miniaturadeimagen|220px|El final del camino (The End of the Trail), escultura de James Earle Fraser (1915). Un guerrero amerindio, exhausto, se desploma sobre su caballo al término de un largo camino: la obra simboliza la devastación de los pueblos indígenas causada por la expansión hacia el Oeste. miniaturadeimagen|300px|Paul Kane, Campamento en la pradera (1846). Kane acompañado de su guía en las Grandes Llanuras de Dakota. La conquista del Oeste fue el proceso de colonización y expansión territorial mediante el cual poblaciones de origen europeo y, posteriormente, los gobiernos de Estados Unidos y Canadá se apoderaron de los vastos territorios de América del Norte situados entre la costa atlántica y el océano Pacífico, desplazando a los pueblos amerindios que los habitaban desde hacía milenios. Sus raíces se remontan a las colonizaciones española, neerlandesa, francesa y británica de los siglos y , que establecieron los primeros asentamientos europeos y libraron las primeras guerras contra las naciones indígenas. En Estados Unidos, el proceso se aceleró tras la independencia (1783) con la Compra de Luisiana (1803), la conquista de los territorios heredados por México de la Nueva España, y una sucesión de adquisiciones diplomáticas y militares que se prolongó hasta el cierre oficial de la frontera en 1890. En Canadá, la colonización de las praderas occidentales siguió un patrón comparable tras la confederación de 1867.

La expansión se sustentó ideológicamente en la Doctrina del destino manifiesto, que atribuía a Estados Unidos una misión providencial de extenderse por todo el continente. En la práctica, el avance hacia el oeste fue impulsado por una combinación de iniciativas gubernamentales —expediciones de reconocimiento, legislación agraria, construcción de infraestructuras de transporte— y de motivaciones económicas individuales, desde el comercio de pieles hasta la fiebre del oro.

La conquista tuvo como consecuencia directa el desplazamiento forzado de los pueblos amerindios, su confinamiento en reservas y la destrucción de sus formas de vida tradicionales. El proceso, que abarcó tres siglos si se incluyen los antecedentes coloniales, involucró a cinco potencias soberanas sucesivas —España, los Países Bajos, Francia, el Reino Unido y Estados Unidos— así como a México, que perdió más de la mitad de su territorio nacional en la guerra de 1846-1848, y al Canadá británico y posteriormente federal, que colonizó sus praderas occidentales mediante un proceso análogo. Al término de la conquista, Estados Unidos se había consolidado como una potencia continental e industrial. La dimensión social, cultural y mitológica de este período —la vida de los cowboys, los colonos, los pistoleros y las comunidades de la frontera— se aborda en el artículo Viejo Oeste.

miniaturadeimagen|300px|Territorio adquirido por Estados Unidos mediante la Compra de Luisiana en 1803 (en verde). El concepto de «Oeste» y la noción de frontera

Una definición variable

El término inglés frontier no equivale exactamente al español «frontera». Mientras que «frontera» designa habitualmente un límite fijo entre dos Estados soberanos (en inglés, border), frontier se refiere a una zona de transición —no una línea— entre los asentamientos de origen europeo y los territorios aún no colonizados por ellos. Esta distinción es esencial para comprender el proceso de la conquista del Oeste: la frontera estadounidense no era un límite estático, sino un frente móvil que se desplazó progresivamente hacia el Pacífico.

La expresión «el Oeste» no ha designado un territorio fijo a lo largo de la historia de Estados Unidos. En el , se refería a las tierras situadas al oeste de los Apalaches, disputadas entre colonos británicos, franceses y pueblos amerindios. Tras la independencia, «el Oeste» se desplazó hasta el río Misisipi, y a partir de 1803 pasó a designar los vastos territorios adquiridos con la Compra de Luisiana, que se extendían hasta las Montañas Rocosas. Para mediados del , el término abarcaba toda la región comprendida entre el Misisipi y el océano Pacífico.

Esta definición, sin embargo, es exclusivamente estadounidense. Para España y posteriormente para México, los territorios del suroeste —desde Texas hasta California— no eran «el Oeste» sino el norte de sus respectivos dominios, heredados de la Nueva España, habitados por poblaciones hispanohablantes e indígenas con siglos de presencia. Para Francia, la cuenca del Misisipi era la Luisiana, parte integral de su imperio colonial. Para Gran Bretaña, el noroeste del Pacífico constituía un territorio en disputa que no se resolvió hasta el Tratado de Oregón de 1846. Y para Rusia, la costa del Pacífico norte, incluida Alaska, formaba la frontera oriental de su expansión siberiana.

En Canadá, las provincias de Alberta, Saskatchewan y Columbia Británica se identifican plenamente con la cultura del Oeste: la ganadería extensiva, la figura del cowboy, los rodeos y la colonización de las praderas forman parte de su identidad regional tanto como de la del Montana o el Wyoming vecinos. La Calgary Stampede es uno de los mayores festivales de cultura western del mundo, y la ciudad es conocida popularmente como Cowtown. La frontera del paralelo 49° norte no supuso en la práctica una discontinuidad cultural ni económica: las manadas de ganado, las rutas comerciales, las compañías de pieles y los propios pueblos indígenas circulaban entre ambos lados hasta bien entrado el . Una historia del Oeste que se detenga en la frontera estadounidense omite una parte sustancial de la experiencia del Oeste norteamericano.

La tesis de Turner y sus críticas

En la historiografía estadounidense, el concepto de «frontera» (en inglés, frontier) no designa un límite entre dos Estados soberanos, sino la línea móvil que separaba los asentamientos de origen europeo de los territorios aún no colonizados por ellos. En 1893, el historiador Frederick Jackson Turner presentó su ensayo The Significance of the Frontier in American History, en el que sostuvo que la existencia continuada de tierras disponibles en el oeste había moldeado de forma decisiva la democracia, el individualismo y la identidad nacional estadounidenses. Según Turner, la frontera había generado en los colonos un sentimiento de posibilidades ilimitadas, pero también el rechazo de las restricciones institucionales, la falta de consideración hacia los pueblos amerindios y el despilfarro de los recursos naturales.

A partir de la década de 1980, la New Western History sometió la tesis de Turner a una revisión profunda. Patricia Nelson Limerick propuso sustituir el concepto de «frontera» — que presupone un espacio vacío que se va llenando — por el de «conquista», que describe con mayor precisión un proceso de apropiación de territorios ya habitados. Limerick subrayó que la narrativa turneriana omitía la violencia contra los pueblos indígenas, la experiencia de los mexicanos, los afroestadounidenses y los inmigrantes asiáticos, y las continuidades entre el y el . El concepto de frontera, no obstante, siguió ejerciendo una influencia duradera en la cultura política estadounidense, como evidenció el programa «Nueva Frontera» del presidente John F. Kennedy en 1960.

La perspectiva indígena

Para los pueblos amerindios, la noción misma de «Oeste» y de «frontera» es una construcción ajena a su experiencia histórica. Los territorios que los colonos denominaban «el Oeste» eran las tierras ancestrales de centenares de naciones indígenas, habitadas y gestionadas desde hacía milenios. Desde esta perspectiva, no hubo una «frontera» que se abriera, sino una invasión progresiva que destruyó modos de vida, estructuras políticas y relaciones con el territorio que precedían en miles de años a la llegada europea. Desde la década de 1980, la historiografía ha incorporado esta visión, reconociendo que la historia del Oeste no puede comprenderse sin situar a los pueblos indígenas como actores centrales — y no como mero obstáculo — del proceso.

Los pueblos indígenas de Norteamérica presentaban una diversidad lingüística y política extraordinaria. Antes del contacto europeo, se hablaban entre 300 y 500 lenguas distintas al norte de México, agrupadas en más de 50 familias lingüísticas — una variedad sin parangón en ninguna otra región del mundo de extensión comparable. Solo en California existían más de 20 familias lingüísticas con unas 74 lenguas, una diversidad superior a la de toda Europa, donde apenas dos familias autóctonas (indoeuropea y urálica) engloban entre 40 y 70 idiomas. Columbia Británica albergaba aproximadamente la mitad de todas las lenguas indígenas de Canadá. Esta diversidad reflejaba milenios de desarrollo independiente de centenares de naciones con sistemas políticos, económicos y culturales radicalmente distintos — desde las confederaciones sedentarias de los iroqueses hasta las bandas nómadas de las Grandes Llanuras, pasando por las complejas sociedades pesqueras de la costa del Pacífico noroeste.

Varios factores confluyeron para hacer posible la conquista europea de este mosaico de naciones. Las epidemias de enfermedades importadas — viruela, sarampión, cólera — diezmaron a las poblaciones indígenas, causando en muchos casos un colapso demográfico del 80 al 95 % que debilitó fatalmente su capacidad de resistencia. Las potencias colonizadoras dispusieron de ventajas tecnológicas y organizativas — armas de fuego, escritura, estados centralizados con capacidad de movilización a gran escala — de las que carecían la mayoría de las sociedades indígenas. Los europeos explotaron además las rivalidades existentes entre naciones indígenas, reclutando aliados locales contra sus enemigos: los tlaxcaltecas contra los mexicas, los iroqueses contra los hurones, los crows contra los lakotas. Como mostró el historiador mexicano Miguel León-Portilla en su Visión de los vencidos (1959), la propia diversidad cultural y política del mundo indígena — su mayor riqueza civilizatoria— fue instrumentalizada por los conquistadores, que supieron aprovechar un «mar de diferencias étnicas» para impedir la formación de un frente común. Los intentos más ambiciosos de unificación indígena — la Confederación iroquesa, la confederación de Pontiac, la de Tecumseh — lograron alianzas regionales significativas, pero nunca alcanzaron una escala continental.

Antecedentes coloniales (siglos –)

La colonización europea de los territorios que formarían Estados Unidos no comenzó en 1803, sino dos siglos antes, con la llegada de múltiples potencias imperiales que desplazaron progresivamente a los pueblos amerindios de la costa atlántica. España fue la primera en establecer asentamientos permanentes en Norteamérica: San Agustín (1565) y las misiones de California y el suroeste constituyeron la avanzada septentrional de la Nueva España. Los Países Bajos fundaron Nueva Ámsterdam (1626) en la desembocadura del río Hudson, creando la colonia de Nuevos Países Bajos como centro del comercio de pieles con los pueblos lenapes y iroqueses, hasta que los ingleses la conquistaron en 1664 y la rebautizaron como Nueva York. Francia, por su parte, extendió la Nueva Francia a lo largo del río San Lorenzo, los Grandes Lagos y el valle del Misisipi, estableciendo alianzas comerciales y militares con numerosas tribus.