El clavo es una película española de 1944 dirigida por Rafael Gil y protagonizada por Amparito Rivelles y Rafael Durán. Es una lujosa adaptación rodada en blanco y negro de la novela corta del mismo título escrita por Pedro Antonio de Alarcón. En el momento de su estreno fue un éxito de crítica y público en España.
Antecedentes
El éxito de crítica y público en 1943 de El escándalo, película dirigida por José Luis Sáenz de Heredia adaptando la novela homónima de Pedro Antonio de Alarcón estimuló el interés por la obra de este escritor no solo en España, sino también en México y Argentina. Para la dictadura del general Franco, Alarcón era un autor muy apropiado, dada su evolución ideológica desde un liberalismo revolucionario en su juventud hasta un conservadurismo tradicionalista en sus últimos años; una evolución que resultaba paralela a la del régimen político español, desde el liberalismo de la II República hasta el conservadurismo fascistoide y reaccionario del nuevo régimen. Adicionalmente, los personajes de Alarcón suelen ser burgueses sometidos inicialmente a sus bajas pasiones que son capaces de cambiar y aceptar valores trascendentes e inmutables. Se trataba de relatos muy útiles para el adoctrinamiento que el franquismo quería imponer a la sociedad española.
Producción
Al finalizar la Guerra Civil, CIFESA volvió a restablecer su organización imitando a los grandes estudios estadounidenses. Buscaba una producción en serie utilizando los géneros y con una política de promoción de sus estrellas a través de artículos en revistas e intervención en eventos.
En 1943, CIFESA decide responder al éxito de El escándalo realizando una gran superproducción. Aporta un presupuesto de 3.200.000 pesetas, insólito para la industria cinematográfica española de la posguerra y en plena Segunda Guerra Mundial. Y cuenta con la participación de más de dos mil extras. El propio Rafael Gil informó de que el rodaje se había desarrollado entre el 22 de diciembre de 1943 y el 4 de mayo de 1944, y que no se pudo rodar algunos días debido a las restricciones eléctricas —que Gil atribuyó a la sequía y que también se pueden achacar al impacto de la Guerra civil y de la Guerra Mundial—. El propio director informó de los cuarenta y cuatro decorados construidos para el filme, entre ellos el gran escenario que representa el vestíbulo de la fonda —con dos alturas—, la plaza adyacente y varias calles que confluyen en ella. Para ello, como explica el crítico y cineasta José Luis Garci, hubo que unir dos grandes platós de Sevilla Films.
El periodista Pedro García Cuartango considera que es la estructura industrial y artística que tenía entonces CIFESA la que explica la extraordinaria calidad que llega a tener la película. La productora valenciana disponía no solo de los intérpretes, sino de los mejores profesionales en fotografía, decoración, maquillaje, vestuario, sonido y demás oficios que intervienen en el cine. Y todo ello, como relata Garci, tuvo que hacerse rodando de noche debido a las fuertes restricciones energéticas consecuencia de la acumulación de los efectos de la posguerra española y de la guerra mundial.
Trama
La novela
260px|thumb|derecha|Pedro Antonio de Alarcón, autor de El clavo.
Pedro Antonio de Alarcón publicó su novela corta El clavo en 1853, cuando el escritor tenía unos veinte años y profesaba todavía ideas radicalmente progresistas y revolucionarias. El relato está narrado por Felipe, quien conoce a una enigmática mujer durante un viaje. Posteriormente, su amigo, el juez Joaquín Zarco, le cuenta que dos años atrás se enamoró en Sevilla de una atractiva viuda. A petición de él y habiendo quedado embarazada, ella aceptó contraer matrimonio, para lo que se citaron en la misma fonda un mes más tarde. Cuando Zarco volvió pasados quince días, se encontró con que ella se había ido y se sintió engañado. Cuando Felipe y Zarco dan un paseo por el cementerio, encuentran un cráneo atravesado por un clavo. Tras investigar el caso, el juez concluye que el hombre fue asesinado por su esposa, una tal Gabriela Zahara. Cuando esta es detenida, los dos amigos se dan cuenta de que es la misma que ambos conocieron por separado. Juzgada por asesinato, Gabriela es condenada a muerte. Zarco consigue el indulto, pero ella muere repentinamente.
El guion
La adaptación del relato de Alarcón encontró una cierta dificultad debido a la férrea censura del régimen franquista. Un funcionario del Departamento Nacional de Cinematografía señaló que El clavo no poseía las cualidades «didácticas» de El escándalo. En aquel momento era imposible llevar a la pantalla española un argumento en el que una mujer casada comete adulterio, asesina a su esposo y consigue el indulto. Por consiguiente, Rafael Gil tuvo que modificar sustancialmente la historia para hacer tolerable el romanticismo liberal del joven Alarcón al nacionalcatolicismo de la dictadura.
En primer lugar, Gil traslada la acción de la Andalucía del relato de Alarcón a una inconcreta Castilla. No se conoce el nombre de la localidad en la que Zarco y Blanca viven su aventura amorosa —aunque algunos la identifican con Cuenca— y la imaginaria ciudad en la que tiene lugar el crimen es denominada Mérida Nueva. Parece que se intenta situar la acción en un pasado verosímil pero no necesariamente histórico. La única población reconocible es Madrid, cuya importancia resalta Gil al añadir un casual encuentro entre el juez y Blanca al cabo de los años y que volverá a aparecer con el intento de Zarco de conseguir el indulto.
En segundo lugar, Blanca no está casada sino solo prometida, lo que rebaja el adulterio novelesco a mera relación extramatrimonial. Y el novio es un indiano indeseable, traficante de esclavos y chantajista que parece merecedor de su destino. Además, si en la novelita de Alarcón era ella quien tomaba la iniciativa amorosa con Zarco, en la película se resiste a los requerimientos de él hasta que, durante el carnaval, se ve acosada por enmascarados y el juez le ayuda a evitarlos.
El tercer cambio es la fusión entre los personajes novelescos de Felipe y Zarco. Este último pierde la timidez del personaje literario para adquirir la desenvoltura de Felipe. Es atrevido en su relación con Blanca, a la que casi llega a acosar para conseguir intimar con ella. Cuando, años más tarde, encuentra la calavera atravesada por un clavo, le sirve como estímulo para tener una ocupación en el tranquilo juzgado que le ha tocado en suerte, a diferencia del Zarco del libro, que está hundido en su obsesión.
Además, el indulto de la novela es sustituido por una mera conmutación de la pena de muerte por cadena perpetua, algo mucho más acorde con la mentalidad del régimen franquista. Y la protagonista no muere fulminada por una especie de castigo divino, sino que salva la vida pero debe permanecer encarcelada permanentemente. Quien poco después sería director de cine, Enrique Gómez Bascuas, consideraba que el final de la película era mejor que el de la novela, pues «sin llegar a la cosa sensiblera del perdón, queda cambiado ventajosamente, impregnado de una suave poesía». Además, se trataba de un final, si no alegre, menos trágico que el de Alarcón. Y eliminaba la irracionalidad de la muerte de Blanca en la novela, absurda salvo que se atribuya a una suerte de justicia divina.
Por último, Gil rodea a los protagonistas de múltiples personajes incidentales que dan vida al entorno. Se trata de personajes apenas esbozados —con la excepción del secretario interpretado por Juan Espantaleón—, castizos y mayoritariamente humorísticos que hacen que el mundo de Zarco y Blanca esté habitado. El crítico Carlos Marañón elogia particularmente el ambiente creado en el juzgado de provincias que dirige Zarco, en el que los legajos se amontonan y nadie parece trabajar. Y García Cuartango señala el costumbrismo de la secuencia del desayuno en la posada en la que se celebra un bautizo.
250px|thumb|derecha|Rafael Gil, guionista y director del filme.
También es García Cuartango quien señala hasta qué punto el azar es importante en el desarrollo de los acontecimientos. Zarco y Blanca se conocen por suerte durante un viaje, se separan debido a un malentendido, se vuelven a encontrar en Madrid casualmente, el juez es destinado a la misma localidad en la que ella cometió el crimen y Zarco encuentra la calavera con el clavo durante un paseo por el cementerio debido a las fuertes lluvias. Por su parte, Luis Alberto de Cuenca señala algunos de los puntos débiles del guion. El primero de ellos viene de la novela de Alarcón, y consiste en la poca verosimilitud de que la muerte por perforación del cráneo por un clavo pueda ser confundida con una apoplejía.
Para redactar los diálogos, Gil pidió la colaboración del escritor Eduardo Marquina. Este fue reacio al principio pues era novelista y dramaturgo, pero no tenía experiencia en la elaboración de guiones. El director le explicó que, tratándose de la adaptación de una obra literaria, necesitaba a un escritor para elaborar los diálogos. Esto convenció a Marquina, que leyó tanto la novelita de Alarcón como el guion de Gil y redactó unos diálogos muy apropiados, pensados como si se tratara de una obra de teatro pero con un estilo más sobrio. El crítico Oti Rodríguez Marchante es particularmente elogioso con los diálogos, y considera que hacen surgir las ideas y sentimientos con una calidad que se ha perdido en el cine del .
Sinopsis
En la España de Isabel II, el juez Javier Zarco realiza un viaje en diligencia por el interior del país. En el vehículo conoce a Blanca, una bella dama con la que intenta intimar infructuosamente. Fascinado por la joven, interrumpe su viaje y permanece en la misma localidad que ella. Finalmente, con motivo del carnaval, consigue establecer una relación afectiva. Durante varias semanas mantienen una apasionada relación hasta que él es conminado por sus superiores a incorporarse a su destino en Teruel. Acuerda con Blanca que se incorporará a su puesto y volverá en un mes para encontrarse con ella. Sin embargo, inquieto porque ella no responde a sus cartas, regresa al cabo de quince días y en la fonda le informan de que Blanca partió al día siguiente de irse él. Zarco parte desesperado y se lleva sus cartas.
Cinco años más tarde, Zarco toma posesión como juez en la localidad castellana de Mérida Nueva. Paseando por el cementerio con el secretario, descubre una calavera atravesada por un clavo. Investiga el probable asesinato, averigua la identidad del difunto y dirige sus sospechas hacia su prometida, una tal Gabriela Zahara, con paradero desconocido. Empeñado en esclarecer el asunto, Zarco envía al secretario a Madrid para que investigue.
De viaje a Madrid para ser nombrado magistrado, Zarco tropieza con Blanca. Ella le explica que no le abandonó, sino que volvió al cabo de un mes como ambos habían pactado. Deciden retomar su relación y casarse, pero antes el juez debe regresar a Mérida Nueva. Una vez allí le llega la noticia de que el secretario ha localizado a Gabriela Zahara y esta ha sido detenida.
Zarco preside el tribunal que juzga a Gabriela y descubre horrorizado que esta es la misma mujer a la que conoce como Blanca. Ella confiesa su crimen pero explica que lo cometió porque la víctima, un indiano traficante de esclavos, chantajeaba a su padre para casarse con ella. Gabriela es condenada a muerte pero Zarco se traslada a Madrid para solicitar su indulto. En el último momento, el juez regresa con la conmutación de la pena de muerte por reclusión perpetua. Cuando Gabriela es trasladada a su prisión en el coche celular, Zarco le sigue en otro vehículo dispuesto a permanecer siempre cerca de ella.
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