thumb|Títeres, copia del grabado en color hecho por Giovanni Volpato, conservado en el Museo de Gadagne de Lyon. Reproduce un óleo pintado hacia 1770 por Francesco Maggiotto. Ejemplo 'metaficticio' de un titiritero hablando con uno de sus títeres, que él mismo mueve. La metaficción es una forma de literatura o de narrativa autorreferencial que trata los temas del arte y los mecanismos de la ficción en sí mismos.
Es un estilo de escritura que de forma reflexiva o autoconsciente recuerda al lector que está ante una obra de ficción, y juega a problematizar la relación entre esta y la realidad. Dentro de un texto de metaficción, la frontera realidad-ficción y el pacto de lectura de esta se ven quebrantadas, llamando el texto la atención sobre su propia naturaleza ficcional y su condición de artefacto. Asociado en general a literatura modernista y posmoderna, se pueden encontrar ejemplos anteriores en el Don Quijote de Miguel de Cervantes, en los Cuentos de Canterbury de Geoffrey Chaucer, en algunos relatos de Jorge Luis Borges y en algunas obras de Stanisław Lem, como Vacío perfecto y Magnitud imaginaria,Un valor imaginario (1973). Wielkość urojona. Barcelona, Bruguera, 1983; también como Magnitud imaginaria. Impedimenta, 2010. ISBN 978-84-937601-2-0 siendo acertado citar además como uno de los más fuertes ejemplos en el uso de la metaficción como recurso estilístico la novela Niebla, de Miguel de Unamuno.
Los modelos teóricos
En términos generales, se entiende por metaficción a un tipo de narrativa que se caracteriza por su naturaleza autorreflexiva, autorreferencial y consciente de sí misma (autoconsciente), que opera a través de una serie de procedimientos narrativos con el fin de convertir el discurso en referente de sí mismo. La noción de metaficción puede ser aplicada a una obra en su totalidad cuando el componente metafictivo es su fin o motivación última, o sobre ciertos elementos concretos que pueden aparecer con el fin de establecer un punto de inflexión narrativo dentro del eje central de una trama ficcional. Es en el primer caso en el que se hallan, propiamente, las categorizaciones de metanovela, metafilme, metateatro, etcétera. La narrativa de metaficción se encuentra muy ligada a la postmodernidad, como época, y al postmodernismo como categoría estético-artística, ya que aquella se establece como un vehículo ideal para representar los valores y concepciones característicos de estos, como son la relativización de la realidad, el escepticismo ante el lenguaje como intérprete de la racionalidad, la crisis del sujeto como un todo completo y definible, o la pérdida de la delimitación del continuo espacio-temporal.
A partir de la matriz lógico-matemática y del término metalenguaje desde el ámbito de la lingüística (Roman Jakobson, 1959), la noción fue aplicada entre otros al campo literario (metaliteratura, por Roland Barthes en 1959; metateatro, por Lionel Abel en 1963; etcétera) y a otros campos (Douglas R. Hofstadter, 1979). El término metaficción fue empleado probablemente por primera vez antes de 1970 por William Gass, novelista, ensayista y crítico americano, y fijado por Robert Scholes en ese mismo año.
La reflexividad aplicada al pensamiento y a las artes contemporáneas ha propiciado la aparición de una familia conceptual de términos muy amplia (metamatemática, metalógica, metacomunicación, metadiscurso, metanarración, metarrelato, metatexto) con sus correspondientes tipos “genéricos” y artísticos (metapoesía, metateatro, metanovela, metacuento, metapintura, metacine, metacómic, etcétera) y que, complementariamente, se relaciona con otros términos que albergan o especifican diferentes matices, como novela autoconsciente, novela autorreferencial, novela narcisista, surfiction, superficción, fabulación, antinovela, etcétera.
A finales de los años cincuenta y principios de los sesenta comienzan las primeras aproximaciones teóricas al concepto de la autorreferencialidad literaria y narrativa. En diversos trabajos de Roland Barthes se puede entrever el interés por la literatura que se hace consciente de su propia condición y que por ello se hace objeto de sí misma: “El sentido de una palabra es el acto mismo que la profiere: hoy escribir no es «contar», es decir que se cuenta, y remitir todo el referente («lo que se dice») a este acto de locución”. En el mismo número de la revista Comunications de 1966 otros importantes teóricos del relato como Gérard Genette o Tzvetan Todorov confirmaban este temprano diagnóstico. Lucien Dällenbach, en un trabajo posterior orientado a la especularidad narrativa, divulgaría el término mise en abyme, tomado de la heráldica ("el escudo dentro del escudo") y aplicado a la ruptura de la lógica formal de los diferentes niveles narrativos y el encajamiento de unos sobre otros.
Ya propiamente comprendido el concepto en cuanto metaficción, este ha sido definido y acotado por múltiples teóricos y críticos, principalmente desde el ámbito de la investigación literaria, si bien su presencia no se remite solo a este. Robert Alter estableció en 1975 la definición del término, que resultará canónica: “Una novela autoconsciente, en pocas palabras, es una novela que hace alarde sistemáticamente de su propia condición de artificio, explorando la relación conflictiva entre un artificio con apariencia real y la realidad” (“A self-conscious novel, briefly, is a novel that systematically flaunts its own condition of artifice and that by so doing probes into the problematic relationship between real-seeming artifice and reality”).
Otra definición a considerar es la ofrecida por Kellman sobre el relato autogenerado (self-beggeting novel), en cuanto: “relato, frecuentemente en primera persona, del desarrollo de un personaje hasta el momento que coge su bolígrafo y escribe la novela que nosotros acabamos de leer”. Linda Hutcheon, otro de los referentes indudables en este campo, y quien por su parte emplea el término “narrativa narcisista”, definió esta como “ficción en torno a la ficción, o lo que es lo mismo, ficción que incluye en sí misma un comentario sobre su propia identidad narrativa y/o lingüística”. Al respecto también podrían aducirse, entre otras muchas, definiciones como las de Stanley H. Fogel, quien considera la metaficción como “la revisión de la teoría de la ficción a través del propio medio de la ficción”, o la de Mas’ud Zavarzadeh, quien incluye la metaficción dentro de una categorización más general que denomina “transficción” y que la define como “un metateorema narracional cuya preocupación temática son los propios sistemas ficcionales y los moldes a través de los cuales la realidad es modelada a través de convenciones narrativas”. Del mismo modo, Sarah Lauzen entiende la metaficción como la presencia de “algunos aspectos sobre el acto de escribir, de leer o de estructurar (narrativamente) una obra que se esperarían como subyacentes bajo modelos de una práctica estándar (de la literatura)”.
Gérard Genette, seguramente el especialista en teoría del relato (narratología) de más impacto desde los años setenta, articuló su visión sobre el concepto de metalepsis, entendida inicialmente por él como la trasgresión de los niveles narrativos. Aunque en su monografía de 2004, del mismo título, emplea el término como prácticamente sinónimo de la propia metaficción, diferenciando entre dos tipos diferentes: la de autor y la de régimen fantástico, curiosamente denominada también ahora antimetalepsis pese a tratarse del fenómeno descrito originariamente como la trasgresión por parte del autor, el narrador o los personajes de sus respectivos universos narrativos .
Desde el ámbito hispánico, resulta, en fin, muy ilustrativa la formulación ofrecida por Gonzalo Sobejano, como un tipo de narrativa que “al tiempo de ser la escritura de una aventura, resulta ser la aventura de una escritura”.
Tipologías El concepto de metaficción se presenta desde su tradición interna como una serie abierta y dinámica, sujeta a una constante crítica y revisión por parte de teóricos y críticos del arte y la literatura. Así, es de esperar una variada y extensa gama de clasificaciones tipológicas en torno a las diferentes formas o modelos de metaficción y mecanismos metafictivos incluidos en el fenómeno: Una de las más conocidas responde a la propuesta por Linda Hutcheon desde la esfera literaria, quien divide en dos grandes grupos la que ella denomina “novela narcisista”, entre aquella que es consciente de sí misma en el plano diegético (i.e. en el de la historia) y la que lo es en el plano lingüístico. A su vez, incluye una subdivisión dentro de cada uno de estos grupos en textos (propiamente) autoconscientes, que serían aquellos que muestran abiertamente su carácter narcisista o metafictivo, y textos autorreflexivos, en los cuales no se pretende hacer explícita su metaficcionalidad, sino que esta aparece encubierta.
El pensamiento de ámbito hispánico
Otras propuestas tipológicas y de análisis de la metaficción, si cabe más operativas, proceden del ámbito hispánico, considerado este tanto como aplicación crítica sobre la literatura en lengua española de las categorías teóricas anteriores, como los estudios teóricos que surgen directamente del ámbito académico hispánico o del hispanismo.
En este sentido, deben citarse hispanistas que centraron sus estudios sobre la autorreferencialidad en lengua española como Gillet, Livingstone, Newberry o Kronik aplicados al Quijote, Galdós, Unamuno o Azorín; Herzberger analiza obras de autores contemporáneos que destacan por el uso de la metaficción, como Luis Goytisolo, José María Merino, Vaz de Soto y Torrente Ballester; Dotras se centra en el Quijote y la obra de Gonzalo Torrente Ballester; García en la de Luis Goytisolo, Azorín y Unamuno;Gil González en las de Álvaro Cunqueiro y nuevamente Torrente Ballester; y Marta Álvarez Rodríguez en la de Cunqueiro.
Sin embargo, el pionero, con toda certeza, en reflexionar específicamente sobre la autorreferencialidad en el entorno hispánico fue Severo Sarduy, con su ya clásico trabajo El barroco y el neobarroco, de 1973. Este artículo, aunque sin utilizar el término de metaficción, está en la base de estudios como los de Hutcheon, y muestra su particular concepción de la autorreferencialidad literaria bajo el concepto de “neobarroco”.
Posteriormente, Pérez Firmat fue de los introductores de los modelos angloamericanos de la teoría sobre la metaficción, quien divide la categoría metaficción en dos variantes sustanciales: una discursiva (cuando la metaficción actúa en comentarios de carácter autorial no integrados en la “historia”) frente a otra narrativa (cuando la referencia metaficcional resulta indisociable de los elementos propios del universo narrativo, tales como los personajes, la acción, el espacio, etcétera). Pero sin duda el autor referencia en este campo para el hispanismo fue Spires. Su modelo, muy influido a su vez por la metalepsis genetiana, y que orientó desarrollos como los de Gonzalo Sobejano, Ródenas de Moya, entre otros, estableció tres categorías básicas: metaficción centrada en el autor fictivo (y en el acto de la escritura), en el lector fictivo (y en el acto de lectura) y en los personajes y sus acciones (y en el acto del discurso oral).