San Sebastián durante la Guerra Civil entre julio y septiembre de 1936 comprende el período en el que la ciudad de San Sebastián (País Vasco, España) permaneció bajo control republicano entre el fracaso de la sublevación militar de julio de 1936 y la entrada de las tropas sublevadas el 13 de septiembre del mismo año.
Durante esos cincuenta y siete días, los únicos de toda la guerra en los que San Sebastián estuvo bajo control de la República, la ciudad fue escenario de combates, bombardeos, una intensa movilización política y social, ejecuciones extrajudiciales y la evacuación de gran parte de su población.
Antecedentes Las elecciones generales de febrero de 1936 reflejaron la diversidad política existente en San Sebastián. El denominado Frente Popular obtuvo el 46,82%, el Bloque de Derechas el 30,99% y el PNV el 22,19%. Los resultados, relativamente ajustados, mostraban una sociedad políticamente dividida entre el republicanismo de izquierdas, un sector tradicionalista de derechas y el partido nacionalista vasco.
En los inicios de la sublevación militar, se creó una Junta de Defensa en la ciudad presidida por Miguel Amilibia, mientras que el cargo de gobernador civil lo desempeñaba Jesús Artola con la presencia activa de los diputados nacionalistas Manuel Irujo y José María Lasarte. Todos ellos coordinaron, junto con las fuerzas de seguridad que permanecieron leales al Gobierno, las primeras medidas para mantener el orden público y asegurar los edificios oficiales.
El principal núcleo conspirador se encontraba en los cuarteles de Loyola, donde la mayor parte de la oficialidad era favorable al levantamiento militar. Sin embargo, la adhesión de los soldados de reemplazo fue desigual y surgieron dudas sobre el momento de intervenir, circunstancias que retrasaron durante varios días la salida de la guarnición y permitieron a las autoridades republicanas organizar la defensa de la ciudad.
Julio de 1936: la sublevación militar Tras conocerse el levantamiento militar iniciado en el norte de África el 17 de julio de 1936, el gobernador civil y la Junta de Defensa adoptaron diversas medidas destinadas a mantener el control de la ciudad. Se reforzó la vigilancia de los edificios públicos, se organizaron servicios de seguridad y se mantuvo contacto permanente con las fuerzas de orden público que permanecían fieles a la República. miniaturadeimagen|Fachada del Hotel María Cristina en San Sebastián Mientras tanto, militares, miembros de fuerzas de seguridad y civiles armados favorables al golpe de Estado ocuparon el 18 de julio diversos edificios estratégicos del centro urbano con el propósito de facilitar el éxito de la sublevación cuando interviniera la guarnición de Loyola. Entre ellos predominaban tradicionalistas, falangistas y otros militantes de organizaciones conservadoras. Los inmuebles ocupados incluían el Gobierno Militar, el Ayuntamiento, el edificio de La Equitativa y el Hotel María Cristina.
La esperada salida de las tropas desde Loyola no llegó a producirse de inmediato. La indecisión existente entre los mandos militares y la falta de unanimidad entre los soldados retrasaron la ejecución del plan previsto por los conspiradores. Este retraso permitió a las autoridades republicanas ganar un tiempo decisivo para organizar la defensa de San Sebastián.
19-21 de julio: la organización de la defensa Durante los días siguientes, el gobernador civil impulsó la organización de la defensa de la ciudad. La Guardia de Asalto, los Carabineros, los efectivos de la Guardia Civil que permanecieron leales al Gobierno así como milicianos pertenecientes a partidos políticos y organizaciones sindicales reforzaron la protección de los principales edificios públicos y de los accesos al casco urbano. Con el fin de facilitar la movilización de fuerzas y el abastecimiento, las autoridades requisaron gran parte de los vehículos particulares de la ciudad, que fueron destinados a necesidades militares y de transporte.
La movilización de estas fuerzas y el retraso de la intervención militar en el cuartel de Loyola frustraron los planes iniciales de los sublevados. Mientras los grupos sublevados que ocupaban diversos edificios permanecían aislados, las fuerzas leales consolidaban progresivamente el control de amplios sectores de la ciudad y preparaban la respuesta a la previsible salida de la guarnición de Loyola. A ello se añadió el regreso a San Sebastián, en la noche del 21 de julio, de una columna de unos 2000 milicianos que había partido hacia Vitoria en la madrugada de ese mismo día y que, tras conocerse el alzamiento del cuartel de Loyola, regresó desde Éibar, donde había sido reforzada y armada en buena medida con armas requisadas en los talleres armeros de la localidad, con la misión de reforzar la defensa de la ciudad.
22-23 de julio: los combates por la ciudad La mañana del 22 de julio, una columna militar al mando de José Villespín salió finalmente de los cuarteles de Loyola con el objetivo de ocupar el centro de San Sebastián y enlazar con los grupos de civiles armados que mantenían posiciones en diversos edificios.
Los enfrentamientos más intensos tuvieron lugar en el eje formado por la calle Urbieta y el barrio de Amara, donde las fuerzas leales al mando del comandante Augusto Pérez Garmendia consiguieron detener el avance de la columna. En los combates participaron efectivos de la Guardia de Asalto, Carabineros, Guardia Civil fiel al Gobierno y las milicias, principalmente de la C.N.T. cuya sede estaba en la calle Larramendi. La resistencia obligó finalmente a las tropas sublevadas a retirarse hacia los cuarteles de Loyola.
Mientras tanto continuaban los combates en los edificios ocupados por los partidarios del golpe. El 23 de julio, tras intensos combates, las fuerzas leales recuperaron el Hotel María Cristina, último bastión de los sublevados en el centro de la ciudad. En su interior resistían alrededor de un centenar de militares, miembros de las fuerzas de seguridad y algunos civiles armados que se habían unido al levantamiento.
La caída del Hotel María Cristina supuso el final de la resistencia organizada en el casco urbano. Desde ese momento, toda la capacidad militar de los sublevados en San Sebastián quedó concentrada en los cuarteles de Loyola, cuyo asedio comenzó inmediatamente. miniaturadeimagen|258x258px|Cuartel de Loyola
24-28 de julio: el asedio y la rendición de Loyola Tras el fracaso del intento de ocupar el centro de San Sebastián, las fuerzas sublevadas se replegaron a los cuarteles de Loyola. El recinto quedó cercado por efectivos de la Guardia de Asalto, Carabineros, Guardia Civil leal al Gobierno y las milicias organizadas principalmente por las organizaciones del Frente Popular, que impidieron la llegada de refuerzos y controlaron los accesos al acuartelamiento.
Durante los días siguientes se sucedieron diversos intercambios de disparos y negociaciones entre ambas partes. La superioridad de las fuerzas que rodeaban el cuartel y la imposibilidad de recibir apoyo exterior hicieron insostenible la posición de la guarnición.
El 28 de julio de 1936, el jefe de la guarnición militar, el coronel León Carrasco Amilibia, aceptó capitular y entregó el acuartelamiento, siendo fusilado unos días después.La rendición de Loyola supuso el fracaso definitivo de la sublevación en San Sebastián y permitió a las autoridades republicanas controlar por completo la ciudad y repartir armas de los arsenales del cuartel a los diferentes grupos de milicianos que operaban en la ciudad.
Finales de julio: la ciudad bajo control republicano miniaturadeimagen|Cárcel de Ondarreta Con la rendición de los cuarteles finalizaron los combates en el casco urbano, aunque la ciudad no recuperó la normalidad. Durante las semanas siguientes, San Sebastián vivió un clima de movilización revolucionaria. La autoridad efectiva quedó parcialmente desplazada hacia las milicias y patrullas armadas, algunas de las cuales actuaban con notable autonomía respecto del gobernador civil y de las restantes autoridades republicanas.
En este contexto se practicaron registros domiciliarios, detenciones e incautaciones de bienes, y se produjeron numerosos episodios de violencia política, incluidos paseos y otras ejecuciones extrajudiciales que ocasionaron alrededor de 250 víctimas mortales entre personas vinculadas o identificadas con la sublevación o con los sectores políticos de derechas. Estos episodios tuvieron lugar en distintos puntos de la ciudad, entre ellos la cárcel de Ondarreta, el Paseo Nuevo, el Puente de Hierro o el muro de Jai Alai.
Uno de los episodios más graves de la violencia registrada en la ciudad tuvo lugar al amanecer del 30 de julio de 1936, cuando un grupo de milicianos fusiló a 53 prisioneros de la cárcel de Ondarreta, en su mayoría militares y miembros de las fuerzas de seguridad.
Paralelamente, numerosos edificios fueron incautados para atender las necesidades derivadas de la guerra. Desde los primeros momentos de la sublevación, el principal hospital de sangre quedó instalado en el Hotel de Londres, bajo la dirección del médico Emiliano Eizaguirre, donde fueron atendidos tanto los heridos de los combates de julio como, posteriormente, los procedentes del frente guipuzcoano. A medida que aumentaban las necesidades asistenciales, otros edificios de la ciudad fueron igualmente habilitados con fines sanitarios.
Agosto de 1936: la ciudad en guerra
Primeros días de agosto Durante la primera quincena de agosto la guerra permaneció alejada del casco urbano, aunque el frente continuó activo en Guipúzcoa. Mientras las operaciones militares se desarrollaban en el interior de la provincia, San Sebastián desempeñó principalmente funciones de retaguardia, concentrando servicios sanitarios, centros logísticos y organismos de coordinación de la defensa.
La actividad cotidiana de la ciudad quedó profundamente alterada por la movilización general. Numerosos establecimientos permanecían cerrados o habían sido requisados para usos militares o asistenciales, mientras el abastecimiento comenzaba a resentirse como consecuencia de la evolución del conflicto. La presencia constante de milicianos, refugiados y combatientes heridos modificó profundamente la vida urbana respecto a la existente apenas unas semanas antes.
13-18 de agosto: los bombardeos miniaturadeimagen|Buque Almirante Cervera La situación de San Sebastián comenzó a deteriorarse rápidamente durante el mes de agosto conforme el frente se aproximaba a la capital guipuzcoana.
El 13 de agosto de 1936 la ciudad fue bombardeada por la mañana y por la tarde por aviones del bando sublevado, probablemente italianos. El ataque causó seis muertos y numerosos heridos entre la población civil, además de importantes daños materiales, provocando una profunda conmoción entre los donostiarras.
A partir del 17 de agosto los buques de guerra España y Almirante Cervera sometieron a San Sebastián a varios bombardeos navales. Uno de los proyectiles alcanzó el 18 de agosto la Casa de Maternidad Municipal de San Sebastián en Aldakonea, donde provocó importantes desperfectos y varios heridos. El impacto sobre un establecimiento sanitario dedicado a la atención de madres y recién nacidos constituyó uno de los episodios más recordados de los bombardeos sufridos por la ciudad.
En los días 19 y 26 de agosto, como represalia de los bombardeos efectuados por las fuerzas sublevadas, fueron fusilados tras juicios sumarísimos quince presos militares procedentes de la prisión de Ondarreta.
Finales de agosto Durante las últimas semanas de agosto la evolución del frente fue cada vez más desfavorable para las fuerzas republicanas. Los hospitales de sangre de la ciudad en el hotel de Londres y hospital de Manteo recibían un número creciente de heridos procedentes de los distintos sectores de combate, mientras continuaban llegando refugiados desde otras localidades guipuzcoanas.