350px|miniaturadeimagen|Sistema de alianzas en Europa antes de la Primera Guerra Mundial: Triple Entente Triple Alianza Países neutrales El Reino de Italia no participó en el bando de la Triple Alianza porque era una alianza defensiva y fue Austria-Hungría la que inició la guerra. Durante un año negoció con ambos bandos para elegir en cual participar y, en mayo de 1915, acabó entrando en la guerra en el bando de la Entente para luchar contra sus antiguos aliados de la Alianza. 350px|thumb|En 1914, Europa dominaba toda África, con la excepción de Abisinia (actual Etiopía) y Liberia, una muestra del imperialismo europeo, que también provocó continuas tensiones entre países durante la colonización del continente, vista como muy desfavorable para Italia y Alemania y muy beneficiosa para Francia y Reino Unido. Otros países como Portugal, España o Bélgica tenían unas pocas colonias.

La historia de Italia durante la Primera Guerra Mundial comenzó con el país neutral en la «Gran Guerra». Entró en ella en mayo de 1915, con el objetivo de completar la unión de los territorios de población mayoritariamente italiana y de conseguir fronteras de más fácil defensa. Había negociado con los dos bandos, pero las conversaciones con los Imperios centrales fracasaron debido a lo exiguo de los territorios que estos le ofrecieron a Italia y por el desacuerdo sobre cuándo los obtendría.

La inicial acometida italiana de 1915 contra las defensas austrohúngaras en el río Isonzo fracasó.

En el frente austro-italiano, se libraron doce batallas en el frente del río Isonzo, que concluyeron con un fracaso de las ofensivas italianas en octubre de 1917. En mayo y junio de 1916, los austrohúngaros atacaron a los italianos en el Trentino, pero también sin conseguir avanzar.

En octubre de 1917, el Ejército italiano quedó temporalmente desbaratado por las graves derrotas de Caporetto y del Isonzo. Para sostener al país, los Aliados le enviaron un cuerpo expedicionario. El descalabro de Caporetto supuso un punto de inflexión para Italia: la guerra ofensiva que se había sostenido de 1915 hasta entonces se transformó en defensiva. En el conjunto de los Aliados, la derrota de Caporetto y la consecuente pasividad militar durante casi un año hizo del país un miembro secundario, dominado por los más poderosos.

En vísperas del final de la guerra, en octubre de 1918, Italia emprendió una nueva ofensiva contra los austriacos, que sería una victoria definitiva: la batalla de Vittorio Veneto.

Las derrotas militares llevaron a que, pese a contarse entre los vencedores de la guerra, el país no obtuviese las metas esperadas de la Conferencia de Paz de París. La contienda le costó al país más de un millón cien mil bajas, entre muertos y heridos.

Antecedentes: el periodo de neutralidad (1914-1915) Imperialismo y consecuencias: alianza y rivalidad A principios del siglo , Italia, nueva potencia industrial, adoptó como otros países europeos una política imperialista. En 1911, entró en guerra con el Imperio otomano, al que logró arrebatar Libia, el Dodecaneso y ciertas ventajas económicas. La obtención de Libia y el Dodecaneso debía servir como primer paso para dominar el Mediterráneo oriental. Si en el Adriático el principal rival era Austria-Hungría, en esta zona lo eran Francia y el Reino Unido. Precisamente el deseo de evitar la competencia de otras naciones en el Adriático llevó a Italia a oponerse a las reivindicaciones griegas en el Epiro, territorio cercano a este mar.

Esta expansión y la paralela de Francia en Marruecos en 1912 tensó las relaciones entre estos dos países y acercó a Italia a austriacos y alemanes, pese al acuerdo bilateral de 1902 que había garantizado a los franceses la neutralidad de los italianos en caso de ataque a la Triple Entente por parte de Alemania o Austria-Hungría. Los italianos firmaron nuevos acuerdos militares con estas dos potencias centroeuropeas y renovaron el tratado de alianza con ellas, que databa de 1882, cuando el país había tratado en vano de disputar Túnez a Francia, que lo había ocupado en 1881.

La alianza era defensiva, y solo obligaba a Italia a acudir en socorro de los demás firmantes en caso de que estos fuesen la parte agredida. La expansión italiana se centró entonces en dos zonas: el sur de Anatolia y en los Balcanes; si para la primera obtuvo el beneplácito de Alemania, que no objetó en que se tornase en zona de influencia italiana, las ambiciones en la segunda chocaron con las de Austria-Hungría. Con esta se desató a partir de 1896 una carrera armamentística. Para regular la relación entre las dos, se firmó un acuerdo bilateral en 1887 que conllevaba la compensación de la potencia que se extendiese por los Balcanes, las islas del Adriático o las del Egeo, a la otra; este pacto se complementó con otro en 1900 en el que las dos naciones se comprometían a mantener la situación existente en la zona.

La crisis bosnia de 1908, desatada por la anexión austrohúngara de Bosnia, suscitó una nueva negociación entre Viena y Roma acerca de los Balcanes, que concluyó con la reiteración de lo acordado anteriormente. Además, Italia pactó con Rusia no permitir que Austria-Hungría se extendiese más por los Balcanes. Cuando Italia ocupó el Dodecaneso en mayo de 1912, Austria-Hungría no reclamó compensación alguna por insistencia de Alemania. El 5 de diciembre de 1912, se renovó

la Triple Alianza y tanto Alemania como Austria-Hungría reconocieron la posesión italiana de Libia, sin que la segunda exigiese compensaciones por la ocupación italiana de las doce islas del Dodecaneso, que continuaba. Por entonces Austria-Hungría sopesaba atacar Serbia o Montenegro a causa de la crisis desatada por la primera guerra de los Balcanes y no deseaba enemistarse con Italia. Entonces la guerra se evitó por la probabilidad de que Rusia reaccionase ante un ataque austrohúngaro a los reinos balcánicos y por la falta de apoyo alemán a Austria-Hungría. En todo caso, Italia preveía ya en la primavera de 1913 el posible estallido de una contienda en los Balcanes, que pretendía evitar con el concurso de las demás potencias y, en caso de resultar imposible, no participar si resultaba una guerra general europea.

miniatura|Fuerzas italianas en Trípoli durante la Guerra Italo-Turca (1911-1912)

La rivalidad austro-italiana por dominar parte de los Balcanes se prolongó a lo largo de 1913. Durante la segunda guerra de los Balcanes, Austria-Hungría había estado a punto nuevamente de entrar en guerra para evitar la expansión de Serbia, pero Alemania e Italia se mostraron contrarias; Italia, además, hubiese exigido compensación. Tanto Italia como Austria-Hungría deseaban controlar el Adriático, dominar la nueva Albania surgida de las guerras balcánicas y aprovechar el desmembramiento del Imperio otomano. Además, continuaban teniendo problemas a causa de los territorios imperiales con población de lengua italiana, que se agudizaron en 1914. Unas ochocientas mil personas de lengua italiana eran ciudadanos del imperio, fundamentalmente en el Trentino y en la comarca de Trieste, tierras que eran el objetivo principal del nacionalismo italiano.

En abril de 1914, los austriacos se apoderaron del monte Lovćen, punto estratégico que les permitió dominar la bahía de Cattaro y con ella señorearse de la entrada al Adriático. A partir de entonces, el tráfico a este mar, el acceso a los puertos italianos de la costa oriental y los movimientos de la flota anclada en Venecia quedaban condicionados al control austriaco del estrecho meridional.

El sistema político italiano

Hasta la reforma política de 1912 que amplió el censo electoral y concedió el sufragio cuasi universal, la ley de 1882 privaba en la práctica al 78 % de la población del derecho al voto. La política del país, en pleno crecimiento industrial, comercial y agrícola, estaba en manos de la clases medias. El Parlamento lo dominaba el hábil diputado Giovanni Giolitti, experto en atraerse el favor de sus colegas; carente de un gran programa político o un ideal claro, practicaba una provechosa política clientelar. El nacionalismo expansionista cobró fuerza fuera de las Cortes. La reforma electoral de 1912 se hizo para fomentar el entusiasmo de la población en general por la guerra contra el Imperio otomano. En las elecciones de 1913, hubo un gran crecimiento de los socialistas y de los católicos, si bien los grupos gubernamentales, radicales y liberales, conservaron la mayoría en las Cortes.

La política exterior quedaba en manos del rey en virtud de la Constitución de 1861, que hizo del reino una monarquía constitucional, pero no parlamentaria. El monarca podía declarar la guerra, firmar la paz y suscribir acuerdos comerciales y alianzas. Tanto el Parlamento como el pueblo estaban excluidos de la política exterior. Ni siquiera todo el Consejo de Ministros participa en las discusiones de política exterior, que quedaban reservadas al presidente y al ministro del ramo. La población en general era indiferente a la política exterior y se sometía a los dictados gubernamentales, influenciada además por la prensa, que el gabinete manipulaba para defender sus decisiones. El monarca, sin embargo, dejaba en general la gestión de las relaciones exteriores a sus ministros.

En el momento en que el país entró finalmente en guerra tras diez meses de neutralidad, presidía el Gobierno Antonio Salandra, un conservador con escasos apoyos parlamentarios que había asumido el puesto en marzo de 1914. Salandra había sucedido en el cargo a Giovanni Giolitti, principal figura de la política nacional durante la década anterior. Aunque se creía que la presidencia de Salandra no sería más que un pequeño intermedio entre gobiernos de Giolitti, la guerra mundial cambió las expectativas y le permitió al primero mantenerse en el puesto, con el apoyo del segundo durante los primeros meses de la contienda, los de neutralidad italiana. Hacia finales de 1914 surgió una seria desavenencia entre ambos: mientras que Giolitti creía que el conflicto sería largo y costoso y que Italia podía obtener compensaciones de Austria-Hungría simplemente por mantenerse neutral, el presidente del Gobierno y su ministro de Asuntos Exteriores, Sidney Sonnino, se convencieron de que debían participar en la guerra en el bando de los Aliados para alcanzar los territorios que ansiaban y mantener su posición de gran potencia. Giolitti dominaba el Parlamento.

Ejército y mandos militares Los Imperios Centrales perdieron un decidido partidario al morir repentinamente el jefe del Estado mayor italiano Alberto Pollio el 1 de julio, puesto que asumió Luigi Cadorna. El cuerpo de oficiales apoyaba la alianza con los Imperios Centrales en general, pero no con tanta decisión como el difunto. Y el ejército estaba a finales de julio concentrado para entrar en guerra con Francia y aprestado tropas para despacharlas a Alemania. Pero San Giuliano anunció al rey que, en las circunstancias, Italia no entraría en el conflicto, actitud que contó con el beneplácito real. El alto mando preguntó a Cadorna el 1 de agosto cómo pensaba Italia colaborar en la contienda, pero el Gobierno se apresuró a declarar la neutralidad del país al día siguiente —cinco días después de la declaración de guerra austrohúngara a Serbia—, sin informar siquiera al jefe del Estado Mayor. Cadorna, sorprendido por la noticia, acudió a ver a Salandra para inquirir cuál era el objetivo militar y este le confirmó que debía preparar al Ejército para combatir a Austria-Hungría, lo que conllevaba un gigantesco traslado de tropas a la frontera noreste, maniobra que había que acometer con cierta discreción para evitar una posible ofensiva preventiva austrohúngara.

Neutralidad en el conflicto

thumb|«El equilibrio europeo en 1914…», caricatura italiana de la época que muestra al rey Víctor Manuel III entre los Aliados y los Imperios centrales.