «el Magro» se le atribuyen la muerte de un sargento de la Guardia Civil en una emboscada y el secuestro del hijo del alcalde de Pulgar. Castrola y su compañero Farruco, naturales de Villarrubia de los Ojos, eran dos jóvenes desertores que se habían echado al monte en 1873 como único medio de salvar su situación.
Causas y caracterización Urda Lozano sitúa el bandolerismo monteño dentro del debate historiográfico sobre el «bandido social» abierto por Eric Hobsbawm en obras como Rebeldes primitivos (1959) y Bandidos (1969), y lo emplea para rebatir la vieja idea de que este delito social solo habría tenido importancia en Cataluña y Andalucía. A partir del estudio de los procesos criminales del partido judicial de Piedrabuena y del juzgado de Orgaz, concluye que el motor principal del fenómeno fue la supervivencia: la deserción y el robo por necesidad funcionaron como «ilegalismos populares» ante el hambre, lo que explica el carácter relativamente inofensivo que la memoria popular atribuyó a varios de estos bandoleros.
Represión y declive La represión recayó en la Guardia Civil, creada en 1844, que ocupó el lugar de las antiguas hermandades. Hacia 1880 la zona de actividad bandoleril se delimitó en un amplio triángulo con vértices en Consuegra, Malagón y Navahermosa, y se desplegó contra ella una fuerza de unos 350 hombres —200 infantes, 100 guardias civiles y 25 paisanos armados o «escopeteros»— organizada en columnas repartidas por los pueblos y castillos de la comarca, al tiempo que se endurecían las leyes represivas. El declive llegó con la llamada celada de Villacañas: las autoridades hicieron correr el rumor de que un tren cargado de oro pasaría por la localidad en cierta fecha, y cuando las cuadrillas se reunieron para asaltarlo en el paraje del Calado se encontraron con un convoy preparado para batirlas. En las capturas subsiguientes cayeron los Purgaciones, los Juanillones y el propio Moraleda; las partidas se dispersaron hacia Andalucía y Extremadura, y algunos de los que huyeron a Portugal fueron repatriados. También Castrola fue apresado en la celada, juzgado en Albacete y condenado a más de cincuenta años de presidio.
Moraleda, «el último bandolero» Bernardo Moraleda, apresado definitivamente hacia 1882, es recordado como «el último bandolero de los Montes de Toledo». Ya anciano y libre, incapaz de seguir recorriendo la sierra, fue acogido en la finca de Prim, donde se le encomendó el cuidado de las bodegas del castillo, en agradecimiento —según la tradición— a que años atrás había auxiliado a Prim cuando este se perdió en lo más cerrado del monte. Murió hacia 1936 en un asilo de Ciudad Real, en vísperas de la guerra civil que traería una nueva reaparición del bandolerismo en la comarca, ya bajo la forma del maquis.
Historiografía Pese a su relevancia, el bandolerismo de los Montes de Toledo ha sido calificado de «foco sin tradición historiográfica». El estudio más completo se debe al genealogista Ventura Leblic García, que abordó la continuidad de la delincuencia rural en el mismo territorio «desde los golfines al maquis». A él se suman testimonios contemporáneos —como el anónimo estudio El bandolerismo en los Montes de Toledo y su extinción, publicado por «un labrador» en 1880— y trabajos posteriores de carácter local y criminológico.
Véase también Bandolerismo en Castilla Bandolerismo Santa Hermandad Maquis
Referencias
Bibliografía
Categoría:Historia de la provincia de Toledo Categoría:Historia de la provincia de Ciudad Real Categoría:Montes de Toledo Categoría:España en el siglo XIX Categoría:Bandoleros de España