miniaturadeimagen|Resurrectionists (1847), obra de Hablot Knight Browne. Esta ilustración acompaña un relato acerca de John Holmes y Peter Williams que, por desenterrar cadáveres en 1777, fueron azotados públicamente desde Holborn hasta St. Giles (Londres). Los resurreccionistas  eran ladrones de cadáveres a quienes solían recurrir los anatomistas en el Reino Unido durante los siglos y para exhumar los cuerpos de las personas que habían fallecido recientemente. Entre 1506 y 1752, sólo se disponía de unos cuantos cadáveres al año para la investigación anatómica. La oferta creció cuando, en un intento de aumentar el efecto disuasorio de la pena de muerte, el Parlamento aprobó la Ley de Asesinatos de 1751. Al permitir que los jueces, en vez de someter a los criminales ejecutados a la exhibición pública, dictaminaran que sus cuerpos podían usarse para disección (un destino que, por lo general, era visto con horror), la nueva ley causó que incrementara considerablemente el número de cadáveres a los que los anatomistas podían tener acceso de manera legal. De todos modos, esto resultó insuficiente para satisfacer las necesidades de los hospitales y centros de enseñanza que se abrieron durante el siglo . Los cadáveres y sus partes se convirtieron en mercancías pero, aunque el público en general aborrecía la práctica del desenterramiento, los cuerpos no eran legalmente propiedad de nadie. Por lo tanto, los resurreccionistas operaban en una especie de área gris o laguna jurídica.

No obstante, los resurreccionistas a quienes se les sorprendiera en el ejercicio de su oficio corrían el riesgo de sufrir agresiones físicas. Entre las medidas que se tomaron para detenerlos figuraba el aumento de la seguridad en los cementerios. Había guardias nocturnas que patrullaban las tumbas, los ricos colocaban a sus muertos en féretros seguros y se usaban barreras físicas, tales como rejas funerarias o vallas metálicas y pesadas losas de piedra que dificultaban la extracción de los cadáveres. Los ladrones de cadáveres no fueron los únicos que se vieron atacados. En la opinión pública, la ley de 1751 convertía a los anatomistas en agentes de la ley, en ejecutores de la pena de muerte. Era habitual que se produjeran disturbios en los sitios de ejecución, donde los anatomistas recogían los cadáveres legales.

La situación alcanzó un punto crítico tras los asesinatos de Burke y Hare en 1828. El Parlamento reaccionó mediante la creación de la Comisión Especial de Anatomía de 1828, cuyo informe destacaba la importancia de la ciencia anatómica y recomendaba la disección de los cadáveres de personas indigentes. En respuesta al descubrimiento en 1831 de una banda conocida como London Burkers, quienes al parecer seguían el modelo de Burke y Hare, el Parlamento debatió un proyecto de ley presentado por Henry Warburton, autor del informe de la comisión especial. Aunque no declaraba ilegal el robo de cadáveres, la Ley del Parlamento resultante puso fin a la actividad de los resurreccionistas al permitir que los anatomistas tuvieran acceso a los cadáveres de las instituciones denominadas como workhouses.

Antecedentes jurídicos miniaturadeimagen|Henry VIII and the Barber Surgeons (1543), por Hans Holbein el Joven. La investigación anatómica con cadáveres humanos se legalizó en Inglaterra en 1540. Profesionales de la medicina han diseccionado cadáveres humanos al menos desde el siglo a. C. Sin embargo, a través de la historia, las opiniones religiosas imperantes acerca de la profanación de cadáveres a menudo causaban que este trabajo se realizara en secreto. La Iglesia Católica prohibió la disección humana hasta el siglo , cuando se registró la primera disección de un cadáver en Bolonia. Hasta entonces, la investigación anatómica se había limitado a la disección de animales. En Gran Bretaña, la disección humana estuvo prohibida por ley hasta 1506, cuando el rey Jacobo IV de Escocia concedió el patronazgo real a los barberos cirujanos de Edimburgo, lo que les permitió diseccionar los «cuerpos de ciertos criminales ejecutados». Inglaterra le siguió en 1540, cuando Enrique VIII concedió el patronazgo a la Compañía de Barberos-Cirujanos, lo que les permitió el acceso a cuatro criminales ejecutados por año. Posteriormente, Carlos II aumentó esta cifra a seis criminales por año. En 1564, Isabel I concedió al Royal College of Physicians el derecho a diseccionar a cuatro criminales por año.

Durante el siglo se establecieron en Gran Bretaña varios hospitales y centros de enseñanza importantes. Sin embargo, debido a que había muy pocos cadáveres disponibles de manera legal para realizar disecciones, estas instituciones experimentaron graves dificultades. Algunas autoridades locales ya habían intentado paliar el problema, con poco éxito. En 1694, Edimburgo les permitió a los anatomistas diseccionar cadáveres que hubieran sido:

Se entregaban los cadáveres de las víctimas de suicidio, los bebés que habían fallecido al nacer y también los cadáveres no reclamados de niños abandonados. Pero aunque contaban con el apoyo del derecho consuetudinario, en ocasiones los anatomistas se topaban con dificultades para recoger lo que se les concedía. Las multitudes, impulsadas por el resentimiento ante la facilidad con que se aplicaba la pena de muerte y movidas por creencias supersticiosas, a veces buscaban que las autoridades no tuvieran acceso a los cadáveres de los delincuentes ejecutados. Era común que se produjeran motines en los sitios de ejecución. En 1749, preocupado por posibles disturbios, el Sheriff de la Ciudad de Londres hizo caso omiso de los cirujanos y entregó los difuntos a sus familiares.

Estos problemas, junto con el deseo de aumentar el efecto disuasorio de la pena de muerte, dieron lugar a la aprobación de la Ley de Asesinatos de 1751. En ella se exigía que:

La disección se consideraba, por lo general, «un destino peor que la muerte». La decisión de concederles a los jueces la potestad de sustituir la horca  por la disección era un intento de invocar ese horror. Aunque la ley permitió que los anatomistas tuvieran acceso a muchos más cadáveres que los que estaban antes disponibles, resultó insuficiente. En un intento de aumentar el suministro, algunos cirujanos ofrecían dinero para pagar los gastos de la prisión y los costos de las ropas funerarias de los condenados. Además, sobornaban a los funcionarios presentes en el sitio de la horca, lo que a veces llevaba a situaciones lamentables en las que los cadáveres que no se habían dispuesto legalmente para su disección se entregaban de todos modos.

Mercantilización Los casos documentados de robo de tumbas con fines médicos se remontan a 1319. Es probable que Leonardo da Vinci, polímata del siglo , haya diseccionado en secreto unos 30 cadáveres, aunque se desconoce su procedencia. En Gran Bretaña, la práctica parece haber sido habitual a principios del siglo . Por ejemplo, el epitafio de la lápida de William Shakespeare en el cancel de la Iglesia de la Santísima Trinidad de Stratford-upon-Avon reza:

En 1678, hubo sospechas acerca de la participación de anatomistas en la desaparición del cadáver de una persona romaní que había sido ejecutada. Los contratos emitidos en 1721 por el Colegio Real de Cirujanos de Edimburgo incluyen una cláusula en la que se ordena a los estudiantes a no participar en exhumaciones, lo que sugiere, según la historiadora Ruth Richardson, que los estudiantes ya estaban haciendo exactamente lo contrario. Los alumnos acompañaban, como observadores, a los ladrones profesionales de cuerpos. Se presume que obtenían y pagaban sus estudios con cadáveres humanos, lo que quizá indica que sus tutores eran cómplices en estas actividades.

Durante mucho tiempo se ha pensado que la sustracción no autorizada de cadáveres de los cementerios londinenses se convirtió en algo habitual en la década de 1720 y que, probablemente, los cadáveres frescos habían sido objeto de mercantilización, quizá como resultado directo de la falta de cuerpos disponibles de forma legal para la investigación anatómica. Investigaciones recientes han descubierto y examinado una serie de casos tempranos de robo de cadáveres en cementerios. Estos casos sugieren que la práctica surgió en Londres durante la década de 1710. También, que los primeros juicios por robo de cadáveres de los que se tiene conocimiento probablemente sentaron precedente judicial en Londres. Además, que los robos solían estar bien organizados y que eran realizados por delegados. La mayoría de estos incidentes, si no todos, fueron perpetrados por cirujanos educados en el hospital universitario de Saint Thomas, quienes sobornaban a sacristanes y sepultureros corruptos para que robaran cadáveres en su nombre, que luego diseccionaban durante ciclos privados de conferencias sobre anatomía.

Tanto los cadáveres como sus partes se comercializaban como cualquier otra mercancía: empacados en recipientes adecuados, preservados con sal, almacenados en bodegas y muelles y transportados en carros, carretas y barcos. Impulsadas por la feroz competencia, las escuelas de anatomía solían pagar más puntualmente que sus pares, entre los que se incluían cirujanos, artistas y otras personas interesadas en la anatomía humana. Tal como declaró un ladrón de cadáveres: «un hombre puede ganarse bien la vida con ello, si es un hombre sobrio, actúa con criterio y abastece a las escuelas». miniaturadeimagen|izquierda|Resurrection Men, por Thomas Rowlandson. Mientras les observa un esqueleto, dos ladrones de cuerpos introducen un cadáver exhumado en un saco.

Ya para finales del siglo en Londres, los anatomistas habían delegado casi por completo el robo de tumbas a los ladrones de cadáveres o, como se les conocía comúnmente, a los resurreccionistas. Una banda de quince miembros, descubierta en Lambeth, un municipio de Londres, en 1795, estaba formada por «ocho cirujanos de reputación pública y un hombre que se hacía llamar Articulador». El informe acerca de sus actividades menciona un precio de dos guineas y una corona por un cadáver, seis chelines por el primer pie y nueve peniques por pulgada «por todo lo que mida más de largo». Estos precios no eran en absoluto fijos. El valor de los cadáveres en el mercado negro variaba considerablemente. En su testimonio ante la Comisión Especial de Anatomía de 1828, el cirujano Astley Cooper declaró que, en ese año, el precio de un cadáver era de unas ocho guineas, pero también que él había pagado anteriormente entre dos y catorce guineas. Otras personas afirmaron haber pagado hasta veinte guineas por cadáver. En comparación con los cinco chelines que podía ganar a la semana una tejedora de seda en el East End de Londres o la única guinea que cobraba un criado de una casa adinerada, aquellas eran sumas considerables de dinero, por lo que el robo de cadáveres era un negocio muy rentable. Los cirujanos del Royal College de Edimburgo se quejaron de que los resurreccionistas estaban especulando con los precios, sobre todo cuando la escasez local causaba que estos subieran. Un cirujano declaró ante la Comisión Especial que creía que los ladrones de cadáveres manipulaban el mercado en su propio beneficio. Sin embargo, no hubo críticas del «Club de Anatomía», un intento de los anatomistas de controlar el precio de los cadáveres para su beneficio.