thumb|Así sucedió, uno de los grabados de Francisco de Goya para la serie Los desastres de la guerra, que muestra a unos soldados franceses expoliando reliquias y objetos litúrgicos del interior de un edificio religioso tras agredir a un sacerdote. miniatura|Lápida de la tumba de Gonzalo Fernández de Córdoba El Gran Capitán en el Monasterio de San Jerónimo de Granada, que fue abierta en 1810 por los soldados franceses en la invasión francesa de España, profanando los restos y saqueando las reliquias de su interior. El expolio de arte llevado a cabo por las tropas napoleónicas y el gobierno de José Bonaparte —impuesto por Napoleón— durante la Guerra de la independencia española (1808-1814) fue, desde el punto de vista cultural, el saqueo más importante sufrido por España en su historia.

Contexto Existen diversas razones por las que desde la antigüedad los ejércitos vencedores han saqueado y expoliado a las naciones vencidas. Desde las más evidentes de conseguir botín de guerra y financiar las guerras, o castigar y vengarse de los vencidos, hasta las más sutiles de destruir al enemigo hasta el nivel de sus valores, ideas o expresiones culturales, el robo sistemático es una constante en todas las guerras.

Napoleón comenzó su saqueo del patrimonio artístico en Bélgica y Holanda en 1794, con la excusa de crear el Museo Napoleón, una síntesis del arte mundial, símbolo de poder y cultura, el que posteriormente se convertiría en el museo del Louvre. Le siguió el expolio de Italia en 1796 y en sus campañas en Egipto de 1798 a 1801, Napoleón consiguió, por ejemplo, la piedra de Rosetta. A pesar de que su derrota obligó a entregar los objetos más importantes a Inglaterra —así acabó la piedra de Rosetta en el British Museum—, Francia pudo quedarse con objetos menores, algunos de los cuales acabaron en el Louvre. Napoleón fue el primero en sistematizar este robo de arte en época moderna. Quería apropiarse de esa grandeza y engrosar los fondos del museo del Louvre, que en la época ya contaba entre los mejores del mundo. El proceso empleado por Napoleón, sus funcionarios y generales fue:

Los intelectuales franceses justificaban este robo como una vuelta de las obras de arte al «país de la libertad», Francia:

El patrimonio artístico era considerado «utilidad pública», una aportación cultural que debe estar al servicio del Estado, por lo que las obras deben pasar a Francia, como estado dominante sobre Europa.

El expolio de España thumb|Caricatura inglesa que muestra a la camarilla de José Bonaparte saqueando los objetos de valor antes de abandonar Madrid en 1808. Cuando las tropas de Napoleón llegaron a España llevaban una década saqueando Europa. Con el Real Decreto del 18 de julio de 1809 se suprimían las órdenes religiosas masculinas y todo su patrimonio pasaba al Estado, incluidas las obras de arte. Adicionalmente se acumularon los cuadros de los nobles fieles a Fernando VII, que fueron castigados con la confiscación de sus colecciones de arte.

El expolio de obras de arte en España se produjo por diversos caminos. El primero, el más importante, fue la intención de crear un gran museo nacional, el Museo Josefino en el palacio de Buenavista, a imagen del museo del Louvre. El museo sirvió de excusa para requisar cuadros en grandes cantidades y acumularlos en depósitos, donde el deterioro por humedades y mal almacenamiento, pero sobre todo la corrupción de los funcionarios, militares y encargados franceses hicieron que numerosas obras desaparecieran. Fue el caso de Frédéric Quilliet y su camarilla —Jean-Baptiste Maignien, Manuel Nápoli y el inglés G. A. Wallis—, encargado de buscar y requisar los cuadros necesarios, que resultó tan corrupto que en 1810 fue apartado de su puesto por ello. Posteriormente se nombró una comisión de expertos para ese efecto: Manuel Nápoli, conservador, y Mariano Salvador Maella y Francisco de Goya, pintores de cámara. Esta comisión no generó los resultados esperados, por lo que se creó otra, en la que ya no participaba Goya, pero sí Denon, a la sazón director del Louvre. Denon seleccionó personalmente 250 pinturas más de las previstas como una «indemnización por la campaña militar de España».

De Madrid y alrededores se sacaron más de 1500 cuadros y de Sevilla unos 1000; algunas ciudades fueron más afortunadas, como Valencia, donde apenas desaparecieron cuadros. 300 de esos cuadros —si bien, no de los mejores— y el Tesoro del Delfín fueron enviados a París en mayo de 1813. Con tal cantidad de cuadros, la corrupción mencionada llegaba hasta lo más alto: José Bonaparte empleaba la enorme cantidad de arte acumulado como premios para sus fieles. Sobre todo los generales activos en la península ibérica, entre ellos Darmagnac, Caulaincourt, Eblé, Faviers, Sebastiani y Desolles, recibían regalos en forma de cuadros. También Godoy usó de esos cuadros para decorar sus residencias y regalar cuadros a generales y a aduladores.

Los generales no se conformaron con los regalos de José Bonaparte y, al igual que los marchantes de arte, algunos usaron el Diccionario histórico de los más ilustres profesores de las bellas artes en España de Juan Agustín Ceán para ir a monasterios o iglesias, seleccionar los cuadros más valiosos, recortar los lienzos con una navaja y llevárselos. Tampoco estaban por encima de la extorsión y el chantaje para obtener arte, oro, plata y piedras preciosas. Un oscuro artillero francés, Manière, relata que cierto Maréchal, tras no poder llevarse un Velázquez de la catedral de Toledo, exigió el pago de «un million en quàdruples ou en onces d'or» en dos horas o volaría el puente romano. Manière, indignado, exclamaba «Que de fortunes acquises dans ce genre!» [¡Cuantas fortunas se han adquirido así!]. Y a pesar de que el Real Decreto del 1 de agosto de 1810 renovaba la prohibición de exportar obras de arte, el envío de cuadros a Francia continuó sin interrupción.

Otro de los grandes causantes del expolio fueron los marchantes «buitre» como el mencionado Quilliet y otros, como Lebrun, Maignain, los británicos Nathan Wetherell y Wallis, y el holandés Coesvelt, especializados en seguir la estela de las tropas francesas y aprovecharse de las desgracias que genera una guerra. Subastas públicas, pero también anónimas y operaciones encubiertas, como la venta fraudulenta de la Venus del espejo por Quilliet a Wallis les servían para obtener cuadros. Las órdenes religiosas a veces vendían sus bienes para evitar su robo.

Finalmente el vandalismo de las tropas francesas. Las tropas a menudo eran alojadas en monasterios y conventos que eran convertidos en cuarteles y cuadras. La transformación destruyó gran parte de los edificios, incluyendo el derribo de parte o todo. En este contexto el robo de cualquier objeto de valor, hasta el punto de profanar tumbas en busca de oro, era habitual. En Zaragoza los soldados arrancaron las pinturas de Goya de los altares retablo de la iglesia de Torrero para protegerse de la lluvia y del frío, según la explicación del mariscal Lannes; en cambio, el mariscal de campo don Luis de Villaba comentaba que era más probable que tratasen de robar los marcos dorados y que, sin saber que hacer con los lienzos, los usasen para protegerse de los elementos. Otro ejemplo es la suerte del convento Madre de Dios de la orden tercera de Nuestro Señor San Francisco de Córdoba:

Sobre todo el arte en plata sufrió un expolio extremo: objetos pequeños y medianos, fácilmente transportables y que pueden ser fundidos en lingotes sin dejar rastro. En Zaragoza, las tropas francesas se llevaron la imagen de plata que el Colegio Médico solía sacar en procesión para la festividad de San Cosme y San Damián. En 1809, la procesión de San Miguel Arcángel tampoco se pudo realizar, ya que la imagen de plata que tenía la ciudad fue robada. La rica cama de plata del Cristo Yacente desapareció y tuvo que ser sustituida por una de madera. Una buena parte del tesoro del Pilar desapareció, aunque piezas importantes pudieron ser ocultadas. Esto solo son algunos ejemplos en una única ciudad, Zaragoza. Se han estudiado también los casos de Navarra, Calahorra o Guipúzcoa. En Segovia no se conserva mucha información, pero todas las iglesias tuvieron que entregar objetos de valor a los invasores, que nunca fueron recuperados. En la provincia, la zona más afectada fue el triángulo formado por las localidades Villacastín, Navas de San Antonio y Vegas de Matute. Sirva como ejemplo uno de los mayores saqueos, el de la iglesia de Vegas de Matute del 31 de julio de 1812, de la que desaparecieron más de 30 objetos de plata: dos cálices, tres lámparas, los cetros pequeño y grande del Santísimo, los cetros de Nuestra Señora del Rosario, de San José, de San Sebastián y de San Bartolomé, las coronas con imperiales de Nuestra Señora del Carmen y del Niño Jesús, un portapaz, la custodia portátil de tres cuerpos —que actualmente se encuentra en el Museo Nacional de Artes Decorativas de Madrid (N.º de inventario CE19512)—, un incensario, una naveta, la cruz procesional grande y el rostrillo de Nuestra Señora del Rosario.

El mariscal Soult miniaturadeimagen|Soult como primer ministro, retratado por George Peter Alexander Healy Jean-de-Dieu Soult tuvo una carrera militar meteórica; a los 25 años le hicieron general y en 1804 se le entregó el bastón de mariscal. A partir de 1810 actuó en España, primero como comandante del 2º cuerpo del Gran Ejército en España y Portugal y a partir de 1810 como Gobernador militar de Andalucía. Durante este tiempo aprovechó para amasar una impresionante colección particular de más de 180 cuadros.

Soult siguió diversas estrategias para realizar su saqueo. Una parte eran regalos, tanto de José Bonaparte, que usaba la colección real con generosidad, como de aduladores que querían comprar su favor. Soult también aprovechó de las dificultades que estaban pasando muchas personas para conseguir arte a bajo precio. Algunas de estas donaciones y ventas no fueron totalmente voluntarias. Se sabe que Soult, refiriéndose a uno de los cuadros de su colección, comentó que «estimo mucho el cuadro porque salvó la vida de dos personas». Una tercera vía para hacerse con arte fue «el decreto imperial del 18 de agosto de 1809 que cancelaba todas las órdenes religiosas y mendicantes de España, declarando que sus bienes pasaban a formar parte del patrimonio nacional». Solo de Sevilla sacó unos 1000 cuadros. La depredación de Soult llegó a tal punto, que el mismo Napoleón afirmaría, «Yo tendría que dar un ejemplo y ordenar fusilar a Soult, el mayor saqueador entre ellos [los mariscales].»

De 1809 a 1812 envió diez carruajes cargados de cajas con pinturas a París. Una vez llegados a su apartamento en rue de l’Université, su esposa, Louise Berg, clasificaba los bienes saqueados, restauraba lo que fuese necesario y colgaba los cuadros en sus paredes, donde pudieron ser admirados durante muchos años.

A la muerte de Soult la colección, que había conseguido una fama considerable, fue subastada. Casas reales y museos de todo el mundo de apresuraron a pujar, por lo que los cuadros de la colección quedaron repartidos por los cuatro continentes.

El equipaje del rey José

Tras la derrota francesa en la batalla de los Arapiles, el 18 de julio de 1812, José Bonaparte decidió abandonar Madrid y dirigirse a Francia en una enorme caravana de más de 2 000 carros, el famoso «equipaje del rey José», al que Benito Pérez Galdós dedicó uno de sus Episodios nacionales con ese mismo título. La batalla de Vitoria evitó que la comitiva llegase a Francia y José Bonaparte tuvo que huir a caballo y dejar todo su equipaje atrás. La tropa, de los que más de la mitad eran británicos, asaltó con avaricia los carros y se olvidó de perseguir a José Bonaparte, lo que llevó a Wellington a afirmar que «el soldado británico es la escoria de la Tierra, se alista por un trago». Las obras de arte saqueadas se perdieron entre otras innumerables perdidas en la Guerra.