El retablo de Santa Catalina es una obra anónima realizada hacia 1763. Está ubicado en la iglesia del Monasterio de San Martín Pinario, en Santiago de Compostela, La Coruña (Galicia, España).

Historia La antigua iglesia del Monasterio de San Martín Pinario contaba con un altar dedicado a Santa Catalina de Alejandría desde al menos 1611,La iglesia fue objeto de una extensa reforma en el último tercio del siglo . ya que en noviembre de ese año figura registrada, en el Libro de Visitas del periodo 1605-1646, la siguiente anotación:

Dicho altar sería objeto de una renovación en tiempos del abad José Lasanta, cuyo abadiado se extendió de 1759 a 1765, periodo en el que se «hizo y doró el altar de Santa Catalina». Tanto la autoría del nuevo retablo como su fecha de elaboración resultan desconocidas debido a que el contrato de ejecución no ha llegado a nuestros días; pese a que durante siglos su fábrica no se vinculó a ningún taller de ebanistería, se considera que en su hechura intervino el escultor compostelano José Gambino debido al empleo de motivos de estilo rococó y también al hecho de que el escultor llevaba desde 1760 reformando la capilla mayor del monasterio. Aunque su paternidad resulta anónima, la tesis de la intervención de Gambino en la factura del retablo queda reforzada puesto que la talla de Santa Catalina que lo preside fue realizada por el artista, quien, de acuerdo con los libros diarios de la comunidad benedictina, recibió un pago de 811 reales por su hechura. José Couselo Bouzas y Ramón Otero Túñez dataron erróneamente la imagen de la santa en 1758 debido a que ambos fecharon el pago en dicho año, mientras que Marica López Calderón la sitúa en 1763, encuadrándola Juan Manuel Monterroso Montero, María del Carmen Folgar de la Calle y Enrique Fernández Castiñeiras más acertadamente en el periodo 1763-1764, ya que el encargo fue realizado por los monjes a Gambino en 1763 y el pago efectuado en 1764 tal y como consta en el Libro de Mayordomía y Maestría de 1758-1773: «En esta semana se pagó la ymagen de Santa Cathelina (la que hiço Joseph Gambino) para colocar en el altar nuevo de su advocación. Costó la hechura ochocientos onze reales, sávado 25 de Febrero de 1764».

Pese a la ausencia del contrato, el hecho de que la talla fuese elaborada entre 1763 y 1764 induce a considerar estos años como fecha aproximada de la hechura del retablo;Cabe destacar que en 1763 el herrero Antonio Pérez facturó la reja de la Capilla de Santa Catalina de la catedral, obra que pudo estar motivada por los trabajos acometidos en la capilla homónima del monasterio. la Junta de Galicia lo sitúa en 1763 además de adjudicarlo en su totalidad a Gambino, mientras que Folgar de la Calle, José Manuel López Vázquez e Iván Rega Castro, entre otros, encuadran la pieza en el mismo año pero la atribuyen al taller de Gambino en vez de al propio escultor, con Otero Túñez fechando la policromía hacia 1771, año en que Manuel Landeira cobró varias partidas por diversas pinturas realizadas para el monasterio, si bien Monterroso Montero, Folgar de la Calle y Fernández Castiñeiras sitúan el cromatismo actual en 1804 debido a que ese año se llevaron a cabo diversos retoques a raíz de un informe realizado por fray Plácido Camiña y Antonio Mariño acerca de la necesidad de intervenir la pintura. De dicho informe, redactado por indicación del abad, se dio cuenta en el Consejo del 20 de junio de 1804 señalándose que «en el retablo de Santa Catalina hallan por conveniente aprovechar todo el oro que se halla en las molduras y adornos y barnizarlos para que tenga más firmeza y lo restante de la obra pintarlo de nuevo al óleo y a pulimento e guardando alguna simetría con el altar de San Bernardo, su coste tres mil reales».

Al igual que con la autoría del retablo, tampoco se conoce el nombre del responsable de la traza, aunque de acuerdo con Manuel Murguía, el autor de la misma podría ser Camiña, lego de San Martín Pinario y artífice del diseño del retablo de San Bernardo, con el que el retablo de Santa Catalina forma pareja:

No obstante, Couselo Bouzas expuso que Murguía pudo haber incurrido en un error debido a que Camiña profesó en 1771:

Por su parte, Monterroso Montero, Folgar de la Calle y Fernández Castiñeiras citan como probable artífice de la traza a Manuel de los Mártires, arquitecto activo en el monasterio durante el abadiado de Lasanta, aunque se cree que empezó a trabajar en el cenobio ya en 1749 (año de la muerte de Fernando de Casas) y que su labor duró hasta su fallecimiento, que debió producirse hacia 1772, año de la última noticia conocida sobre su actividad.

Independientemente de las discrepancias sobre la autoría de la traza y la data de ejecución de la policromía, se conoce gracias a Couselo Bouzas que para 1932 el retablo ya llevaba varios años presidido por una imagen de Santa Cecilia, instalada en la estructura por deseo de los músicos, de quienes la santa es patrona. La talla de Santa Catalina, en vez de ser dispuesta en otro altar dentro del monasterio, fue sin embargo relegada a un sótano, tras lo cual la imagen, muy mutilada, sería reubicada en un pequeño altar emplazado en la antesacristía:

Descripción Arquitectura Ubicado en la nave de la epístola, en una diminuta estancia en penumbra anexa a la Capilla de la Virgen del Socorro, el retablo, al igual que el de la capilla mayor de la iglesia del Convento de las Huérfanas de Compostela, obra de Francisco de Lens y estrechamente relacionado con Gambino, consta de un cuerpo con tres calles, altar, banco y ático adaptado a la forma semicircular de la bóveda de casetones que remata la capilla. La planta es quebrada debido a que las columnas de los extremos están adelantadas, lo que provoca que el centro, conformado por un nicho, se retrotraiga mediante la convergencia oblicua de las calles laterales, completamente planas y decoradas con motivos asimétricos, recordando en su conjunto a los grabados de Gilles-Marie Oppenordt, más de veinte años anteriores a la ejecución del retablo. Tanto los paneles de los extremos como el intradós del arco artesonado que enmarca la hornacina abocinada del cuerpo se encuentran plagados de motivos de rocalla, mientras que a ambos lados del nicho destaca una delicada ornamentación de candelieri suspendida de la cabeza de un querubín, este último adorno presente también a modo de relleno en las enjutas debajo del entablamento en un claro ejemplo de horror vacui, siendo la factura de los ángeles, de una morbidez tierna, plenamente ajustada al estilo del taller de Gambino. En lo tocante al altar, este presenta superficies cóncavas y convexas en un despliegue de formas sinuosas resaltadas gracias al dorado sobre un fondo jaspeado en azul que aporta gran viveza a los detalles arquitectónicos alternándose con tonos rojizos. El brillo de los relieves dorados, en combinación con los suaves matices del marmoleado, produce un efecto de gran refinamiento muy del gusto rococó, si bien su ejecución es cuatro décadas posterior al apogeo de esta tendencia artística.

En cuanto a la estructura, característica que prima notablemente sobre lo ornamental, los pilares son abombados y poseen fuste liso, asentándose sobre basas áticas y coronándose con capiteles de orden compuesto, por encima de los cuales se erigen prominentes filetes; los de los extremos fungen como soporte del arco que remata el conjunto, mientras que de los interiores parten pilastras que sirven de marco al nicho del ático, hallándose toda la obra coronada por un óvalo cubierto de rocalla. Las pilastras, al igual que el nicho del cuerpo, cuentan con decoración de candelieri, mientras que cinco cabezas de querubines sobre un delicado motivo de rocalla dividen la rosca del arco en cinco secciones además de corresponderse con cada una de las cuatro columnas. Cabe destacar que el fondo de la hornacina del cuerpo se decora con una vidriera realizada en el siglo por Roberto González del Blanco, autoría descubierta en 1999 durante una restauración con motivo de la exposición Santiago. San Martín Pinario. En definitiva, toda la obra se halla muy próxima a los cánones impuestos por el barroco italiano y la misma se encuentra a medio camino entre el tardo barroco y el rococó, diferenciándose en gran medida de la recargada ornamentación de los retablos diseñados por Casas puesto que su estructura hace gala de una marcada sobriedad y austeridad, detalle que presagia los inicios del neoclasicismo, estética que imperaría en el siglo .

Imaginería Santa Catalina thumb|Santa Catalina (1763-1764), por José Gambino. Monasterio de San Martín Pinario. El retablo está presidido por una imagen colosal de Santa Catalina, considerada una de las obras maestras de Gambino.Esta talla sirvió de inspiración para la imagen de Santa Catalina venerada en la catedral, obra de calidad inferior facturada entre finales del siglo y comienzos del por talleres compostelanos. Antaño la figura se alzaba monumental sobre una elevada peana cuyas volutas ayudaban a reforzar su sentido ascendente a la vez que evocaban el diseño de los elaborados pedestales sobre los que se erigen las imágenes de San Ignacio y San Francisco Javier de la Iglesia de la Compañía de Jesús de Santiago de Compostela, obra del taller de Gregorio Fernández en 1621.La peana, elemento que al elevar la posición de la talla provocaba que la vidriera quedase oculta por completo, debió de retirarse durante la restauración de 1999 puesto que la misma se encontraba en el retablo cuando Otero Túñez estudió la obra en 1997. La santa carece de su principal atributo, la rueda; se cree que debió perderse en el tiempo que la imagen permaneció oculta en un sótano, hecho que habría provocado no solo la pérdida de esta pieza sino también la desaparición de su mano izquierda, en la que tal vez portaba un libro, mientras que en la derecha sujetaba posiblemente una espada o la palma del martirio. Pese a ello, se considera que la rueda se correspondería con las descritas por Santiago de la Vorágine en la Leyenda dorada: «Cuatro ruedas cuajadas de agudísimos clavos y de pequeñas sierras dentadas […] instrumento de tortura verdaderamente horroroso». La imagen hace gala de un canon esbelto y gallardo, mostrándose majestuosa al exhibir la cabeza alzada en una pose sensual a la vez que mística, fruto quizá de la descripción dada por Pedro de Ribadeneira y de las narraciones medievales, en las que se exaltaba la belleza de la mártir: «Catalina, en verdad, era tan extraordinariamente hermosa que cuantos la veían quedaban prendados de su graciosa e incomparable belleza».

En su factura, Gambino siguió fielmente los modelos renacentistas plasmados por Leonardo da Vinci, elaborando el rostro mediante curvas y concavidades entrelazadas del mismo modo que la imagen de la Virgen del Rosario ubicada en el coro alto del Convento de Santa María de Belvís, realizada por el escultor hacia 1761, si bien en la talla de Santa Catalina se ciñó aún más al canon establecido, por lo que la misma carece de la gracia y dulzura presentes en la imagen conventual. La figura de la mártir exhibe un grado de asimetría en ambos lados del rostro considerablemente menor que en otras imágenes del catálogo de Gambino, si bien por otro lado muestra una plasticidad muy superior al prescindir de musculatura y línea firmes, creando una composición de suaves claroscuros, todo ello potenciado por la disposición del cabello, delicadamente recogido y tratado con tanto esmero que los mechones, gracias a la luz, crean trazos sinuosos que contribuyen a aumentar la belleza de la obra mediante el despliegue de curvas del propio cabello y su contraste con las carnaciones.