Harold C. Raley (Hartselle, Alabama, Estados Unidos, 23 de noviembre de 1934-Houston, 21 de agosto de 2024) fue un hispanista norteamericano, filósofo y escritor. Catedrático de universidad, destacó, sobre todo, como estudioso y traductor de la obra de Julián Marías.

Biografía Harold (Cecil) Raley se doctoró en la Universidad de Alabama con una tesis sobre la obra de José Ortega y Gasset, de la cual Julián Marías escribió que era un estudio que estaba «admirablemente bien compuesto y escrito... Con increíble acierto se orientaba en la copiosa bibliografía... El resultado se podría resumir en una sola palabra: acierto. Este libro del doctorando de Alabama, escrito a tanta distancia geográfica, histórica, lingüística, del mundo de Ortega, daba una visión de su tema incomparablemente más verdadera que la gran mayoría de la bibliografía que había manejado... Pensé que Raley poseía un carácter que, según Ortega, se supone a los filósofos...: la veracidad. Harold Raley era, tenía que ser, un caso extremado de pensador veraz... Pensé que era urgente que los americanos leyesen este libro sobre Ortega; pensé también que convenía que los hombres de lengua española pudieran leerlo también: aprenderían sobre Ortega muchas cosas verdaderas y oportunas; recibirían también un tonificante ejemplo de honestidad, veracidad, penetración».

Fue catedrático de la Universidad de Oklahoma, así como de la Universidad de Houston, y decano y catedrático de la Universidad Bautista de Houston (nombrado por ella “Distinguished Professor”, profesor distinguido). Es, según Julián Marías, «el mejor hispanista de nuestro tiempo».

Casado con Victoria González en 1962, padres de David, Laura y Ana.

Pensamiento Según José Luis Pinillos, «Raley comparte con Ortega y Marías la idea de que el punto de vista constituye un esencial ingrediente de la realidad... De hecho, Raley coincide con Marías en tener una visión responsable de la realidad; coincide con él y con la tradición hispana de que procede en hacer del ingrediente ético un componente radical del pensamiento filosófico. Por eso Raley parece poseer una especial connaturalidad para con lo español, y su visión de Marías y su mundo responde tanto a lo que ambos son».

Raley no está de acuerdo con Nelson R. Orringer, Ciriaco Morón Arroyo, Molinuevo y otros, que consideraban, en general, que Ortega repitió en español lo que había aprendido en Alemania, sino que afirma que el filósofo madrileño inició, discrepando de sus fuentes germánicas, otro camino, un "punto de inflexión": Ortega abandonó la Fenomenología (filosofía) tan pronto como la recibió, y por tanto no tuvo una fase "fenomenológica", sino que gran parte de su obra estuvo consagrada a superarla. También Raley muestra cómo a Ortega le pareció imposible la epokhé o reducción fenomenológica: para Ortega el dato primario no es la conciencia de los fenómenos, sino el hombre o la mujer vivientes, la persona que soy yo: «the “consciousness of phenomena”, but rather the living man or woman, the person that I am».

Escribe que la «filosofía orteguiana nació en parte de la conciencia de los defectos del pensamiento contemporáneo, y fueron los errores de sus predecesores los que impulsaron a Ortega, y más tarde a Marías, a buscar una doctrina de mayor precisión y entidad... Pero, según arguyen tanto Ortega como Marías, la puesta entre paréntesis (Einklammerung) del contenido fenomenológico, con su énfasis concomitante en la conciencia pura, supone un retroceso al idealismo... Si la historia disfraza la realidad al acumular sobre ella niveles de interpretación, la fenomenología puede parecer un buen medio para descartar esas interpretaciones y volver a una realidad desprovista de adornos, como quitamos las sucesivas capas de pintura para llegar a la madera auténtica. Pero eso es solo una verdad a medias, porque lo cierto es que sin interpretación nos queda muy poco de cualquier valor humano. Al eliminar los niveles históricos de interpretación, como quien arranca las hojas del repollo en busca de un repollo esencial, llegamos a un punto en el que lo buscado se nos ha ido de entre los dedos. Descubrimos que la realidad no está detrás de sus interpretaciones, sino más bien dentro de ellas... En cualquier caso, la realidad no puede ser divorciada de esas visiones parciales, porque solo a través de ellas se revela en el sentido humano. Son interpretaciones de la realidad, y esto significa ante todo que pertenecen a ella. Son algunas de sus infinitas dimensiones posibles. Son sus aspectos, sus perspectivas, reveladas por el hombre, pertenecientes a la realidad. En una palabra, la realidad solo puede aparecer perspectivamente, es decir, históricamente».

Esta es la significación de la tesis de Ortega yo soy yo y mi circunstancia: «se trata de sus esfuerzos por superar la fenomenología husserliana, la cual supone toda la tradición idealista desde Descartes... En 1913 dice Ortega que mal puede ser una realidad la conciencia si consiste esta en ser "conciencia de" la realidad. La conciencia pura no constituye la realidad primaria. Para que exista, tengo que suspender mi vida espontánea y volver sobre la memoria de lo que me ha pasado». «Tan pronto como Ortega asimiló lo que Alemania tenía para ofrecerle y se sumergió nuevamente en sus circunstancias españolas, comenzó a alejarse de sus mentores alemanes y a buscar un modo de filosofía que fuera verdaderamente auténtica en los tres sentidos del término que le importaba: profundamente española, profundamente personal y al más alto nivel de autenticidad, lo que él llamó a la altura del tiempo... Ortega regresó a España, la primera vez, agradecido de sus mentores alemanes, pero insatisfecho con el pensamiento neo-kantiano dominante en Alemania; y después de su segunda visita, descontento con la dirección que estaba tomando Husserl al volver a Descartes. Es cierto que Ortega todavía intentaba moldear sus intuiciones y estudios con una filosofía auténtica que pudiera arraigarse y florecer en las circunstancias únicas de España. Por lo tanto, hay una validez limitada en el argumento de Morón-Arroyo. Su libro está muy bien desarrollado; su único problema es que no se basa en lo que Ortega dijo o hizo, sino en lo que el autor insiste sobre lo que Ortega debería haber hecho. A fin de cuentas, sin embargo, Ortega es la mejor prueba contra la tesis de Morón-Arroyo. Ortega escribió después de sus años en Alemania que encontró maestros admirables y una tradición filosófica insuperable en las universidades germanas, pero lo que no encontró fue una filosofía viable. Durante un breve periodo en 1912-13, pareció que la fenomenología husserliana podría resultar ser lo que él y otros filósofos jóvenes de su generación estaban buscando. Pero pronto se dio cuenta de que, al fin y al cabo, Husserl no podía escapar de la atracción gravitacional del cartesianismo, que para Ortega era un paso atrás en un subjetivismo idealista fértil pero anacrónico».

Porque ya en «1914, Ortega estuvo muy lejos de la fenomenología husserliana. En su germinal libro, asombrosamente hermoso, Meditaciones del Quijote, formuló la doctrina que había estado buscando desde su estancia en Alemania. Lo resumió en su célebre cogito: yo soy yo y mi circunstancia, y si no la salvo a ella, no me salvo yo. Con esto llegamos a la premisa principal de la doctrina orteguiana: "Mi vida", la de cada cual, es la realidad primaria o "radical" en la que todos los demás seres, realidades y cosas –incluido yo mismo– se me aparecen... Mi vida es donde encuentro todas las realidades, y donde las realidades me encuentran a mí, incluidas las que me trascienden –historia, cultura, cosmos, Dios– y donde me descubro como una persona viviente... "Estar" en el sentido orteguiano tiene un aspecto parecido al concepto heideggeriano in-der-Welt-sein, estar en el mundo. Pero es mucho más radical y completo. No es que yo simplemente esté en el mundo –también están en él los palos y las piedras–, sino que el mundo y sus atributos son conocidos y están presentes experimentalmente solo en mi vida tal como la vivo. En el paradigma heideggeriano, existo en el mundo físico, Umwelt, el mundo bioambiental; en la doctrina orteguiana, el mundo existe por y para mí, y yo para él, y a ese proceso recíproco es a lo que llamamos vivir. El hecho de que yo también esté instalado físicamente en el mundo es una ineludible comprensión posterior y consecuente, como veremos, pero a pesar de su validez es aún posterior a las formas radicales primarias de arraigo o radicalidad. Este encuentro radical no solo es sensorial, sino también estrictamente metafísico. No es que perciba el cosmos y su contenido a una distancia sensorial independiente de mi vida. En cambio, mi percepción sensorial es la facultad que me da la presencia inmediata e inseparable de la realidad aquí y ahora. Con esta idea, Ortega revirtió y superó el cogito cartesiano. El "yo", el "ego", solo, sin espacio, intemporal y privado de lo mundano, es imposible. Mi mundo y yo estamos indisolublemente referidos el uno al otro».

Según él, siguiendo a Ortega, «"circunstancia" es un concepto mucho más amplio (comprehensivo o exhaustivo) que el de “biosfera” o el de “medio ambiente” utilizados por las ciencias biológicas, o que el término Umwelt (entorno) usado por el pensamiento alemán. No es que yo viva en medio de una circunstancia que es independiente y separada de mí, ni tampoco que yo sea un mero “estar en el mundo” como Heidegger enseñaba, sino que yo vivo con el mundo».

Ve difícil, por no decir imposible, «encuadrar la filosofía de la persona en Marías en el marco personalista... Indudablemente hay muchos puntos en común entre los discípulos de Marías y los personalistas. Pero a mi modo de ver, la falta de una base metafísica es precisamente el problema inherente del personalismo. Introduce en el tema un elemento intelectualmente incontrolable y por tanto perturbador que permite múltiples interpretaciones de la persona, algunas de ellas conflictivas. Además, falta la sintonía léxica». En cambio, Marías «encuentra la base metafísica de su teoría en la antropología metafísica, o sea, la estructura empírica de la vida personal, en la filosofía de la realidad radical de Ortega».

Formado en la Iglesia Bautista, pero muy próximo en su trayectoria espiritual e intelectual a la Católica, considera que, «lejos de ser algo “acabado”, Dios se hace cada vez mayor, a medida que él mismo se manifiesta en su creativo amor. La antigua descripción de Dios como motor inmóvil e impasible es sin duda pobre, mezquina, poco inspiradora para que ese motor “arranque”. En cambio, Dios se mueve primariamente amando, y tanto las cosas como las criaturas se mueven en correspondiente armonía con él. No es de extrañar, por tanto, que la posible felicidad humana en este mundo surge cuando amamos y actuamos creativamente respondiendo al móvil y creciente amor de Dios».