La Colecta para sepultar el cadáver de Álvaro de Luna es un óleo sobre lienzo pintado en 1866 por José María Rodríguez de Losada y conservado en la actualidad en el Palacio del Senado de España, situado en la ciudad de Madrid.
Algunos autores lo consideran «uno de los más terroríficos cuadros de historia», aunque también llamó la atención en el pasado por sus anacronismos históricos.
Historia del cuadro Este cuadro obtuvo una mención honorífica en la Exposición Nacional de 1866, en la que participó. Y está documentado, por otra parte, que existe una réplica del lienzo realizada en 1886 y que según Valdivieso y Fernández López se halla en la colección Pérez Asencio de Madrid.
La obra fue adquirida en 1908, varios años después de la muerte de su autor, por el Senado de España por la cantidad de 4.800 pesetas.
Álvaro de Luna Álvaro de Luna nació en 1390, y además de ser el privado y favorito del rey Juan II de Castilla, fue condestable de Castilla, maestre de la Orden de Santiago, conde de San Esteban de Gormaz, y señor, entre otras, de las villas de Osma, Trujillo, Sepúlveda, Codosera, El Tiemblo, Fresno, Ayllón, Roa, Cuéllar, Maqueda, Montemayor, Ciria, Beteta, Torralba, Alba de Aliste, Jubera, Escalona y Cornago.thumb|230px|Retrato de Álvaro de Luna en el retablo de la capilla de Santiago. (Catedral de Toledo).
También fue camarero mayor en la Cámara de los paños, notario mayor de Castilla, gobernador de la Persona y Casa del Príncipe, alcaide de Alfaro, Clavijo, Priego, Alcalá la Real y Talavera, alcaide mayor entre cristianos y moros en los obispados de Córdoba y Jaén, etc.
La caída en desgracia del condestable ante Juan II de Castilla se produjo por la influencia que la reina Isabel de Portugal, enemiga acérrima del valido, ejercía sobre su esposo. El día 1 de junio de 1453, y después de su detención, al condestable se le trasladó a Valladolid, donde fue juzgado y condenado en un remedo de juicio que no fue más que una parodia de la justicia, y conviene añadir que el valido, en palabras de Ayala Martínez, fue «víctima de sus propios excesos, que pusieron en alerta la siempre sensible fibra nobiliaria».
Álvaro de Luna fue decapitado en la Plaza Mayor de Valladolid, recibiendo sepultura al principio en el convento de San Francisco de Valladolid y, varios años después, en la capilla de Santiago de la catedral de Toledo, que él había financiado y donde también serían enterrados su esposa y varios familiares suyos.
Este noble castellano es uno de los personajes de la Edad Media española que gozó de más fama entre los románticos, ya que numerosos artistas y escritores, como el duque de Rivas, Manuel José Quintana, Eugenio de Ochoa, Antonio Gil y Zárate o Manuel Fernández y González, se basaron en su vida a fin de penetrar en dos temas muy atractivos para el Romanticismo decimonónico, la «fatuidad» de la vida humana y el fuerte impacto que provoca en el hombre la muerte por causas violentas.
Descripción thumb|350px|Sepulcros del condestable Álvaro de Luna y de su esposa, Juana Pimentel, en la capilla de Santiago de la catedral de Toledo. El artista sevillano José María Rodríguez de Losada, a fin de proporcionar a su obra un toque de auténtica veracidad e incluso «respetabilidad» académica, escogió un fragmento del capítulo XIII de la Historia General de España, del padre Juan de Mariana, para explicar el significado de su cuadro:
La obra muestra la Plaza Mayor de Valladolid velada por un cielo «cubierto y tenebroso», en palabras de Wilfredo Rincón García. En el centro del lienzo aparece el patíbulo con un altar en el que se halla una pequeña escultura de Cristo crucificado entre dos velas, junto con un misal y una estola negra. El cadáver ya decapitado del condestable Álvaro de Luna aparece descansando inerte sobre el patíbulo mientras tres frailes se hallan rezando por su alma, hallándose uno de ellos de pie y los otros dos arrodillados. Y al mismo tiempo, un harapiento mendigo se inclina para depositar su limosna en una bandeja o recipiente colocado a los pies del difunto, cuya cabeza cercenada está colocada en una picota y sobre un letrero que reza la siguiente inscripción: «ESTA ES LA JUSTICIA / QUE TRAIDA HACER / EL REY NUESTRO Sr. / A ESTE CRUEL TIRANO».
En el ángulo inferior derecho del lienzo se halla la firma del autor: «Rodríguez de Losada».
Análisis de la obra thumb|385px|Ejecución de los comuneros de Castilla, de Antonio Gisbert. 1860. (Congreso de los Diputados de España). Este cuadro no carece de «interés», en opinión de algunos autores, y con total seguridad se encuentra entre los mejores de su autor. La obra está inspirada, en lo tocante a la elección del tema, en el Entierro de Álvaro de Luna, pintado en 1858 por Eduardo Cano de la Peña y perteneciente en la actualidad al Museo del Prado, con el que su autor consiguió la primera medalla en la Exposición Nacional de 1858, por lo que la muerte del infortunado Álvaro de Luna ya había llamado la atención entre el público de la época. Y en lo tocante a la composición o puesta en escena del cuadro, la obra se basa, en opinión de algunos eruditos, en la Ejecución de los comuneros de Castilla, ejecutado por Antonio Gisbert en 1860 y custodiado en la actualidad en el Palacio de las Cortes. Con esta obra Gisbert consiguió también la primera medalla en la Exposición Nacional de 1860, y la «poética fúnebre» del lienzo sin duda fue recreada por Rodríguez de Losada.
El crítico de arte José García, refiriéndose al cuadro que analizamos y a la Ejecución de los comuneros de Castilla, de Gisbert, llegó a afirmar en 1867 que, por lo que se refiere a la Colecta para sepultar el cadáver de Álvaro de Luna:
thumb|360px|La campana de Huesca. José Casado del Alisal. 1880. (Ayuntamiento de Huesca).
Los anacronismos arqueológicos de algunos de los elementos del cuadro, como el crucifijo, que llama la atención por no tener aspecto de corresponder a mediados del , momento en el que se produjeron los hechos representados, no impiden valorar positivamente, según algunos eruditos, los «valores» del lienzo, en el que Rodríguez de Losada acredita una relativa maestría a la hora de «dibujar y componer las figuras», inspirándose para ello en modelos de la Escuela sevillana de pintura, la ciudad natal del pintor. Y al igual que ocurre en otras obras de idéntica temática en el género de la pintura de historia, la teatralidad alcanza cotas elevadas en este lienzo gracias al efecto de la «luz tenebrosa» que confiere a todo el lienzo ese «ambiente tétrico» que lo caracteriza.
Llama la atención la obra por el propósito del autor de conseguir un fuerte impacto en el observador al mostrar en el lienzo la imagen más conmovedoramente «truculenta» del relato de la ejecución del condestable, pues puede verse la cabeza ya cortada y expuesta en la picota del ajusticiado y, al mismo tiempo, el hombre de aspecto humilde que se inclina para depositar su limosna. Y en relación con lo anterior, cabe señalar que José Benedicto, que fue crítico de La España en la época en que el cuadro fue pintado, mencionó la inclinación de Rodríguez de Losada por plasmar en sus obras esta clase de temas y «argumentos», lo que le llevó a afirmar que en la obra hay «demasiada verdad, de puro triste llega a hacerse repugnante, lo mismo en la idea que en la forma».El crítico de arte José García arremetió duramente contra esta obra de Rodríguez de Losada en 1867: «Volviendo al cuadro, si tratáramos exclusivamente de la disposición de las figuras, tendríamos algo que aplaudir como lenitivo de sus malas condiciones; pero según lo que al principio indicamos, no poco de esta disposición, y mucho del pensamiento, no es enteramente propio. Y triste es confesarlo: lo propio y exclusivo del pintor manifiesta la atmósfera ponzoñosa que respira lejos de las tradiciones del arte, dejando invadirse por el mal gusto y el barroquismo. Nadie habrá que descubra en este cuadro sino lamentables extravíos en la férrea dureza de tono, en la acentuación muscular de las carnes, en los defectos de dibujo y en el color apergaminado de todo. Dudamos que el Sr. Losada forme empeño en rehabilitarse marchando por opuesto camino; pero si así lo verificase, daría una señal de talento muy provechosa para su fama y para los que pudieran seguir tan perniciosa senda en el país donde vive, rodeado de imitadores que sin criterio ni examen aprenden lo que ven, alucinados por falsas apariencias de ejecución é ingenio de su modelo, ó por la turba de admiradores que, engañándose á sí mismos, lisonjean el amor propio de un autor de instintos artísticos con alabanzas tan exageradas como perjudiciales.». Cfr. García (1867), p. 81.
Véase también Palacio del Senado (España)
Referencias
Notas
Bibliografía
Enlaces externos Ficha del cuadro en la página web del Senado de España
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