Las emociones políticas son un campo de estudio interdisciplinar dentro de la ciencia política, sociología y la filosofía política que analiza el papel de los afectos, sentimientos y pasiones en el espacio público, los procesos de negociación, la toma de decisiones y el comportamiento ciudadano. A diferencia de los modelos de elección racional, este enfoque sostiene que la afectividad es un componente intrínseco de la deliberación y la acción política.

Las emociones políticas, en este sentido, no deben entenderse únicamente como estados afectivos individuales o reacciones psicológicas privada, sino como prácticas sociales y culturales.

Historia y contexto Tradicionalmente, la teoría política de la Ilustración priorizó la razón como motor de la democracia. Sin embargo, a partir del llamado "giro afectivo" en las ciencias sociales a finales del siglo XX, diversos teóricos comenzaron a cuestionar la dicotomía entre razón y emoción. Autores como Jürgen Habermas han explorado cómo la esfera pública no solo se construye mediante argumentos racionales, sino también a través de climas afectivos que facilitan o dificultan el consenso.

En la teoría política contemporánea, se analiza la función ambivalente de las emociones colectivas. Diversas corrientes señalan su capacidad como motor para la movilización social y la demanda de justicia, mientras que otras investigaciones advierten sobre su uso en la articulación de discursos populistas y autoritarios. Al respecto, la socióloga Eva Illouz describe este fenómeno como una capacidad de los actores políticos para configurar narrativas que dotan de sentido a las experiencias sociales por medio de significados emocionales.

Principales perspectivas teóricas

El liberalismo y la primacía de la razón Dentro de la tradición del liberalismo, se ha considerado históricamente que el fundamento de las sociedades modernas radica en la razón. El ideal de la Ilustración sostiene que el progreso humano depende de la superación de dogmas, entendiendo la racionalidad como una facultad autónoma frente a las estructuras de poder monárquicas o religiosas.

En este contexto, Jürgen Habermas (1986) vincula el proyecto ilustrado al ejercicio de una «publicidad crítica», en la que los individuos convergen en la esfera pública para contrastar opiniones y juicios. Esta configuración, surgida en el siglo XVIII, se presentó como una alternativa al Antiguo Régimen, sustituyendo el arbitrio del señor feudal por el racionalismo y la búsqueda de valores universales que sustentan el Estado de derecho.

Autonomía e institucionalidad racional La diversidad de opiniones como valor democrático fue destacada por autores como John Stuart Mill (1984). Previamente, Adam Smith (1776) había planteado las bases de la autonomía individual al argumentar que la búsqueda del interés propio coordina de forma natural la prosperidad común a través de la «mano invisible», un mecanismo de naturaleza racional que prescinde de la dirección estatal.Smith (1776), Libro IV, Cap. II, pp. 400-405.

En el plano institucional, John Rawls (1971) profundizó en esta premisa al sostener que el ideal de justicia debe basarse en decisiones racionales tomadas por sujetos independientes bajo un «velo de la ignorancia». Esta concepción promueve que cada individuo persiga su propio plan de vida con autonomía. Como dice Fernando Vallespín (2021), toda persona debe poder elegir su plan de vida "sin interferencia de los otros".

Bajo este paradigma, que sitúa al individuo como anterior a la sociedad, las emociones han sido analizadas frecuentemente con cautela. Según autores como Manuel Arias Maldonado, la introducción de elementos afectivos en el debate público se percibe como un riesgo para la neutralidad, pudiendo dificultar la convivencia pacífica entre distintas formas de vida al introducir componentes no racionales en la deliberación.Arias Maldonado (2016), pp. 142-145.

El giro afectivo y la democracia sentimental La filósofa Martha Nussbaum, en su obra Emociones políticas: ¿por qué el amor es importante para la justicia? (2013), sostiene que las democracias liberales no pueden sustentarse únicamente en procedimientos racionales o principios abstractos. Nussbaum argumenta que para que una sociedad sea estable y comprometida con la justicia social, requiere cultivar lo que denomina «emociones públicas» o «amor civil».

Según este enfoque, emociones como la empatía, la compasión y la solidaridad no son impulsos irracionales, sino juicios de valor con contenido cognitivo que pueden ser educados y fomentados a través de la cultura y las instituciones. Para Nussbaum, el papel de las emociones políticas es doble: por un lado, contrarrestar tendencias humanas disruptivas como el miedo, el narcisismo o la envidia; y por otro, generar una vinculación afectiva con proyectos comunes que exigen sacrificios individuales, como la redistribución de la riqueza o la protección de minorías.Nussbaum (2014), pp. 15-19. De este modo, la autora propone una integración de la afectividad en el marco del liberalismo político, considerando que una cultura pública emocionalmente rica es esencial para la supervivencia de los valores democráticos.Nussbaum (2014), pp. 402-405.

Por su parte, Javier Gomá plantea que la ejemplaridad posee un valor público dentro del orden democrático. La ejemplaridad de líderes y representantes políticos supone la responsabilidad con la democracia. Es un imperativo sobre el cual deben entregar su esfuerzo.

Manuel Arias Maldonado acuña el concepto de democracia sentimental al reconocer que todo orden político implica necesariamente a las emociones. Según este enfoque, la democracia no es solo un sistema de reglas, sino un «conjunto de afectos normativos, rituales oficiales y prácticas emotivas que procuran su estabilidad». Esta perspectiva permite entender cómo la afectividad ciudadana no es un elemento externo, sino una pieza central para la legitimidad y permanencia de las instituciones democráticas.

Sociología de las emociones Dentro de la sociología de las emociones, autoras como Eva Illouz han analizado la intersección entre el capitalismo, la modernidad y la gestión de los afectos. Illouz propone el concepto de «capitalismo emocional» para describir un proceso en el que las emociones se transforman en mercancías y herramientas de influencia política, moldeando la identidad de los ciudadanos y sus expectativas frente al Estado y la comunidad.Illouz (2007), pp. 15-23.

Illouz, en diálogo con Raymond Williams y su concepto de "estructuras de sentimiento", sostiene que el populismo -ya sea de derecha o de izquierda- extrae su fuerza política de las emociones. De esta forma, solo las emociones tienen el poder de "dar forma a la motivación, desbordar el propio interés y responder a situaciones sociales concretas", permitiendo que las demandas ciudadanas trasciendan el cálculo racional para convertirse en identidades colectivas potentes. Así, entendidas las emociones políticas no son simples "estallidos irracionales", sino formas de pensamiento social que operan en la cultura y que no necesariamente se cristalizan en sistemas de ideas formales o ideologías.

La perspectiva agonística Desde la perspectiva del posmarxismo y la teoría del populismo, las emociones son concebidas como el componente afectivo que permite la constitución de identidades colectivas. Autores como Ernesto Laclau y Chantal Mouffe sostienen que la actividad política no se agota en la administración racional o lógica, sino que requiere de una «investidura afectiva» para movilizar demandas sociales.Laclau (2005), pp. 138-140. Este proceso es fundamental para la construcción de una frontera política que delimite la identidad entre un «nosotros» y un «ellos».Mouffe (2007), pp. 16-18.

En este sentido, el afecto no es una patología de la democracia, sino un componente intrínseco y necesario de la hegemonía política que permite que conceptos abstractos como la justicia social o la soberanía adquieran fuerza movilizadora en el espacio público. Las emociones, bajo esta perspectiva, son indisociables de un proyecto democrático pluralista y transformador que reconoce una multiplicidad de intereses, demandas y posiciones de sujeto.Mouffe (2014), pp. 24-28.

La teoría del populismo postula que en la base de lo social se encuentra el conflicto, el cual posee una naturaleza intrínsecamente emocional.Laclau (2005), pp. 95-98. El populismo se articula mediante una división dicotómica y antagónica de la sociedad; en este proceso, una identidad global se constituye a partir de la equivalencia entre diversas demandas sociales.Laclau (2005), p. 93.

El marco teórico de Laclau y Mouffe se nutre de las aportaciones de teóricos como Carl Schmitt, en relación con la distinción amigo-enemigo, y Antonio Gramsci, respecto a la construcción de la hegemonía cultural.

Medios de comunicación y representaciones sociales La dimensión afectiva ha sido analizada como un factor determinante en la formación de representaciones sociales y la opinión pública. A través de los encuadres discursivos (o framing) presentes en los medios de comunicación, diversos afectos —como el miedo, el odio o la esperanza— son movilizados para configurar narrativas sobre la identidad nacional y la alteridad.Tuchman (1983), pp. 156-158. Estos encuadres no solo transmiten información, sino que jerarquizan la relevancia de ciertos problemas sociales a través de una carga emocional que condiciona la respuesta del ciudadano frente al Estado y la comunidad.Arias Maldonado (2016), p. 212.

Referencias

Bibliografía

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