La revista porteña es un género teatral autóctono de Argentina, derivado del teatro de revista, que se originó en la ciudad de Buenos Aires y lideró el circuito teatral local —concentrado fundamentalmente en la avenida Corrientes— desde su surgimiento en los años 1920 hasta los comienzos de su decadencia en la segunda mitad de los años 1970. El Teatro Maipo fue el más emblemático del estilo, conocido como la «catedral de la revista porteña», aunque también se destacaron El Nacional, el Tabarís, el Astral y el Cómico. Su antecedente inmediato fue la revista criolla, que surgió a finales de la década de 1890 como una adaptación local del teatro de revista en su versión española. La transformación de la revista criolla en la revista porteña tuvo lugar a partir de 1922, cuando la presentación de espectáculos de revista franceses —notablemente el de Madame Rasimi y su compañía Ba-Ta-Clan, que dio origen al término «bataclana»— causaron gran impacto en las audiencias de la ciudad y ejercieron influencia en los productores teatrales. Los espectáculos franceses introdujeron el formato de revista con vedettes semivestidas y un estilo de producción basado en el lujo, el esplendor visual y la sensualidad escénica, impactando profundamente en la conformación de la revista porteña.
Durante las décadas siguientes, la revista porteña vivió un auge sin precedentes, llegando a estrenar más obras musicales que ciudades teatrales de referencia como Nueva York. Surgieron grandes figuras locales, entre actores, comediantes, cantantes y vedettes, que consolidaron un estilo caracterizado por la ausencia de un argumento lineal, privilegiando en cambio la sucesión de sketches, monólogos, números musicales y coreografías ostentosas. El período comprendido entre 1940 y 1960 es considerado la «Época Dorada» de la revista porteña. Durante esos años, el género alcanzó su máxima popularidad y consolidó sus rasgos estilísticos distintivos, aunque la etapa también estuvo atravesada por la censura política, especialmente durante la dictadura de la Revolución del 43 y el gobierno peronista, que limitaron la sátira política y la expresión artística, provocando que la revista migrara hacia temáticas más conservadoras o se valiera de elementos internacionales. A pesar de ello, la revista porteña mantuvo su vigencia y logró adaptarse, destacándose figuras como Nélida Roca, apodada la «Venus de la calle Corrientes», y empresarios teatrales como Carlos A. Petit, que impulsaron la producción y difusión del género.
Durante las décadas siguientes, la revista porteña enfrentó nuevos desafíos: la competencia con el cine sonoro, la televisión y otros géneros teatrales como el café-concert. En los años 1960 y 1970, aunque comenzó a perder popularidad, continuó produciendo éxitos y renovándose con la aparición de nuevas vedettes, incluyendo a Nélida Lobato y Moria Casán. También en este período la revista porteña abrió sus puertas a la diversidad sexual, destacándose la inclusión de vedettes travestis como Vanessa Show, y Jorge Pérez Evelyn pionera en la representación travesti-trans en el género,cuando Gerardo Sofovich la presento como primera vedette en la calle Corrientes. Los cambios sociales y culturales de finales del y comienzos del , sumados a la crisis económica y a la transformación en las formas de entretenimiento, condujeron a una paulatina decadencia de la revista porteña. En la actualidad, se la considera un género prácticamente desaparecido que subsiste de forma esporádica o transformada, influenciado por otras formas del teatro musical y el humor televisivo. Desde 2013, integra la lista oficial de Patrimonio Cultural de la ciudad, junto a emblemas de la cultura porteña como el tango o el fileteado.
Características thumb|El elenco de la revista Cabaret, presentada en el teatro Maipo en 1936. En su versión clásica, la revista porteña se caracteriza por mantener una estructura predefinida en la secuencia de sus segmentos (llamados «cuadros») basada en la alternancia entre números musicales y coreográficos, intercalados con sketches humorísticos que principalmente tratan temas políticos y sexuales; un patrón que se mantuvo constante desde aproximadamente 1920 hasta su declive en la década de 1970. El autor Roberto Tálice, testigo de la revista porteña desde su época inaugural, explicó la estructura típica que definió al género en una entrevista de 1991: «Se abría el espectáculo con un número cantable a modo de prólogo, adecuado al título de la revista, con el mayor número posible de elementos en escena. La consigna de este primer número era que fuera siempre impactante pero dijera muy poco, algo así como crear suspenso. Su final era acompañado de un telón rápido que precedía dos sketches, cada uno con un minúsculo argumento, una peripecia desarrollada por tres, cuatro o cinco actores a lo sumo, con un desenlace inesperado. (...) Entre cada sketch se intercalaba algún número musical breve. (...) Ahora sí venía el famoso monólogo. Siempre, o las más de las veces era político. Infaltable en una revista. (...) A continuación teníamos un número de danza muy importante. Allí estaba el lucimiento de las vedettes y de los bailarines. Eran coreografías muy elaboradas. Antes del final venía un número muy esperado: el tango. Generalmente en la voz de una mujer. Siempre se estrenaba uno en cada revista. Así llegamos a la apoteosis final. Debía ser espectacular, soberbia. Era un número bailable y cantable con alusión al título de la revista. Con obligatorio desfile de toda la compañía. Las primeras figuras hacían saludos individuales. Para esto se recurrió a muchos recursos técnicos de escenografía: las pasarelas primero, las escaleras después».
thumb|left|El elenco de una revista porteña de los años 1920.
En un artículo escrito para la revista El mundo teatral en 1921, Carlos Román realizó una detallada descripción de la estructura del género que «muestra la íntima relación y mutua implicancia de lo verbal y lo no verbal». Según Román, las revistas de aquel momento comenzaban con un prólogo en el que un personaje, ya fuera un poeta, un «viejo verde», un «atorrante» o, más comúnmente, un canillita, entraba en un sueño. Las luces se apagaban, un reflector se encendía y, tras el sonido de un platillo, un escotillón se abría y aparecía el hada (símbolo de la revista, la fantasía, la inspiración, la magia, la vida, la esperanza, la alegría o incluso una diosa), quien consolaba al personaje prometiéndole un espectáculo entretenido. Mientras tanto, la orquesta tocaba una melodía suave en la penumbra. Tras un momento de oscuridad total, la escena se iluminaba por completo con reflectores y la orquesta alcanzaba su máximo volumen: la revista estaba en pleno apogeo, con un decorado fantástico que servía de marco a un grupo formado por todas las mujeres de la compañía. El hada, siempre situada a la derecha, anunciaba al personaje la sucesión de los distintos cuadros. Eran típicas las intervenciones en verso destinadas a conmover el patriotismo del público, un gran número musical que aprovechaba el cuerpo de baile de la compañía, un monólogo a cargo del actor cómico, escenas político-satíricas (a menudo censuradas) y cuadros musicales de estilos extranjeros. El espectáculo concluía con una apoteosis o un número de conjunto diseñado para destacar el talento femenino.
thumb|upright|Ethel Rojo años 1950–1960, vistiendo un traje típico de vedette.
Tanto la revista porteña, surgida como tal en la década de 1920, como su predecesora, la revista criolla, reflejaban los efectos del progreso urbano y tecnológico en la sociedad. A partir de los años 1920, se incorporaron elementos de influencia francesa que definieron el nuevo estilo de la revista porteña, como el lujo y el encanto de las vedettes, el despliegue escénico, el color local y la representación de ambientes exóticos. A estos se sumó un elemento central para la revista porteña: la actualidad. Las transformaciones urbanas, la política, el cine y el fútbol se convirtieron en temas recurrentes que protagonizaban diversos sketches. Antonio Botta, libretista de la Compañía de Revistas de Pepe Arias, definió al teatro de revistas del siguiente modo en 1937: «Yo creo que la revista no es un género que permita trazar normas y establecer orientaciones a priori, sino una forma de teatro accidental y variable, una especie de periodismo objetivado, en el cual la sucesión de hechos, imprevistos casi siempre dará apoyo más o menos sólido a la pluma del comentarista. A mayor abundancia de actualidades, sea en el campo político, social o simplemento en acontecimientos que ofrezcan su aspecto satirizable, hallará el autor más materia para su trabajo...». La caricatura política, un rasgo distintivo de la revista porteña, comenzó a ser reemplazada a partir del gobierno de facto de 1943 y, posteriormente, durante el peronismo, por un humor más burdo y chabacano, centrado principalmente en lo sexual. Este tipo de humor dominó los escenarios, incluso en años posteriores, cuando la censura fue eliminada.
thumb|left|Coristas del teatro Maipo maquillándose antes de entrar a escena en 1939.
Un rasgo clásico de la revista porteña es la estricta jerarquización en los elencos, que determinaba los roles dentro del espectáculo. Moria Casán, quien se consagró como vedette en los años 1970, recordó en un reportaje de 2012 la estructuración típica del elenco femenino: «estaban las coristas, que podían llevar la cola destapada, las modelos, que solamente desfilaban y mostraban sus pechos en topless, las bailarinas, que no llevaban las colas destapadas y ponían su virtuosismo. Después, se traen las bluebell girls, que hacían topless sin pezoneras. Luego, dentro de las vedettes, estaban las medias vedettes, que hacían una breve aparición en el cuadro de la segunda vedette. La segunda vedette, que tenía su cuadro y algunos sketchs, y la primera vedette, que tenía el cuadro principal, el sketch principal y el final. Ahora, esa jerarquización no existe». La figura del humorista, conocido como «capocómico», ha sido descrito como la «columna vertebral de la revista» y encabezaba el cartel de la mayoría de las producciones.
thumb|Detrás de escena de una revista en el Maipo, en un reportaje de Panorama de 1966.
Uno de los aspectos característicos y más criticados de la revista porteña ha sido la reproducción de los prejuicios sociales en torno a la mujer. Isabel Coello, vedette del Maipo, declaraba en un reportaje de 1967 para Siete Días Ilustrados acerca del acoso masculino: «Es la peor parte del trabajo: los hombres nos consideran deshonestas. Mamá lo sabe y me protege. Ellos no se dan cuenta que cumplo 8 horas de una jornada extenuante: me visto y me desvisto 10 veces por noche, bailo, canto, hablo y grito por sólo 30.000 pesos mensuales». En la misma nota, su compañera Tita continuó: «No sólo eso tenemos que soportar. Además estamos sometidas a un régimen disciplinario de cárcel. Si nos olvidamos un aro recibimos una multa y cosas por el estilo... Si llegamos 5 minutos tarde a un ensayo, nos amonestan como a colegialas». Sobre la representación de la mujer en la revista porteña, las investigadoras Beatriz Trastoy y Perla Zayas de Lima escribieron:
Historia 1870–1890: Antecedentes y precursores thumb|upright|Casimiro Prieto Valdés retratado hacia 1891. Su obra El sombrero de Don Adolfo, estrenada en 1875, ha sido considerada como el primer antecedente de la revista porteña.