Don Ross (1962, Winnipeg) es un filósofo de la ciencia y economista experimental canadiense-sudafricano, cuyas contribuciones abarcan la filosofía de la economía, la metodología económica, la teoría de juegos, la neuroeconomía y el naturalismo.

Biografía y carrera académica Ross nació en Winnipeg (Canadá) y creció principalmente en Ontario. Se doctoró en 1990 en la Universidad de Ontario Occidental con la tesis Philosophical Prolegomena to a Cognitive Theory of Metaphor Processing.

Ross está afiliado a la Universidad de Ciudad del Cabo desde finales de los años noventa y es profesor en su Escuela de Economía desde 2001, siendo además decano de la Faculad de Comercio (2010-2015). En 2016 se incorporó a la Universidad de Cork, donde dirige desde 2018 la Escuela de Sociedad, Política y Ética. En paralelo, desde 2010 es director del área de metodología del Centro de Análisis Económico del Riesgo (CEAR, por sus siglas en inglés) en la Universidad Estatal de Georgia. Fue también Presidente de la International Network for Economic Method (2012-2014) y Decano de la Ecuela de Negocios de la Universidad de Waikato (2015-2016).

Ross ha sido rankeado como investigador con una "A" por la Fundación Nacional de Investigación de Sudáfrica y ha integrado consejos editoriales en áreas de metodología económica y bioeconomía. Es autor de la entrada “Game Theory” de la Stanford Encyclopedia of Philosophy.

Áreas de investigación y enfoque Durante años, la principal actividad de Ross ha sido realizar experimentos económicos en laboratorio. El núcleo de su trabajo combina filosofía de la economía y metodología empírica. En economía teórica y aplicada defiende una orientación neo-samuelsoniana (i.e., centrada en preferencias reveladas como resúmenes estadísticos de procesos generadores de datos) y un papel central de la teoría de juegos y de la econometría experimental para modelar agentes en contextos estratégicos y de mercado, en lugar de psicologizar la microeconomía.

En neuroeconomía y economía de la adicción ha trabajado con George Ainslie y Glenn W. Harrison, defendiendo la pertinencia de metodologías de campo y de laboratorio para medir aversión al riesgo y descuento temporal, así como la utilidad de la picoeconomía para explicar conductas como el juego patológico o el tabaquismo.

En metafísica naturalizada (junto con James Ladyman), Ross propone un “realismo de selva tropical” (rainforest realism), una forma de realismo estructural que reconoce la ontología “frondosa” de los patrones reales identificados por las ciencias especiales y su consiliencia con la física fundamental. Una primera versión de esta posición se formula en el capítulo Rainforest Realism: A Dennettian Theory of Existence (2000) y se desarrolla en Every Thing Must Go.

Ross ha impulsado una agenda aplicada en política de infraestructuras en África, con trabajos sobre inversión óptima en carreteras y políticas de surfacing para vías de bajo volumen en Sudáfrica.

Obras más relevantes

Economic Theory and Cognitive Science: Microexplanation (2005) El libro articula un programa de la “microexplicación” que reordena las relaciones entre teoría económica y ciencias cognitivas bajo una pregunta directora: ¿bajo qué interpretación la economía es empíricamente sólida? Ross propone una imagen unificada —con Daniel Dennett y Kenneth Binmore como ejes— en la que la economía no es sustituida por la psicología, sino puesta en continuidad estructural con ella, recuperando el núcleo analítico neoclásico, pero sin caer en su caricatura y reubicando los vínculos con la experimentación y la simulación. Esta agenda pretende mostrar que el progreso técnico en microeconomía sólo cuenta como progreso científico si trae consigo regularidades explicativas genuinas y negociadas con la evidencia conductual.

El “prontuario” filosófico de Ross fija dos piezas:

El funcionalismo de la postura intencional, entendido como estrategia de explicación que triangula entre historias idiosincráticas de aprendizaje, el entorno público de referencia y normas compartidas. La ontología de “patrones reales”, donde una atribución intencional es objetiva cuando captura regularidades contrafácticas robustas en sistemas producidos por selección.

Con ello, Ross niega tanto el microcausalismo intencionalista (i.e., mirar “sólo dentro” del cerebro) como el externalismo reduccionista (que borra la individuación personal): no hay “casi-personas” dentro de las personas, y las creencias que nos interesan para la predicción explican patrones de agentes completos en contextos ecológicos, no estados internos aislados. La postura intencional se identifica así con una forma de adaptaciónismo explicativo: lo que importa es la función que la selección —biológica o socio-cultural— habría “descubierto” por múltiples vías causales, no habiendo un trazo axiomático previo.

Sobre esa base, Ross replantea la microeconomía “separada”: defiende la utilidad metodológica de la teoría neoclásica, pero abandona la lectura “psicológica fuerte” (popia de los maximizadores de utilidad estrecha) a favor de la preferencia revelada (RPT) como andamiaje para identificar objetivos de maximización sujetos a restricciones informacionales y de cómputo. Critica la maniobra “todo-cabe” asociada a Gary Becker (i.e., hacer racional a posteriori cualquier conducta por expansión ad hoc de la función objetivo), y busca en su lugar una defensa no tautológica de la teoría mediante restricciones empíricas y disciplinares. Así, la utilidad de RPT no depende de que las personas maximicen un hedonismo estrecho, sino de que el aparato formal se acople a la evidencia y a los límites cognitivos reales. Cuando esto falla, la generalidad vacía se compra al precio de la falsedad estricta o de la trivialidad. El giro programático es pasar de “axiomatizar desde el sillón” a “modelar bajo fricciones” con datos experimentales y de campo.

Al momento de tratar la economía experimental y los juegos evolutivos, Ross encuadra la llamada “opción eliminativista”: al migrar del juego clásico (jugadores eligen estrategias) al evolutivo (las estrategias compiten y se replican), conceptos como “creencia” y “deliberación” dejan de jugar un rol explicativo básico, y parte de la literatura concluye que puede prescindirse del postulado de racionalidad sin pérdida predictiva. Ross usa esta presión como test para su tesis de separación: o bien la economía se vacía en una biología poblacional sin intenciones, o bien se coordina con la psicología en un equilibrio reflexivo donde las restricciones cognitivo-computacionales (bottom-up) informan la forma de la función de maximización, y la estructura estratégica del entorno (top-down) fija el espacio de juegos relevantes. El resultado es evitar el imperialismo (económico o psicológico) y, a la vez, desactivar el veredicto eliminativista mostrando que, en dominios específicos, la postura intencional sigue rastreando patrones reales bajo normas de selección históricas.

Los capítulos finales redefinen términos como “agencia”, “yo” y “racionalidad” en un marco no aristotélico. Primero, Ross separa conceptualmente persona y agencia, erosionando la identificación popular (folk) entre ambas: ni la introspección ni la psicología popular fijan los términos científicos con los que deben modelarse sistemas de decisión. La agencia es una propiedad emergente, escalonada y distribuida, no un dato primitivo del yo. En razón de ello, el yo se entiende como un ensamblaje estabilizado por andamiajes informacionales y normas, algo más próximo a un “personaje” (en los términos de Dennett) que a un homúnculo interno; por eso, identificar un escenario como juego exige presuposiciones socializadoras (e.g., qué cuenta como estrategia, qué utilidades están en juego) que no existen para un “Robinson Crusoe” presocial. Este enfoque cristaliza en el “patrón argumental Robbins–Samuelson” (RASP): (i) individuar agentes económicos; (ii) identificar empíricamente su función de maximización, constriñéndola por capacidades de procesamiento; (iii) construir la red de interacción como juego(s) con restricciones ecológicas; (iv) localizar equilibrios de Nash pertinentes, reconociendo que la iteración entre (ii) y (iii) es necesaria y depende de datos exógenos. Mediante esta estrategia global, Ross ofrece una vía para preservar lo valioso de la microeconomía neoclásica (i.e., elección bajo escasez, análisis de equilibrio) integrándola con resultados de laboratorio y teoría evolutiva, a la vez que disuelve disputas estériles entre “reduccionismo” y “humanismo” mediante una ingeniería explicativa por niveles, sensible al dominio.

Every Thing Must Go: Metaphysics Naturalized (2007) Ross y Ladyman defienden un programa de metafísica radicalmente naturalizada, i.e., sólo es legítimo hacer metafísica si se motiva y constriñe por hipótesis científicas vigentes y por el proyecto de unificación entre disciplinas, construyendo puentes entre teorías y prácticas científicas. La primera tesis es polémica: gran parte de la metafísica analítica contemporánea —“neo-escolástica”— debería interrumpirse, pues esta no contribuye a la búsqueda ilustrada de verdad objetiva. Muy por el contrario: domestica a la ciencia con intuiciones de “sentido común”, reificando imágenes de “cosas pequeñitas” y “micro-golpeteos” como base causal, y procede de espaldas a la física real. El papel legítimo que se reserva a la filosofía es reconstruir un panorama unificado a partir de ciencia efectiva.

El capítulo 2 fija el marco: el realismo estructural óntico (OSR). En vez de fundamentar ontología en “sustancias” con naturalezas intrínsecas que luego se relacionan, el OSR afirma que lo fundamental es una estructura modal objetiva (patrones de dependencia y posibilidad/necesidad) que no superviene en propiedades intrínsecas de individuos; lo que nuestras mejores teorías describen y preservan a través del cambio teórico son relaciones y estructuras (consiliencia con “no-milagros”, novel predicción, práctica representacional). De ahí el rechazo del “artículo de fe” según el cual los objetos y las propiedades deben tener naturaleza intrínseca previa a sus relaciones. Ese dogma no está respaldado por la física que realmente usamos. El OSR, además, se apoya en que ni el empirismo constructivo resuelve la modalidad implicada por la práctica científica.

En el capítulo 3, Ladyman y Ross muestran cómo el OSR está motivado directamente por la física contemporánea (mecánica cuántica y relatividad) en el sentido de que, si atendemos a sus compromisos reales, la ontología de “portadores puntuales con propiedades intrínsecas” y de causación como “micro-golpeteos” no es científicamente seria. La física no se organiza como un catálogo de cosas internas que “pegan” unas con otras, sino como un espacio estructural de estados y simetrías, acoplado a mediciones y restricciones modales. Esta crítica desembocará, en los capítulos 4–5, en una reasignación del lugar de la causalidad: no como pegamento universal metafísico ni como secuencias regularistas a nivel fundamental, sino como heurística informacional para hacer contabilidad epistémica en dominios con asimetrías (e.g., temporales, termodinámicas) donde la práctica científica lo exige. Así, negar “micro-golpeteos” no es negar la causalidad en las ciencias especiales: es negar que la física fundamental deba modelarse a imagen de ellas.