Las maestras españolas del conformaron un colectivo laboral que se desarrolló entre 1801 y 1900, a partir de las maestras –apenas alfabetizadas– de comienzos de siglo, hasta las ya instruidas y con educación formal reconocida que protagonizaron el cambio al . A ello contribuyeron, aunque de forma muy lenta, las sucesivas políticas educativas que se desarrollaron en España y la instauración de la obligatoriedad de la educación para las niñas. Las maestras comenzaron a organizarse para defender sus derechos sociales y económicos y reivindicar la ocupación de un espacio antes reservado exclusivamente a los hombres. Su profesionalización, a través de la formación en centros específicos, supuso un gran impulso para las aspiraciones de las mujeres y para su promoción en la profesión docente. La igualdad salarial y el reconocimiento del derecho a formar a las futuras generaciones de mujeres enseñantes se pueden considerar dos grandes éxitos profesionales de las maestras del .
Precedentes inmediatos
Durante el , y bajo el impulso de las reformas de carácter religioso que marcaron el devenir europeo, se produjo un considerable incremento de la alfabetización, que también afectó a las mujeres. Las órdenes religiosas llevaron a cabo una importante tarea de instrucción, entendida como la premisa necesaria para llevar a cabo la evangelización del pueblo. Las teorías religiosas, pero también las moralizantes e incluso las científicas, fueron creando una imagen de mujer ideal que, aunque perpetuaba la relegación de las mujeres al ámbito doméstico y su supeditación al varón, provocaron debates acerca de la viabilidad de que las mujeres accediesen al conocimiento en relación con ese modelo de vida que trataba de imponerse.
En las últimas décadas del se crearon instituciones o planes de estudios orientados a la formación de maestros varones mediante mecanismos corporativos de control gremial, pero las enseñantes aún no estaban incluidas en ellos. En general, la educación de las mujeres a lo largo del se mantendrá circunscrita a espacios sociales minoritarios y elitistas.
Ilustración y educación A medida que avanzaba el , el conocido como Siglo de las luces, y conforme se extendía la Ilustración, se asistió en Europa al desarrollo de unos planteamientos encaminados a conseguir la universalidad y la gratuidad de la enseñanza. No obstante, la femenina era una formación aún no regulada y mucho menos generalizada comparada con la masculina. Aparecen nuevos espacios educativos y parte de las niñas asisten a escuelas populares subvencionadas por las administraciones públicas o por algunas entidades privadas pero, aunque el escenario educativo se va transformando, el ideario eje de la enseñanza femenina no lo hace: la doctrina cristiana y las labores domésticas.
En España, aunque la educación fue un constante motivo de debate para los diversos grupos políticos, no se produjeron verdaderos avances hasta la segunda mitad del siglo cuando los ilustrados españoles la pusieron en el centro de gravedad de la regeneración del país y la consideraron un valor estratégico para sus propósitos de reforma. Sin embargo esta actitud no supuso una definitiva modernización y ruptura con las ideas del Antiguo Régimen. Uno de los motivos que impulsó el debate por la educación de la mujer se debió a la propia contradicción entre la idea tradicional que se tenía de lo que debía ser el papel de la mujer en la sociedad y la premisa ilustrada que sostenía la igualdad entre seres humanos.
Según la idea perfectamente asimilada por la sociedad española, defendida por la ilustración europea y desarrollada por Jean-Jacques Rousseau en 1762, a las mujeres se les suponía pasividad y debilidad como atributos propios de su sexo. El ideal ilustrado de modificar pero no romper con lo ya establecido, quedó perfectamente demostrado en los planes para la instrucción de las mujeres en los que solo se perseguía crear ciudadanas virtuosas y aplicadas. Además, a esta mentalidad ilustrada le era absolutamente ajena la promoción social de las personas menos favorecidas: mientras que se aconsejaba que las niñas pobres de solemnidad fueran recogidas en el hospicio, a las pudientes se les sugería la educación en los conventos de monjas y para la gran masa femenina se recomendaba el destino tradicional: las tareas domésticas y la maternidad. miniaturadeimagen|300x300px|Portada de Réflexions nouvelles sur les femmes, de Madame de Lambert, 1727 A las ideas pedagógicas ilustradas contribuyeron también famosos textos europeos que se difundieron en España traducidos o en versión original: el Tratado de la educación de las hijas de François Fénelon; Educación y estudios de los niños y niñas y jóvenes de ambos sexos de Charles Rollin, Nuevas reflexiones sobre las mujeres de Madame de Lambert; e incluso historias como el Almacén de las señoritas adolescentes de Jeanne-Marie Leprince de Beaumont pensada para enseñar a las niñas de un colegio a ser virtuosas, honorables y resueltas en su vida futura.
Una de las constantes del pensamiento ilustrado español fue la insistencia en conseguir que las mujeres se ocupasen de algo útil y no permanecieran ociosas. Desde su perspectiva, la falta de educación era la que las hacía parecer de inferior capacidad e ingenio. Además, se pretendía formar adecuadamente a las educandas con la finalidad de conseguir que sus alumnas se integraran en el sistema socioeconómico. Se generó un debate en torno a las capacidades y necesidades educativas femeninas mediante diversas publicaciones: Benito Jerónimo Feijoo, con su Defensa de las mujeres, o Gaspar Melchor de Jovellanos, con la memoria leída en la Real Sociedad Económica matritense sobre si se debían o no admitir en ella a las señoras.
Iniciativas legislativas Todas las normas y regulaciones que se promulgaron en el dejaron en un lugar subordinado la instrucción igualitaria de la infancia y la de las maestras respecto a la de sus compañeros. La Real Cédula firmada por Felipe V de 1 de septiembre de 1743, regulaba las escuelas de primeras letras y pretendía velar por el cumplimiento de las obligaciones de quienes enseñaban. Aunque se trató de un primer intento por regularizar el sistema educativo, no llegó a profundizar en la formación de niñas y enseñantes femeninas.
Bajo el reinado de Carlos III, un ferviente ilustrado, se creó un mayor número de escuelas públicas de educación infantil a las que comenzaron a asistir, siempre de manera separada y con contenidos curriculares muy diferenciados, niños y niñas de los estamentos desfavorecidos de la sociedad. De esta manera, el acceso a la educación ya no quedaba restringido a la nobleza y la alta burguesía. En ellas trabajaban enseñantes de ambos sexos, según se tratara de clases de niñas o de niños, con poca preparación y por un escaso salario. La Real Orden del 5 de octubre de 1767 señaló la importancia de que el poder público fomentara la enseñanza de la infancia y la juventud, en especial en las primeras letras.
En 1768 Pablo de Olavide expuso, en una propuesta educativa que no llegaría a prosperar, que la formación de la mujer era necesaria e imprescindible por la influencia que tenía en la del resto de la sociedad y que por ello tenía que desempeñar un papel protagonista en los proyectos reformistas.
Ese mismo 1768, el Reglamento para Catedráticos, Maestros y Ayudantes impulsó alguna reforma educativa. En cuanto a las mujeres y las niñas, hacía referencia a las escuelas de Amigas, en las que una señora, soltera o viuda (no considerada maestra como tal) cuidaba en su propia casa de niñas menores de cuatro años y les proporcionaba unos mínimos conocimientos de catecismo y urbanidad, aunque sin un mínimo control por parte de las autoridades. También marcaba diferencias entre las casas de enseñanza para niñas que instruían en las tareas propias del sexo femenino, y las de los niños en las estos aprendían Gramática, Aritmética o Geometría. Las Escuelas de Latinidad y Retórica, que se correspondían con los estudios de secundaria y se encontraban en manos de las órdenes religiosas, no admitían alumnas.
La Real Provisión 11 de julio de 1771 estableció los requisitos y circunstancias que debían cumplir quienes quisieran ejercer el magisterio de las primeras letras. Este proceso supuso un primer paso hacia la profesionalización de las maestras, que empezaron a ser admitidas como tales a nivel oficial.
En 1783 fue promulgado el Reglamento para la creación de escuelas gratuitas en los distritos de Madrid, y posteriormente en el resto del reino, que institucionalizó la instrucción primaria, incluyendo la de las niñas. Para lograr la adecuada educación de las alumnas, se dio mucha relevancia a la selección de las profesoras. Para acceder al puesto, las futuras enseñantes debían ser examinadas sobre la doctrina cristiana y realizar un examen de labores (costura, bordado...) que valorara su grado de habilidad. También debían acreditar su buena vida y costumbres (y las de sus maridos, si los tuvieran).
A finales del se había generalizado el interés por establecer una red de centros educativos controlados por el estado en todos sus niveles.
Comienzo de la búsqueda por la igualdad Aunque aún con muy poca aceptación social, mujeres como la escritora Josefa Amar y Borbón, practicante de lo que luego se llamaría feminismo de la igualdad, empezaban a enfocarse en defender la capacidad de las mujeres para ejercer actividades intelectuales, políticas y de gestión. Amar consideraba que mediante la educación, la mujer conseguiría el aprecio social, la autonomía moral y la felicidad personal que precisaba.
La Junta de Damas de Honor y Mérito, creada el 27 de agosto de 1787 por un grupo de ilustradas de la aristocracia en el seno de la Real Sociedad Económica Matritense de Amigos del País, tuvo una actuación destacada en el campo de la enseñanza femenina hasta su supresión en 1882 y constituyó un organismo casi oficial al que el Ministerio consideraba obligado consultar todo cuanto se relacionase con la educación de las mujeres.
Tasas de escolarización y analfabetismo El número de niñas escolarizadas había crecido considerablemente entre 1768-1769 (censo de Aranda) y 1787 (censo de Floridablanca). En 1797, el censo de Godoy señalaba una disparidad significativa en los niveles de escolarización por sexos. La ratio niños/niñas por número de escuelas y número de escolares era notoriamente más baja para el sexo femenino: de un total de 11.007 escuelas en España, 8.704 eran de niños y 2.303 de niñas. Se suponía una tasa de escolarización general del 23,3% para el alumnado de entre los seis y los trece años. Según el mismo censo, de una población de cerca de cinco millones de niñas, tan solo 91.258 recibían alguna instrucción. El número de enseñantes, hombres y mujeres, era igualmente muy desigual. Respecto a los niveles de alfabetización, el nivel de riqueza, la condición de mujer y la localización en el medio rural actuaban
Durante los dos primeros tercios del , el sistema educativo español se caracterizó por innumerables carencias que seguían condenando al país a unos bajos niveles de escolarización y alfabetización, condición más agravada en el caso de las niñas y las mujeres. En 1822, los desastrosos efectos del período de la Guerra de Independencia sobre la red educativa hicieron descender el nivel de escolarización hasta el 15%; en 1831 se recuperaron las cifras de finales del siglo anterior y se llegó a un 24,7%; a mediados del , en 1849, el índice de escolarización se situaba alrededor del 41%. En 1850 el 80% de las mujeres eran aún analfabetas y este porcentaje se mantendría hasta comienzos del .
Cambio de mentalidad