miniatura|El músico y poeta Ziryab, llamado a al-Ándalus por Alhakén I, en una escena de un jardín. miniatura|derecha|Sancho Garcés II de Pamplona, en el centro, y la mujer de éste, Urraca Fernández, a la izquierda. A su derecha Ramiro Garcés, rey del efímero reino de Viguera. Grabados del Códice Vigilano.
La Alta Edad Media de la península ibérica se divide en dos grandes etapas: la monarquía visigoda, de los siglos al ; y el Al-Ándalus omeya, de principios del a principios del , que llegó a dominar toda la península ibérica, excepto una franja septentrional donde se formaron varios reinos y condados cristianos.
La monarquía visigoda
Las invasiones bárbaras en la península ibérica
miniatura|Distribución de la península entre suevos, vándalos y alanos entre 409 y 429. La autoridad imperial únicamente se ejerce en la provincia Tarraconense, y los visigodos se concentran en Galia.
A partir de la crisis del las bases sobre las que se había sustentado el Imperio Romano habían comenzado a resquebrajarse (el sistema esclavista, la ciudad y su dominio sobre el campo, el sistema de impuestos que sustentaba al Estado, etc.). Una de sus consecuencias fue que el Imperio se mostró incapaz cada vez más de hacer frente a la presión que sufría en sus fronteras (limes) por parte de pueblos "bárbaros", especialmente la de los pueblos germánicos sobre el limes formado por los ríos Rin y Danubio. Así en la segunda mitad del los emperadores romanos se vieron obligados a aceptar el asentamiento dentro del Imperio de algunos de estos pueblos, con los que firmaron pactos de alianza (foedus). Fue el caso de los visigodos que se establecieron inicialmente en el curso bajo del Danubio, para irse desplazando hacia Occidente, llegando a saquear la propia Roma en el 410.
Cuatro años antes, en el 406, suevos, vándalos y alanos, habían cruzado el limes norte del Imperio y alcanzado Hispania tres años después, donde se asentaron. El emperador romano de Occidente reconoció su impotencia y tuvo que recurrir a la renovación en el 416 del pacto de alianza (foedus) con los visigodos (que entonces se encontraban asentados en el sur de la Galia) para que éstos intervinieran en Hispania y desalojaran a los invasores (y además acabaran con las revueltas de bagaudas). A cambio les ofreció tierras en el sur de la Galia. Así los visigodos penetraron en la península ibérica y cumplieron con su cometido: derrotaron a alanos y vándalos —una parte de estos últimos pasaron al norte de África—, las revueltas bagaudas fueron sofocadas y los suevos se vieron obligados a replegarse a la Gallaecia. A partir de entonces los visigodos se convirtieron en el nuevo poder en Hispania por encima del propio emperador de Occidente.
El reino visigodo de Toledo
miniatura|La península ibérica a mediados del Al desaparecer en el año 476 el Imperio Romano de Occidente, el reino visigodo con capital en Tolosa, que abarcaba el sur de la Galia y buena parte de Hispania y que ya existía como foederati (aliado) de Roma, se transforma en un Estado totalmente independiente. Pero en el año 507 los francos, otro pueblo germánico, derrotan a los visigodos en la batalla de Vouillé obligándoles a abandonar Tolosa y la Galia (excepto la Septimania). Surge así el reino visigodo de Toledo.
Sin embargo, la monarquía visigoda de Toledo no consiguió el dominio completo de Hispania hasta principios del cuando, tras apoderarse del reino suevo de la Gallaecia en el siglo anterior, logró desalojar a los bizantinos de la amplia franja costera en el sudeste y el sur peninsular que habían ocupado. Hasta bien entrado el no conseguirán someter —y nunca completamente— a astures, cántabros y vascones de la franja cantábrica y de los Pirineos occidentales.
El número de visigodos que llegaron a Hispania fue muy reducido ―se calcula que no llegarían a los 200.000― y no se produjo ningún proceso de "germanización" ni lingüística, ni cultural (el latín siguió siendo la lengua de los hispanorromanos, cuyo número se calcula en torno a los 4 millones de personas). Más bien al contrario, los visigodos adoptaron y continuaron con la cultura, leyes y administración romanas del Bajo Imperio. La moneda que acuñaron imitaban los patrones romanos y sus reyes adoptaron el ritual romano en cuanto a indumentaria y atributos de la autoridad imperial (trono, corona y cetro). Además, recopilaron el derecho romano en el Liber Iudiciorum, aunque introdujeron nuevas leyes de raíz germánica.
Desde el punto de vista social también hubo cierta continuidad ya que la distinción libre/esclavo siguió existiendo y entre los libres prosiguió la diferenciación entre potentiores (los grandes propietarios de tierras, en los que se integró la nobleza guerrera visigoda y la Iglesia) y los humiliores (pequeños propietarios, colonos de los latifundios). Sin embargo, entre ambos grupos se acentuaron los lazos de dependencia dando lugar a un proceso que algunos historiadores han considerado como «protofeudal» y que daría lugar a una «sociedad feudalizada». Asimismo continuó la ruralización del Bajo Imperio y la vida urbana siguió decayendo. miniatura|Nobles y clérigos asisten a un Concilio de Toledo. Codex Vigilanus ().
Para el fortalecimiento de su monarquía los visigodos consideraron necesario integrar en ella a la Iglesia católica hispana. Por ello, y para alcanzar la unificación religiosa de su reino, renunciaron en el III Concilio de Toledo de 589 (con el rey Recaredo a su frente) al cristianismo arriano y adoptaron el cristianismo católico (que era la fe de la mayoría de los hispanorromanos). La Iglesia católica se convirtió a partir de entonces en una institución clave en la monarquía visigoda, ya que sus concilios no fueron simples asambleas religiosas, sino que se convirtieron también en asambleas políticas convocadas y presididas por el rey.
La monarquía visigoda, siguiendo la tradición germánica, era electiva, y en el IV Concilio de Toledo de 633 se estableció que en la designación del rey no sólo intervendrían los nobles, tal como se había venido realizando hasta entonces, sino también los obispos, y que una vez producida la elección, tanto nobles como obispos le jurarían fidelidad (el grupo de nobles de mayor confianza del rey [los comtes] formaría el Aula Regia o Palatina, máximo órgano asesor del monarca). Además el rey sería ungido con los santos óleos, asumiendo así su poder un carácter sagrado. Sin embargo, todo esto no consiguió dar estabilidad a la monarquía a causa del mantenimiento de su carácter electivo, y las luchas por el poder entre los nobles, las intrigas y la violencia debilitaron el reino (la mitad de los reyes visigodos fueron asesinados o depuestos violentamente).
Precisamente la invasión musulmana del 711 que puso fin a la monarquía visigoda fue propiciada por la guerra civil que estalló un año antes cuando falleció el rey Witiza y sus seguidores no aceptaron a Rodrigo como nuevo rey. Los "witizianos" ―que pretendían elegir como rey al hijo de Witiza, Agila― fueron los que llamaron a los musulmanes que se encontraban al otro lado del Estrecho para que les apoyaran en su lucha contra el rey Rodrigo.
Al-Ándalus omeya
Conquista musulmana de la península ibérica
miniatura|miniatura que representa a guerreros musulmanes a caballo En la primavera del año 711, Tariq ibn Ziyad ―lugarteniente de Musa ibn Nusair gobernador del norte de África en nombre califa de Damasco― cruzó el estrecho al frente de unos 18.000 hombres, en su mayoría bereberes, y desembarcó en la actual Gibraltar ―que será llamada así en honor suyo: "Yebel Tarik o `montaña de Tarik'―. A continuación derrotó al ejército visigodo encabezado por el rey Rodrigo en la batalla que tuvo lugar junto al río Guadalete y después ocupó Toledo, la capital del reino visigodo. Al poco tiempo llegó un nuevo ejército musulmán al mando del propio Musa ibn Nusair. La ocupación de la Península quedó completada en sólo dos años ―en unos casos mediante la conquista; en otros mediante acuerdos con miembros destacados de la nobleza visigoda, como el Pacto de Tudmir―.
La conquista de la Península ―que los musulmanes llamaron al-Ándalus― duró relativamente poco por el súbito desmoronamiento de la Monarquía visigoda y por las luchas internas nobiliarias que la azotaban y también porque los invasores llegaron a acuerdos con la población local por los que respetaban sus formas de autogobierno, les permitían conservar la mayor parte de sus tierras y aceptaban la práctica religiosa cristiana a cambio del pago de un impuesto específico.
Emirato dependiente de Córdoba (711-756)
En el momento en que se produjo la conquista de la península ibérica el mundo islámico estaba unificado bajo un único poder político-religioso, el del califa (sucesor de Mahoma) que residía en Damasco. Es esta autoridad la que nombra al emir o wali que gobernará Al-Ándalus desde Córdoba, su capital, y que se encargará de poner las bases del Estado islámico. Asimismo entonces se inicia el proceso de arabización y de islamización de la población hispana, a pesar de que los árabes, bereberes y sirios que se instalan en la península son una minoría ―el número total de conquistadores rondaría los ochenta mil o los cien mil hombres, mientras que la población hispana ascendería a unos dos millones de personas―.
Con los cristianos y con las comunidades judías, como «gentes del libro» (dhimmis), se estableció un pacto por el cual no tendrían obligación de convertirse al islam y gozarían de la “protección” (dhimma) del Estado (podrían mantener y construir iglesias y sinagogas, realizar sus concilios, mantener sus clérigos, etc.) a cambio del pago de un tributo (yizia) del que estaban exentos los convertidos a la religión musulmana. Esta permisividad religiosa sería la que explicaría que la islamización de la población peninsular fuera progresiva y que los hispanos que mantuvieron la religión cristiana, aunque adoptando la lengua y las formas de vida árabes (de ahí su nombre de mozárabes), aún fueran mayoría durante los primeros siglos de Al-Ándalus, frente a los hispanos, también arabizados, que se convirtieron al islam (muladíes).
Emirato independiente de Córdoba (756-929)
En el año 750 el Califato de Damasco vivió una grave crisis, cuyo resultado fue que los Omeyas fueron desplazados del poder por el clan de los hashimíes, que trasladaron la capital del Califato a Bagdad ―el nuevo califa Abu al-'Abbas as-Saffah dará nombre a la dinastía abasida―. Sin embargo, un joven miembro del clan Omeya, Abd-al-Rahman, consiguió escapar de Damasco y se refugió en la lejana Al-Ándalus. Allí en el 756 con la ayuda de sus partidarios se hizo proclamar emir, cargo que no será reconocido por el califa de Bagdad. Surge así el emirato independiente, aunque Abd-al-Rahman siguió reconociendo la autoridad religiosa ―que no la política― del califa abasí.
En la segunda mitad y principios del , el emirato independiente vivió un periodo de crisis (rebeliones de árabes, de mozárabes y de muladíes; sublevaciones de gobernadores de las marcas fronterizas; incursiones vikingas; períodos de epidemias y malas cosechas) que sólo con el fortalecimiento de la autoridad del emir, por parte de Abd-al-Rahman III se consiguió superar.
Califato de Córdoba (929-1031)
miniatura|Mapa de la península ibérica hacia el año 1000.