La Época de Oro del cine argentino, a veces conocida indistintamente como el más amplio período clásico o clásico-industrial, es una etapa de la historia del cine de Argentina que comenzó en la década de 1930 y se extendió hasta los años 1940 o 1950, según la definición, durante la cual la industria cinematográfica nacional atravesó un proceso de industrialización y estandarización que implicó la aparición de la producción en serie, el establecimiento de los sistemas de estudios, de géneros y de estrellas, y la adopción del modo de representación institucional (MRI), difundido principalmente —aunque no exclusivamente— por Hollywood, y se convirtió rápidamente en una de las industrias cinematográficas más populares de América Latina y el mundo hispanohablante.

El cine industrial argentino surgió en 1933 con la creación de sus primeros y más destacados estudios cinematográficos, Argentina Sono Film y Lumiton, que estrenaron ¡Tango! y Los tres berretines, respectivamente, dos películas fundacionales que abrieron la era del sonido óptico. Aunque no eran nacionales, las películas filmadas entre 1931 y 1935 por Paramount Pictures con la estrella del tango Carlos Gardel tuvieron una influencia decisiva en el surgimiento y la popularización del cine sonoro argentino. La naciente industria creció de manera sostenida, acompañada por la aparición de otros estudios como SIDE, Estudios Río de la Plata, EFA, Pampa Film y los Estudios San Miguel, entre otros, que desarrollaron una cadena continua de producción y distribución. La cantidad de películas rodadas en el país se multiplicó por 25 entre 1932 y 1939, más que en cualquier otro país hispanohablante. Hacia 1939, Argentina se consolidó como el principal productor mundial de películas en español, posición que mantuvo hasta 1942, año en el que la producción cinematográfica alcanzó su pico de la década.

En el cine clásico argentino, los géneros cinematográficos se configuraban casi siempre como híbridos, con el melodrama como modalidad dominante del período. Su público inicial fueron las clases trabajadoras urbanas, por lo que su contenido estaba fuertemente arraigado en su cultura, sobre todo el tango, los radioteatros y géneros del teatro popular como el sainete o la revista porteña. Estas formas de cultura popular se convirtieron en las raíces principales de la industria cinematográfica, de las que provenían muchos de sus principales intérpretes, directores y guionistas. Gran parte de los temas que definieron al cine sonoro en sus inicios fueron heredados del cine mudo argentino, como la oposición entre el campo y la ciudad y el interés por representar el mundo del tango. A medida que la prosperidad de la industria aumentaba a fines de la década de 1930, los personajes burgueses pasaron de villanos a protagonistas, en un intento de seducir a las clases medias y sus aspiraciones. A partir de mediados de la década de 1940, el cine argentino adoptó un estilo «internacionalista» que minimizaba las referencias nacionales, incluido el desuso del dialecto local y un mayor interés por adaptar obras de la literatura universal.

A partir de 1943, como respuesta a la neutralidad argentina en el contexto de la Segunda Guerra Mundial, Estados Unidos impuso un boicot a la venta de película virgen al país, lo que provocó que el cine de México desplazara a la Argentina como líder del mercado en español. Durante la presidencia de Juan Domingo Perón (1946-1955) se adoptaron medidas proteccionistas, que lograron revitalizar la producción cinematográfica argentina. Sin embargo, la fragilidad financiera de la industria llevó a su parálisis una vez que Perón fue derrocado en 1955 y sus medidas de estímulo finalizaron. Con el sistema de estudios entrando en su crisis definitiva, la era clásica llegó a su fin cuando surgieron nuevos criterios de financiación y producción cinematográfica, que incluyeron la irrupción del modernismo y del cine de autor, y un mayor protagonismo del cine independiente. La creación del Instituto Nacional de Cinematografía en 1957 y la obra innovadora de figuras como Leopoldo Torre Nilsson dieron lugar a una nueva ola de cineastas en la década de 1960, que se opusieron al cine «comercial» y experimentaron con nuevas técnicas cinematográficas.

Historia Antecedentes (1896-1933) 1896-1929: El cine mudo argentino

thumb|upright|El inmigrante francés Eugenio Py es comúnmente considerado el autor de las primeras películas del país en la década de 1890.|alt=Eugenio Py, pionero del cine argentino, posa de cuerpo entero en una fotografía en blanco y negro junto a una cámara antigua El cine argentino es casi tan antiguo como el cine en el mundo. Los primeros kinetoscopios de Thomas Edison llegaron a Buenos Aires en 1894, pero las verdaderas proyecciones cinematográficas solo fueron posibles gracias al cinematógrafo de los hermanos Lumière, con el que se realizó una serie de presentaciones el 18 de julio de 1896 en el Teatro Odeón. En 1897, los primeros proyectores y cámaras —de las firmas Lumière y Gaumont— llegaron al país a través de la tienda fotográfica de Enrique Lepage, la Casa Lepage. Su técnico, el francés Eugenio Py, se convirtió en la primera persona en filmar de manera sistemática en Argentina; en 1897 rodó el cortometraje La bandera argentina, un registro de la bandera nacional que es a menudo considerada la primera película del país. Otros autores sostienen que las primeras películas pertenecen a Fred Figner, quien rodó distintas vistas con un vitascopio en 1896, asistido por el camarógrafo José Steimberg. Además de Lepage y Py, la tercera figura que dominó la producción cinematográfica en este momento fue el austríaco Max Glücksmann, quien fue inicialmente empleado de la Casa Lepage y más tarde adquirió la firma en 1908. Las obras de estos primeros años del cine argentino corresponden al cine de atracciones. Como señaló José Agustín Mahieu: «Es la etapa que descubre —ingenuamente— la magia del movimiento, la captación directa del paisaje, del acontecimiento. La camara es un ojo aún primario plantado ante los hechos». Así comenzó una explotación comercial a pequeña escala, con la Casa Lepage ofreciendo proyectores y películas a restaurantes, cafés y otros locales de entretenimiento. La empresa dominó la producción cinematográfica del país durante una década, dedicada a filmar curiosidades y eventos de actualidad como visitas oficiales de Estado, festividades y atractivos turísticos. En 1900 se inauguró la primera sala de cine, el Salón Nacional, y pronto se abrieron más espacios dedicados a la proyección de películas.

miniaturadeimagen|izquierda|Un fotograma de La Revolución de Mayo (1909), de Mario Gallo, considerada la primera película narrativa del país.|alt=Fotograma de La Revolución de Mayo (1909), dirigida por Mario Gallo, en el que se ve a hombres con vestuario del siglo XIX; la primera película narrativa argentina A fines de la década de 1900, el cine argentino incipiente dio avances significativos con la aparición de las primeras películas narrativas, que impulsaron la producción y la distribución. Fueron obra del italiano Mario Gallo, que había llegado a Buenos Aires unos años antes como parte de una compañía de ópera. Existe confusión respecto de cuál fue la primera película narrativa del país: quienes datan su estreno en 1908 consideran que se trata de El fusilamiento de Dorrego, mientras que investigadores más recientes señalan que esa película es en realidad de 1910 y que la primera fue La Revolución de Mayo, estrenada en 1909. Por este motivo, el 23 de mayo se considera el Día del Cine Nacional en el país, en conmemoración de la fecha de estreno de esta última película. Al modo de la corriente francesa del film d'art, las películas de Gallo se acercaban al teatro fotografiado, casi siempre sobre temas históricos. En 1914, Glücksmann produjo el largometraje más antiguo que se conserva, Amalia, muy similar en estilo a las películas de Gallo. La película fue una iniciativa de la aristocracia porteña y se estrenó en el prestigioso Teatro Colón con la asistencia del presidente Victorino de la Plaza. Con el estallido de la Primera Guerra Mundial en 1914, la producción cinematográfica europea retrocedió, lo que se tradujo en una abundancia de producción argentina en los años siguientes. Como señaló Mahieu, durante este período el cine argentino «tiende ya a abandonar su carácter de empírica aventura, para transformarse en una industria del espectáculo. Aparecen nuevas distribuidoras, y en 1914 se funda Pampa Film, que producirá varias películas».

miniaturadeimagen|upright|El éxito comercial sin precedentes de Nobleza gaucha (1915) inauguró un nuevo período de auge del cine mudo argentino.|alt=Afiche de la película Nobleza gaucha de 1915, una ilustración de un gaucho cabalgando y revoleando un lazo en el aire

Antes de la llegada del cine sonoro, Argentina vivió una «edad de oro» del cine mudo y lideró su producción en español, con más de cien largometrajes realizados entre 1915 y 1924, una cantidad equivalente al total combinado de los hechos en México y España. Durante las primeras tres décadas del siglo XX se produjeron en el país más de 200 largometrajes mudos, además de gran cantidad de documentales, noticieros y obras ficcionales de menor duración. El estreno en 1915 de Nobleza gaucha —un proyecto de Humberto Cairo, Eduardo Martínez de la Pera y Ernesto Gunche— supuso un punto de inflexión en la historia del cine argentino, al abrir nuevos caminos artísticos y económicos. Apodada «la mina de oro» por distribuidores y exhibidores, Nobleza gaucha fue un inesperado éxito comercial masivo que se mantuvo en cartel durante más de dos décadas, y también se estrenó en España y en varios países de América Latina. Las posibilidades artísticas y comerciales que el éxito de esta película señalaba se tradujeron en un crecimiento de la actividad cinematográfica en el país, con nuevos productores y directores siguiendo su camino; sin embargo, ninguno logró alcanzar el éxito inicial de Nobleza gaucha. Martínez de la Pera y Gunche siguieron con el estreno de Hasta después de muerta (1916), Brenda (1921), Fausto (1922) y La casa de los cuervos (1923). Otra producción destacada de la época fue Juan Sin Ropa (1919), producida mediante una asociación entre los prestigiosos actores Camila y Héctor Quiroga y los cineastas franceses Paul Capellani y Georges Benoît. Este período también es significativo por la aparición de las primeras mujeres cineastas del país, la producción de numerosos noticieros y documentales, y los primeros largometrajes animados de la historia del cine, realizados por Quirino Cristiani. Al reflexionar sobre la etapa muda argentina, Fernando Martín Peña escribió: Si algo caracteriza al cine mudo argentino, incluso durante su período más prolífico, es su dispersión y diversidad. En vez de estar concentrada en grandes compañías, la producción aparece atomizada en decenas de emprendimientos independientes, técnicamente asistidos por un número relativamente pequeño de especialistas y laboratorios (o «talleres», en los términos de la época). Este fenómeno explica su amplia variedad temática y sus singularidades: en este modo de producción, opuesto por definición a la producción en serie favorecida por los grandes estudios, la excepción era la regla.