El 18 de julio de 1936, un grupo de generales del Ejército da un golpe de Estado contra la Segunda República Española y su legítimo gobierno. Con el apoyo de las derechas, de las clases pudientes y de la iglesia, la sublevación tiene éxito en varias provincias, entre ellas Navarra y también en la mayor parte de Álava, en cuyas capitales había importantes cuarteles del Ejército y donde el tradicionalismo, que también se unió a la sublevación, tenía más arraigo. Por el contrario, Guipúzcoa y Vizcaya, y por lo tanto Las Encartaciones, permanecen fieles a la República y junto a Santander y Asturias quedan rodeadas de territorios controlados por los militares rebeldes. La situación de división se repite en el resto del Estado y ni gobierno ni insurgentes consiguen imponerse, lo que provoca el estallido la guerra.

Conviene aclarar que cuando se habla de Las Encartaciones se hace referencia al territorio que abarcan en la actualidad, aunque durante la guerra civil la comarca también comprendía las poblaciones de la margen izquierda del Nervión y de la Zona Minera, de ahí que puntualmente puedan aparecer pequeñas referencias a esos lugares.

Antecedentes Ilustración y guerras carlistas

Desde que el alumbró la Ilustración y la Revolución francesa un nuevo mundo con ideales más humanistas e igualitarios trató de ir abriéndose paso. La resistencia a ese cambio vino por parte de las monarquías absolutistas, de la nobleza, de la iglesia y en general de aquellos estamentos que vieron amenazados sus privilegios, pero también de la población más conservadora y apegada a la tradición para la que la modernidad significaba un claro cuestionamiento de sus dogmas y creencias. Un choque entre lo antiguo y lo nuevo, que con algunos matices, estuvo en la base de la mayoría de los conflictos del y también de los siglos venideros. Por ejemplo, en la España del , donde el enfrentamiento entre conservadores y liberales desembocó en varias guerras. Las conocidas como guerras carlistas, que también se dejaron sentir en Las Encartaciones, por ejemplo en Valmaseda, donde su viejo castillo medieval reconvertido en fuerte Isabelino sufrió el ataque de unos 14000 partidarios del archiduque Carlos en el año 1836. Así como en la famosa Batalla de Somorrostro de 1874. O en la sierra de la Celadilla, una cadena montañosa que comparten los municipios de Valmaseda y Zalla y que es fronteriza con Burgos, donde también hubo constantes combates entre 1875 y 1876 y que a día de hoy es uno de los escenarios de batalla carlista mejor conservados en todo el norte de la península (aún se pueden ver numerosas trincheras, restos de dos reductos defensivos, lugares donde se emplazaron piezas de artillería y todo ello en un paisaje que prácticamente no ha sufrido alteración alguna desde el final de la guerra).

Revolución industrial y lucha obrera thumb|300px|Embalse de Ordunte en construcción. Vista aérea (1929-1933)

A finales del las sociedades occidentales experimentaron fuerte desarrollo tecnológico y científico que permitió la puesta en marcha de nuevos modelos productivos basados en la mecanización y la producción en cadena. Habían llegado la Revolución Industrial y un nuevo sistema llamado capitalismo y con ellos, una cadena de transformaciones, económicas, políticas y sociales que generaron enormes tensiones. Primero entre los viejos poderes y una pujante burguesía que reclamaba su sitio, y a su vez, entre esa misma burguesía y una nueva clase trabajadora, que lejos de beneficiarse de las grandes riquezas que generó el despegue industrial, se vio condenada a la explotación y a unas condiciones de vida muy precarias. Una situación a todas luces injusta, que aceleró la toma de conciencia por parte del proletariado y que desencadenó el surgimiento un movimiento obrero que poco a poco fue organizándose y reclamando sus derechos, a la vez que desarrollaba diferentes teorías políticas, entre las que destacaron las de corte revolucionario. Este proceso de industrialización tuvo sus particularidades en la zona encartada. Mientras que a los pueblos de La Ría, como Santurce, Portugalete, Sestao, o Baracaldo llegaron las grandes fábricas siderúrgicas y de construcción naval, en la cuenca del río Cadagua, es decir, en Valmaseda, Aranguren o Sodupe, se fueron implantando empresas más modestas como La Papelera Española y Boinas La Encartada en 1892, el ferrocarril de La Robla en el 1894, o la Conchita en 1903. Por otra parte, con el descubrimiento de grandes filones de hierro en los Montes de Triano en 1865, municipios como Trapaga Gallarta, Musques, Sopuerta, Galdames, o el barrio de Saratxo en Zaramillo, se convirtieron en importantes núcleos mineros. Sin embargo, Carranza, Trucíos, Arcentales o Lanestosa continuaron teniendo un perfil más rural. En medio de ese despegue industrial, un elemento que dio un impulso notable al movimiento obrero de la zona fue la construcción del Pantano de Ordunte, en el cercano valle burgalés de Mena.

El proyecto arrancó en 1929 y empleó a 400 trabajadores venidos de diferentes puntos del estado, muchos de ellos militantes de diversos sindicatos y organizaciones de izquierdas. A medida que la obra avanzaba fueron sucediéndose los accidentes y varios trabajadores murieron por deslizamientos de tierra o por voladuras incontroladas. Las protestas no se hicieron esperar y las duras huelgas para lograr condiciones de trabajo más seguras fueron un ejemplo para los obreros de los de los alrededores. Finalmente, la presa fue inaugurada por Indalecio Prieto en 1933.

Los nacionalismos thumb|220px|Actos nacionalistas publicados en prensa escrita Las disputas entre nacionalismos fueron otro elemento de tensión importante que sin duda, contribuyeron al estallido de la guerra civil. El nacionalismo surgió en el junto a un nuevo concepto de nación y en sus inicios fue un pensamiento liberador, que reclamó soberanía para el pueblo y que abogó por la conformación de estados democráticos frente al poder de las monarquías. Posteriormente fue evolucionando y dando lugar a muchas y muy distantes corrientes de pensamiento que abarcaron, desde sensibilidades más humanistas, incluyentes o solidarias hasta otras más reaccionarias, o incluso totalitarias.

La aparición del nacionalismo en España estuvo inicialmente vinculada a posiciones liberales y a intentos modernizadores del país. Sin embargo, el paso del tiempo hizo que las posturas más conservadoras, más cercanas a la tradición y a lo religioso, fuesen imponiéndose y configurando un nacionalismo español excluyente, centralizador y a menudo beligerante con las minorías nacionales. Posiblemente esa deriva autoritaria y esa falta de sensibilidad hacia las diferentes nacionalidades del Estado fueron las que precipitaron el nacimiento de nacionalismos periféricos. En el caso vasco, el punto de inflexión llegaría con la fundación del PNV de Sabino Arana en 1895. Un partido que nació con planteamientos raciales y etnicistas pero que en poco tiempo evolucionó hacia planteamientos más abiertos e integradores y del que fueron saliendo militantes, corrientes y escisiones cada vez más la izquierda y cada vez más alejadas de lo religioso. Como, por ejemplo, Aberri, Jagi-Jagi, ANV, Ekin o más adelante la Izquierda Abertzale.

El PNV recogió las aspiraciones políticas de buena parte de la población vasca que hasta entonces habían sido representadas por el foralismo de los carlistas y arraigó con gran fuerza en Las Encartaciones. Ejemplo de ello fueron las aperturas de grandes batzokis o sedes como la de Zalla en 1932, que además de contar con un bar, cine y bolera, organizaba clases de euskera, teatro, cursos de danzas, etc. O también, la organización de una fiesta de Juventud Vasca en Valmaseda con un extenso programa, en el que no faltaron mitin, comida y romería.

Así, en la España previa a la guerra civil, convivieron diferentes sentimientos de pertenencia nacional que fueron colisionando progresivamente. Por una parte, había un nacionalismo español que ponía todo tipo de trabas a las aspiraciones de las minorías nacionales y que alertaba constantemente sobre el peligro de desmembración del país, y por otra, estaban el nacionalismo vasco, catalán y en menor medida el gallego, que reivindicaban cada vez más activamente sus derechos políticos, culturales y lingüísticos.

Revolución de Octubre En 1931 llega la Segunda República y el final de la monarquía de Alfonso XIII. Eibar pasaría a la historia por ser la primera localidad del Estado en proclamar el nuevo régimen, pero sorprendentemente, recientes investigaciones han descubierto que la pequeña localidad encartada de Galdames pudo adelantarse al pronunciamiento de la ciudad armera. Entre otras cosas, el triunfo de La República trajo mejoras para los trabajadores, una reforma agraria, la separación entre la iglesia y el estado, el voto femenino, una reducción del ejército, cierto reconocimiento de las nacionalidades del estado y un ambicioso plan educativo que acercó la cultura a las clases populares.

Durante el llamado bienio negro en el que la derecha recuperó el poder y gobernó la República, los avances de la izquierda fueron derogados y se desencadenó la “Revolución de Octubre” o Revolución de Asturias de 1934. Un movimiento huelguístico protagonizado por partidos y sindicatos de izquierdas que principalmente tuvo éxito en Asturias, pero también en algunas localidades de la margen izquierda del Nervión (por ejemplo, en Portugalete) y en la zona minera de Vizcaya, incluyendo a los municipios encartados de Sopuerta y Galdames.

El levantamiento fue duramente reprimido por el Ejército, especialmente en Asturias donde las tropas comandadas por un joven oficial llamado Francisco Franco cometieron todo tipo de desmanes. En el caso de Las Encartaciones, los militares enviaron a la aviación para bombardear La Arboleda causando la muerte de un vecino de Galdames, tomaron varios ayuntamientos, inhabilitaron corporaciones como la de Sopuerta, cerraron sedes de partidos y sindicatos de izquierdas (e incluso algún batzoki) y reprimieron y encarcelaron a militantes de izquierdas.

Con todos esos elementos colisionando la alternancia entre periodos conservadores y progresistas e incluso los cambios de sistema fueron constantes, tanto en España como en el resto de Europa. Así llegaron la Iª Guerra Mundial, derrocamientos de monarquías y gobiernos, restauraciones, revoluciones como la rusa, nuevas constituciones, dictaduras al estilo de la de Miguel Primo de Rivera, o el auge de los fascismos y de sus ideas totalitarias.

En el Estado español, las diferencias de mentalidad, sociales y políticas lejos de igualarse, fueron creciendo y conformando poco a poco dos bandos antagónicos, que, generalizando, presentaban el siguiente perfil. Por un lado, existía una clase más apegada a la tradición, más conservadora y religiosa, con mayor implantación en el mundo rural, más cercana a las elites gobernantes y con fuerte sentimiento nacionalista español. Y por el otro lado había un sector más urbano, de extracción más humilde y popular, vinculado al trabajo industrial, con planteamientos más modernos, con valores más democráticos e igualitarios, con convicciones laicas, que exigía más derechos sociales y laborales, que defendía otro rol para las mujeres, y que mostraba mayor respeto hacia las minorías nacionales, su lengua y su cultura.

La guerra en Euskadi thumb|300px|Nido de ametralladoras del Cinturón de Hierro de Bilbao, en las peñas de Santa Marina (1937).