thumb|Villa Real (1790-1796) en Milán, de Leopoldo Pollack thumb|La basílica de San Francisco de Paula (1816-1846) y la piazza del Plebiscito, en Nápoles. thumb|Iglesia de San Carlo al Corso (1832-1847) en Milán, de Carlo Amati. La arquitectura neoclásica en Italia se desarrolló a partir de la segunda mitad del siglo , en el contexto de pequeños Estados, a menudo enfrentados entre sí y dominados por potencias extranjeras, que precedió a la institución del reino unitario bajo Víctor Manuel II. Por este motivo, el neoclasicismo no se manifestó de igual manera en todo el territorio; además, la ausencia de una cultura unitaria y la gran pobreza que atenazaba a la península italiana en el siglo no eran circunstancias propicias para una florida producción arquitectónica.
A principios de ese mismo siglo se había manifestado una breve, pero extraordinaria, época tardobarroca: en Roma se realizaron monumentos como la Piazza di Spagna, la Fontana di Trevi y la Piazza Sant'Ignazio, mientras que en Piamonte trabajaron Filippo Juvarra (1678-1736) y Bernardo Antonio Vittone (1704-1770). La actividad se trasladó posteriormente al reino de Nápoles, donde Ferdinando Fuga (1699-1782) y Luigi Vanvitelli habían sido llamados para ampliar, respectivamente, el Real Albergo dei Poveri y el Palacio Real de Caserta. En particular, el palacio real, pese a que su exterior muestra ya indicios de una cierta contención neoclásica, es considerado la última gran realización del barroco italiano. La afirmación del neoclasicismo fue por tanto lenta y difícil, y se valió fundamentalmente de aportaciones extranjeras, en particular francesas. Esa influencia francesa es evidente, por ejemplo, en la fachada del Teatro de San Carlos (1810-1816) de Nápoles, de Antonio Niccolini.
Pero a finales del y principios del , todo en el país, desde villas y palacios, pasando por iglesias, edificios institucionales y jardines hasta llegar a los interiores, se basaba en recrear modelos de la Roma clásica, lógicamente, y en menor medida griegos. Fueron muchos los edificios inspirados en el Panteón de Agripa —como la iglesia de la Gran Madre di Dio, en Turín o la gran basílica de San Francisco de Paula (1816-1846) en la piazza del Plebiscito, la iglesia italiana más importante de la épocaR. Middleton, D. Watkin, Architettura dell'Ottocento, Milano, Electa, 2001, p. 292.—, bien directamente o a través de «La Rotonda», la obra maestra de Andrea Palladio. Antes del descubrimiento de las ciudades perdidas de Pompeya y Herculano, los edificios se inspiraban directamente en las ruinas y edificios clásicos, pero tras el descubrimiento las nuevas ruinas fueron un modelo arqueológico.
El neoclasicismo, incluida su variante neogriega, produjo muchas obras notables en el país, como el Caffè Pedrocchi (1816) de Padua (de Giuseppe Jappelli), el Tempio Canoviano (1819-1830) en Possagno (atribuido, no sin incertidumbres, a Giannantonio Selva), el Teatro Carlo Felice (1826-1828) de Génova (de Carlo Barabino, pero reconstruido en el siglo ), el Cisternone de Livorno (1829-1842) de Pasquale Poccianti —con claras referencias a la arquitectura romana y al trabajo de Boullée y Ledoux— y el acondicionamiento de la piazza del Popolo en Roma por Giuseppe Valadier. Dizionario di architettura, de N. Pevsner, J. Fleming y H. Honour. Torino, Einaudi, 1981, voz: Italia.
Además, son dignas de mención las intervenciones promovidas en Trieste (Teatro Verdi, iglesia de Sant'Antonio), en Milán (palazzo Belgioioso, Villa Reale, Arco della Pace (1807-1838) de Luigi Cagnola, e Iglesia de San Carlo al Corso (1832-1847) y en Palermo (la ecléctica Palazzina Cinese, el Gimnasio del Jardín Botánico de Palermo y el tardío Teatro Massimo). Todavía se observa un neoclasicismo tardío en la obra de Alessandro Antonelli en el diseño de los exteriores de la basílica de San Gaudencio en Novara y en la Mole Antonelliana en Turín.
Hubo escaso interés de los estudiosos hacia la arquitectura neoclásica italiana, lo que durante mucho tiempo limitó su examen profundo y sereno. Estudios más recientes han puesto de relieve los rasgos distintivos, las peculiaridades y, en algunos aspectos, el carácter unitario de la producción italiana, en sus variantes regionales o incluso locales, en el contexto del policentrismo que todavía caracterizaba la península entre los siglos y .E. Kaufmann, Architecture in the Age of Reason. Baroque e Post Baroque in England, Italy, France, Cambridge 1955; L'architettura dell'illuminismo, trad. it., Turín, 1966E. Lavagnino, L'arte moderna dai neoclassicisti ai contemporanei, Torino 1956.
Contexto histórico
Los complejos acontecimientos que afectaron a las regiones italianas entre finales del siglo y principios del pueden ser clasificados esencialmente en una fase prerrevolucionaria en el siglo , una fase revolucionaria coincidente con la ocupación francesa, y una tercera fase, la correspondiente a la Restauración, que precedió la anexión al Reino de Italia.
Tras la Revolución francesa las relaciones entre los Estados Pontificios y Francia se deterioraron notablemente. Durante la Campaña de Italia de 1796, los territorios de la Iglesia fueron invadidos y la ciudad de Roma fue ocupada; declarada la República Romana, el papa Pío VI fue deportado primero a la Toscana y posteriormente a Francia. El nuevo pontífice, Pío VII, volvió a Roma cuando las fuerzas de la coalición vencieron a las francesas. Al mismo tiempo Napoleón Bonaparte sustituyó el impulso revolucionario con la idea de construir un imperio mundial; con el objetivo de establecer la unidad religiosa, firmó un concordato con la Iglesia, pero ante la negativa del papa de tomar partido contra los enemigos de Francia, los Estados Pontificios fueron ocupados de nuevo, hasta la definitiva capitulación de Napoleón.
Las primeras hostilidades entre Francia y el Reino de Nápoles se produjeron en 1793; en 1796 se firmó un armisticio, pero en 1799 Nápoles y su reino fueron invadidos por el ejército francés. Siguiendo la estela revolucionaria, en 1799 se fundó la República Partenopea, que fue reprimida de manera sangrienta en el arco de pocos meses y a la cual siguió la primera restauración de los Borbones. En 1801, el reino firmó un tratado de neutralidad con Francia, pero el incumplimiento del pacto causó la segunda ocupación francesa de la ciudad, la destitución de Fernando IV y el ascenso al trono de José I Bonaparte. Bonaparte gobernó el Estado entre 1806 y 1808, cuando fue sustituido por Joaquín Murat, quien permaneció allí hasta 1815, año de la segunda restauración de los Borbones.
La República de Venecia dejó de existir en 1797. Fue ocupada por las tropas de Napoleón, pero parte de sus territorios fueron cedidos al Imperio Austriaco tras el tratado de Campo Formio; el cambio de régimen causó una grave crisis económica. Con la vuelta de los franceses las cosas mejoraron; así, el Véneto fue anexionado al Reino de Italia, pero tras el Congreso de Viena el territorio unificado del Reino Lombardo-Véneto volvió bajo el control austriaco.
En 1737, el Gran Ducado de Toscana pasó a estar bajo el dominio de los Habsburgo-Lorena. Con Pedro Leopoldo de Lorena, que fue gran duque entre 1765 y 1790, el Estado atravesó importantes reformas del comercio, de la administración pública y de la justicia. Tras la ocupación francesa se creó el Reino de Etruria (1801-1807) y posteriormente se anexionó la Toscana al Imperio Francés. La restauración de Fernando III de Lorena en 1814, el ascenso al trono de su hijo Leopoldo II y la anexión de la República de Lucca en 1847 completan el panorama político toscano de la época neoclásica.
Hacia finales del siglo , la Lombardía estaba todavía bajo el dominio del Imperio Austriaco, pero en 1797, con la llegada de Napoleón, el antiguo Ducado de Milán pasó a formar parte de la República Cisalpina. Durante la administración francesa, Milán se convirtió en el punto de encuentro de todos los jacobinos y progresistas italianos. Durante un breve periodo, la región volvió a estar bajo el control austriaco, pero el 2 de junio de 1800 Napoleón entró en Milán a la cabeza de su ejército. Tras la batalla de Marengo nació la segunda República Cisalpina, que primero cambió su nombre por el de República Italiana y posteriormente por el de Reino de Italia, hasta su disolución en 1814.
El Reino de Cerdeña, tras la derrota sufrida por los piamonteses en 1796 ante el ejército francés, cedió Niza y Saboya a Francia. En 1800, durante la segunda Campaña de Italia, Napoleón se aseguró la posesión del Piamonte y de la Liguria, que mientras tanto se había transformado en la República Ligur. Entre 1802 y 1805, el Piamonte y Génova estuvieron unidos al Imperio Francés. Tras el congreso de Viena, que restauró a los Saboya en el trono piamontés, el Reino de Cerdeña se anexionó la Liguria.
Las variantes regionales Véneto
Aunque gran parte de la crítica considera que el neoclasicismo italiano tuvo su origen en Roma, fue en el Véneto donde ya en la primera mitad del siglo empezó lentamente a tomar forma un gusto arquitectónico más acorde a las tendencias europeas. Pese a que resulta difícil establecer de manera precisa el nacimiento de las tendencias neoclásicas, el Museo Lapidario Maffeiano de Verona, completado en 1745 por Alessandro Pompei (1705-1782), se puede considerar un adelanto del neoclasicismo.
Al mismo tiempo, Venecia tuvo un papel relevante en la elaboración teórica de los principios neoclásicos con la presencia de Carlo Lodoli y Francesco Algarotti, defensores de ideas funcionalistas y contrarias al barroco, que trabajaron en un contexto todavía dominado en gran parte por el legado de Palladio, sin conseguir por tanto ejercer mucha influencia sobre sus contemporáneos. No obstante, en Venecia es posible identificar una línea arquitectónica de una cierta coherencia, apreciable ya en el pórtico de la iglesia de San Nicola da Tolentino (1706-1714) de Andrea Tirali, a la cual siguieron las iglesias de San Simone Piccolo de Giovanni Antonio Scalfarotto y de la Magdalena (1780) de Tommaso Temanza, que ya en 1748 había propuesto en Padua una fachada de sabor racional para la iglesia de Santa Margherita. La iglesia de la Magdalena, en particular, se puede tomar como manifiesto de las nuevas tendencias. Duramente criticada por sus contemporáneos por su exceso de «paganismo», fue concebida como un compacto volumen cilíndrico, en torno al cual giran los espacios irregulares del antiguo tejido urbano veneciano.
El principal artífice de esta renovación fue Giannantonio Selva (1751-1819). En su proyecto para el Teatro La Fenice de Venecia (1790-1792) supo aprovechar con racionalidad la conformación irregular de la parcela, obteniendo un edificio excepcional desde el punto de vista acústico y visual. Selva trabajó también en las iglesias venecianas de San Maurizio (1806) y del Nome di Gesù (1815), terminadas posteriormente por su alumno Antonio Diedo; con Diedo proyectó la fachada de la Catedral de Cologna Veneta (1810-1817) y el Templo Canoviano de Possagno (1819-1833), una acertada fusión entre los modelos del Partenón y del Panteón, cuya atribución es sin embargo incierta. Sus edificios, bien proporcionados y basados en pocos temas, sobrepasaron el interés provincial.
En los primeros años del siglo , la mayor parte de los encargos fueron confiados a arquitectos forasteros, como Giuseppe Soli, autor del lado occidental de la plaza de San Marcos, y Lorenzo Santi, que renovó el Palacio del Patriarcado. Tras el interludio napoleónico destacó Giuseppe Jappelli (1785-1852); alumno de Selva, debe su fama al Caffè Pedrocchi y al Pedrocchino de Padua, edificio ecléctico al cual se unen también elementos neogóticos. Trabajó también en numerosas villas vénetas, mostrando un estilo decidido y competente, digno del neoclasicismo internacional.
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