La conquista del Reino de Nápoles fueron las campañas militares llevadas a cabo entre los años 1435 y 1442 que significaron la incorporación del Reino de Nápoles a la Corona Aragonesa y arrebatarlo de manos de los Anjou.

Antecedentes La ambición permanente del rey Alfonso el Magnánimo siempre fue el Reino de Nápoles, y la oportunidad le llegó entre los años 1434 y 1435 con las muertes sucesivas de Luis III de Nápoles y de la reina Juana II de Nápoles, mientras el heredero Renato I de Nápoles se encontraba prisionero en la corte de Felipe III de Borgoña desde su derrota en la batalla de Bulgnéville en el año 1431.

A la muerte de Luis III de Nápoles, la reina Juana, que se estableció en Nápoles encontró el apoyo del ducado de Milán y del papado, irritado por el acercamiento de Alfonso el Magnánimo a Amadeo VIII de Saboya y al Concilio de Florencia, mientras la República de Florencia y la República de Venecia se mantenían al margen. El embajador de Filippo Maria Visconti en Gaeta, Ottolino Zoppo, le advirtió de la posibilidad de que Alfonso el Magnánimo, que ambicionaba el Reino de Nápoles, atacara su puerto, y lo hiciera servir de cabeza de puente para sus ambiciones, y Visconti mandó a Francesco Spinola con 800 hombres, de los cuales 400 eran ballesteros, a defender la ciudad.

Campañas A la muerte de Luis III de Nápoles, Alfonso se encontraba en Sicilia después de hacer unas expediciones contra la isla de Yerba y Trípoli, se dirigió contra Gaeta y la ciudad fue asediada por tierra y por mar, y comenzaron los trabajos de expugnación por los asediantes, con el uso de bombardas.

Los genoveses, agotados financieramente por las continuas guerras del duque Felipe Maria Visconti, hicieron un último esfuerzo y armaron una flota de 12 navíos, 2 naves, 3 galeras y una galiota con 2.400 hombres a bordo. La expedición se llevó a cabo en secreto y zarpó pasando Recco y Portofino, en dirección sur, preparándose con cuidado para enfrentarse a la flota numéricamente superior de Aragón, compuesta por 31 naves. Spinola había sido herido y la resistencia genovesa estaba en su nivel más bajo.

Seguro de su victoria, con una flota que doblaba a la genovesa en número de naves y de tamaño superior, Alfonso el Magnánimo y muchos nobles acompañaron a la flota aragonesa, dejando en la retaguardia a Pedro de Aragón con las galeras. Los genoveses, que sólo contaban con marineros y soldados expertos, usaron la niebla y dispararon fuegos artificiales, haciendo creer a los aragoneses que se dispersaban, provocando el desorden en la flota aragonesa, repleta de gente poco acostumbrada a la lucha marítima, que dificultaba la tarea a los marineros y soldados.

Alfonso fue vencido y hecho prisionero junto con los infantes Juan (futuro Juan II de Aragón) y Enrique de Trastámara y buena parte de la nobleza catalano-aragonesa, sólo una nave pudo escapar, haciendo 600 muertos y 5.000 prisioneros, siendo enviados al duque de Milán. Se pidió un rescate de 30.000 ducados, la reina María de Castilla convocó las Cortes de Monzón para obtener fondos para liberarlos. La reina madre, Leonor de Albuquerque, falleció de pena por el encarcelamiento de sus hijos poco después de recibir la noticia.

Alfonso y el duque de Milán firmaron un acuerdo de apoyo mutuo mediante el Tratado de Milán, en la demanda del trono de Nápoles por parte del primero, y en la disputa contra los Sforza y el papado por parte del segundo, y el rey fue liberado en octubre. El cambio de alianzas de Milán provocó la sublevación de los genoveses en Navidad del 1435, asesinando al gobernador milanés.

Pedro de Aragón y de Alburquerque, hermano de Alfonso y que había escapado de la derrota, finalmente tomó Gaeta el 25 de marzo del 1435, dónde Alfonso hizo su entrada el 2 de febrero de 1436, y el mismo año, la hizo también en Terracina.

Alfonso, que salió de Capua con una flota naval, tomó rápidamente la mayor parte del reino, y nombró caudillo de sus fuerzas en el reino al Condotiero Francesco Piccinino para luchar contra los Estados Pontifícios. En el año 1437 inició, desde Castel Nuovo y Castel dell'Ovo, el asedio de Nápoles, defendida por Antonio Caldera, que resistió y se tuvo que levantar el asedio por el ataque de las fuerzas papales en abril del 1437, comandadas por Juan Vitellesco de Cornetto y que asediaron Capua, aprovechando que Alfonso había iniciado el asedio de Aversa, el cual tuvo que dejar para socorrer a Capua, y los angevinos se retiraron de Nápoles.

Vitellesco fue derrotado en la batalla de Voltorno y Antonio Caldora, en la de Pescara, por Andrea Matteo Acquaviva II, Francesco Piccinino y Sebastián de Amici, mientras Giovanni Antonio del Bazo Orsini, el príncipe de Tarento, era capturado en la batalla de Montefusco por Cornetto, quien tomaba las plazas de Avellino y L'Aquila. En el año 1437, los príncipes de Tarento y Caserta se pasaron al partido angevino, mientras Antonio Colonna, el príncipe de Salerno, se pasaba al bando aragonés.

A finales del año 1437, se estableció una tregua hasta marzo de 1438, que fue rota por los angevinos el día de Navidad con un atentado fallido y poco después Renato I de Nápoles obtenía la libertad de Felipe III de Borgoña por 200.000 doblas de oro, consiguiendo reforzar Nápoles y centrándose en consolidar los Arbuces para establecer una base para atacar a los catalanes, y enviando a Caldora a Calabria, pero volvió al ser atacadas sus propias posesiones. Aprovechando la ausencia de Renato, Alfonso puso de nuevo en asedio a la capital, donde en el año 1438 falleció el infante Pedro, y el verano siguiente, Castel Nuovo, que los catalanes habían conservado, se tuvo que rendir. Pero poco después, Alfonso ocupó Salerno y Aversa, y derrotó a los angevinos en la batalla de La Pelosa, y en enero del 1441 conquistó Benevente. A finales de aquel año, puso nuevamente bajo asedio a Nápoles y ocupó Cosenza y Bisignano.

Alfonso se convirtió en rey de Nápoles, tal como deseaba con el sitio de Nápoles del 2 de junio de 1442, de dónde huyó Renato I de Nápoles con una galera, ganando a todos sus enemigosː Florencia, Venecia, los Estados Pontificios, y a los partidarios angevinos de Nápoles, aunque Ramón de Boïl y Montagut aún luchará en los Abruzos contra Francisco I Sforza.

El Papa Eugenio IV y Alfonso el Magnánimo negociaron en un acuerdo sus diferencias durante la primavera del 1443, dando lugar a la Paz de Terracina el 14 de junio de 1443. Bajo los términos de este tratado, Eugenio reconoció a Alfonso como rey de Nápoles y a su hijo Fernando como su sucesor, a cambio del reconocimiento de Eugenio como Papa, y retirar el apoyo a Amadeo VIII de Saboya y el Concilio de Florencia.

Consecuencias Convertido en príncipe italiano, con la muerte de Filippo Maria Visconti en 1447, Alfonso aspiró poco después a la sucesión como duque de Milán, dónde se proclamó la República Ambrosiana, y participó en las alianzas y luchas consiguientes por la hegemonía en Italia, que facilitaron la penetración de las grandes potencias en la península. En un bando lucharon Milán, bajo la dirección de Francisco I Sforza, y la República de Florencia, detrás de los cuales se encontraba el Reino de Francia, y en el otro el Reino de Nápoles, la República de Venecia, el Papado y el Imperio.

Alfonso, que seguía manteniendo sus aspiraciones sobre el Reino de Córcega, continuó la guerra naval con Génova y luchado contra los otomanos, el comandante albanés Skanderbeg se hizo vasallo de Alfonso y, en el año 1451, el catalán Bernardo Vaquer ocupó el castillo de Krujë y, Ramón de Ortafá, fue enviado como virrey de Albania, siendo posteriormente nombrado virrey de Albania, de Grecia y de Eslavonia; mientras Juan Claver se convertía en virrey de Épiro y de Morea. La corona del Reino de Hungría le fue ofrecida a Juan Hunaydi y a otros magnates húngaros. El almirante Bernardo I de Vilamarí ocupó y fortificó Kastelórizo, operó en la desembocadura del Nilo e incendió los barcos enemigos, se lanzó sobre el litoral de Siria y repitió la gesta. Juan de Nava, marinero castellano al servicio de Alfonso, se esforzó para establecerse en Chipre.

Con todos estos esfuerzos, ni Constantinopla ni Tierra Santa fueron olvidadas. Constantinopla se encontraba casi en manos de los otomanos; con el objetivo de movilizar una cruzada, Alfonso envió embajadores al Preste Juan, al emperador de Trebisonda, Juan Comneno, al de Constantinopla, Constantino Paleólogo y al emperador Zhu Qizhen del Imperio Chino (1452). Pero Constantinopla cayó el 29 de mayo del 1453. Después del desastre, Alfonso, procuró afianzar su penetración en los Balcanes.

Las guerras de Lombardía no modificaron el mapa político, pero la caída de Constantinopla en el 1453, despertó el temor de una menaza otomana sobre Italia y los territorios venecianos del Egeo, lo que propició el tratado de Lodi entre Milán y Venecia en el año 1454, al cual más tarde se adhirieron Florencia y Nápoles. El objetivo de los firmantes, que comenzaban a temer la hegemonía francesa, era mantener el equilibrio interior de la península italiana.

Referencias

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