Las murallas de La Habana fueron un sistema de fortificaciones construido entre los siglos y para proteger la ciudad de La Habana de ataques de piratas, corsarios y potencias rivales. Rodeaban la villa colonial y formaban parte del sistema defensivo que incluía fortalezas como el Castillo de la Real Fuerza, el Castillo de los Tres Reyes del Morro y el Castillo de San Salvador de la Punta.

La muralla llegó a medir aproximadamente 4,8 kilómetros de longitud y alcanzaba hasta diez metros de altura en algunos tramos. Su construcción comenzó en 1674 y continuó durante gran parte del . A partir de 1863 se inició su demolición debido a la expansión urbana de la capital cubana.

Actualmente se conservan varios fragmentos que forman parte del patrimonio del centro histórico de la ciudad, declarado Patrimonio de la Humanidad por la UNESCO en 1982.

Historia

Construcción La construcción de las murallas comenzó el 3 de febrero de 1674 como parte del fortalecimiento del sistema defensivo de La Habana durante el periodo colonial español. La ciudad era uno de los puertos más importantes del Imperio español en América y estaba expuesta a ataques de piratas y corsarios.

El proyecto original de cercado de la ciudad fue planteado por el ingeniero militar Cristóbal de Roda en 1603, aunque no se ejecutó de inmediato. La construcción efectiva de las murallas en la década de 1670 fue dirigida por el ingeniero militar Juan de Císcara, quien fue responsable de levantar gran parte del cuerpo primitivo de la muralla.

Después de la ocupación británica de 1762, ingenieros como Silvestre Abarca participaron en el desarrollo del sistema defensivo habanero en el contexto del Plan de Defensa de La Habana, aunque ello corresponde a ampliaciones y reorganizaciones posteriores al recinto amurallado original. El trazado terrestre de la muralla tenía forma de polígono irregular y estaba compuesto por nueve baluartes y tres semibaluartes unidos por cortinas intermedias de aproximadamente dos metros de espesor. En algunos sectores los muros alcanzaban hasta diez metros de altura.

Para su construcción se utilizaron grandes cantidades de piedra, principalmente piedra caliza y calcarenita, materiales comunes en la arquitectura colonial habanera. El sistema defensivo incluía también un foso exterior ancho, aunque poco profundo, que rodeaba parte del recinto amurallado.

Puertas En sus primeros años el recinto amurallado tenía únicamente dos accesos principales:

Puerta de la Punta Puerta de la Muralla

Posteriormente se abrieron otras puertas para facilitar la comunicación entre la ciudad intramuros y los barrios exteriores:

Puerta de Colón Puerta de Monserrate Puerta de Luz Puerta de San José Puerta de Jesús María Puerta del Arsenal Puerta de la Tenaza

La Puerta de la Tenaza fue abierta en 1745 y cerrada definitivamente en 1761.

Vida urbana Durante la época colonial la muralla dividía la ciudad en dos áreas: la ciudad intramuros y los barrios extramuros. Cada día se abrían las puertas al amanecer y se cerraban por la noche mediante rastrillos y puentes levadizos, regulando el acceso a la ciudad. El cierre nocturno se anunciaba mediante un disparo de cañón que con el tiempo dio origen a la tradición del «cañonazo de las nueve», ceremonia que todavía se realiza desde la Fortaleza de San Carlos de la Cabaña.

Derribo

A lo largo del la muralla comenzó a ser considerada un obstáculo para el crecimiento urbano de la ciudad. En 1841 el Ayuntamiento de La Habana solicitó autorización a la Corona española para proceder a su demolición.

Sin embargo, la petición no fue atendida de inmediato. La condición de La Habana como plaza fuerte estratégica del Imperio español en el Caribe, unida al control de las fortificaciones por parte de la administración militar, hizo que cualquier intervención dependiera de la aprobación metropolitana. Durante las décadas siguientes prevalecieron criterios defensivos que favorecieron la conservación del sistema amurallado. No obstante, a mediados del siglo comenzaron a imponerse progresivamente posturas favorables a su transformación, especialmente durante los gobiernos de José Gutiérrez de la Concha, bajo los cuales se promovieron medidas de modernización urbana que cuestionaban la funcionalidad de las murallas en el contexto de expansión de la ciudad.

El derribo se inició oficialmente el 8 de agosto de 1863 en un acto público celebrado en el entorno de la antigua Puerta de Monserrate, uno de los principales accesos al recinto amurallado. A partir de entonces, el proceso se desarrolló de manera progresiva durante varias décadas, en paralelo con las transformaciones urbanas y demográficas que experimentaba la capital en la segunda mitad del .

La desaparición de la muralla permitió la integración definitiva de la ciudad intramuros con los barrios extramuros, eliminando la barrera física que durante siglos había condicionado su desarrollo. Los terrenos ocupados por el sistema defensivo —incluidos lienzos, fosos y glacis— fueron progresivamente urbanizados y absorbidos por la trama urbana en expansión.

En este contexto, algunos ejes viarios preexistentes adquirieron un papel estructurante en la reorganización del espacio urbano. Tal es el caso de la calle Monserrate, cuyo trazado discurre en paralelo al antiguo frente occidental de la muralla y que, tras su demolición, se consolidó como una vía fundamental de conexión entre el casco histórico y las áreas de crecimiento hacia el oeste. De forma similar, calles como la calle Muralla conservan en su denominación la memoria directa del antiguo recinto defensivo, reflejando la incorporación de su trazado al viario urbano.

El derribo de las fortificaciones fue, en este sentido, un factor determinante en el ensanche de La Habana durante la segunda mitad del . La apertura del espacio permitió la extensión continua de la ciudad más allá de sus límites coloniales, favoreciendo el desarrollo de nuevos barrios y la modernización de su estructura urbana, en consonancia con las necesidades de circulación, salubridad y crecimiento poblacional de la época.

Restos conservados Aunque gran parte de la muralla desapareció, actualmente se conservan varios fragmentos en diferentes zonas de La Habana, entre ellas:

alrededores del Museo de la Revolución cercanías de la Estación Central de Ferrocarriles de La Habana tramos en la avenida Carlos Manuel de Céspedes restos del baluarte de San Telmo vestigios asociados a la Puerta de la Tenaza

Estos restos forman parte del patrimonio histórico de la ciudad y constituyen uno de los testimonios materiales del sistema defensivo colonial.

Véase también

Castillo de los Tres Reyes del Morro Castillo de San Salvador de la Punta Castillo de la Real Fuerza Fortaleza de San Carlos de La Cabaña

Referencias

Bibliografía

Zúñiga, A.R., 2007. La Ciudad de los Castillos: fortificaciones y arte defensivo en La Habana de los siglos XVI al XIX. Trafford Publishing, Victoria, Canadá, ISBN 978‑1425103620.

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