thumb|El gran día de Gerona por Ramón Martí Alsina (1863-1864). Cuadro de enormes dimensiones que representa un episodio del Sitio de Gerona en el que los defensores de la ciudad (a la izquierda) con el general Mariano Álvarez de Castro al frente (en el centro) logran hacer retroceder a las tropas francesas (a la derecha). Era el 19 de septiembre de 1809, "el gran día de Gerona". La ciudad logró resistir tres meses más hasta que capituló el 10 de diciembre.

Cataluña napoleónica se refiere al periodo de la historia de Cataluña en la que estuvo ocupada por los ejércitos del Imperio napoleónico en el contexto de la Guerra de la Independencia española (en Cataluña denominada «la Guerra del Francès») y del reinado de José I de España.

Cataluña fue la zona de la península Ibérica que más tiempo estuvo bajo la ocupación francesa, aunque «sin haberlo estado nunca del todo ―lo más frecuente era que dominaran las villas y ciudades, pero no las zonas rurales: así sucedía en Barcelona donde el control efectivo por parte de los franceses no acostumbraba a pasar de la línea del Llobregat, dejando los pueblos a la derecha del río en manos de los “patriotas”― con la consecuencia de encontrarse constantemente en pie de guerra y de sufrir mayores destrucciones que cualquier otra "provincia" de la monarquía».

Cataluña también fue el territorio peninsular español en el que mayor unanimidad se registró en contra de la ocupación. Entre las clases populares esto se debió, según Josep Fontana, a una mezcla de motivos: «el odio tradicional al francés, el malestar ante una situación de crisis ―que enlaza con la creencia de que el buen rey ausente puede retornar las cosas al estado en que estaban en un pasado más feliz―, el apoyo dado por la Iglesia, de la que hace una guerra santa, y todavía por motivaciones de ganancia o de venganza mucho más próximas e inmediatas». En una canción popular se decía: Napoleón «és un dimoni, y és menester fer-li creus; és barbut com una cabra, y pelut de cap a peus» (Napoleón ‘es un demonio, y es menester hacerle cruces; es barbudo como una cabra, y peludo de pies a cabeza’).

Josep Fontana señaló en 1988 la paradoja de que «contra lo que parecería normal, la Cataluña napoleónica ha recibido bastante más atención de los investigadores que la de los patriotas», y a ello a pesar de que «los cambios políticos y administrativos del régimen napoleónico han resultado intranscendentes: han sido reformas “de papel”, que no han podido aplicarse en un país que los franceses no ocupaban eficazmente y por no haber influido apenas en el futuro», a diferencia de «los intentos de reforma del bando "patriota" [que] han sido una de las bases de los replanteamientos formulados en España después de 1814: una fuente de experiencias y un legado de proyectos que ha fructificado en la obra del liberalismo».

Invasión y resistencia (1808-1809) thumb|El general Guillaume Philibert Duhesme entró en Cataluña el 9 de febrero de 1808 al frente de las primeras tropas francesas que la ocuparon bajo la cobertura del Tratado de Fontainebleau firmado en noviembre de 1807 por los representantes del rey Carlos IV de España y el emperador de los franceses Napoleón Bonaparte. Con el pretexto de impedir un desembarco inglés en Andalucía y bajo la cobertura del Tratado de Fontainebleau, un ejército imperial al mando del general Guillaume Philibert Duhesme entró en Cataluña el 9 de febrero de 1808 ―le seguirían otros tres ejércitos más―. El 13 de febrero unos 5000 hombres y 1800 caballos entraban en Barcelona, siendo bien recibidos tal como se había ordenado desde Madrid. Pero la situación comenzó a complicarse cuando dos días después entraban en la ciudad 4000 hombres más, sin que las fuerzas francesas mostraran ninguna disposición para abandonar Barcelona y dirigirse a Cádiz, tal como habían prometido sus mandos, pero sobre todo cuando el 29 de febrero los franceses ocupaban la fortaleza de la Ciudadela y el castillo de Montjuic, con la anuencia del capitán general de Cataluña José de Ezpeleta y Galdeano, nombrado por Carlos IV. Ya en los días anteriores se habían producido incidentes entre los barceloneses y las tropas imperiales, pero a partir de entonces se incrementaron los enfrentamientos. Como ha señalado Josep Fontana, la situación en las semanas siguientes, de marzo a junio, «fue extraña y difícil: unas tropas teóricamente aliadas, mantenidas por el Ayuntamiento, ocupaban los puntos fuertes de Barcelona, mientras el capitán general daba órdenes por tal de calmar la agitación popular contra estos visitantes que se convertían en claramente ocupantes».

Cuando se conoció el destronamiento de Fernando VII por las «Abdicaciones de Bayona» estalló la insurrección antifrancesa, como ya estaba ocurriendo en otros lugares de España. El 2 de junio se constituía en Lérida la primera autoridad «insurrecta», encabezada por el obispo y denominada Junta de Gobierno y Defensa, pero nacida de la presión popular que exigía a las autoridades que declararan si querían «seguir lo partit español, com lo mateix poble ho reclamaba» (‘seguir al partido español, como el mismo pueblo lo reclamaba’). En los días siguientes se formaron juntas similares en las principales localidades de Cataluña, constituyendo así «una especie de tejido de gobierno alternativo al de las autoridades que habían permanecido fieles a Madrid, controlado por los franceses». El proceso culminó con la constitución de una Junta Superior de Cataluña el 18 de junio con sede en Lérida y presidida por el obispo de la ciudad Jerónimo María Torres, y con delegados de diez corregimientos. Unos días antes habían tenido lugar las dos batallas del Bruc (6 y 14 de junio) en las que las tropas imperiales habían sido derrotadas por los «patriotas», nombre con el que empiezan a conocerse a los que se oponen a la ocupación y a la monarquía de José I Bonaparte. Los partidarios de esta, muy escasos en Cataluña, serían conocidos como «afrancesados» ―los más destacados fueron Tomàs Puig y José Garriga Buach―. Como ha señalado Fontana, «los incidentes de los primeros momentos se habían transformado ya en una guerra a gran escala».

La situación dio un vuelco cuando se conoció la derrota francesa en la batalla de Bailén (19 de julio de 1808) que obligó a José I Bonaparte a abandonar precipitadamente Madrid y que en el ámbito catalán tuvo su correspondencia en el fracaso del sitio de Gerona por las tropas de Duhesme, lo que supuso que ni siquiera las comunicaciones con Francia estuvieran aseguradas. En noviembre las tropas del nuevo capitán general de Cataluña Juan Miguel de Vives sitiaron Barcelona, mientras la ciudad era bombardeada desde el mar por la flota británica, pero al mes siguiente el sitio era levantado por un ejército francés al mando del general Laurent de Gouvion-Saint-Cyr, que formaba parte de la ‘’Grande Armée’’ a cuyo frente se había puesto el propio Napoleón para restablecer en el trono a su hermano José I Bonparte ―lo que consiguió tras su entrada en Madrid el 4 de diciembre de 1808―. Vives fue derrotado en las batallas de Cardedeu y de Molins de Rey.

Al año siguiente los franceses fracasaron en su intento de tomar Tarragona, defendida por las fuerzas al mando de Teodoro Reding, pero tras un largo asedio consiguieron la redición de Gerona en diciembre, con lo que pudieron restablecer las comunicaciones con Francia. Mientras tanto en el lado «patriota» la guerrilla comenzaba a tener cada vez más peso, dándose la paradoja de que mientras esta incrementaba sus filas había una tenaz resistencia a alistarse en el ejército regular.

También se formaron partidas favorables a los ocupantes, denominadas de «caragirats» (‘traidores’), que contaron con el apoyo y la protección de las tropas francesas y que en ocasiones actuaron junto a éstas en la persecución y represión de los «patriotas». Las partidas más conocidas de caragirats fueron las encabezadas por Ramon Ciré, el Rajoler ―«una banda de treinta y tres criminales que operaba en torno de Riudoms», según Josep Fontana―; por Joan Serra ―«que aterrorizó las tierras tarraconenses»―; y por Josep Pujol i Barraca, Boquica ―«reorganizó su grupo, ahora con el nombre de "Caçadors distinguits de Catalunya" (‘Cazadores distinguidos de Cataluña’) y con la finalidad de perseguir guerrilleros y de obligar a los pueblos a pagar las contribuciones. […] Estos hombres ganaron una triste fama por la práctica frecuente de robos, violaciones y asesinatos»―. Después de la marcha de los franceses tanto Serra como Boquica acabaron siendo ahorcados, el primero en Valls en diciembre de 1815 y el segundo en Figueras unos meses antes.

Según Josep Fontana, durante este primer periodo de la Cataluña napoleónica (1808-1809) no se puede hablar «más que de un régimen de ocupación militar, en que la preocupación dominante es la de obtener, recurriendo si hacía falta a la violencia, los recursos necesarios para el mantenimiento del ejército francés y para la continuidad de la guerra». De hecho las autoridades militares francesas tardaron en proclamar la soberanía de José I Bonaparte y este no enviaría un Comisario Regio para Cataluña, el médico afrancesado José Garriga Buach, hasta marzo de 1809. Entró en territorio catalán vía Perpiñán, ya que entonces no había comunicación directa con Madrid, y se estableció en Figueras, pero no pudo extender su precaria autoridad más allá del Ampurdán ya que no obtuvo la colaboración de las autoridades militares francesas, que se contentaban con organizar mero actos protocolarios de juramento al rey José I. En la primavera de 1809 se descubrió una conspiración de un grupo de «patriotas» de Barcelona que pretendían apoderarse de los fuertes de la ciudad y poner fin así a la ocupación francesa. Cinco de sus cabecillas fueron ejecutados en la Ciudadela y unas semanas más tarde lo serían también tres jóvenes menestrales por haber tocado las campanas de la catedral llamando al somatén el día en que aquellos fueron ajusticiados.

Instauración del gobierno militar y ocupación total de Cataluña (1810-1812) Sin consultar con su hermano, el rey de España José I Bonaparte, el emperador de los franceses Napoleón promulgó un decreto el 8 de febrero de 1810 por el que ponía bajo su jurisdicción directa las «provincias» españolas a la izquierda del río Ebro lindantes con Francia ―Cataluña, Aragón, Navarra y Vizcaya (que incluía también Guipúzcoa y Álava)― y que por ello a partir de entonces estarían regidas por comandantes militares franceses y sus impuestos y contribuciones irían directamente «a la Caja del Ejército ocupante». En una carta anterior Napoleón ya había manifestado a su mayor general para el ejército de España, Berthier, su malestar por los enormes gastos que le estaba causando la guerra. Pocos días antes de firmar el decreto Napoleón había incorporado al reino de Holanda al Imperio.

thumb|Retrato del mariscal Augereau por Robert Lefevre (1805). Augereau fue nombrado por Napoleón gobernador de Cataluña. Durante su breve mandato el catalán fue la lengua oficial junto con el francés, en detrimento del castellano. Actuando por completo a espaldas de su hermano, Napoleón nombró al mariscal Augereau gobernador de Cataluña, al mariscal Suchet de Aragón, al general Dufour de Navarra y al general Thouvenot de Vizcaya, dejándoles claro que solo rendirían cuentas ante él ―sus comunicaciones serían estrictamente confidenciales― y que todos los ingresos obtenidos en estas «provincias» irían a parar directamente a las arcas del ejército ocupante. A Augureau le ordenó que en Cataluña, cuyas comunicaciones directas con Madrid estaban interrumpidas desde el principio de la guerra, estableciera «una administración provisional» y que allí hiciera «enarbolar en lugar del español, el estandarte francés y el catalán». «Ni el rey [José I] ni sus ministros no tienen nada que ver en Cataluña», le advirtió el emperador. También le dijo que debía «obrar con la idea que quiero reunir esta provincia a Francia».