Las mujeres matemáticas han luchado históricamente para abrirse campo en las ciencias. Las contribuciones realizadas por estas mujeres han tenido un gran impacto en el desarrollo de las matemáticas.
Contexto histórico Históricamente relegadas de la educación, de la política, de la participación social, de la ciudadanía, la sociedad les impuso los roles del cuidado, la educación de hijos e hijas, la alimentación, la familia… tareas del ámbito privado y doméstico. Sin embargo desde los inicios de la civilización encontramos a mujeres que lucharon por salir de la esfera de lo privado y ser reconocidas en el ámbito público. En esta tarea participaron mujeres de todas las épocas y clases sociales.
La necesidad de contar, medir y registrar esos resultados están presentes en multitud de hallazgos arqueológicos datados hace miles de años. Uno de los más conocidos es el hueso de Ishango, descubierto en 1960 en el Lago Eduardo (situado entre la República Democrática del Congo y Uganda). Pertenece al Paleolítico superior y los últimos estudios lo sitúan con una antigüedad de más de 20.000 años. Este hueso no solo tiene muescas, también tiene agrupaciones de ellas, lo que pone de manifiesto un conocimiento matemático de un grado superior de abstracción a la de la simple muesca. Este hueso fue descrito originalmente como un registro de números primos y duplicación. Posteriormente, Alexander Marshack concluyó que representaba un calendario lunar de seis meses. Pero, como indica la etnomatemática Claudia Zaslavsky en su artículo Las mujeres como primeras matemáticas, la naturaleza cíclica de la menstruación ha jugado un papel importante en el desarrollo del conteo, las matemáticas y la medición del tiempo. Las marcas lunares encontradas en fragmentos de huesos prehistóricos muestran cómo las primeras mujeres marcaron sus ciclos y así comenzaron a marcar el tiempo. Ahora bien, ¿quién, salvo una mujer que haga un seguimiento de sus ciclos, necesitaría un calendario lunar? pues probablemente las primeras personas que se dedicaron a la agricultura estarían interesadas en guardar también esos registros. Pero resulta que las mujeres fueron, probablemente, las descubridoras de la agricultura y primeras agricultoras. Entonces, cualquiera que sea la mirada, sin duda las mujeres fueron las primeras matemáticas, concluye Zaslavsky en su artículo. alt=Imagen de un libro del siglo XIV -una traducción de los Elementos de Euclides, atribuida a Adélar de Bath- proporcionada por la Biblioteca Británica.|miniaturadeimagen|324x324px|Profesora enseñando geometría.La filósofa Sandra Harding señala: «Está probado, histórica y documentalmente, que se intentó excluir a las mujeres del campo científico con más ardor, todavía, que de los campos de batalla. La represión, burla, desconsideración y desautorización, que tuvieron que soportar para acceder a la ciencia son difícilmente imaginables en los tiempos actuales, pero a pesar de todo, las mujeres siempre buscaron estrategias para incorporarse a aquellos campos del saber que se consideraban exclusivos de los varones».
Todas ellas sufrieron, en mayor o menor grado, y por su condición de mujeres, dificultades para acceder a la educación y al ejercicio de la profesión científica. La profesora Coral del Río autora del prólogo de Mujeres matemáticas; Las grandes desconocidas- señala «Obviamente, la limitada presencia de mujeres en los centros del saber garantizaba una cuota masculina artificialmente sobredimensionada que permitía (y sigue permitiendo) a los hombres disfrutar de un mayor poder y prestigio. Que hasta (bien entrado) el siglo XX en muchos países las mujeres no tuvieran acceso a la universidad, y al ejercicio de profesiones que requerían estudios superiores, en igualdad de condiciones que los varones, no se puede explicar si no es a partir de esta obviedad. De igual forma, solo así puede entenderse que mujeres que lograron reconocimiento académico en vida, fueran borradas de la Historia de la Ciencia con el paso de los años. No es casualidad: lo que a unas se les niega, a otros beneficia, y en este juego de suma cero los hombres (como colectivo) no escatimaron en estrategias obstruccionistas, cuando no prohibicionistas y/o violentas contra las mujeres». alt=Emilie du Châtelet|izquierda|miniaturadeimagen|180x180px|Emilie du Châtelet alt=Emmy Noether|miniaturadeimagen|206x206px|Emmy Noether alt=Ada Byron, marquesa de Lovelace|izquierda|miniaturadeimagen|297x297px|Ada Byron Lovelace alt=Diagramas de área polar, originales de Florence Nightingale|miniaturadeimagen|Diagramas de área polar, originales de Florence Nightingale En el caso de las mujeres matemáticas Susana Mataix señala: «A pesar del aislamiento intelectual al que estuvieron sometidas las mujeres en el pasado, resulta admirable comprobar que en todas las épocas surgieron matemáticas dispuestas a desafiar las normas y dedicarse a la ciencia. Es casi imposible descubrir rasgos comunes en ellas que expliquen por qué escogieron el camino insospechado; o identificar circunstancias favorables que justifiquen su lucha en un mundo dominado por los hombres. Se batieron en solitario, instigadas por un verdadero deseo de saber, de entender y de exponer sus propias opiniones. Si repasamos las aportaciones de algunas de estas matemáticas, se observa que su soledad las llevó a elegir campos novedosos y a realizar aportaciones singulares. Tanto la marquesa de Châtelet, defensora del británico Newton contra el estamento cartesiano de su patria; como Emmy Noether, colaboradora en las teorías de la relatividad de Einstein; sin olvidar a figuras como Ada Lovelace, visionaria informática; o Florence Nightingale, pionera de la estadística médica, son ejemplos del papel desempeñado por las mujeres con vocación matemática y decididas a liberarse de ataduras y prejuicios para marcar nuevos rumbos en el desarrollo de la mente humana».
Una de las mujeres que citaba Mataix, Émilie du Châtelet, científica francesa del , en el prefacio del libro La fábula de las abejas, en el que expone sus ideas sobre la exclusión de las mujeres de las ciencias, señala: «Siento todo el peso del prejuício que nos excluye universalmente de las ciencias, y es una de las contradicciones de este mundo que me extrañó siempre muchísimo, dado que hay grandes países en los que la ley nos permite dirigir nuestros destinos, pero no hay ninguno e el que seamos educadas para pensar...». alt=Mary Farfaix Greig Somerville|miniaturadeimagen|167x167px|Mary Somerville Por otro lado, Adela Salvador y María Molero señalan en su artículo La geometría vista por Grace Chisholm Young la dificultad de rastrear a las mujeres matemáticas a lo largo de la historia dado que el nombre de las mujeres va cambiando a lo largo de su vida -primero tienen el apellido de su padre, pero con el matrimonio lo sustituyen por el de su esposo-. Es el caso, por ejemplo, de la considerada "reina de las ciencias del siglo XIX" que nace como Mary Fairfax por su apellido paterno, pasa a ser Mary Greig después de su primer matrimonio y finalmente pasa a llamarse Mary Somerville (por su segundo esposo). Además además, muchas mujeres no utilizaban su nombre, como Sophie Germain que utilizaba un pseudónimo "Antoine-Auguste Le Blanc" o "Monsieur Le Blanc", o la propia Ada Lovelace que firmó su trabajo solo con sus iniciales (A.A.L.); en ambos casos para intentar que su trabajo no fuera rechazado de entrada por su condición de mujer. Invisibles para los poderosos y ausentes de la historia "oficial" de la ciencia, mujeres de todas las civilizaciones se sintieron atraídas por el coonocimiento desde los inicios de la humanidad.
Entre el siglo XXIII (a.C.) y el
alt=En Hedu'anna|miniaturadeimagen|249x249px|Enheduanna La historia escrita de la ciencia empieza en Egipto durante el Imperio Antiguo (2778-2263 a.C.), en tiempos de las pirámides. A ellos les interesaban los aspectos más prácticos de la ciencia, por lo que desarrollaron las partes de las matemáticas y la astronomía más aplicables a los problemas del momento: reservas de trigo para el comercio, o cómo cortar los bloques de piedra que se necesitaban para sus gigantescas edificaciones. El cálculo del tiempo fue el que impulsó inicialmente la observación astronómica sistemática, actividad en la que fueron los pueblos de Mesopotamia -sumerios, babilonios y asirios- los que lograron los mayores avances científicos. En estas culturas el conocimiento estaba en manos de sacerdotes y sacerdotisas. La cultura sumeria, adoptada por los sucesivos invasores de la región, concedía a la mujer una posición y una autonomía relativamente altas; y es precisamente ahí donde se encuentra Enheduanna,primera persona en firmar sus escritos y destacada científica. alt=Una pintura de Simon Vouet (1641), representando la muerte de Dido.|izquierda|miniaturadeimagen|249x249px|Dido Años más tarde la leyenda asocia la fundación de la ciudad de Cartago, en el año 814 a.C., con las matemáticas y con la princesa fenicia Elisa de Tiro (s. IX a.C.), convertida por Virgilio en uno de los personajes de la Eneida con el nombre de Dido, fundadora y primera reina de Cartago. Dido resolvió el problema isoperímetrico de delimitar, en el norte de África, el terreno de superficie máxima que podía abarcar con la piel de un toro, donde le permitían establecerse con su séquito. Para conseguir su objetivo, eligió un terreno en la costa que circunvaló con una semicircunferencia cuya longitud era la de la cuerda elaborada con la piel del toro, que cortó en tiras finísimas, atando los extremos.
Pero desde la óptica occidental, cuando se buscan los inicios de las matemáticas surge necesariamente el nombre de la Escuela Pitagórica, considerada la iniciadora de la ciencia griega. Aunque con frecuencia se habla de «los pitagóricos» -invisibilizando así al gran número de mujeres que formaron parte de ella desde sus inicios hasta su desaparición- esta comunidad científica introdujo a las mujeres en la corriente de la filosofía natural y la matemática. Todos sus integrantes escribían bajo el nombre de Pitágoras y los descubrimientos y especulaciones de la Escuela Pitagórica eran propiedad común de sus miembros, que los conservaban en secreto. A la muerte de Pitágoras, fue una mujer -Theano de Crotona (s. VI a.C.)- la que tomó las riendas de la Escuela y, junto con otros miembros de la misma, se ocupó de difundir los conocimientos que allí se habían generado. Fuera de la comunidad pitagórica las mujeres tenían pocas oportunidades en la sociedad griega.alt=Hipatia o Hipatía|miniaturadeimagen|274x274px|Hypatia de AlejandríaEn una sociedad que veneraba la sabiduría, la mayor parte de las mujeres eran analfabetas. Sin embargo, aun en Atenas y en las demás ciudades-estado dominadas por los hombres, algunas mujeres consiguieron superar las trabas culturales y contribuir a la ciencia, como Aglaonice (s. V a.C.) que fue famosa en su tiempo por su capacidad de predecir eclipses solares y lunares, aunque posteriormente pasara a la historia como una hechicera.