Cine LGBT+ en Argentina se refiere a las películas realizadas en Argentina con temáticas relacionadas con la homosexualidad, el lesbianismo, la identidad de género, la intersexualidad, el poliamor, las identidades queer y en general las disidencias sexuales y de género, desde una mirada no homofóbica/transfóbica, ridiculizadora o discriminadora. Hasta la década de 1960 las películas que incluían personajes LGBT+ lo hacían desde una mirada peyorativa y de rechazo, con la excepción de Esta es mi vida (1952), protagonizada por Miguel de Molina, primera película LGBT+ argentina. A partir de la década de 1960 aparecen algunas películas que tratan temáticas e incluyen personajes LGBT+, con miradas no peyorativas, pero sin nombrar sus identidades y orientaciones. Luego de reconquistada la democracia en diciembre de 1983, se multiplican las películas LGBT+, en las que se nombran las orientaciones y géneros LGBT+, pero aún subsisten discursos invisibilizadores o patologizadores. Se destaca El beso de la mujer araña (1985), ganadora de varios premios internacionales, incluyendo el Oscar. A partir del año 2001 el cine LGBT+ argentino cubre una amplia gama de diversidades sexuales y de género, destacándose internacionalmente.

Antes de 1960 thumb|250px|La primera película LGBT+ realizada en la Argentina desde una visión positiva es Esta es mi vida (1952), dirigida por el uruguayo/argentino Román Viñoly Barreto sobre el guion de Carlos A. Petit, que tuvo como protagonistas al célebre bailarín español Miguel de Molina, expulsado de España por homosexual.

La primera película LGBT+ realizada en la Argentina desde una visión positiva es Esta es mi vida (1952), dirigida por el uruguayo/argentino Román Viñoly Barreto sobre el guion de Carlos A. Petit, que tuvo como protagonistas al célebre bailarín español Miguel de Molina, acompañado por Diana Maggi, Maruja Montes, Fidel Pintos, Adolfo Stray y la debutante Egle Martin, elegida por el propio Molina. Molina había sido torturado y expulsado de España por el franquismo, debido a la exhibición pública de su homosexualidad y su adhesión a la causa republicana. En esa situación le escribió una carta a Eva Perón, por entonces primera dama del país, solicitándole asilo, quien de inmediato le abrió las puertas del país. Molina fue el primer artista de habla española cuya homosexualidad es públicamente conocida, razón por la que estaba también censurado en México. «Abrió un camino estético y performativo fuera de dicha práctica que sería continuado durante décadas por otros intérpretes» para visibilizar la homosexualidad. El propio Miguel de Molina en su autobiografía relata cuando una persona del aristocrático Barrio Norte le deseó la muerte por «maricón y peronacho». La película utiliza «múltiples formas narrativas y estéticas en las que lo queer está presente».

thumb|left|Mirtha Legrand y Fernando Lamas en Vidalita (Luis Saslavsky, 1949). El capitán que interpreta Lamas se enamora del personaje de Legrand creyéndolo varón, en escenas de fuerte carga homoerótica como en la que este se baña.

Pero más allá de la excepcionalidad de la figura de Miguel Molina, el cine argentino de la época abordó la presencia de personas de sexualidades disidentes, oscilando entre la invisibilidad, la caricatura, el desdén, o la denuncia de inmoralidad. «El imaginario social parecía no admitir la dicha para los del mismo sexo». De los años '50 data el inicio de la relación sexo-amorosa mantenida en secreto entre los cineastas Fernando Ayala y Héctor Olivera, quienes fundaron en 1956 la productora Aries Cinematográfica Argentina y realizaron gran cantidad de películas con temáticas o escenas LGBT+. Entre ellas se encuentran El jefe (1958), en el que una patota de varones le pinta forzadamente senos a otro hombre, por no tener sus mismos códigos de virilidad.

El cine del período clásico incluyó también representaciones veladas de la homosexualidad, revalorizadas por la crítica posterior. El caso más señalado es Vidalita (Luis Saslavsky, 1949), una opereta folklórica en tono burlesco protagonizada por Mirtha Legrand como una joven que se traviste de gaucho para ser aceptada por su abuelo y que, en su papel masculino, termina enamorando al capitán de un fortín interpretado por Fernando Lamas, quien está dispuesto a casarse con ella sin saber si es varón o mujer. Aunque no fue la primera película argentina en recurrir al travestismo femenino —precedida por comedias como La estancia del gaucho Cruz (1938) y Luisito (1943)—, llevó esa transgresión más lejos. Según Emilio Bernini, en el marco restrictivo del cine industrial Saslavsky «encuentra la posibilidad de expandir casi sin limitaciones una retórica del sobreentendido, de la alusión doble, del equívoco», que configura una representación velada del amor y el deseo entre varones. La película fue un fracaso de taquilla y recibió duros ataques de la crítica oficialista, que la acusó de traicionar el estereotipo nacional, pero con el tiempo fue redescubierta como obra transgresora y considerada precursora del cine queer argentino. Para Adrián Melo, «probablemente no haya en la cinematografía argentina —ni anterior ni posterior— nada tan deliciosamente erótico y transgresor en relación con las disidencias sexuales ni tan subversivo al meterse con dos tópicos fundantes de la nacionalidad y la masculinidad hegemónica local: ser gaucho y ser soldado».

Décadas de 1960 y 1970 thumb|250px|La célebre travesti francesa Coccinelle, una de las primeras en operarse para cambiar de género, visita la Argentina en 1962 y actúa en la película Los viciosos, de Enrique Carreras, causando un efecto profundo en la población y en la comunidad «marica», estableciendo un modelo de mujer travesti. thumb|250px|La relación entre las personajes de Isabel Sarli y Alba Mujica en Fuego (1969) fue una de las primeras representaciones de lesbianismo en el cine argentino.

Ayala y Olivera estrenan Huis Clos (A puerta cerrada) (1962), que protagoniza una mujer lesbiana cuyo deseo no se detiene ni con la muerte y que por su temática lésbica -elevada a la categoría de tabú- se volvió una película maldita. En 1963 realizan Primero yo, cuyo título alternativo fue Machito, sobre un hijo que desea ser bailarín y debe enfrentar la oposición de su padre, donde retrata la comunidad LGBT+ relacionada con las artes y la danza de Buenos Aires, «sin caricatura, sin burla, por primera vez en el cine argentino».

Los medios de comunicación, así como el teatro y el cine jugaron un papel relevante en la difusión de las posibilidades de los nuevos tratamientos hormonales y quirúrgicos para transformar los cuerpos. La llegada a la Argentina en 1962 de Coccinelle, una de las primeras mujeres trans del mundo, obró como un disparador, tanto de la decisión de miles de personas trans de iniciar tratamientos hormonales y quirúrgicos para transformar sus cuerpos, como de orientar su deseo hacia un nuevo modelo de género transexual, vinculado al mundo del espectáculo, principalmente como vedette.

Coccinelle actuó en el Teatro El Nacional, una de las sedes de la revista porteña, y protagonizó un breve cuadro musical en la película Los viciosos, de Enrique Carreras, en el que también recibe con una muñeca en brazos a algunos periodistas que le preguntan si no era algo infantil y ella responde: «como mujer tengo sólo cuatro años».

Malva, una «maricona» chilena que había migrado a Buenos Aires en 1943 recuerda ese momento con estas palabras:

Entre las representaciones destacables del período se encuentran los personajes de Jaime y Santini en La tregua (Renán 1974), el personaje protagónico de La Raulito (Murúa 1974), el homoerotismo de los hermanos Nilsen en La intrusa (Christensen 1979), algunas escenas lésbicas en Piedra libre (Torre Nilsson 1976) o en Tres veces Ana (Kohon 1961), y ya finalizando la dictadura y el período, el importante personaje gay de Pablo, en Señora de nadie (Bemberg 1982).

En 1972 se estrenó la película Las píldoras, una comedia argentina dirigida por Enrique Cahen Salaberry, con Susana Brunetti y el comediante Darío Vittori, donde actúa también Vanessa Show, la primera vedette travesti argentina, en un momento de emergencia de «la travesti» como una identidad de género autopercibida.

En 1975 se realizó la película Mi novia el travesti, dirigida por Enrique Cahen Salaberry y protagonizada por Alberto Olmedo, que sufrió la censura al ser reemplazado el actor/actriz trans Jorge Pérez Evelyn por Susana Giménez, modificado el título por Mi novia el..., y eliminando el final, por otro heterosexual, con el argumento oficial del gobierno que "en la Argentina no existe el travestismo”. La película formaba parte de un género de la picaresca argentina surgido en esos años y promovido por la pareja artística y romántica que formaban Ayala-Olivera, que incluía gran cantidad de personajes LGBT+, «y si bien se pueden juzgar muchas de ellas con una dimensión ofensiva, hay ciertas desviaciones valiosas». La película fue un éxito de taquilla.

Las películas de este período incluyen personajes y performatividades disidentes, pero sin ser nombradas como homosexuales, lesbianas o trans. No están prohibidos ni ridiculizados, pero tampoco son nombrados. Concluye Olivera entonces que la opresión se produce precisamente por el hecho de su «innombrabilidad», que se corresponde con el hecho de «impensabilidad». «Esta 'innombrabilidad' de las sexualidades no heteronormativas, tanto como categorías identitarias como así también tipo de vínculo entre personajes o incluso como prácticas sexuales, parece ser una constante hasta mediados de los años ochenta».

Democracia y visibilidad 250px|thumb|Victor Laplace interpreta el papel de Marcelo, un hombre gay que tiene una relación amorosa con un hombre recién separado, en Adiós, Roberto (Enrique Dawi, 1985). La reconquista de la democracia dos años antes abrió un lento camino a la aceptación las diversidades sexuales y de género. thumb|250px|Héctor Babenco, director la multipremiada El beso de la mujer araña (1985). thumb|miniaturadeimagen|Marcelo Piñeyro, director de una de las películas LGTB de mayor impacto en Argentina: Plata Quemada (2000)

La reconquista de la democracia a partir de diciembre de 1983, abrió un período continuado de libertad que permitió la organización de los colectivos LGBT+, la despatologización y descriminalización de las sexualidades disidentes, la progresiva conquista de derechos y un cambio en los valores culturales en dirección a aceptar las diversidades sexuales y de género. En ese contexto «la visibilidad se convirtió en una de las agendas políticas explícitamente centrales del movimiento LGBT argentino a partir de principios de los años noventa (Moreno, 2008:217, 226-240)».

Adiós, Roberto (Enrique Dawi, 1985) es una película dramática en la que Roberto, un hombre separado de su mujer, necesita buscar un refugio y lo encuentra en casa de Marcelo con el que traba una buena amistad aunque ignora su homosexualidad. Después de una noche de fiesta ambos hombres mantienen relaciones sexuales, debiendo enfrentarse posteriormente a sus sentimientos e identidad sexual, pero finalmente Roberto decide volver con su esposa y su hijo.

Otra historia de amor (Américo Ortiz de Zárate, 1986) no solo fue una de las primeras «películas gay», sino que fue la primera en ser televisadas en Argentina, aunque censurada parcialmente. Cuenta la historia de un hombre casado y con dos hijos que se enamora de su jefe.

En ambas películas el personaje gay adopta una masculinidad tradicional, que busca por un lado ganar en autenticidad y «naturalidad», pero a expensas de postergar los estilos homosexuales que entran en colisión con el binarismo de género, tendiendo así a «fijar lo gay en una masculinidad sedimentada por la heteronormatividad, privando así a las homosexualidades masculinas de toda visibilidad queer».