thumb|El juramento de los Horacios, obra de Jacques-Louis David.
El término Neoclasicismo (del griego νέος néos 'nuevo' y del latín classĭcus 'primera categoría') surgió en el para denominar al movimiento estético que venía a reflejar en las artes los principios intelectuales de la Ilustración, que desde mediados del se venían produciendo en la filosofía y que consecuentemente se habían transmitido a todos los ámbitos de la cultura. Aunque, coincidiendo con la decadencia de Napoleón Bonaparte, el Neoclasicismo fue perdiendo adeptos en favor del Romanticismo.
El Neoclasicismo europeo en las artes visuales comenzó en oposición al estilo rococó, entonces dominante. La arquitectura rococó enfatiza la gracia, la ornamentación y la asimetría; Mientras que la arquitectura neoclásica se basa en los principios de simplicidad y simetría, que se veían como virtudes de las artes de antigua Roma y antigua Grecia, y se extraían directamente del Clasicismo renacentista del . Cada movimiento «neoclasicista» selecciona algunos modelos entre el abanico de posibles clásicos que tiene a su disposición e ignora otros. Entre 1765 y 1830, los defensores del Neoclasicismo —escritores, oradores, mecenas, coleccionistas, artistas y escultores—rindieron homenaje a una idea de la generación artística asociada a Fidias, pero los ejemplos escultóricos que realmente adoptaron eran más bien copias romanas de esculturas helenísticas. Ignoraban tanto el arte griego arcaico como las obras de la antigüedad tardía. El descubrimiento del arte «rococó» de la antigua Palmira a través de los grabados de la obra de Robert Wood Las ruinas de Palmira supuso una revelación. Con una Grecia en gran medida inexplorada y considerada un territorio peligroso del Imperio otomano, la apreciación de la arquitectura griega por parte de los neoclásicos estuvo mediada predominantemente a través de dibujos y grabados que suavizaban y regularizaban sutilmente, «corregían» y «restauraban» monumentos de Grecia, no siempre de forma consciente.
El estilo Imperio, una segunda fase del Neoclasicismo en la arquitectura y las artes decorativas, tuvo su centro cultural en París en la época napoleónica. Especialmente en arquitectura, pero también en otros campos, el Neoclasicismo siguió siendo una fuerza mucho después de principios del , con oleadas periódicas de revivalismo en el e incluso en el , especialmente en Estados Unidos y Rusia. Inicio En 1738, se descubre cerca de Nápoles, las villas de Pompeya y Herculano, junto a un gran volumen de objetos y restos de época clásica auspiciado por el que sería posteriormente Carlos III de España, que por aquel entonces era rey de Nápoles, marcando así el inicio del estilo. De estas excavaciones nacieron libros como Le Antichitá di Ercolano (1757-1792) elaborada publicación financiada por el rey de Nápoles (luego Carlos III de España), que sirvió de fuente de inspiración para los artistas a pesar de su escasa divulgación. Con el deseo de repetir y repercutir las huellas del pasado se pusieron en marcha expediciones para conocer las obras antiguas en sus lugares de origen. La que en 1750 emprendió desde Francia el arquitecto Jérôme Charles Bellicard, dio lugar a la publicación en 1754 de las Observations sur les antiquités de la ville d'Herculaneum (“Observaciones sobre las antigüedades de la villa de Herculano”), una referencia imprescindible para la formación de los artistas neoclásicos franceses. En Inglaterra la Society of Dilettanti (“Sociedad de diletantes”) subvencionó campañas arqueológicas para conocer las ruinas griegas y romanas.
También hay que valorar el papel que desempeñó Roma como lugar de cita para viajeros y artistas de toda Europa e incluso de América. En la ciudad se visitaban las ruinas, se intercambiaban ideas y cada uno iba adquiriendo un bagaje cultural que llevaría de vuelta a su tierra de origen. Allí surgió en 1690 la llamada Academia de la Arcadia o Arcades de Roma, que con sus numerosas sucursales o coloniae por toda Italia y su apuesta por el equilibrio de los modelos clásicos y la claridad y la sencillez impulsó la estética neoclásica.
La villa romana se convirtió en un centro de peregrinaje donde viajeros, críticos, artistas y eruditos acudían con la intención de ilustrarse en su arquitectura clásica. Entre ellos, estaba el alemán Joachim Winckelmann (1717-1768), un entusiasta admirador de la cultura griega y un detractor del rococó francés; su obra Historia del Arte en la Antigüedad (1764) es una sistematización de los conocimientos artísticos desde la antigüedad a los romanos.
En Roma, también trabajaba Giovanni Battista Piranesi (1720-1778). En sus grabados como Antichitá romana (1756) o Las cárceles inventadas (1745-1760) transmite una visión diferente de las ruinas con imágenes en las que las proporciones desusadas y los contrastes de luces y sombras buscan impresionar al espectador.
El trabajo está cargado de simbolismo: la figura en el centro representa la verdad rodeada por una luz brillante (el símbolo central de la iluminación). Otras dos figuras a la derecha, la razón y la filosofía, están rasgando el velo que cubre la verdad.
La Ilustración representaba el deseo de los filósofos de la época de la Razón (filosofía) por racionalizar todos los aspectos de la vida y del saber humanos. Vino a sustituir el papel de la religión (como organizadora de la existencia del hombre) por una ética laica que ordenará desde entonces las relaciones humanas y llevará a un concepto científico de la verdad.
Desarrollo Arquitectura
Escultura
Pintura
thumb|La fuente, obra de Ingres. thumb|Dos mujeres en el baño (1763) de Joseph-Marie Vien, Musée de Cahors Henri-Martin, Cahors. Los pintores, entre los que destacó Jacques-Louis David (1748-1825), reprodujeron los principales hechos de la revolución y exaltaron los mitos romanos, a los que se identificó con los valores de la revolución. La claridad estructural y el predominio del dibujo sobre el color son algunas de las principales características formales de la pintura neoclásica. Obras como el Juramento de los Horacios, por ejemplo, plantean un espacio preciso en el que los personajes se sitúan en un primer plano. Jean-Auguste-Dominique Ingres (1780-1867) aunque no fue un pintor neoclásico, tiene obras —como La fuente— que representan este movimiento artístico.
Música
Según la musicología actual, el término "música clásica" se refiere únicamente a la llamada música del Clasicismo (1750-1827) aprox., coincidente con el período neoclásico, inspirada en los cánones estéticos grecorromanos de equilibrio en la forma y moderación en la dinámica y la armonía.
Comúnmente se llama "música clásica" al tipo de música que se contrapone a la música popular y a la folclórica. Esto puede comprobarse en los medios de comunicación, en las revistas de divulgación musical y los folletos que acompañan a los CD de música académica. Para definir ese tipo de música que se relaciona con los estudios en conservatorios y universidades, los musicólogos prefieren el término "música académica" o "música culta".
Como los antiguos griegos y romanos no pudieron inventar maneras de conservar la música (mediante soportes gráficos como partituras o soportes sonoros como grabadores), el Neoclasicismo de los siglos y como resurgimiento de las artes clásicas grecorromanas (arquitectura, escultura, pintura) no alcanzó a la música. De todos modos los músicos de fines del , influenciados sin duda por el arte y la ideología de la época, trataron de generar un estilo de música inspirado en los cánones estéticos grecorromanos: Notable maestría de la forma, Moderación en el uso de los artificios técnicos (en el barroco el contrapunto y la armonía habían llegado a un punto que el público consideraba extravagante), Suma reserva en la expresión emocional.
Después de la Primera Guerra Mundial varios compositores (como Igor Stravinski y Paul Hindemith) realizaron composiciones donde se notaba un retorno a los cánones del Clasicismo de la escuela de Viena (de Haydn y Mozart), aunque con una armonía mucho más disonante y rítmicas irregulares. Ese movimiento musical se denominó "música neoclásica".
Literatura
La Ilustración fue un movimiento intelectual que provocó que el fuera conocido como el «Siglo de las Luces». El culto a la razón promovido por los filósofos ilustrados conllevó un rechazo del dogma religioso, que fue considerado origen de la intolerancia, y una concepción de Dios que pasaba de regir el mundo mediante las leyes naturales a desaparecer en concepciones ateas del universo. Los ilustrados promovieron la investigación de la naturaleza, el desarrollo científico-técnico, la educación y la difusión general de todo tipo de conocimientos; fueron los tiempos de L'Encyclopédie. El arte se hizo así más accesible y con menos pretensiones, y la literatura se dirigió a un público más amplio, planteándose como un instrumento social. La literatura se caracterizó por la sencillez, la claridad y la armonía que tenían como objetivo transmitir el pensamiento ilustrado. No se aceptaba el arte por el arte, sino que una obra tenía que terner un fin pragmático y transmitir valores que ayudaran al ser humano a superar sus limitaciones y además se rechazaban los conocimientos impuestos y solo se admitían los que podían conocer a través de la razón y experiencia. El aumento del número de lectores, especialmente entre la burguesía, plantea la figura del escritor como un profesional, y la escritura como su fuente principal o secundaria de sustento.Andrés Amorós. Antología comentada de la literatura española: historia y textos: siglo XVIII, pp. 37-41.
Así pues, sus características pueden resumirse en los siguientes principios:
1. Vuelta a los modelos del equilibrado clasicismo grecorromano en literatura: Horacio (lírica, sátira), Virgilio (epopeya, églogas o literatura pastoril), Cicerón (prosa, oratoria), Terencio (comedia) entre los latinos; entre los griegos, Esquilo, Sófocles y Eurípides para la tragedia, Menandro para la comedia, Tucídides para la historia. Igualmente, vuelta en cada país a los modelos de literatura del Renacimiento que se inspiran en esas mismas fuentes.
2. Idealismo platonizante: no se describen las cosas como son, sino mejores, como deberían ser. El criterio del buen gusto, que proviene del crítico jesuita Ludovico Antonio Muratori, impone rehuir temáticas consideradas de mal gusto, degradantes y feas: la violencia, las muertes en escena, el tiranicidio, la pobreza, la brujería, la superstición, la delincuencia, el terror... Igualmente la fantasía y la magia, que son ajenas al realismo de la razón. En el lenguaje se excluye el léxico chabacano y el sermo vulgaris y el mejor estilo es el que, con mejor selección, economía y elegancia, más claro se deja entender, sin ociosas vueltas retóricas. El purismo e incluso el casticismo se impone, a pesar del prestigio que tiene la cultura francesa y sus galicismos. Los argumentos no pueden ser vulgares ni con protagonistas plebeyos.