La guerra hanseática-holandesa o guerra wenda-holandesa fue un conflicto militar y comercial entre el condado de Holanda y las ciudades wendas de la Liga Hanseática, que tuvo lugar en los mares Báltico y del Norte entre 1438 y 1441. La disputa fue el resultado de las aspiraciones comerciales-marítimas holandesas en el Báltico, siendo considerada en algunos aspectos la continuación de la guerra entre la Liga Hanseática y la Unión de Kalmar, finalizada tres años antes (o al menos estrechamente relacionada con ella desde el punto de vista de la rivalidad neerlandesa-hanseática, cada vez más pronunciada). En consecuencia, también aquí los escandinavos serían una parte integral del conflicto.
En este conflicto, Holanda (con el apoyo de Zelanda) actuaba al margen de los Países Bajos Borgoñones, de los que formaba parte (aunque bajo la potestad del duque de Borgoña), lo cual ayudaría a la larga a afianzar su posición dentro de los territorios neerlandeses y del mar del Norte, una posición que culminaría un siglo y medio después con la creación de las Provincias Unidas bajo su liderazgo. La guerra en sí constaba menos de enfrentamientos armados y más de la imposición de una realidad que ya venía dificultando y obstruyendo el comercio en el Báltico desde años atrás, con los barcos holandeses patrullando el Sund (cosa permitida en el Tratado de Vordingborg) y la flota hanseática controlando el acceso al mar Báltico (habiendo en tiempos de Margarita I renunciado al castillo de Helsingborg, que había quedado bajo su control en el mismo tratado). La competencia entre comerciantes hanseáticos y holandeses por los derechos de comercio en Livonia se hizo cada vez más patente, dificultando sobremanera el comercio marítimo en el Báltico. Los holandeses, al verse limitados por el control hanseático, contrataban a corsarios contra los barcos mercantes alemanes.
El conflicto fue el «último clavo en el ataúd» del reinado de Erico de Pomerania sobre la Unión de Kalmar, después de años debilitado desde la mencionada guerra contra la Liga Hanseática y Holstein. Los daneses, a pesar del tratado de 1435, seguían oponiéndose a las pretensiones hanseáticas, apoyando a los holandeses, y Erico, en un último intento de mantenerse en el trono y derrotar a sus rivales del sur, ofreció a la nobleza holandesa y al duque de Borgoña Felipe el Bueno una alianza. Cuando Erico fue forzado a renunciar el trono en 1440, el nuevo rey, Cristóbal de Baviera, al que le interesaba, al menos en un principio, la estabilidad de la región más que la rivalidad con la Hansa, negoció una resolución práctica que culminó con la firma de la Paz de Copenhague en 1441. A veces se considera el resultado del conflicto también el principio (aunque muy temprano) del declive de la Liga Hanseática, pues a partir de él quedó perjudicado su monopolio en el Báltico.
Existen discrepancias entre algunas de las fuentes que tratan sobre este conflicto, con los autores neerlandeses más propensos a justificar la causa holandesa y distinguir entre las actividades corsarias y las operaciones de los buques condales propiamente dichos, mientras que otros consideran la campaña holandesa en un principio parte de una amplia guerra corsaria lanzada por estos.
Antecedentes A comienzos del , las aspiraciones holandesas en el mar Báltico, sobre todo el comercio en los puertos escandinavos y del este Báltico (Livonia), ya habían quedado patentes. La Liga Hanseática había establecido unas rutas comerciales muy lucrativas entre el Báltico y el mar del Norte (y más allá), logrando un monopolio que generaba conflictos regionales con sus vecinos del norte y del oeste. Especialmente destacaba el comercio del arenque, la sal, la turba y la grasa de ballena, entre otros productos.miniaturadeimagen|214x214px|Principales rutas del comercio de la Liga Hanseática en su apogeo.|izquierda Con el fin de limitar la influencia hanseática en la región, los monarcas escandinavos apoyaban las actividades comerciales de holandeses e ingleses en sus puertos, a los que consideraban de menor riesgo para sus intereses (al no ser oriundos del Báltico) y más beneficiosos por ser competencia de las ciudades alemanas. Algunos historiadores hasta han especulado con que las intenciones de Holanda en el Báltico por aquel entonces no eran tan pronunciadas, pero el apoyo «proactivo» por parte de la Unión de Kalmar hacía cada vez más atractivo para ellos este destino, hasta que llegaron a suponer el rival más importante de los hanseáticos en la región (y puede incluso que fuera el germen de la expansión marítima neerlandesa en siglos posteriores hasta convertirse en una potencia marítima).miniaturadeimagen|Erico de Pomerania|221x221pxDesde la Paz de Vordingborg que puso fin a la anterior guerra, los comerciantes holandeses buscaban formas de evitar la obligación de pagar por el derecho de emporio, que era la única forma que la Hansa les dejaba comerciar en el Báltico. A este fin, los Umlandfahrer (comerciantes del Báltico originarios de países costeros del mar del Norte, especialmente ingleses y neerlandeses), en paralelo a la táctica de apoyarse en los corsarios que acaparaban la atención de la flota de guerra hanseática, se organizaban en empresas que recibían el respaldo de sus monarcas o gobernantes, como la Compañía de Mercaderes Aventureros de Londres en el caso de Inglaterra (si bien los ingleses pasarían a ser rival a partir de 1435 en el marco de la guerra de los Cien Años). Estas acciones socavaron el monopolio comercial de los hanseáticos y les causaron pérdidas económicas. Si bien, el mayor avalador de las aspiraciones holandesas seguía siendo la monarquía escandinava. Ya en 1422 las ciudades wendas operaban contra barcos mercantes holandeses apoyados por Erico, con el argumento que el rey danés podría usar militarmente estos barcos y sus tripulaciones en su contra. La guerra de la Liga contra Dinamarca —lanzada por los hanseáticos a raíz de estas acciones y por la instauración de los peajes del Sund por Erico— no había terminado bien para los daneses, con la Hansa wenda y pomerana restableciendo sus privilegios en el Báltico. No obstante, la presencia neerlandesa, permitida en el tratado de paz bajo condiciones, ya era un hecho, y en los años siguientes a la guerra los holandeses lograron ampliar su posición en la región. Así las cosas, en 1436 los hanseáticos, que se habían asegurado una exención del pago de los peajes (al que los holandeses sí estaban obligados por exigencia de los amotinados suecos en el Tratado de Estocolmo de 1435), cortaron las relaciones comerciales con Holanda y Flandes (restringiendo a sus barcos la navegación hacia estos destinos). La frenética actividad diplomática que tuvo lugar durante ese tiempo por correspondencia no dio resultados, a pesar de intentos como las negociaciones de paz de 1437 en Deventer entre Lübeck y Holanda.
La contienda miniaturadeimagen|232x232px|Felipe el Bueno A comienzos de 1438 ya soplaban de nuevo vientos de guerra. Con todas sus aspiraciones marítimas, Holanda no era aún lo suficientemente fuerte en el mar como para entrar en combate abierto con la dominante Liga Hanseática, con lo que el 7 de abril, el duque de Borgoña Felipe el Bueno (conocido como el gran duque de Occidente) dio su visto bueno para que los holandeses emprendieran una guerra corsaria contra los alemanes, a saber, las seis flotas wendas (de Hamburgo, Lübeck, Luneburgo, Greifswald, Stettin y Anklam) y la del duque de Holstein. Una semana después, el Hof van Holland (Consejo General de Holanda) declaró que Felipe había dado su aprobación a una movilización de la armada holandesa, y el día 23 la Liga Hanseática informó a sus ciudades de una guerra inminente, e interrumpió la navegación primero hacia Holanda y Zelanda (aconsejando a sus barcos atracar en puertos de Flandes, que favorecía el trato con la Hansa sobre los conflictos internos), y luego hacia Flandes también.
Lo mismo que en la anterior guerra, y con las tensiones dentro de la Hansa perdurando desde entonces, las ciudades wendas (el núcleo de la Liga) tampoco recibieron apoyo de la «periferia hanseática» en este conflicto. A pesar de las reiteradas peticiones de Lübeck, las ciudades de la región del Báltico oriental —la llamada Hansa livonia y prusiana— gestionadas por el Estado teutónico (que hacía años que iba por libre en algunos asuntos, como en Gotlandia), rechazaron unirse al esfuerzo bélico. Desde que estas, al no apoyar las acciones de la Liga contra Erico de Pomerania, quedaran fuera del Tratado de Vordingborg (es decir, que no estaban exentas del pago de los peajes del Sund, como sí lo estaban las ciudades wendas y pomeranas), sus intereses se alejaban cada vez más de los intereses de Lübeck y su esfera de influencia, sobre todo con respecto al bloqueo hanseático de las embarcaciones holandesas que querían comerciar directamente con Livonia (un bloqueo que suponía un perjuicio económico para las ciudades del este, a las que no se consultó esta vez tampoco, y que no se vieron recompensadas por sus socios de la Hansa). También ciudades del Rin hanseático, al oeste (Westfalia), se mostraban poco dispuestas a detener su comercio con sus homólogos del Waal. Y por si fuera poco, en vísperas de la guerra el duque de Borgoña había prometido un salvoconducto a toda ciudad hanseática que aceptara mantenerse neutral y quisiera seguir atracando en puertos neerlandeses.miniaturadeimagen|Enrique de Borssele|236x236pxPor su parte, también en Holanda hubo territorios opuestos a la guerra. El 16 de mayo, el Consejo ordenó que todos los grandes barcos en los puertos holandeses y zelandeses se preparasen para unirse a la flota en un plazo de dos semanas, pero algunas ciudades (principalmente las costeras del «Zuiderzee» y del río Rin/Waal) no se mostraban muy entusiasmadas o incluso dispuestas a acatar la orden. Dordrecht, por ejemplo, se beneficiaba en gran medida del comercio fluvial con las ciudades alemanas (su principal actividad económica), por lo que se negó a prestar sus barcos para la campaña. El duque de Borgoña, por aquel entonces, quien llevaba gobernando el condado de Holanda dentro del conjunto de sus territorios desde 1433, aún no gozaba de la máxima autoridad ni ejercía el monopolio de la violencia en una región cuya nobleza seguía teniendo vasta influencia (y la tendría por muchas décadas más). Aunque se buscaba la aprobación de Felipe, pues con ella se confería una legitimidad institucional a las operaciones navales, lo cierto es que las decisiones se tomaban por los nobles y por las propias ciudades, también cuando estas no coincidían con las intenciones de su nuevo señor. Los flamencos, por ejemplo, se beneficiaban de sus buenas relaciones con la Liga Hanseática, siendo sus puertos un importante destino de los comerciantes alemanes, especialmente el de Brujas, que tenía una importante oficina comercial hanseática (el kontor de Brujas). Los Vier Leden de Flandes —Gante, Ypres, Brujas y el Franconado de Brujas— hicieron esfuerzos para garantizar el libre paso de los barcos hanseáticos a Brujas y a Esclusa, pero sin éxito, después de fracasar sus intentos de mediación entre Holanda y las ciudades wendas.