El aislamiento durante la menstruación, también llamado aislamiento o retiro menstrual, es una práctica cultural que consiste en que las mujeres se aíslen socialmente durante su menstruación. En algunos casos llega a considerarse una forma de exilio temporal. La reclusión se lleva a cabo normalmente en una estructura construida especialmente para este fin denominada cabaña o choza menstrual, casa de reclusión, casa de aislamiento o directamente casa menstrual. Se estima que el de las sociedades preindustriales utilizaron algún tipo de cabaña de menstruación. Otra práctica afín es la segregación para el momento del parto y en el periodo postnatal.

Los orígenes y funciones aún son objeto de debate e investigación. Como denominador común, las culturas que lo practican atribuyen a la sangre menstrual poderes espirituales, o la capacidad de generar daño a los varones, traer enfermedades, desgracias o la muerte a todo aquel que tenga contacto con esta. Al ser considerada por algunos sistemas de creencias una «sustancia contaminante» capaz de afectar negativamente a la comunidad, el aislamiento social constituye el nivel más severo de los tabúes menstruales y supone un ritual de purificación y de contención simbólica del poder de esta sangre. A su vez, las cabañas de menstruación pueden ser espacios donde hospedar el rito de paso de la niñez a la adultez, evento que en las niñas inicia con la menarquia: durante el periodo de aislamiento se las instruye en saberes y conocimientos para su rol en la vida adulta.

La interpretación dominante del aislamiento, junto a otros tabúes menstruales, es negativa. Existen iniciativas gubernamentales y sociales con el objetivo de modificar los rituales o erradicarlos, como en el caso de India con políticas de modernización de edificios que hospedan el gaokor, y Nepal, que en 2017 ilegalizó el chhaupadi. Estos dos tipos de aislamientos generaron un número de víctimas fatales por la precariedad de las chozas de menstruación, que exponen a las participantes a las inclemencias del clima, la falta de alimentos y a ataques de animales. Bajo estas condiciones se considera que la práctica va en detrimento de la salud física, mental y emocional de la mujer. A su vez, el temor de la comunidad a su estado de impureza impide que la asistan en caso de que suceda una emergencia mientras aún sangre. El Fondo de Población de las Naciones Unidas considera que la segregación social durante la menstruación promueve estigmas e ideas negativas sobre este proceso fisiológico. En otros casos, se discute que el aislamiento menstrual se relaciona con creencias espirituales y tiene asociado un potencial beneficio para la mujer. El enfoque desde las creencias nativas norteamericanas sobre la reclusión difiere del análisis europeo–estadounidense, y considera al retiro menstrual un «reconocimiento del poder de las mujeres y un mecanismo para contener sus potenciales fuerzas negativas». Las comunidades judías que obedecen las leyes niddah de aislamiento ven en su práctica una manera de expresar su identidad religiosa y ayuda a promover un sentido de pertenencia. Alma Gottlieb y Thomas Buckley en su libro Blood Magic: The Anthropology of Menstruation de 1988, tras el estudio del sistema de tabúes menstruales en diferentes culturas, les asignaron significados «ambiguos, polivalentes, y a menudo ambivalentes».

Descripción y estudio El aislamiento durante la menstruación es una práctica cultural que promueve la segregación de las mujeres a partir de su menarquia del resto de la sociedad. La duración es variable, desde los días que dure estrictamente el sangrado, hasta periodos más prolongados. Por lo general, se lleva a cabo en una estructura construida especialmente para este fin denominada cabaña o choza menstrual, casa de reclusión, casa de aislamiento o directamente casa menstrual. Supone un ritual de purificación y de contención simbólica de esta sangre, considerada por algunos sistemas de creencias una sustancia «contaminante» que puede afectar a la comunidad.

La presencia de tabúes menstruales, particularmente de formas de aislamiento durante el sangrado, son más habituales en sociedades matrilocales. Otras actividades realizadas en las casas de menstruación son rituales relacionados con la reproducción femenina, la pubertad, de purificación y como lugar para hospedar el parto. Se estima que el de las sociedades preindustriales utilizaron algún tipo de cabaña de menstruación. Si ya se practicaba desde la prehistoria tardía, se estima que entre un octavo y un décimo de las mujeres del sudeste norteamericano podían encontrarse aisladas en cualquier momento. La frecuencia de la menstruación y, por consiguiente de la segregación, es variable. En sociedades preindustriales el aislamiento era esporádico ya que las mujeres presentaban una mayor tasa de embarazos y tiempos prolongados de amamantamiento (que puede provocar amenorrea lactacional), por lo que el sangrado no era un acontecimiento mensual y recurrente. Contrariamente, en sociedades modernas el uso de anticonceptivos hormonales y la elección de la mujer de desarrollarse profesionalmente antes que un matrimonio a temprana edad, son factores que inciden en la regularidad de los ciclos menstruales. Por ejemplo, las mujeres beta israel pueden practicar el aislamiento con mayor frecuencia en Israel que en su natal Etiopía.

Debido a la estricta segregación entre hombres y mujeres que establecen las cabañas de menstruación, y al tabú que representa el ingreso de varones, la observación etnográfica de este fenómeno estuvo condicionada por el sexo de los antropólogos que las describieron en los siglos y . En algunos casos se limitaban al exterior visible de las estructuras, como en los escritos de George Musters sobre el pueblo tehuelche/patagón de la Patagonia, por lo que muchos de los ritos practicados en el interior y sus funciones sociales aún son objeto de debate. De acuerdo con Patricia Galloway, debido a que la menstruación supone también un tema tabú en sociedades occidentales modernas, el modelo arqueológico de su estudio puede estar condicionado por una mirada etnocéntrica que cataloga al fluido como «contaminante» y «peligroso». Esto conlleva a que el tema sea ignorado en los registros arqueológicos y las hipótesis partan de un sesgo negativo occidental. La interpretación dominante sobre tabúes menstruales y la noción de «contaminación menstrual» es negativa. Alma Gottlieb y Thomas Buckley, en su libro Blood Magic: The Anthropology of Menstruation de 1988, propusieron un acercamiento diferente para el estudio del sistema de creencias sobre menstruación. Tras contrastar el valor simbólico de la sangre menstrual y su rol en la regulación social en diferentes culturas, concluyeron que las prácticas relacionadas (incluido el aislamiento) tiene significados «ambiguos, polivalentes, y a menudo ambivalentes». Uno de los análisis desde el feminismo cultural considera las chozas de menstruación posibles lugares de sororidad, capaces de reforzar el vínculo entre mujeres y conectar su sangre menstrual con el culto a la Diosa. Esta interpretación está sujeta a debate por otros autores, al contrastar las funciones sociales que cumple la práctica según la cultura.

Uso por cultura

África La reclusión menstrual ya se practicaba en el Imperio Nuevo en el Antiguo Egipto, con evidencia arqueológica como el óstraco OIM 13512, hallado en Deir el-Medina, que menciona a ocho mujeres menstruantes y «la casa de las mujeres». Si bien se tiene registro de tabúes y rituales de purificación egipcios para este fluido, no existe un consenso sobre el significado de la escritura. Una interpretación de Terry G. Wilfong promueve que estas mujeres se trasladaban juntas hacia una estructura comunal destinada al aislamiento menstrual. Otra traducción propone que cada una de ellas salió de la habitación privada de su vivienda donde se recluía, y se encontraron para realizar en conjunto la purificación o buscar agua en las cisternas a las afueras del pueblo. Esta última versión marcaría un antecedente en la existencia de los cuartos especiales de mujeres en las casas egipcias, encontrados en la posterior dinastía ptolemaica. miniaturadeimagen|Choza de menstruación de Ambober, Etiopía (1976). Pertenece a una aldea judía que continúa la tradición del niddah.

Los judíos etíopes o Beta Israel mantienen las leyes niddah de purificación de la mujer durante el menstruo y tras el parto. Estas se aíslan en pequeñas cabañas, lejos de la casa familiar, y se abstienen de todo tipo de trabajo; adentro pueden encender un fuego para mantenerse calientes, preparar café o tostar semillas, pero no se les permite cocinar por lo que dependen de familiares para recibir una ración de alimento esos días. Estos, a su vez, cuidan de no tocar a la mujer mientras sangra. Se refieren al lugar como choza de la maldición o yä-däm gojjo (choza de sangre). También se erigen para la reclusión de las parturientas, o yä-aras gojjo (choza de nacimiento). En ambos casos, los varones son los encargados de construirlas y las estructuras tienen que ser lo suficientemente sólidas para soportar la época de lluvias. Estas pueden compartirse por las mujeres de una misma comunidad, y son un punto de encuentro y de transmisión de conocimientos. Tras siete días de reclusión, la mujer puede retomar sus actividades, pero primero se debe bañar en un río, cortar sus uñas y ayunar durante el día antes de retornar a su hogar al atardecer.

Un porción de mujeres del pueblo Dogón de Malí pasan un promedio de cinco noches en las chozas de menstruación o ponulu. Durante el día se les permite trabajar en los campos, aunque tienen prohibido transitar por las calles públicas o residir en sus hogares. Tampoco pueden cocinar para sus cónyuges o mantener relaciones sexuales. A diferencia del resto de viviendas rectangulares, estas son estructuras circulares estrechas, que se erigen a metros de los asentamientos de los esposos y no tienen ventanas. La mujer o grupo de mujeres que las habitan preparan el fuego y sus alimentos afuera. Suelen también dormir en el exterior. El uso de estas viviendas esta ligado a las creencias animistas de los esposos o suegros, quienes dictaminan el carácter obligatorio de la práctica. Si la mujer quebranta el tabú y permanece en su hogar durante el sangrado, se la puede multar con una oveja que será sacrificada por los ancianos y su carne consumida únicamente por los varones. Si, por el contrario, se sospecha un mal uso de la cabaña de menstruación, el hombre puede enviar a su hermana a constatar la existencia del sangrado de su esposa, o el mismo grupo de mujeres que la habita al unísono se encarga de verificar el estado menstruante de cada una. Si se mintió sobre su existencia, se corre riesgo de ser rechazada por la comunidad.

Los efé, pueblo seminómada del bosque de Ituri en la República Democrática del Congo, aíslan a su primogénita a partir de su menarquia por un periodo de seis meses a un año. La cabaña para este fin se distingue por su techo plano y forma cuadrada, diferente a las estructuras semiesféricas del resto de la comunidad. Dentro de la misma, la niña se mantiene en un estado liminal: no puede alzar la vista al techo y envuelve sus pies con hojas para no tocar el suelo al caminar. América

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