La igualdad y exclusión social en Escandinavia describe la contradicción entre el compromiso de Noruega, Dinamarca y Suecia con la igualdad social y los derechos humanos, por un lado, y los patrones persistentes de exclusión social, cultural, étnica y racial que afectan a las minorías e inmigrantes en estos países, por otro. Conolly y sus coautores han identificado dos dinámicas estructurales comunes: una concepción de la igualdad que en la práctica exige la asimilación cultural a la mayoría, y un nacionalismo que vincula la pertenencia nacional al origen étnico, de modo que las personas percibidas como cultural, étnica o fenotípicamente distintas enfrentan desventajas persistentes en el acceso al empleo y la vivienda. Experimentos de campo han demostrado que esta exclusión no se limita a las minorías no occidentales: solicitantes de empleo con nombres procedentes de países europeos, Estados Unidos y Rusia también enfrentan discriminación en el mercado laboral noruego, aunque en menor grado que quienes provienen de África, Oriente Medio o el sur de Asia, lo que configura una jerarquía étnica documentada por Larsen y Midtbøen. Langford y Schaffer han denominado la tensión más amplia entre compromiso internacional y práctica doméstica la «paradoja nórdica de los derechos humanos».

miniaturadeimagen|El Storting (parlamento noruego) en Oslo. Los tres países escandinavos comparten un compromiso formal con la igualdad social que coexiste con patrones persistentes de exclusión.

El concepto en la literatura académica

Paradojas del multiculturalismo

Los sociólogos Aleksandra Ålund y Carl-Ulrik Schierup identificaron en 1991 la contradicción fundamental entre el igualitarismo escandinavo y la realidad multicultural. En su estudio del caso sueco, documentaron cómo la política oficial de multiculturalismo coexistía con la subordinación estructural de los inmigrantes en el mercado laboral, la vivienda y la vida pública. Según su análisis, el modelo de bienestar sueco presuponía una población culturalmente homogénea, y la incorporación de grupos étnicamente diversos dejó intacta esa premisa y generó una jerarquía implícita en la que la diferencia cultural era tolerada en el discurso, pero penalizada en la práctica. Dos décadas después, Schierup y Ålund argumentaron que la reestructuración neoliberal del estado de bienestar había puesto fin al «excepcionalismo sueco», combinando políticas migratorias restrictivas con un repliegue de la ciudadanía inclusiva que había caracterizado al modelo escandinavo.

Ambiciones igualitarias y construcción de la diferencia

La antropóloga Marita Eastmond documentó esta dinámica a través de la experiencia de los refugiados bosnios que se asentaron en Suecia a principios de la década de 1990. Eastmond mostró que el sistema de bienestar sueco, diseñado para producir igualdad mediante la homogeneidad de condiciones, convirtió la diferencia cultural en una anomalía: la integración se midió por el grado en que los recién llegados se asemejaban a la población sueca, y quienes no se ajustaban a esa norma fueron representados como personas que fracasaban en su proceso de incorporación. Las «ambiciones igualitarias» del estado de bienestar, concluyó Eastmond, generaron paradójicamente «construcciones de la diferencia» que legitimaban la exclusión de quienes no encajaban en el molde de la igualdad entendida como uniformidad.

Deshacer la homogeneidad

En un estudio comparativo que abarcó los cinco países nórdicos, Keskinen, Skaptadóttir y Toivanen cuestionaron la premisa de que la homogeneidad cultural fue alguna vez una realidad en la región. Su investigación demostró que las identidades nacionales nórdicas se construyeron históricamente en torno a nociones de homogeneidad cultural y racial, pero que esa homogeneidad fue el producto de la represión y asimilación de los pueblos indígenas —en particular los samis— y de las minorías nacionales, cuya presencia anterior a las migraciones de posguerra fue borrada de la narrativa dominante. Durante siglos, las ciudades portuarias escandinavas albergaron comunidades extranjeras permanentes: los mercaderes alemanes de la Liga Hanseática dominaron el comercio de Bergen desde el siglo hasta el , operando con sus propias leyes, lengua e iglesia, mientras que Gotemburgo fue fundada con colonos holandeses, alemanes y escoceses, y Copenhague acogió comunidades alemanas, neerlandesas y hugonotes francesas. El mayor estudio de ADN antiguo realizado hasta la fecha sobre poblaciones vikingas, basado en 442 genomas de yacimientos arqueológicos de toda Europa, reveló un flujo genético sustancial hacia Escandinavia desde el sur y el este de Europa durante la Era vikinga, y demostró que la identidad vikinga no se limitaba a personas con ascendencia genética escandinava. Un estudio posterior que analizó 297 genomas antiguos escandinavos junto con los datos genómicos de más de 16 000 escandinavos contemporáneos encontró que los individuos del período vikingo tenían niveles de ascendencia no local más altos que los escandinavos modernos, lo que indica que parte de esa diversidad se perdió en los siglos posteriores. Keskinen y sus coautoras argumentaron que quienes son percibidos como «diferentes» quedan excluidos de la solidaridad del estado de bienestar y sometidos además a procesos de securitización que los convierten en amenazas para la cohesión social.

Igualdad como homogeneización cultural en Escandinavia En noruego, la antropóloga Marianne Gullestad señaló que likhet abarca simultáneamente los significados de «igualdad», «semejanza» y «uniformidad», de modo que los actores sociales necesitan percibirse como esencialmente iguales para reconocerse mutuamente como personas de igual valor. Gullestad argumentó que esta concepción conduce a que la identidad nacional se «etnifique» progresivamente y que quienes no se ajustan a las pautas culturales de la mayoría queden excluidos. Los antropólogos Lien, Lidén y Vike denominaron esta dinámica likhetens paradokser ('las paradojas de la igualdad'), documentando cómo el ideal noruego de igualdad funciona simultáneamente como valor social y como mecanismo de conformidad que penaliza la diferencia visible. Norman observó que la igualdad (jämlikhet) se presenta como un valor central, pero opera a través de la uniformidad (likhet) como norma: cuando la uniformidad se convierte en la escala para medir si una persona puede ser considerada igual, ciertos tipos de diferencia se construyen como problemáticos. En Dinamarca, el término lighed presenta la misma dualidad: significa simultáneamente «igualdad política» y «semejanza cultural», de modo que la integración se concibe en la práctica como asimilación a las costumbres danesas; según Bird, dentro de este marco conceptual no es posible ser culturalmente diferente y políticamente igual. En Suecia, el ideal del folkhemmet («hogar del pueblo») prometía igualdad universal dentro del estado de bienestar, pero investigadores han descrito una «integración segregadora» en la que la discriminación racial estructura el acceso al mercado laboral y al de vivienda aun para inmigrantes que han adoptado la lengua y los valores suecos; conceptos como «la ciudad dividida», la «discriminación estructural» y «los dominios reservados del sujeto blanco» han sido propuestos para describir esta paradoja.

Conolly et al. concluyen que esta concepción del igualitarismo nórdico está estrechamente ligada a la homogeneidad, la conformidad y la cohesión social, y que ser «demasiado diferente» amenaza la noción de uniformidad y puede ser tratado como una perturbación del orden social. En Noruega, esta lógica facilitó históricamente la norueguización forzada de los pueblos sami, kveno y romaní; en Dinamarca, las políticas educativas han buscado explícitamente eliminar la presencia de las culturas e idiomas minoritarios en la escuela, orientando la integración hacia la asimilación; y en Suecia, la investigación etnográfica de Seeberg ha concluido que las escuelas nórdicas gestionan la diversidad mediante la homogeneización, ya que los discursos institucionales dominantes consideran la similitud cultural como condición previa para la inclusión.

miniaturadeimagen|Bandera del pueblo sami. La política de «norueguización» forzada de los samis ilustra cómo el igualitarismo escandinavo se tradujo históricamente en asimilación cultural.

Asimilación forzada de minorías indígenas y nacionales

Entre los siglos y , Noruega, Suecia y Dinamarca aplicaron programas gubernamentales para integrar lingüística, cultural y étnicamente a los pueblos sami, kveno, tornedaliano e inuit en las culturas nacionales mayoritarias. Se los conoce respectivamente como «norueguización» (fornorsking), «suecificación» (försvenskning) y «danificación» (fordanskning). Los tres compartieron un repertorio de instrumentos —la escuela, la iglesia, la legislación agraria y la pseudociencia eugenésica—, aunque respondieron a motivaciones y contextos nacionales distintos. En Groenlandia incluyeron además el control de natalidad involuntario sobre mujeres inuit.

Desde el siglo , la Iglesia luterana —estatal en los tres países— consideró las prácticas espirituales samis e inuit como manifestaciones de paganismo que debían erradicarse. En Noruega, el sacerdote dano-noruego Thomas von Westen dirigió la Lapplandsmisjonen dano-noruega a partir de 1714, que inicialmente utilizó las lenguas samis como vehículo de la predicación; a lo largo del siglo se impuso una mentalidad civilizadora y nacionalista que pasó a considerar las lenguas samis como instrumentos de la espiritualidad indígena y, por tanto, como algo que debía suprimirse. En Suecia, los samis perdieron en el siglo el derecho a practicar su propia religión; quienes se comportaban como buenos cristianos podían acceder a posiciones altas en la sociedad.

Los historiadores Rudolf Keyser y Peter Andreas Munch contribuyeron en la década de 1840 a excluir intelectualmente a los samis del relato nacional noruego, al argumentar que carecían de derechos territoriales históricos. Según Niemi, esa tesis proporcionó el fundamento ideológico para las políticas posteriores.

La escuela y la prohibición lingüística

Los internados escolares fueron el instrumento central. En Noruega, Minde sitúa los primeros en 1901, en Finnmark, con el propósito explícito de «aislar a los alumnos de sus raíces y comunidades, haciendo así más eficaz el proceso de asimilación». Los sacerdotes actuaban como miembros de facto de las juntas escolares.

La prohibición del uso escolar de las lenguas minoritarias acompañó a los internados. En Noruega, la instrucción del ministro Wexelsen de 1898 (Wexelsenplakaten) estableció que la lengua de instrucción escolar debía ser el noruego. El sami y el kveno solo podían emplearse como «lengua de ayuda» cuando fuera estrictamente necesario; tanto la instrucción como el director escolar Thomassen dejaron claro, de acuerdo con el Store norske leksikon, que este recurso debía evitarse en la mayor medida posible. La prohibición se extendió más allá del ámbito escolar, según un estudio publicado en el Polish Journal of Educational Studies (2018). Una ley parlamentaria de 1902 reservó la compra o el arrendamiento de tierras del Estado a los noruegos y a quienes supieran hablar, leer y escribir en noruego.